VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
A MUNICH, ALTÖTTING Y RATISBONA (9-14
de septiembre de 2006)
Homilía
en la Misa en la explanada
de la Nueva Feria de Munich
Domingo 10 de septiembre de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Ante todo quisiera saludaros una vez más a todos con afecto: como ya
he dicho, me alegra poder encontrarme de nuevo entre vosotros y celebrar
juntamente con vosotros la santa misa. Me alegra poder visitar una vez más los
lugares que me son familiares y que han ejercido un influjo decisivo en mi
vida, formando mi pensamiento y mis sentimientos, los lugares en los que
aprendí a creer y a vivir. Es una ocasión para expresar mi gratitud a todas las
personas —vivas y muertas— que me han guiado y acompañado. Doy gracias a Dios
por esta hermosa patria y por las personas que me la han hecho patria.
Acabamos de escuchar las tres lecturas bíblicas que la
liturgia de la Iglesia ha elegido para este domingo. Todas ellas desarrollan un
tema doble, que en el fondo es un único tema, acentuando un aspecto u otro
según las circunstancias. Las tres lecturas hablan de Dios como centro de la
realidad y centro de nuestra vida personal. "Mirad a vuestro Dios",
dice el profeta Isaías en la primera lectura (Is 35, 4). La carta de Santiago
y el pasaje del Evangelio dicen a su modo lo mismo. Quieren guiarnos hacia
Dios, llevándonos por el camino recto de la vida.
Sin embargo, al tema de Dios va unido el tema social: nuestra
responsabilidad recíproca, nuestra responsabilidad para que reine la justicia y
el amor en el mundo. Esto se expresa de modo dramático en la segunda lectura,
en la que nos habla Santiago, un pariente cercano de Jesús. Se dirige a una
comunidad en la que algunos comienzan a ser soberbios, porque en ella se
encuentran también personas acomodadas y distinguidas, mientras existe el
peligro de que disminuya la preocupación por el derecho de los pobres.
Santiago, en sus palabras, deja intuir la imagen de Jesús,
del Dios que se hizo hombre y, a pesar de ser descendiente de David, es decir,
de linaje real, se hizo un hombre como los demás; no se sentó en un trono, sino
que al final murió en la pobreza extrema de la cruz. El amor al prójimo, que es
en primer lugar preocupación por la justicia, es el metro para medir la fe y el
amor a Dios. Santiago lo llama "ley regia" (St 2, 8), dejando vislumbrar la
palabra preferida de Jesús: la realeza de Dios, la soberanía de Dios.
Esto no indica un reino cualquiera, que llegará más tarde o más temprano;
significa que Dios debe llegar a ser ahora la fuerza decisiva para nuestra vida
y nuestro obrar. Esto es lo que pedimos cuando oramos: "Venga a
nosotros tu reino". No pedimos algo lejano, que en el fondo nosotros
mismos ni siquiera deseamos experimentar. Por el contrario, pedimos que la
voluntad de Dios determine ahora nuestra voluntad y así Dios reine en el mundo;
pedimos, por consiguiente, que la justicia y el amor se transformen en las
fuerzas decisivas en el orden del mundo.
Esa oración, como es natural, se dirige en primer lugar a Dios, pero también
toca nuestro corazón. En el fondo, ¿lo deseamos de verdad? ¿Estamos orientando
nuestra vida en esa dirección? A la "ley regia", la ley de la realeza
de Dios, Santiago la llama también "ley de la libertad": si
todos pensamos y vivimos según Dios, entonces somos todos iguales, somos
libres, y así nace la verdadera fraternidad. Isaías, en la primera lectura, al
hablar de Dios —"Mirad a vuestro Dios"— habla al mismo tiempo de la
salvación para los que sufren, y Santiago, hablando del orden social como
expresión irrenunciable de nuestra fe, lógicamente también habla de Dios, del
que somos hijos.
