VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
A MUNICH, ALTÖTTING Y RATISBONA (9-14
de septiembre de 2006)
Homilía
Santa Misa en la plaza del santuario
mariano de Altötting
Lunes 11 de septiembre de 2006
Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas:
En la primera lectura, en el salmo responsorial y en el
pasaje evangélico de hoy, se nos presenta tres veces y en forma siempre
diferente a María, la Madre del Señor, como una mujer que ora. En el libro de los
Hechos de los Apóstoles la encontramos en medio de la comunidad de los
Apóstoles reunidos en el Cenáculo, invocando al Señor, que ascendió al Padre,
para que cumpla su promesa: "Seréis bautizados en el Espíritu Santo
dentro de pocos días" (Hch 1, 5).
María guía a la Iglesia naciente en la oración; es casi la Iglesia orante en
persona. Y así, juntamente con la gran comunidad de los santos y como su
centro, está también hoy ante Dios intercediendo por nosotros, pidiendo a su
Hijo que envíe su Espíritu una vez más a la Iglesia y al mundo, y que renueve
la faz de la tierra.
Hemos respondido a esta lectura cantando con María el gran himno de alabanza
que ella entonó cuando Isabel la llamó bienaventurada a causa de su fe. Es una
oración de acción de gracias, de alegría en Dios, de bendición por sus grandes
hazañas. El tenor de este himno es claro desde sus primeras palabras:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor". Proclamar la grandeza del
Señor significa darle espacio en el mundo, en nuestra vida, permitirle entrar
en nuestro tiempo y en nuestro obrar: esta es la esencia más profunda de
la verdadera oración. Donde se proclama la grandeza de Dios, el hombre no
queda empequeñecido: allí también el hombre queda engrandecido y el mundo
resulta luminoso.
Por último, en el pasaje evangélico, María pide a su Hijo un favor para unos
amigos que pasan dificultades. A primera vista, esto puede parecer una
conversación enteramente humana entre la Madre y su Hijo; y, en efecto, también
es un diálogo lleno de profunda humanidad. Pero María no se dirige a Jesús
simplemente como a un hombre, contando con su habilidad y disponibilidad a
ayudar. Ella confía una necesidad humana a su poder, a un poder que supera la
habilidad y la capacidad humanas.
En este diálogo con Jesús la vemos realmente como Madre
que pide, que intercede. Conviene profundizar un poco en este pasaje del
evangelio, para entender mejor a Jesús y a María, y también para aprender de
María el modo correcto de orar. María propiamente no hace una petición a Jesús;
simplemente le dice: "No tienen vino" (Jn 2, 3). Las bodas en Tierra Santa
se celebraban durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por
consiguiente, se consumía mucho vino. Los esposos se encuentran en dificultades
y María simplemente se lo dice a Jesús. No le pide nada en particular, y mucho
menos, que Jesús utilice su poder, que realice un milagro produciendo vino.
Simplemente informa a Jesús y le deja decidir lo que conviene hacer.
Así pues, en las sencillas palabras de la Madre de Jesús
podemos apreciar dos cosas: por una parte, su afectuosa solicitud por los
hombres, la atención maternal que la lleva a percibir los problemas de los
demás. Vemos su cordial bondad y su disponibilidad a ayudar. Esta es la Madre a
la que tantas personas, desde hace muchas generaciones, han venido aquí a
Altötting en peregrinación. A ella confiamos nuestras preocupaciones, nuestras
necesidades y nuestras dificultades. Aquí aparece, por primera vez en la
sagrada Escritura, la bondad y disponibilidad a ayudar de la Madre, en la que
confiamos. Pero además de este primer aspecto, que a todos nos resulta muy
familiar, hay otro, que podría pasarnos fácilmente desapercibido: María
lo deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, entregó su voluntad, sumergiéndola
en la de Dios: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra" (Lc 1, 38). Esta
sigue siendo su actitud fundamental. Así nos enseña a rezar: no querer
afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o
razonables que nos parezcan, sino presentárselos a él y dejar que él decida lo
que quiera hacer. De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero
también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios,
confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor
para nosotros.
Podemos comprender muy bien la actitud y las palabras de María, pero nos
resulta difícil entender la respuesta de Jesús. Para comenzar, no nos gusta la
palabra con que se dirige a ella: "Mujer".
¿Por qué no le dice "Madre"? En realidad, este
título expresa el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Remite
al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá:
"Mujer, ahí tienes a tu hijo", "Hijo, ahí tienes a tu
madre" (cf. Jn 19, 26-27).
