HOMILÍA
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
SANTA MISA "IN CENA DOMINI"
Basílica de San Juan de Letrán
Jueves Santo, 5 de abril de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
En la lectura del libro
del Éxodo, que acabamos de escuchar, se describe la celebración de la
Pascua de Israel tal como la establecía la ley de Moisés. En su origen, puede
haber sido una fiesta de primavera de los nómadas. Sin embargo, para Israel se
había transformado en una fiesta de conmemoración, de acción de gracias y, al
mismo tiempo, de esperanza.
En el centro de la
cena pascual, ordenada según determinadas normas litúrgicas, estaba el cordero
como símbolo de la liberación de la esclavitud en Egipto. Por este motivo, el haggadah
pascual era parte integrante de la comida a base de cordero: el recuerdo
narrativo de que había sido Dios mismo quien había liberado a Israel "con
la mano alzada". Él, el Dios misterioso y escondido, había sido más fuerte
que el faraón, con todo el poder de que disponía. Israel no debía olvidar que
Dios había tomado personalmente en sus manos la historia de su pueblo y que
esta historia se basaba continuamente en la comunión con Dios. Israel no debía
olvidarse de Dios.
En el rito de la
conmemoración abundaban las palabras de alabanza y acción de gracias tomadas de
los Salmos. La acción de gracias y la bendición de Dios alcanzaban su momento
culminante en la berakha, que en griego se dice eulogia o eucaristia:
bendecir a Dios se convierte en bendición para quienes bendicen. La ofrenda
hecha a Dios vuelve al hombre bendecida. Todo esto levantaba un puente desde el
pasado hasta el presente y hacia el futuro: aún no se había realizado la
liberación de Israel. La nación sufría todavía como pequeño pueblo en medio de
las tensiones entre las grandes potencias. El recuerdo agradecido de la acción
de Dios en el pasado se convertía al mismo tiempo en súplica y esperanza:
Lleva a cabo lo que has comenzado. Danos la libertad definitiva.
Jesús celebró con
los suyos esta cena de múltiples significados en la noche anterior a su pasión.
Teniendo en cuenta este contexto, podemos comprender la nueva Pascua, que él
nos dio en la santa Eucaristía. En las narraciones de los evangelistas hay una
aparente contradicción entre el evangelio de san Juan, por una parte, y lo que
por otra nos dicen san Mateo, san Marcos y san Lucas. Según san Juan, Jesús
murió en la cruz precisamente en el momento en el que, en el templo, se
inmolaban los corderos pascuales. Su muerte y el sacrificio de los corderos
coincidieron. Pero esto significa que murió en la víspera de la Pascua y que,
por tanto, no pudo celebrar personalmente la cena pascual. Al menos esto es lo
que parece. Por el contrario, según los tres evangelios sinópticos, la última
Cena de Jesús fue una cena pascual, en cuya forma tradicional él introdujo la
novedad de la entrega de su cuerpo y de su sangre.
Hasta hace pocos
años, esta contradicción parecía insoluble. La mayoría de los exegetas pensaba
que san Juan no había querido comunicarnos la verdadera fecha histórica de la
muerte de Jesús, sino que había optado por una fecha simbólica para hacer así
evidente la verdad más profunda: Jesús es el nuevo y verdadero cordero
que derramó su sangre por todos nosotros.
Mientras tanto, el
descubrimiento de los escritos de Qumram nos ha llevado a una posible solución
convincente que, si bien todavía no es aceptada por todos, se presenta como muy
probable. Ahora podemos decir que lo que san Juan refirió es históricamente
preciso. Jesús derramó realmente su sangre en la víspera de la Pascua, a la
hora de la inmolación de los corderos. Sin embargo, celebró la Pascua con sus
discípulos probablemente según el calendario de Qumram, es decir, al menos un
día antes: la celebró sin cordero, como la comunidad de Qumram, que no
reconocía el templo de Herodes y estaba a la espera del nuevo templo.
Por
consiguiente, Jesús celebró la Pascua sin cordero; no, no sin cordero: en
lugar del cordero se entregó a sí mismo, entregó su cuerpo y su sangre. Así
anticipó su muerte como había anunciado: "Nadie me quita la vida; yo
la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). En el momento en que
entregaba a sus discípulos su cuerpo y su sangre, cumplía realmente esa
afirmación. Él mismo entregó su vida. Sólo de este modo la antigua Pascua
alcanzaba su verdadero sentido.
San Juan Crisóstomo,
en sus catequesis eucarísticas, escribió en cierta ocasión: ¿Qué dices,
Moisés? ¿Que la sangre de un cordero purifica a los hombres? ¿Que los salva de
la muerte? ¿Cómo puede purificar a los hombres la sangre de un animal? ¿Cómo puede
salvar a los hombres, tener poder contra la muerte? De hecho —sigue diciendo—,
el cordero sólo podía ser un símbolo y, por tanto, la expresión de la
expectativa y de la esperanza en Alguien que sería capaz de realizar lo que no
podía hacer el sacrificio de un animal.
Jesús
celebró la Pascua sin cordero y sin templo; y sin embargo no lo hizo sin
cordero y sin templo. Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero, como lo
había anunciado Juan Bautista al inicio del ministerio público de Jesús:
"He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).
Y él mismo es el verdadero templo, el templo vivo, en el que habita Dios, y en
el que nosotros podemos encontrarnos con Dios y adorarlo. Su sangre, el amor de
Aquel que es al mismo tiempo Hijo de Dios y verdadero hombre, uno de nosotros,
esa sangre sí puede salvar. Su amor, el amor con el que él se entrega
libremente por nosotros, es lo que nos salva. El gesto nostálgico, en cierto
sentido sin eficacia, de la inmolación del cordero inocente e inmaculado
encontró respuesta en Aquel que se convirtió para nosotros al mismo tiempo en
Cordero y Templo.
Así, en el centro de
la nueva Pascua de Jesús se encontraba la cruz. De ella procedía el nuevo don
traído por él. Y así la cruz permanece siempre en la santa Eucaristía, en la
que podemos celebrar con los Apóstoles a lo largo de los siglos la nueva
Pascua. De la cruz de Cristo procede el don. "Nadie me quita la vida; yo
la doy voluntariamente". Ahora él nos la ofrece a nosotros. El haggadah
pascual, la conmemoración de la acción salvífica de Dios, se ha convertido en
memoria de la cruz y de la resurrección de Cristo, una memoria que no es un
mero recuerdo del pasado, sino que nos atrae hacia la presencia del amor de
Cristo. Así, la berakha, la oración de bendición y de acción de gracias
de Israel, se ha convertido en nuestra celebración eucarística, en
la que el Señor bendice nuestros dones, el pan y el vino, para
entregarse en ellos a sí mismo.
Pidamos al Señor que
nos ayude a comprender cada vez más profundamente este misterio maravilloso, a
amarlo cada vez más y, en él, a amarlo cada vez más a él mismo. Pidámosle que
nos atraiga cada vez más hacia sí mismo con la sagrada Comunión. Pidámosle que
nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a
entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres
encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir de quien es el
camino, la verdad y la vida. Amén.