Pero ahora vamos a centrar nuestra atención en el evangelio, que narra la
curación de un sordomudo por obra de Jesús. También aquí encontramos de nuevo
dos aspectos del único tema. Jesús se dedica a los que sufren, a los marginados
de la sociedad. Los cura y, abriéndoles así la posibilidad de vivir y decidir
juntamente con los demás, los introduce en la igualdad y en la fraternidad.
Esto, como es obvio, nos atañe también a todos nosotros: Jesús nos
señala a todos la dirección de nuestro obrar, nos dice cómo debemos actuar. Sin
embargo, todo el episodio presenta también otra dimensión, que los Padres de la
Iglesia pusieron de relieve con insistencia y que también nos concierne de modo
especial a nosotros hoy. Los Padres hablan de los hombres y para los hombres de
su tiempo. Pero lo que dicen nos atañe de modo nuevo también a los hombres
modernos.
No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la
vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos
especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo;
son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se
dice de él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo.
Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente
perdemos también nuestra capacidad de hablar con él o a él. Sin embargo, de
este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores
corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de
un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en
general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante.
El evangelio nos narra que Jesús metió sus dedos en los oídos del sordomudo,
puso un poco de su saliva en la lengua del enfermo y dijo: "Effetá",
"Ábrete". El evangelista nos conservó la palabra aramea original que
pronunció Jesús en esa ocasión, remontándonos así directamente a ese momento.
Lo que allí se nos relata es algo excepcional y, sin embargo, no pertenece a un
pasado lejano: eso mismo lo realiza Jesús a menudo, de modo nuevo,
también hoy.
En nuestro bautismo él realizó sobre nosotros ese gesto de
tocar y dijo: "Effetá", "Ábrete", para
hacernos capaces de escuchar a Dios y para devolvernos la posibilidad de
hablarle a él. Pero este acontecimiento, el sacramento del bautismo, no tiene
nada de mágico. El bautismo abre un camino. Nos introduce en la comunidad
de los que son capaces de escuchar y de hablar; nos introduce en la comunión
con Jesús mismo, el único que ha visto a Dios y que, por consiguiente, ha
podido hablar de él (cf. Jn 1, 18):
mediante la fe, Jesús quiere compartir con nosotros su ver a Dios, su escuchar
al Padre y hablar con él. El camino de los bautizados debe ser un proceso de
desarrollo progresivo, en el que crecemos en la vida de comunión con Dios,
adquiriendo así también una mirada diversa sobre el hombre y sobre la creación.
El evangelio nos invita a caer en la cuenta de que tenemos un defecto en
nuestra capacidad de percepción, una carencia que al principio no reconocemos
como tal, porque precisamente todo lo demás se nos impone con su urgencia y
racionalidad; porque, aunque ya no tengamos oídos para escuchar a Dios ni ojos
para verlo, aunque vivamos sin él, aparentemente todo se desarrolla de un modo
normal. Pero, ¿es verdad que todo se desarrolla de un modo normal cuando Dios
falta en nuestra vida y en nuestro mundo?
Antes de plantear más preguntas, quisiera referir algunas de mis
experiencias en los encuentros con los obispos de todo el mundo. La Iglesia
católica en Alemania es excelente en sus actividades sociales, en su
disponibilidad a ayudar en todos los lugares donde existan necesidades. Durante
sus visitas ad limina, los obispos, recientemente los de África, me
hablan siempre con gratitud de la generosidad de los católicos alemanes y me
piden que me haga intérprete de esta gratitud; y es lo que quisiera hacer ahora
públicamente.
También los obispos de los países bálticos, que vinieron antes de las
vacaciones, me explicaron que los católicos alemanes les han ayudado con gran
generosidad para la reconstrucción de sus iglesias, muy
deterioradas a causa de las décadas de dominio comunista. De vez en
cuando, sin embargo, algún obispo africano me decía: "Si presento a
Alemania proyectos sociales, encuentro inmediatamente las puertas abiertas.
Pero si voy con un proyecto de evangelización, más bien encuentro reservas".
