CXI COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Constructores
de la paz
Madrid, 20 de
febrero de 1986
INTRODUCCIÓN
1. La paz, gravemente amenazada
1. La paz es un valor universal, objeto de las esperanzas
de todos los pueblos. Ahora que la humanidad cuenta con posibilidades
incalculables de bienestar y cultura cuando se percibe ya como alcanzable la
convivencia de todos los pueblos en una auténtica sociedad universal, crece en
todas partes la necesidad y el deseo de la paz. La paz aparece hoy como
exigencia y condición indispensable no sólo para el progreso, sino incluso para
la pervivencia de la humanidad sobre la tierra.
Es doloroso reconocer que la paz del mundo está gravemente amenazada. En
muchos países se viven ahora mismo los horrores de la guerra. Los conflictos y
las tensiones que atraviesan y dividen nuestro mundo hacen que la humanidad
entera viva con el miedo de una guerra nuclear generalizada de consecuencias
previsiblemente mortales para todos los hombres.
2. Las naciones europeas, y nosotros con ellas, estamos
dentro de estas tensiones y vivimos amenazados por la guerra. Por una parte
somos responsables de este mundo de conflictos y amenazas y, por otra, somos
también posibles víctimas.
En nuestra misma Patria aparecen amenazas contra la paz. El terrorismo se ha
instalado fuertemente entre nosotros. La violencia sigue seduciendo a algunos
como medio para solucionar los problemas sociales o políticos. Los conflictos
más hondos de nuestra sociedad, como la justicia social, el paro, la tensión
entre la unidad del Estado y el reconocimiento de los derechos de las
diferentes nacionalidades y regiones, la intolerancia de orden ideológico,
político o religioso son, al menos, otras tantas dificultades para construir
una paz sólida que elimine para siempre el riesgo de nuevos enfrentamientos
internos.
2. Nuestra intervención pastoral
3. La Iglesia, como continuadora de la obra de Cristo y
dispensadora de su gracia redentora, considera como misión propia "la
reconciliación de todos los individuos y de todos los pueblos en la unidad, la
fraternidad y la paz"1. Por ello, los Obispos españoles,
siguiendo el ejemplo y la recomendación del Papa Juan Pablo II en este Año
Internacional de la Paz, queremos invitar a todos los católicos españoles, y a
todos los ciudadanos, a examinar con nosotros los problemas de la paz a la luz
del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y de las enseñanzas de la Iglesia.
Al intervenir sobre estos asuntos de interés general lo hacemos como Obispos
de la Iglesia Católica, testigos de la fe y maestros de la moral cristiana. No
es nuestro deseo entrar en el terreno de las cuestiones técnicas o de las
materias opinables implicadas en el complejo tejido de las relaciones
nacionales o internacionales. Somos conscientes de lo que el Concilio Vaticano
II llamó la legítima autonomía de lo temporal 2 y queremos respetarla
plenamente.
4. Estamos convencidos de que la revelación y la gracia de
Dios ofrecen importantes ayudas a iluminar el problema de la paz y movernos a
construirla con honestidad y fortaleza. Si bien las actividades temporales,
científicas, económicas, políticas o militares, tienen sus leyes y razones
propias, todas ellas, en cuanto actividades humanas, deben responder a unos
fines y a unas actitudes que correspondan al verdadero bien del hombre. En este
terreno de los fines y de las actitudes es donde la fe cristiana y los
criterios morales que de ella se derivan aportan estímulos y luces peculiares
para enjuiciar la situación presente, rectificar lo que aparezca torcido y
desarrollar vigorosamente los verdaderos fundamentos de la paz.
5. Nos sentimos unidos en esta preocupación pastoral con el
Concilio Vaticano II, con los romanos Pontífices y los demás Episcopados, cuyo
magisterio ha iluminado repetidamente con sus enseñanzas a la Iglesia y al
mundo contemporáneo. Más especialmente, por más recientes, queremos recordar el
mensaje del Papa Juan Pablo II sobre la paz el día de Año Nuevo del presente
1986, así como la Relación final del Sínodo de Obispos recientemente
celebrado. Continuamos también la línea de actuación y pensamiento de nuestra
Conferencia Episcopal en años anteriores 3 y, finalmente, queremos
evocar y reconocer, como fuente de la que han bebido muchos especialistas de
dentro y fuera de la Iglesia, a la Escuela Española de Derecho Internacional,
que en pleno siglo XVI, cuando el descubrimiento de un mundo nuevo planteaba
problemas inéditos al derecho y a la paz entre los pueblos, supo encontrar, en
la fe cristiana, unos principios que todavía mantienen en gran parte su
vigencia.
