MENSAJE
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
"Urbi et orbi"
Navidad, lunes 25
de diciembre de 2006
"Salvator
noster natus est in mundo" (Misal Romano).
¡"Nuestro Salvador ha nacido en
el mundo"! Esta noche, una vez más, hemos escuchado en nuestras
Iglesias este anuncio que, a través de los siglos, conserva inalterado su
frescor. Es un anuncio celestial que invita a no tener miedo porque ha brotado
una "gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2, 10). Es un anuncio de esperanza
porque da a conocer que, en aquella noche de hace más de dos mil años, "en
la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" (Lc 2, 11). Entonces, a los pastores
acampados en la colina de Belén; hoy, a nosotros, habitantes de este mundo
nuestro, el Ángel de la Navidad repite: "Ha nacido el Salvador; ha nacido
para vosotros. ¡Venid, venid a adorarlo!".
Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un
"Salvador" para el hombre del tercer milenio? ¿Es aún
necesario un "Salvador" para el hombre que ha alcanzado la Luna y
Marte, y se dispone a conquistar el universo; para el hombre que investiga sin
límites los secretos de la naturaleza y logra descifrar hasta los fascinantes
códigos del genoma humano? ¿Necesita un Salvador el hombre que ha inventado la
comunicación interactiva, que navega en el océano virtual de internet y
que, gracias a las más modernas y avanzadas tecnologías mediáticas, ha
convertido la Tierra, esta gran casa común, en una pequeña aldea global? Este
hombre del siglo veintiuno, artífice autosuficiente y seguro de la propia
suerte, se presenta como productor entusiasta de éxitos indiscutibles.
Lo parece, pero no es así. Se muere todavía de hambre y
de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de consumismo
desenfrenado. Todavía hay quienes están esclavizados, explotados y ofendidos en
su dignidad, quienes son víctimas del odio racial y religioso, y se ven
impedidos de profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones,
por ingerencias políticas y coacciones físicas o morales. Hay quienes ven su
cuerpo y el de los propios seres queridos, especialmente niños, destrozado por
el uso de las armas, por el terrorismo y por cualquier tipo de violencia en una
época en que se invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y la
paz para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza, se ven obligados
a dejar su casa y su patria para buscar en otros lugares condiciones de vida
dignas del hombre? ¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por
fáciles profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones e
incapaces de asumir responsabilidades estables ante su presente y ante su
futuro, se encaminan por el túnel de la soledad y acaban frecuentemente
esclavizados por el alcohol o la droga? ¿Qué se puede pensar de quien elige la
muerte creyendo que ensalza la vida?
¿Cómo no darse cuenta de que,
precisamente desde el fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge
una desgarradora petición de ayuda? Es Navidad: hoy entra en el mundo "la
luz verdadera, que alumbra a todo hombre" (Jn 1, 9). "La Palabra se hizo
carne, y acampó entre nosotros" (ibíd. 1, 14), proclama el
evangelista Juan. Hoy, justo hoy, Cristo viene de nuevo "entre los
suyos" y a quienes lo acogen les da "poder para ser hijos de
Dios"; es decir, les ofrece la oportunidad de ver la gloria divina y de
compartir la alegría del Amor, que en Belén se ha hecho carne por nosotros.
Hoy, también hoy, "nuestro Salvador ha nacido en el mundo", porque
sabe que lo necesitamos. A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es
el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y
muerte. Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el
"corazón", donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual
postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que
vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para
su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama
hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?
"Salvator noster", Cristo es también el
Salvador del hombre de hoy. ¿Quién hará resonar en cada rincón de la Tierra de
manera creíble este mensaje de esperanza? ¿Quién se ocupará de que, como condición
para la paz, se reconozca, tutele y promueva el bien integral de la persona
humana, respetando a todo hombre y toda mujer en su dignidad? ¿Quién ayudará a
comprender que con buena voluntad, racionabilidad y moderación, no sólo se
puede evitar que los conflictos se agraven, sino llevarlos también hacia
soluciones equitativas? En este día de fiesta, pienso con gran preocupación en
la región del Oriente Medio, probada por numerosos y graves conflictos,
y espero que se abra a una perspectiva de paz justa y duradera, respetando los
derechos inalienables de los pueblos que la habitan. Confío al divino Niño de
Belén los indicios de una reanudación del diálogo entre israelitas y palestinos
que hemos observado estos días, así como la esperanza de ulteriores desarrollos
reconfortantes. Confío en que, después de tantas víctimas, destrucciones e
incertidumbres, reviva y progrese un Líbano democrático, abierto a los
demás, en diálogo con las culturas y las religiones. Hago un llamamiento a los
que tienen en sus manos el destino de Irak, para que cese la feroz
violencia que ensangrienta el País y se asegure una existencia normal a todos
sus habitantes. Invoco a Dios para que en Sri Lanka, en las partes en
lucha, se escuche el anhelo de las poblaciones de un porvenir de fraternidad y
solidaridad; para que en Dafur y en toda África se ponga término
a los conflictos fraticidas, cicatricen pronto las heridas abiertas en la carne
de ese Continente y se consoliden los procesos de reconciliación, democracia y
desarrollo. Que el Niño Dios, Príncipe de la paz, haga que se extingan los
focos de tensión que hacen incierto el futuro de otras partes del mundo, tanto
en Europa como en Latinoamérica.
"Salvator noster": Ésta es nuestra
esperanza; este es el anuncio que la Iglesia hace resonar también en esta
Navidad. Con la encarnación, recuerda el Concilio Vaticano II, el Hijo de Dios
se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf. Gaudium et spes, 22). Por eso, puesto que la
Navidad de la Cabeza es también el nacimiento del cuerpo, como enseñaba el
Pontífice san León Magno, podemos decir que en Belén ha nacido el pueblo
cristiano, cuerpo místico de Cristo en el que cada miembro está unido
íntimamente al otro en una total solidaridad. Nuestro Salvador ha nacido
para todos. Tenemos que proclamarlo no sólo con las palabras, sino también con
toda nuestra vida, dando al mundo el testimonio de comunidades unidas y
abiertas, en las que reina la hermandad y el perdón, la acogida y el servicio
recíproco, la verdad, la justicia y el amor.
Comunidad salvada por Cristo. Ésta es
la verdadera naturaleza de la Iglesia, que se alimenta de su Palabra y de su
Cuerpo eucarístico. Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia puede
testimoniar a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con entusiasmo y pasión,
en el pleno respeto de cada tradición cultural y religiosa; y hacerlo con
alegría, sabiendo que Aquél a quien anuncia nada quita de lo que es
auténticamente humano, sino que lo lleva a su cumplimiento. En verdad,
Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo
demás, lo eleva y perfecciona. Cristo no nos pone a salvo de nuestra
humanidad, sino a través de ella; no nos salva del mundo, sino
que ha venido al mundo para que el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn 3, 17).
Queridos hermanos y hermanas, dondequiera que os
encontréis, que llegue hasta vosotros este mensaje de alegría y de esperanza: Dios
se ha hecho hombre en Jesucristo; ha nacido de la Virgen María y renace hoy
en la Iglesia. Él es quien lleva a todos el amor del Padre celestial. ¡Él es
el Salvador del mundo! No temáis, abridle el corazón, acogedlo, para que su
Reino de amor y de paz se convierta en herencia común de todos. ¡Feliz Navidad!