VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
A MUNICH, ALTÖTTING Y RATISBONA (9-14
de septiembre de 2006)
Homilía
Santa Misa en la explanada de
Isling (Ratisbona)
Martes 12 de septiembre de 2006
Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas:
"El que cree nunca está solo". Permitidme repetir una vez más el
lema de estos días y expresar mi alegría porque podemos verlo realizado
aquí: la fe nos reúne y nos regala una fiesta. Nos da la alegría en Dios,
la alegría por la creación y por estar juntos. Sé que esta fiesta ha requerido
mucho empeño y mucho trabajo previo. Por las noticias de los periódicos he
podido conocer un poco cuántas personas han dedicado su tiempo y sus fuerzas
para preparar esta explanada de un modo tan digno; gracias a ellos está la cruz
aquí, sobre la colina, como signo de Dios para la paz del mundo; los caminos de
entrada y de salida están libres; la seguridad y el orden están garantizados;
se han preparado alojamientos, etc.
No podía imaginar —e incluso ahora lo sé sólo sucintamente— cuánto trabajo,
hasta los mínimos detalles, ha sido necesario para que pudiéramos reunirnos
todos hoy aquí. Por todo ello quiero decir sencillamente: "¡Gracias
de todo corazón!". Que el Señor os lo pague todo y que la alegría que
ahora podemos experimentar gracias a vuestra preparación vuelva centuplicada a
cada uno de vosotros.
Me conmovió conocer cuántas personas, especialmente de las escuelas
profesionales de Weiden y Amberg, así como empresas y particulares, hombres y
mujeres, han colaborado para embellecer mi casa y mi jardín. Me emociona tanta
bondad, y también en este caso quiero decir solamente un humilde
"¡gracias!" por este esfuerzo. No habéis hecho todo esto por un
hombre, por mi pobre persona; en definitiva, lo habéis hecho por la solidaridad
de la fe, impulsados por el amor a Cristo y a la Iglesia. Todo esto es un signo
de verdadera humanidad, que brota de haber sido tocados por Jesucristo.
Nos hemos reunido para una fiesta de la fe. Ahora, sin embargo, surge la
pregunta: ¿Pero qué es lo que creemos en realidad? ¿Qué significa creer?
¿Puede existir todavía, de hecho, algo así en el mundo moderno? Viendo las
grandes "Sumas" de teología redactadas en la Edad Media o pensando en
la cantidad de libros escritos cada día a favor o contra la fe, podemos sentir
la tentación de desalentarnos y pensar que todo esto es demasiado complicado.
Al final, por ver los árboles, ya no se ve el bosque.
Es verdad: la visión de la fe abarca el cielo y la
tierra; el pasado, el presente, el futuro, la eternidad; por ello no se puede
agotar jamás. Ahora bien, en su núcleo es muy sencilla. El Señor mismo habló de
ella con el Padre diciendo: "Has revelado estas cosas a los
pequeños, a los que son capaces de ver con el corazón" (cf. Mt 11, 25). La Iglesia, por su parte,
nos ofrece una pequeña "Suma", en la cual se expresa todo lo
esencial: es el así llamado "Credo de los Apóstoles". Se divide
normalmente en doce artículos, como el número de los Apóstoles, y habla de
Dios, creador y principio de todas las cosas; de Cristo y de su obra de la
salvación, hasta la resurrección de los muertos y la vida eterna. Pero en su
concepción de fondo, el Credo sólo se compone de tres partes principales y,
según su historia, no es sino una amplificación de la fórmula bautismal, que el
Señor resucitado entregó a los discípulos para todos los tiempos cuando les
dijo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19).
Esta visión demuestra dos cosas: en primer lugar, que la fe es sencilla. Creemos
en Dios, principio y fin de la vida humana. En el Dios que entra en relación
con nosotros, los seres humanos; que es nuestro origen y nuestro futuro. Así,
la fe es al mismo tiempo esperanza, es la certeza de que tenemos un futuro y de
que no caeremos en el vacío. Y la fe es amor, porque el amor de Dios quiere
"contagiarnos". Esto es lo primero: nosotros simplemente
creemos en Dios, y esto lleva consigo también la esperanza y el amor.
La segunda constatación es la siguiente: el Credo no es un conjunto de
afirmaciones, no es una teoría. Está, precisamente, anclado en el
acontecimiento del bautismo, un acontecimiento de encuentro entre Dios y el
hombre. Dios, en el misterio del bautismo, se inclina hacia el hombre; sale a
nuestro encuentro y así también nos acerca los unos a los otros. Porque el
bautismo significa que Jesucristo, por decirlo así, nos adopta como hermanos y
hermanas suyos, acogiéndonos así como hijos en la familia de Dios. Por
consiguiente, de este modo hace de todos nosotros una gran familia en la
comunidad universal de la Iglesia. Sí, el que cree nunca está solo. Dios nos
sale al encuentro.