6. En el desarrollo de esta exposición comenzamos por
presentar los rasgos predominantes de la situación actual (capítulo I);
exponemos, después, una síntesis de la doctrina bíblica y católica sobre la paz
(capítulo II); a la luz de esta doctrina y de acuerdo con el más
reciente magisterio de la Iglesia analizaremos desde el punto de vista moral
las más graves cuestiones que se plantean en nuestro mundo acerca de la paz, la
guerra y la defensa (capítulo III); posteriormente examinaremos los
problemas específicos de la paz en la sociedad española, manteniéndonos siempre
en la perspectiva de la fe y de la moral cristiana (capítulo IV); nos ha
parecido oportuno dedicar una atención especial a las cuestiones que se nos
plantean en este campo en cuanto integrantes de Europa (capítulo V);
nuestra instrucción termina enumerando las aportaciones más importantes que
como católicos podemos y debemos hacer a la construcción de la paz en España,
en Europa y en el mundo (capítulo VI).
7. De esta manera queremos contribuir a que la Iglesia y
los católicos españoles, con una conciencia clarificada y con actitudes
verdaderamente evangélicas y cristianas, seamos capaces de ocupar el lugar que
nos corresponde a la construcción de la paz, junto con nuestros hermanos en la
fe de la Iglesia universal y los hombres de buena voluntad del mundo entero.
Esperamos que esta instrucción será recibida como un servicio pastoral a la
comunidad cristiana y a todos aquellos conciudadanos que con verdadero espíritu
de paz buscan los caminos de una sociedad nueva, más justa, más solidaria y
fraterna, una sociedad pacífica que responda a la vez a las necesidades de los
hombres y a los verdaderos designios de Dios.
I. LA PAZ,
CLAMOR Y EXIGENCIA DE NUESTRO TIEMPO
1. Situación conflictiva del mundo
8. Quien examine con ojos limpios y espíritu desinteresado el panorama
general de las relaciones internacionales tendrá que reconocer la existencia de
situaciones anormales y alarmantes.
Situaciones alarmantes en el mundo.
1.1. División en bloques contrapuestos
9. La sociedad mundial está dividida por la hegemonía de dos ideologías
difícilmente conciliables que dan lugar a sistemas enfrentados como dos bloques
cerrados y opuestos que "dividen y contraponen entre sí a los
pueblos"4. El dinamismo de estos bloques está determinado por
el antagonismo de las dos superpotencias que presiden cada uno de ellos. Cada
uno de estos bloques mira al otro con desconfianza, ve en él una amenaza para
su prosperidad y hasta un rival en su voluntad de expansión y hegemonía. Las
posiciones se endurecen y el afán por mantener las propias ventajas tiende a
ser la razón primordial de las actitudes y de las acciones. Se sigue de ello
una política de competencia y rivalidad que mata la necesaria confianza entre
los pueblos, favorece la existencia de tensiones entre el Este y el Oeste y
provoca la carrera de armamentos.
1.2. Carrera de armamentos y guerras localizadas
10. La permanente tensión entre los dos bloques provoca el recurso a la
fabricación y posesión de armas cada vez más perfeccionadas y de mayor poder de
destrucción. Este objetivo destructor tiende a independizarse de cualquier otra
consideración y lleva a planteamientos verdaderamente irracionales y crueles:
un arma es tanto mejor cuanto más poder destructor tenga y más capaz sea de amedrentar
al posible adversario.
11. Las grandes potencias ponen a prueba sus fuerzas en guerras localizadas
en las que, sin necesidad de enfrentarse directamente, dirimen sus diferencias
tratando de ampliar o conservar su hegemonía en territorios de terceros países.
De esta manera se acrecienta la producción de nuevas armas y la venta de las ya
superadas a otros países que se endeudan cada vez más hundiéndose en el
subdesarrollo y en la miseria. Con razón el Papa Juan Pablo II ha denunciado la
"ideologización de conflictos locales por parte de otras potencias que
buscan ventajas en una determinada región abusando de los pueblos pobres e
indefensos"5.
1.3. Creciente fosa entre Norte y Sur
12. La rivalidad que divide y enfrenta a los países desarrollados entre sí
les mueve a centrarse en sus propios objetivos de desarrollo y armamento,
desentendiéndose de las necesidades primarias de los pueblos menos
desarrollados. Más aún las enormes exigencias del armamentismo inducen a los
países más fuertes a aprovecharse de las riquezas existentes en los países
pobres sin compensarles adecuadamente ni colaborar seriamente en su desarrollo.