Por tanto, indica anticipadamente la hora en que él convertirá a la mujer, a su
Madre, en Madre de todos sus discípulos. Por otra parte, ese título evoca el
relato de la creación de Eva: Adán, en medio de la creación, con toda su
magnificencia, como ser humano se siente solo. Entonces Dios crea a Eva, y en
ella Adán encuentra la compañera que buscaba y le da el nombre de
"mujer". Así, en el evangelio según san Juan, María representa
la mujer nueva, la mujer definitiva, la compañera del Redentor, nuestra
Madre: ese título, en apariencia poco afectuoso, expresa realmente la
grandeza de su misión perenne.
Nos gusta menos aún lo que Jesús dice luego a María en
Caná: "¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi
hora" (Jn 2, 4).
Quisiéramos objetar: ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la
carne y la sangre, tu cuerpo; y no sólo tu cuerpo: con su "sí",
que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre;
con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de
Israel.
Si así le hablamos a Jesús, ya vamos por buen camino para
entender su respuesta. Porque todo esto debe hacernos recordar que en el
contexto de la encarnación de Jesús hay dos diálogos que van juntos y se
funden, se hacen uno. Está ante todo el diálogo de María con el arcángel
Gabriel, en el que ella dice: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Pero existe un texto
paralelo a este, podríamos decir un diálogo dentro de Dios, que se encuentra
recogido en la carta a los Hebreos, cuando dice que las palabras del
salmo 40 son como un diálogo entre el Padre y el Hijo, un diálogo con el que se
inicia la Encarnación. El Hijo eterno dice al Padre: "Sacrificio y
oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. (...) He aquí que vengo
(...) para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40, 6-8).
El "sí" del Hijo —"He aquí que vengo para hacer tu
voluntad"— y el "sí" de María —"Hágase en mí según tu
palabra"— se convierten en un único "sí". De esta manera el Verbo
se hace carne en María. En este doble "sí" la obediencia del Hijo se
hace cuerpo, María con su "sí" le da el cuerpo. "¿Qué tengo yo
contigo, mujer?". La relación más profunda que tienen Jesús y María es
este doble "sí", gracias a cuya coincidencia se realizó la
encarnación. Con su respuesta nuestro Señor alude a este punto de su
profundísima unidad. A él remite a su Madre. Ahí, en este común "sí"
a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. También nosotros debemos
aprender a encaminarnos hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a
nuestras preguntas.
Partiendo de ahí comprendemos ahora también la segunda
frase de la respuesta de Jesús: "Todavía no ha llegado mi
hora". Jesús nunca actúa solamente por sí mismo; nunca actúa para agradar
a los otros. Actúa siempre partiendo del Padre, y esto es precisamente lo que
lo une a María, porque ahí, en esa unidad de voluntad con el Padre, ha querido
poner también ella su petición. Por eso, después de la respuesta de Jesús, que
parece rechazar la petición, ella sorprendentemente puede decir a los
servidores con sencillez: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5).
Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un asunto que, en el
fondo, es totalmente privado. No; él realiza un signo, con el que anuncia su
hora, la hora de las bodas, la hora de la unión entre Dios y el hombre. Él no
se limita a "producir" vino, sino que transforma las bodas humanas en
una imagen de las bodas divinas, a las que el Padre invita mediante el Hijo y
en las que da la plenitud del bien, representada por la abundancia del vino.
Las bodas se convierten en imagen del momento en que Jesús lleva su amor hasta
el extremo, permite que le desgarren el cuerpo, y así se entrega a nosotros
para siempre, se hace uno con nosotros: bodas entre Dios y el hombre.
La hora de la cruz, la hora de la que brota el Sacramento, en el que él se
nos da realmente en carne y sangre, pone su cuerpo en nuestras manos y en
nuestro corazón; esta es la hora de las bodas.
Así, de un modo verdaderamente divino, se resuelve la necesidad del momento
y se rebasa ampliamente la petición inicial. La hora de Jesús no ha llegado
aún, pero en el signo de la conversión del agua en vino, en el signo del don
festivo, anticipa su hora ya en este momento.
Su "hora" es la cruz; su hora definitiva será su vuelta al final
de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora definitiva precisamente en
la Eucaristía, en la cual ya ahora viene siempre. Y lo sigue haciendo siempre
por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en
las plegarias eucarísticas: "¡Ven, Señor Jesús!". En el canon,
la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la "hora",
pide que venga ya ahora y se entregue a nosotros.
Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de las gracias de
Altötting, por la Madre de todos los fieles, hacia la "hora" de
Jesús. Pidámosle a él el don de reconocerlo y comprenderlo cada vez más. Y no
nos limitemos a recibirlo sólo en el momento de la Comunión. Él permanece
presente en la Hostia santa y nos espera continuamente. En Altötting la
adoración del Señor en la Eucaristía ha encontrado un lugar nuevo en la antigua
capilla del tesoro. María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos
permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor.
¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los
esposos! Guíanos siempre hacia Jesús. Amén.