MENSAJE
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIV JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR
LAS VOCACIONES
(Domingo IV de Pascua - 29 de abril
de 2007)
Venerados Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:
La Jornada Mundial de Oración por las vocaciones de cada año ofrece una
buena oportunidad para subrayar la importancia de las vocaciones en la vida y
en la misión de la Iglesia, e intensificar la oración para que aumenten en
número y en calidad. Para la próxima Jornada propongo a la atención de todo el
pueblo de Dios este tema, nunca más actual: la vocación al servicio de la
Iglesia comunión.
El año pasado, al comenzar un nuevo ciclo de catequesis en
las Audiencias generales de los miércoles, dedicado a la relación entre Cristo
y la Iglesia, señalé que la primera comunidad cristiana se constituyó, en su
núcleo originario, cuando algunos pescadores de Galilea, habiendo encontrado a
Jesús, se dejaron cautivar por su mirada, por su voz, y acogieron su apremiante
invitación: "Seguidme, os haré pescadores de hombres" (Mc 1, 17; cf Mt 4, 19). En realidad, Dios siempre
ha escogido a algunas personas para colaborar de manera más directa con Él en
la realización de su plan de salvación. En el Antiguo Testamento al comienzo
llamó a Abrahán para formar "un gran pueblo" (Gn 12, 2), y luego a Moisés para
liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf Ex 3, 10). Designó después a otros
personajes, especialmente los profetas, para defender y mantener viva la
alianza con su pueblo. En el Nuevo Testamento, Jesús, el Mesías prometido,
invitó personalmente a los Apóstoles a estar con él (cf Mc 3, 14) y compartir su misión. En
la Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y
resurrección hasta su glorioso retorno al final de los tiempos, dirigió por
ellos al Padre esta ardiente invocación: "Les he dado a conocer quién
eres, y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me amaste pueda
estar también en ellos, y yo mismo esté con ellos" (Jn 17, 26). La misión de la Iglesia
se funda por tanto en una íntima y fiel comunión con Dios.
La Constitución Lumen gentium del Concilio
Vaticano II describe la Iglesia como "un pueblo reunido por la unidad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (n. 4), en el cual se refleja el
misterio mismo de Dios. Esto comporta que en él se refleja el amor trinitario
y, gracias a la obra del Espíritu Santo, todos sus miembros forman "un
solo cuerpo y un solo espíritu" en Cristo. Sobre todo cuando se congrega
para la Eucaristía ese pueblo, orgánicamente estructurado bajo la guía de sus
Pastores, vive el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. La
Eucaristía es el manantial de aquella unidad eclesial por la que Jesús oró en
la vigilia de su pasión: "Padre... que también ellos estén unidos a
nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Esa intensa comunión
favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la
Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a
dedicarse totalmente a la causa del Reino. Para promover vocaciones es por
tanto importante una pastoral atenta al misterio de la Iglesia-comunión, porque
quien vive en una comunidad eclesial concorde, corresponsable, atenta, aprende
ciertamente con más facilidad a discernir la llamada del Señor. El cuidado de
las vocaciones, exige por tanto una constante "educación" para
escuchar la voz de Dios, como hizo Elí que ayudó a Samuel a captar lo que Dios
le pedía y a realizarlo con prontitud (cf 1S 3, 9). La escucha dócil y
fiel sólo puede darse en un clima de íntima comunión con Dios. Que se realiza
ante todo en la oración. Según el explícito mandato del Señor, hemos de
implorar el don de la vocación en primer lugar rezando incansablemente y juntos
al "dueño de la mies". La invitación está en plural: "Rogad por
tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38). Esta invitación del Señor
se corresponde plenamente con el estilo del "Padrenuestro" (Mt 9, 38), oración que Él nos enseñó
y que constituye una "síntesis del todo el Evangelio", según la
conocida expresión de Tertuliano (cf De Oratione, 1, 6: CCL 1,
258). En esta perspectiva es iluminadora también otra expresión de Jesús:
"Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier
cosa, la obtendrán de mi Padre celestial" (Mt 18, 19). El buen Pastor nos invita
pues a rezar al Padre celestial, a rezar unidos y con insistencia, para que Él
envíe vocaciones al servició de la Iglesia-comunión.
Recogiendo la experiencia pastoral de siglos pasados, el Concilio Vaticano
II puso de manifiesto la importancia de educar a los futuros presbíteros en una
auténtica comunión eclesial. Leemos a este propósito en Presbyterorum ordinis:
"Los presbíteros, ejerciendo según su parte de autoridad el oficio de
Cristo Cabeza y Pastor, reúnen, en nombre del obispo, a la familia de Dios,
como una fraternidad unánime, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en
el Espíritu Santo" (n. 6).
Se hace eco de la afirmación del Concilio, la
Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo
vobis, subrayando que el sacerdote "es servidor de la Iglesia
comuniónporque -unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio-
construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas
vocaciones, carismas y servicios" (n. 16). Es indispensable que en el
pueblo cristiano todo ministerio y carisma esté orientado hacia la plena
comunión, y el obispo y los presbíteros han de favorecerla en armonía con toda
otra vocación y servicio eclesial. Incluso la vida consagrada, por ejemplo, en
su proprium está al servicio de esta comunión, como señala la
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata
de mi venerado Predecesor Juan Pablo II: "La vida consagrada posee
ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la
Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la
constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida
consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria
puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad" (n. 41).
En el centro de toda comunidad cristiana está la Eucaristía, fuente y culmen
de la vida de la Iglesia. Quien se pone al servicio del Evangelio, si vive de
la Eucaristía, avanza en el amor a Dios y al prójimo y contribuye así a
construir la Iglesia como comunión. Cabe afirmar que "el amor
eucarístico" motiva y fundamenta la actividad vocacional de toda la
Iglesia, porque como he escrito en la Encíclica Deus caritas est,
las vocaciones al sacerdocio y a los otros ministerios y servicios florecen
dentro del pueblo de Dios allí donde hay hombres en los cuales Cristo se
vislumbra a través de su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la
Eucaristía. Y eso porque "en la liturgia de la Iglesia, en su oración, en
la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos
su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida
cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros
podemos corresponder también con el amor" (n. 17).
Nos dirigimos, finalmente, a María, que animó la primera
comunidad en la que "todos perseveraban unánimes en la oración" (cf Hch 1, 14), para que ayude a la
Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la Trinidad, signo elocuente del amor
divino a todos los hombres. La Virgen, que respondió con prontitud a la llamada
del Padre diciendo: "Aquí está la esclava del Señor" (Lc 1, 38), interceda para que no
falten en el pueblo cristiano servidores de la alegría divina: sacerdotes que,
en comunión con sus Obispos, anuncien fielmente el Evangelio y celebren los
sacramentos, cuidando al pueblo de Dios, y estén dispuestos a evangelizar a
toda la humanidad. Que ella consiga que también en nuestro tiempo aumente el
número de las personas consagradas, que vayan contracorriente, viviendo los
consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y den testimonio
profético de Cristo y de su mensaje liberador de salvación. Queridos hermanos y
hermanas a los que el Señor llama a vocaciones particulares en la Iglesia,
quiero encomendaros de manera especial a María, para que ella que comprendió
mejor que nadie el sentido de las palabras de Jesús: "Mi madre y mis
hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 8, 21), os enseñe a escuchar a su
divino Hijo. Que os ayude a decir con la vida: "Aquí estoy, oh Dios, para
hacer tu voluntad" (Hb 10, 7). Con estos deseos para cada uno, mi
recuerdo especial en la oración y mi bendición de corazón para todos.
Vaticano, 10 de febrero de 2007