De esta manera se hace cada vez más profundo "el abismo social y económico
que separa a los ricos de los pobres"6.
13. Los pueblos del hemisferio Norte aumentan progresivamente las distancias
con los países pobres del hemisferio Sur. El desarrollo insolidario de los
primeros mantiene a los más pobres en el subdesarrollo mediante
"manipulaciones inteligentes al servicio de ideologías y sistemas
políticos que tienen como objetivo último la dominación"7. Así,
mientras las tres cuartas partes de los recursos mundiales son consumidas por
las naciones más adelantadas, que sólo representan una cuarta parte de la
población, centenares de millones de personas pasan hambre; y mientras las
grandes potencias del mundo acaparan los recursos de la humanidad para defender
sus privilegiadas posiciones, los países mas pobres se ven privados de lo más
indispensable para sobrevivir.
1.4. Peligro de una catástrofe nuclear
14. En esta situación la paz no tiene garantías suficientes. El
acumulamiento de armas que algunos consideran como el mejor modo de evitar la
guerra, no es capaz de construir la paz ni de eliminar las raíces profundas de
los conflictos. En cualquier momento las tensiones y las rivalidades pueden ser
tan graves que hagan estallar el conflicto sin que sea posible controlar sus
dimensiones ni mitigar su inmenso poder destructor.
15. Aun antes de llegar a este momento crítico, la paz está ya herida en sus
fundamentos por la injusticia existente, las múltiples agresiones localizadas y
la estrategia de subversión y terrorismo extendida por diferentes puntos del
mundo. La guerra no es más que la explosión brutal de la injusticia y de las
ideologías expansionistas y dominadoras.
2. Precaria paz en Europa
16. Al examinar nuestras responsabilidades en relación con la paz no podemos
dejar de tener en cuenta la situación de Europa de la que los españoles formamos
parte. Al hablar de Europa no pensamos sólo en la Comunidad Europea, sino en
Europa entera, desde el Atlántico a los Urales. Estamos y queremos estar unidos
a esta Europa dividida y amenazada que busca ansiosamente la seguridad y la paz
al saberse la primera víctima en el caso de que se rompiera el difícil y frágil
equilibrio existente entre los bloques.
2.1. Una guerra todavía no cerrada
17. A pesar de los importantes logros alcanzados durante los últimos años en
las relaciones entre los pueblos europeos, no se ha llegado todavía a un
tratado de paz que cancele del todo la segunda guerra mundial concluida
militarmente hace ya más de cuarenta años. Desde entonces pueblos enteros se
ven privados de su autonomía cultural y política; las libertades de expresión,
de conciencia y de libre circulación no están reconocidas en gran parte de
Europa; diversas naciones se ven divididas por fronteras artificiales que se
mantienen por la fuerza y el temor de las armas. La incompatibilidad entre los
bloques y las áreas de influencia dividen violentamente a Europa en zonas
incomunicadas que se miran con desconfianza y están sometidas a las exigencias
de la rivalidad entre las superpotencias y a los vaivenes de sus relaciones.
2.2. Una búsqueda larga y laboriosa
18. Los países europeos sienten la necesidad de superar esta situación o de
mitigar, al menos, sus consecuencias más irritantes y dolorosas. Cuando el
mundo entero se siente llamado a vivir como una única familia, resulta menos
tolerable la división y el enfrentamiento dentro de la familia europea, en la
que no es posible el mutuo enriquecimiento al faltar la libertad de
comunicación; las mismas familias se ven obligadas a vivir divididas y los
problemas comunes no pueden ser abordados en sus dimensiones naturales porque
no es posible la colaboración directa entre los trabajadores, los empresarios,
los intelectuales, los políticos y los gobernantes.
El Acta de Helsinki, así como la Conferencia de Seguridad y Cooperación de
Europa (1975) son expresión de un anhelo común. A pesar de los escasos frutos
obtenidos en la práctica, continuó el diálogo en las sesiones de Belgrado,
Madrid y Estocolmo. El proceso, iniciado hace diez años, será revisado, una vez
más, en Viena. Ojalá estos esfuerzos logren pasos efectivos en el
reconocimiento de la libertad y de la justicia, fundamentos indispensables de
la paz verdadera.
3. Dificultades para la paz en la sociedad española
19. Si bien en relación con la paz exterior nuestra situación es muy similar
a la del resto de los países de Europa Occidental, nos encontramos, sin
embargo, en unas circunstancias peculiares en relación con la paz interna de
nuestra sociedad.
Entre nosotros la injusticia, las tensiones, las ideologías intolerantes, la
presencia misma de la violencia, tienen caracteres singulares y específicos.