Como es obvio, algunos piensan que los proyectos sociales se han de promover
con la máxima urgencia, mientras que las cosas que conciernen a Dios, o incluso
la fe católica, son más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo, la
experiencia de esos obispos es precisamente que la evangelización debe tener la
precedencia; que es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en el Dios
de Jesucristo; que hay que convertir los corazones, para que exista también
progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación, para que se
pueda combatir por ejemplo el sida afrontando de verdad sus causas profundas y
curando a los enfermos con la debida atención y con amor.
La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los
hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos,
les damos demasiado poco. En ese caso, sobrevienen pronto los mecanismos de la
violencia, y prevalece la capacidad de destruir y matar, el afán de conseguir
el poder, un poder que debería llevar más tarde o más temprano al
establecimiento del derecho, pero que en realidad nunca será capaz de
lograrlo.
De este modo se aleja cada vez más la posibilidad de la reconciliación, del
compromiso común en favor de la justicia y del amor. Entonces se pierden los
criterios según los cuales la técnica se pone al servicio del derecho y del
amor. Pero precisamente todo depende de estos criterios, que no son sólo
teorías, sino que iluminan el corazón, haciendo así que la razón y la acción
avancen por el camino recto.
Las poblaciones de África y de Asia ciertamente admiran las realizaciones
técnicas de Occidente y nuestra ciencia, pero se asustan ante un tipo de razón
que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre, considerando que esta es
la forma más sublime de la razón, la que conviene enseñar también a sus
culturas. La verdadera amenaza para su identidad no la ven en la fe cristiana,
sino en el desprecio de Dios y en el cinismo que considera la mofa de lo
sagrado un derecho de la libertad y eleva la utilidad a criterio supremo para
los futuros éxitos de la investigación.
Queridos amigos, este cinismo no es el tipo de tolerancia y apertura
cultural que los pueblos esperan y que todos deseamos. La tolerancia que
necesitamos con urgencia incluye el temor de Dios, el respeto de lo que es
sagrado para el otro. Pero este respeto de lo que los demás consideran sagrado
exige que nosotros mismos aprendamos de nuevo el temor de Dios. Este sentido de
respeto sólo puede renovarse en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en
Dios, si Dios está de nuevo presente para nosotros y en nosotros.
Nuestra fe no la imponemos a nadie. Este tipo de proselitismo es contrario
al cristianismo. La fe sólo puede desarrollarse en la libertad. Pero a la
libertad de los hombres pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo
escuche. Nosotros, aquí reunidos, pedimos al Señor con todo nuestro corazón que
pronuncie de nuevo su "Effetá", que cure nuestro defecto de
oído con respecto a Dios, a su acción y a su palabra, y que nos haga capaces de
ver y de escuchar. Le pedimos que nos ayude a volver a encontrar la palabra de
la oración, a la que nos invita en la liturgia y cuya fórmula esencial nos
enseñó en el padrenuestro.
El mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios.
¿Qué Dios necesitamos? En la primera lectura, el profeta se dirige a un
pueblo oprimido, diciendo: "Llegará la venganza de Dios" (Is 35, 4). Nosotros podemos
fácilmente intuir cómo se imaginaba la gente esa venganza. Pero el profeta
mismo revela luego en qué consiste: en la bondad de Dios, que vendrá a
sanarlos. Y la explicación definitiva de las palabras del profeta la
encontramos en Aquel que murió por nosotros en la cruz: en Jesús, el Hijo
de Dios encarnado, que aquí nos contempla con tanta insistencia. Su
"venganza" es la cruz: el "no" a la violencia, el
"amor hasta el extremo".
Este es el Dios que necesitamos. No faltamos al respeto a las demás
religiones y culturas, no faltamos al respeto a su fe, si confesamos en voz
alta y sin medios términos a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la
violencia, que ante el mal y su poder eleva su misericordia como límite y
superación. A él dirigimos nuestra súplica, para que esté en medio de nosotros
y nos ayude a ser sus testigos creíbles. Amén.