Encaminémonos también nosotros hacia Dios, pues así nos acercaremos los unos
a los otros. En la medida de nuestras posibilidades, no dejemos solo a ninguno
de los hijos de Dios.
Creemos en Dios. Esta es nuestra opción fundamental. Pero, nos preguntamos
de nuevo: ¿es posible esto aún hoy? ¿Es algo razonable? Desde la
Ilustración, al menos una parte de la ciencia se dedica con empeño a buscar una
explicación del mundo en la que Dios sería superfluo. Y si eso fuera así, Dios
sería inútil también para nuestra vida. Pero cada vez que parecía que este
intento había tenido éxito, inevitablemente resultaba evidente que las cuentas
no cuadran. Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas
sobre el mundo, sobre todo el universo, sin él no cuadran. En resumidas
cuentas, quedan dos alternativas: ¿Qué hay en el origen? La Razón
creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita el desarrollo, o la
Irracionalidad que, carente de toda razón, produce extrañamente un cosmos
ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón. Esta, sin embargo,
no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo,
también algo irracional.
Los cristianos decimos: "Creo en Dios Padre,
Creador del cielo y de la tierra", creo en el Espíritu Creador. Creemos
que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad. Con
esta fe no tenemos necesidad de escondernos, no debemos tener miedo de
encontrarnos con ella en un callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a
Dios. Y tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad de la fe,
como san Pedro exhortaba explícitamente, en su primera carta (cf. 1P 3, 15), a los cristianos de su
tiempo, y también a nosotros.
Creemos en Dios. Lo afirman las partes principales del Credo y lo subraya
sobre todo su primera parte. Pero ahora surge inmediatamente la segunda
pregunta: ¿en qué Dios? Pues bien, creemos precisamente en el Dios que es
Espíritu Creador, Razón creadora, del que proviene todo y del que provenimos
también nosotros.
La segunda parte del Credo nos dice algo más. Esta Razón
creadora es Bondad. Es Amor. Tiene un rostro. Dios no nos deja andar a tientas
en la oscuridad. Se ha manifestado como hombre. Es tan grande que se puede
permitir hacerse muy pequeño. "El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre", dice Jesús (Jn 14, 9).
Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar por
nosotros en la cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el
corazón de Dios. Hoy, que conocemos las patologías y las enfermedades mortales
de la religión y de la razón, las destrucciones de la imagen de Dios a causa
del odio y del fanatismo, es importante decir con claridad en qué Dios creemos
y profesar con convicción este rostro humano de Dios. Sólo esto nos impide
tener miedo a Dios, un sentimiento que en definitiva es la raíz del ateísmo
moderno. Sólo este Dios nos salva del miedo del mundo y de la ansiedad ante el
vacío de la propia vida. Sólo mirando a Jesucristo, nuestro gozo en Dios
alcanza su plenitud, se hace gozo redimido. Durante esta solemne celebración de
la Eucaristía dirijamos nuestra mirada al Señor, que está aquí ante nosotros
clavado en la cruz, y pidámosle el gran gozo que él prometió a sus discípulos
en el momento de su despedida (cf. Jn
16, 24).
La segunda parte del Credo concluye con la perspectiva del Juicio final, y
la tercera parte con la de la resurrección de los muertos. Juicio: ¿se
nos quiere infundir de nuevo el miedo con esta palabra? Pero, ¿acaso no
deseamos todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente,
a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto después de una vida
llena de dolor? ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y
sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en
definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?
Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos
fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo
en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de
Juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la
responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella;
tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no
debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices.
Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella.
No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y
preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada
uno debe contribuir a esto. Pero cuando la responsabilidad y la preocupación
tiendan a convertirse en miedo, recordemos las palabras de san Juan:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca,
tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo" (1Jn 2, 1). "En caso de que nos
condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce
todo" (1Jn 3, 20).
Celebramos hoy la fiesta del "Nombre de María". A quienes llevan
este nombre —mi mamá y mi hermana lo llevaban, como ha recordado el Obispo—
quisiera expresarles mi más cordial felicitación por su onomástico. María, la
Madre del Señor, recibió del pueblo fiel el título de "Abogada", pues
es nuestra abogada ante Dios. Desde las bodas de Caná la conocemos como la
mujer benigna, llena de solicitud materna y de amor, la mujer que percibe las
necesidades ajenas y, para ayudar, las lleva ante el Señor.
Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo el Señor la entrega como Madre al
discípulo predilecto y, en él, a todos nosotros. En todas las épocas los
cristianos han acogido con gratitud este testamento de Jesús, y junto a la Madre
han encontrado siempre la seguridad y la confiada esperanza que nos llenan de
gozo en Dios y en nuestra fe en él.
Acojamos también nosotros a María como la estrella de nuestra vida, que nos
introduce en la gran familia de Dios. Sí, el que cree nunca está solo. Amén.