Enumeramos únicamente los que constituyen las mayores dificultades para
construir sólidamente una convivencia pacífica y estable: la injusticia social
que mantiene en la pobreza a varios millones de españoles; el paro que en vez
de disminuir alcanza cifras intolerables; las ideologías totalitarias y
agresivas sostenidas por grupos minoritarios; la dificultad de armonizar los
derechos e intereses de las diversas nacionalidades y autonomías con las justas
exigencias del bien común; la pérdida de ideales y valores éticos socialmente
compartidos, la persistencia del terrorismo inhumano y cruel.
Sin caer en actitudes catastrofistas, es innegable que los españoles debemos
enfrentarnos con estos problemas de manera seria y enérgica para llegar a una
convivencia verdaderamente reconciliada, enriquecida con el bien de la paz, que
nos permita superar definitivamente los enfrentamientos de nuestra historia y
contribuir a la paz mundial con arreglo a nuestras posibilidades históricas,
culturales y religiosas.
4. Actitudes sociales de fondo
4.1. Crisis de verdad y de sentido
20. La amenaza de una guerra nuclear, las injustas diferencias entre los
pueblos del mundo, la precaria paz de Europa y los conflictos de la sociedad
española obedecen en el fondo a actitudes de prepotencia y de dominio que
impiden la implantación de un orden verdaderamente justo y solidario entre los
hombres.
Acostumbrados a vivir en un clima de injusticia y de violencia, las grandes
palabras como paz, justicia, solidaridad, quedan adulteradas y vacías de
sentido. Perdidos en una sociedad donde se infringen habitualmente los
criterios morales del respeto a la vida y de la convivencia, los hombres y las
naciones sufren una crisis de verdad, de confianza y de sentido.
4.2. Resignación y desencanto
21. Esta situación provoca en muchos la sensación de que no hay posibilidad
de rectificar la situación actual, caminando hacia una sociedad nueva, más
justa y solidaria, en la que las relaciones entre los pueblos estén dirigidas
por un sentimiento de solidaridad universal en vez de inspirarse en la
rivalidad y la competencia.
La progresiva concentración de poderes hace cada vez más difícil la
participación responsable de los ciudadanos en las grandes decisiones sociales
y políticas. Por eso no tiene nada de extraño que muchos hombres y mujeres se
dejen llevar por el desencanto y lleguen a la conclusión de que la situación
actual del mundo, dividido en bloques y atravesado por tensiones y conflictos
es algo inevitable. Especialmente los jóvenes de uno y otro sexo se ven
angustiados por un futuro cargado de dificultades y amenazas ante el cual no
saben qué pueden o qué deben hacer. Este estado de ánimo provoca en unos
reacciones agresivas y a otros les lleva a actitudes pasivas fácilmente
aprovechadas por grupos minoritarios que aspiran a manipular y dominar la vida
de los pueblos. "Todo esto puede y debe ser cambiado"8.
4.3. Hacia una "mentalidad totalmente nueva"
22. La paz no es un ideal utópico que pueda ser dejado al entusiasmo de
ciertos grupos soñadores. La paz universal se ha convertido en una condición
indispensable para la subsistencia de la humanidad, en un punto de partida
necesario para poder superar los graves problemas del hambre y de la pobreza en
el mundo y avanzar en el establecimiento de una vida libre, pacífica y digna
para todos los hombres de la tierra.
23. Nosotros queremos afirmar solemnemente que la paz es necesaria, que la
paz es posible, que es obligatorio para todos hacer cuanto dependa de nosotros
para que sea pronto una realidad. Hay que resaltar que está ganando terreno la
conciencia de que la reconciliación, la justicia y la paz entre los individuos
y entre las naciones no son simplemente una llamada dirigida a unos cuantos
idealistas, sino una verdadera condición para la supervivencia de la misma vida
9.
24. Esta conciencia está suscitando el nacimiento de grupos y movimientos
que buscan nuevos caminos para construir la paz. Se extiende la convicción de
que vivimos un "tiempo de adviento, de espera"10, y se
despierta el sentimiento de que se abre una nueva época de la historia humana
cuyo rumbo está aún en nuestras manos.
25. Los cristianos no podemos asistir con indiferencia a estos
acontecimientos. En el Evangelio y en la vida de la Iglesia encontramos
"nobles razones, más aún, motivos de inspiración para realizar cualquier
esfuerzo que pueda dar paz verdadera al mundo de hoy"11.
El Concilio Vaticano II nos invitó hace ya más de veinte años a examinar los
problemas de la guerra con "mentalidad totalmente nueva"12.
A partir de la iluminación que nos viene de la revelación de Dios, de la
tradición de la Iglesia y de las insistentes enseñanzas de los últimos Papas,
debemos examinar las graves amenazas que se alzan hoy contra la paz del mundo,
asumir con simpatía y discernimiento las aspiraciones de paz que surgen en los
diversos grupos humanos, denunciar las raíces de la violencia e impulsar todo
aquello que acelere el establecimiento de la paz universal entre los hombres y
las naciones de la tierra.
II. VISIÓN
CRISTIANA DE LA PAZ
1. A la luz de la Palabra de Dios
26. Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios sobre la salvación del
hombre. Por ser el Hijo mediador y plenitud de toda revelación, ilumina y da
sentido a todo lo válido del Antiguo Testamento, llevándolo a su plenitud
insuperable y absoluta. Esa Palabra se hace hoy presente entre nosotros gracias
al Espíritu, "por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y,
por ella, en el mundo entero; va introduciendo a los fieles en la verdad plena
y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo"13.
Por ello centramos ahora nuestra atención en esa Palabra fijada para siempre en
la Sagrada Escritura, transmitida, anunciada e interpretada por el Magisterio
de la Iglesia.
2. Cristo, nuestra paz
27. Con estas palabras de San Pablo (Ef 2, 14) formulamos la confesión de
nuestra fe y enunciamos la perspectiva propia de los cristianos en la
construcción de la paz entre los hombres. Con su vida, su muerte y su
resurrección, Jesucristo trajo a los hombres la paz de Dios, y fue constituido
fuente de paz y reconciliación para todos los tiempos y para todos los pueblos.
La predicación del Evangelio sigue renovando y estimulando a la Iglesia e
invitando a todos los hombres a que se dejen penetrar por su Espíritu
vivificante. Al propio tiempo, el mismo Espíritu sigue actuando más allá de las
fronteras visibles de la Iglesia en el secreto de las conciencias de todos los
hombres de buena voluntad 14.
2.1. El ejemplo de la predicación de Jesús
28. En su forma de vivir y en su predicación, Jesús de Nazaret expresa una
convicción fundamental: que Dios es Padre, amor gratuito y generoso que quiere
que todos los hombres lleguen a ser sus hijos y vivan como hermanos, en paz y
amor; que se inicia ya un "año de gracia"15, en el que
llegará la paz y la liberación para todos los que acogiendo su palabra, alejen
de su corazón el egoísmo y la violencia.
29. Jesús centró su predicación en anunciar el Reino de Dios inaugurado en
Él mismo. Este Reino se realizará plenamente en el mundo nuevo de la
Resurrección mas allá de las fronteras de la muerte. La adhesión de los hombres
por la fe y la conversión a este anuncio de Jesús, abre la posibilidad y la
obligación de realizar ya en este mundo de manera anticipada los rasgos
esenciales de este Reino de reconciliación y de paz que son: misericordia,
justicia, amor, verdad, liberación y libertad para los oprimidos hasta que el
Señor vuelva. El Reino es como un banquete al que todos los hombres son
invitados para sentarse juntos y participar en su misma mesa 16. Con
este espíritu, Jesús forma una pequeña comunidad cuya ley era el amor en el
servicio; infundió confianza a los pobres, enfermos y pecadores; quiso librar a
los poderosos y ricos de sus falsas seguridades; anunció un mundo reconciliado
en el que todos los hombres vivan como hijos de Dios y hermanos entre sí.
2.2. Por la sangre de su cruz
30. Cuando Jesús tuvo que enfrentarse con la muerte a manos de los hombres,
renunció a cualquier respuesta violenta, acepto la voluntad misteriosa de Dios
en amor y obediencia, se entregó mansamente como cordero llevado al matadero y
murió perdonando a quienes lo mataban y ofreciéndose a sí mismo como precio de
la redención de todos los hombres. Quienes creemos en Él como Hijo de Dios y
salvador de los hombres, no podemos olvidar que el Evangelio cuando nos propone
expresamente el seguimiento de Jesús destaca estos rasgos: "Aprended de mí
que soy manso y humilde de corazón"17.
31. Dios mismo estaba misteriosamente presente en la muerte de su Hijo
ofreciendo su vida por nosotros para reconciliar a todos los hombres con Él 18.
Al reconciliarnos con Dios, Jesús trajo la paz al mundo por la sangre de su
cruz 19 y derribó el muro de enemistad que separaba a los pueblos 20.
32. Resucitado de entre los muertos por el poder de Dios, Jesucristo fue
constituido Señor, primicia de un mundo nuevo al que todos somos llamados. Con
la fuerza de esta vocación y de esta esperanza, creyendo en Él y aceptando en
nosotros la acción de su gracia, podemos y debemos transformar este mundo a
imagen y semejanza del mundo futuro estableciendo ya desde ahora, aunque sea
parcialmente, el Reino de Dios, presidido por Jesucristo resucitado, Señor de
la historia y animado por el Espíritu Santo, fuente de amor, de fraternidad, de
paz entre los hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación 21.
2.3. El Evangelio de la paz
33. Este anuncio resume el mensaje de Jesús en relación con la paz: Dios ha
intervenido en el mundo para suscitar el amor y la fraternidad entre todos los
hombres, concediéndonos el don de la paz y pidiéndonos nuestra colaboración
mientras llega la plenitud de la salvación.
34. La paz es don de Dios. Quienes reciben en su corazón la buena
noticia del Reino adquieren una nueva visión del mundo y de la vida;
experimentan el perdón y el amor de Dios que les hace a su vez capaces de
perdonar y amar a los hombres como ellos mismos son amados y perdonados. Jesús
exhorta a sus discípulos a amar a sus enemigos, a ser buenos con todos más allá
de los límites de las exigencias y los derechos: "Sed misericordiosos como
vuestro Padre es misericordioso; perdonad y seréis perdonados; porque con la
medida con que midáis seréis medidos"22. Por todo ello los
pacíficos son llamados "hijos de Dios" y Jesús los proclama
bienaventurados: "Bienaventurados los que buscan la paz porque ellos serán
llamados hijos de Dios"23.
35. La paz es fruto del amor. Esta tarea de pacificación, como el
amor cristiano que la inspira, va siempre más allá de las leyes escritas y de
las observancias legales: "Si alguno te obliga a andar una milla, vete dos
con él"24. Prohibe devolver mal por mal y manda, en cambio,
hacer el bien incluso a los que hacen el mal y a los enemigos 25; no
se toleran odios, desprecios, venganzas ni represalias contra nadie.
Expresiones como "a quien te abofetee en una mejilla, ofrécele también la otra"
o "al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también
el manto"26, manifiestan, dentro de su estilo hiperbólico, una
mentalidad nueva que crea en el hombre un corazón pacifico y pacificador.
36. La paz responsabilidad de los hombres. La paz, como todo don de
Dios al hombre, debe contar con nuestra disponibilidad y colaboración. La
conversión al Reino de Dios incluye necesariamente nuestro compromiso en favor
de la paz. Este compromiso tiene unos contenidos y unas exigencias morales que
podemos llamar "su verdad": justicia, amor, verdad, misericordia,
especialmente con los pobres y los oprimidos. Los pacíficos del Evangelio son
los que, además de haber comprendido el designio de Dios, tratan de plasmarlo
en el tejido de la historia: "No todo aquel que me diga Señor, Señor,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre
celestial"27.
Para construir la paz es necesario amar a Dios y a los hombres, inseparables
entre sí: Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que un hermano
tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar y vete
primero a reconciliarte con tu hermano; "luego vuelve a presentar tu
ofrenda"28. De aquí que la "verdad de la paz" tenga
sus exigencias y compromisos en favor del hombre. La calidad cristiana de este
compromiso se manifiesta especialmente en la preferencia por los desvalidos y
humillados, en quienes Jesús mismo se hace presente y nos juzga 29.
3. Jesucristo, esperanza de los pueblos
3.1. "Shalom", paz
37. El hombre ha sido creado por Dios para vivir en comunión con Él, con los
demás hombres y con todas las creaturas 30. El Hijo de Dios vino a
este mundo, enviado por el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo para
realizar estos designios formando un pueblo "de su propiedad" que
fuera una verdadera comunidad universal, fundada en el reconocimiento de su
paternidad y su soberanía con un estilo de vida basado en la justicia, el amor
y la misericordia 31.
El conjunto de estos bienes se expresa en el saludo bíblico
"Shalom" con el que se desea la paz como síntesis de todos los bienes
necesarios y posibles.
Esta paz significa bienestar, prosperidad material y espiritual, sosiego y
felicidad, bendición de Dios y estima de los hombres de buena voluntad 32.
3.2. La paz obra de la justicia
38. Aunque la paz sea un don que Dios concede a su pueblo 33 , la
construcción de la paz es también tarea de los hombres; para ello es preciso
vivir con sentimientos de reconciliación, con espíritu de justicia y con
actitudes de solidaridad y misericordia hacia los más débiles y necesitados de
la sociedad. Cuando no hay justicia, "se dice paz, paz, pero no hay
paz"34 cada uno crea sus propios ídolos para mantener sus
falsas seguridades, oponiéndose así al verdadero Dios que quiere la justicia y
la misericordia entre los hombres. Negando los derechos del hombre, se niegan
también los derechos de Dios 35. Por eso, el mismo Creador pide
cuentas a Caín, el primer fratricida que rompió la paz: "¿Dónde está tu
hermano?"36.
3.3. En la esperanza de la paz definitiva
39. A pesar de las desviaciones y pecados de los hombres, los profetas
anuncian que Dios llegará a reinar sobre toda la tierra y establecerá la paz en
los últimos tiempos. Convertirá a las naciones poderosas que forjarán de sus
espadas azadones y de sus lanzas podaderas; no levantará la espada nación
contra nación ni se ejercitarán más en la guerra 37."Yhavé
proclamará la paz a las naciones"38; llegará al fin el mundo
paradisíaco de la reconciliación y la paz 39.
El Nuevo Testamento mantiene y confirma esta esperanza. Al final de los
tiempos habrá nuevos cielos y nueva tierra, una nueva ciudad bajada del cielo,
esto es, promovida por el amor y la gracia de Dios, morada de Dios con los
hombres, sin muerte ni llanto, sin gritos ni fatigas 40.
3.4. La paz, objetivo posible
40. Los profetas anunciaron que esta reconciliación definitiva sería obra
del Mesías, Príncipe de la paz 41, y los cristianos confesamos a
Jesucristo como el Mesías que ha traído la paz del Reino de Dios. Sin embargo
seguimos todavía viviendo bajo el azote de la guerra aguardando la llegada de
un mundo plenamente reconciliado.
Sabemos que la paz entre los hombres entra dentro de los bienes del Reino
que son posibles en este mundo. La guerra, las divisiones, los conflictos no
son inevitables. Tenemos dentro de nosotros, por la gracia de Dios, la
capacidad de superar las divisiones y construir un mundo de paz 42.
No es la fuerza fatalista del destino sino nuestros propios pecados, pecados de
egoísmo, ambición, intolerancia y venganza, lo que impide el establecimiento de
la paz. Por eso la Iglesia reclama la responsabilidad moral de los dirigentes
políticos y la conversión de los hombres a una vida justa y solidaria como raíz
de los cambios y del esfuerzo necesarios para construir la paz.
Ni el optimismo irresponsable ni la resignación fatalista son actitudes
cristianas. La paz no llegara sola ni es fácil conseguirla. Pero está en
nuestras manos. Las promesas y los dones de Dios nos permiten creer en la paz,
amarla y esperarla como algo posible a pesar de nuestra debilidad de nuestros
pecados.
4. La palabra de la Iglesia
4.1. Misión de la Iglesia y de los cristianos
41. Entre la reconciliación ya realizada en Jesucristo y la plenitud de los
tiempos se sitúa el tiempo de la Iglesia. La Iglesia es en Cristo "como
sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano"43. Ella que es una y universal
en la variedad de los pueblos y de las culturas, puede fomentar los vínculos
entre las naciones.
Desde el primer momento, la Iglesia naciente comenzó llevando a los diversos
pueblos la conciencia de su unidad y el espíritu de reconciliación. La búsqueda
y la defensa de la paz ha operado siempre en la conciencia de la Iglesia como
una de sus obligaciones más graves en el mundo. Ni siquiera en las épocas más
oscuras de la historia dejó de manifestarse de algún modo esta conciencia. En
los tiempos más cercanos la doctrina y las enseñanzas del Magisterio han
denunciado repetidamente los males de la guerra y han urgido las exigencias de
la paz.
4.2. Ejemplo de las primeras comunidades de la Iglesia
42. Convencidos de que la promesa de salvación es también "para los que
están lejos"44, los primeros cristianos vencieron toda
tentación de sectarismo y de discriminación entre hombres y pueblos. Pronto la
comunidad de Jesús abrió sus puertas a los gentiles, pues "Dios no hace
distinción de personas"45. Con el mismo espíritu de
universalidad, las iglesias que fueron naciendo en el mundo helenístico
derribaron los muros de raza, de sexo y de condición social que impedían la
fraternidad entre todos los hombres 46.
Lo mismo que el Maestro, también los primeros cristianos entraron en
conflicto con "los dominadores de este mundo tenebroso"47
sufrieron la persecución y el martirio. Con su paciencia y mansedumbre,
manifestaron el espíritu de reconciliación; vivieron y murieron perseverantes
"en la caridad primera"48 anunciando el evangelio de la
paz.
4.3. Una exigencia constante en la historia del cristianismo
43. No es fácil encarnar el evangelio del amor y de la paz en una sociedad
marcada por la rivalidad y la violencia. Ello puede explicar hasta cierto punto
las diferencias y desviaciones de muchos cristianos contra esta vocación de
unidad y de paz. Porque, aunque los acontecimientos del pasado hayan de ser
interpretados y juzgados dentro de su contexto histórico, es obligatorio
reconocer que los miembros de la comunidad cristiana no hemos sido siempre
instrumento ni signo de paz: guerras de religión entre cristianos y contra
otras religiones, alianzas con los poderes de este mundo, silencio ante la
violencia y los agresores; todo ello son deficiencias y pecados que desfiguran
la vida de la Iglesia "necesitada de purificación constante"49.
44. A pesar de todo, el servicio a la paz ha estado siempre vigente en la
conciencia de la Iglesia, obligándola a resistirse a aceptar la guerra como
medio normal de comportamiento entre los hombres. Es significativo y digno de
admiración la resistencia de los primeros cristianos de Roma a participar en
las acciones violentas de su sociedad a pesar del reconocimiento de la
autoridad civil como representante de Dios e instrumento del bien común y de la
convivencia 50.
Cuando la expansión del cristianismo hace que aumente el número de los
cristianos que participan en la milicia, a los soldados cristianos se les
recuerdan las exigencias del amor fraterno 51.
45. Más tarde, cuando la sociedad entera pretende regirse por los criterios
de la fe cristiana, son los mismos cristianos quienes tienen que buscar la
difícil armonía entre las exigencias del amor al prójimo y el mantenimiento del
orden o de la defensa contra los enemigos 52.
4.4. La regulación moral de la guerra
46. Esta preocupación llevará a los doctores y pastores de la Iglesia y
especialmente a San Agustín a formular los preceptos morales que deben
observarse cuando las circunstancias imponen la aceptación de la guerra: la paz
es el conjunto de todos los bienes y debe ser siempre deseada y protegida,
mientras que la guerra es un mal devastador que debe evitarse y rechazarse.
Cuando la autoridad no puede defender de otra manera la paz del pueblo, la
réplica armada a los adversarios debe vulnerar lo menos posible las exigencias
del amor y del perdón a los enemigos. La intención de esta doctrina no fue
nunca la justificación de la guerra, sino la de defensa de las exigencias de la
justicia y del amor a los enemigos aún en la circunstancia anómala de tener que
usar la violencia.
47. Con la misma intención Sto. Tomás de Aquino y otros teólogos, entre los
que descuellan los españoles del siglo XVI, condenaron los males de la guerra y
perfeccionaron la doctrina moral de la Iglesia sobre la guerra misma tratando
de evitarla en lo posible o por lo menos disminuir y mitigar sus males 53.
Para que el desarrollo de una guerra sea compatible con la moral cristiana debe
existir una causa justa, han de estar agotados los procedimientos pacíficos de
restablecer el orden, debe estar declarada y dirigida por una autoridad
competente y soberana en la imposibilidad de recurrir a otra instancia
superior. Los males infligidos al agresor deben ser proporcionales y
restringidos, para no violar los principios de la justicia que se intentan
cumplir ni destruir los bienes que se intentan proteger. Es preciso reconocer
con tristeza que estas exigencias morales se han ido relajando y hoy existen
concepciones de la "guerra justa" que tienen poco que ver con la
visión cristiana de la paz y de la guerra.
5. El magisterio actual de la Iglesia
48. Ante las graves amenazas que se ciernen sobre el mundo contemporáneo, la
Iglesia ha actuado y desarrollado con insistencia sus consideraciones morales
sobre los problemas de la paz y de la guerra. El Concilio Vaticano II recoge y
actualiza la doctrina tradicional de la Iglesia y las enseñanzas de los Sumos
Pontífices: es preciso construir la paz y abandonar la guerra para siempre 54.
5.1. La paz obra del amor y de la justicia
49. La paz, aspiración de todos los hombres y los pueblos, es un don de
Dios, que por "la Cruz elevada sobre el mundo, lo abraza simbólicamente y
tiene el poder de reconciliar Norte y Sur, Este y Oeste"55 .
Paz no quiere decir sólo "ausencia de guerra, no se reduce al solo
equilibrio de fuerzas contrarias, ni nace de un dominio despótico, sino que con
razón y propiedad se define como la obra de la justicia 56.
No hay verdadera paz si no hay justicia: "la paz construida y mantenida
sobre la injusticia social y el conflicto ideológico nunca podrá convertirse en
una paz verdadera para el mundo"57.
50. La justicia se expresa principalmente en el respeto a la dignidad de las
personas y los pueblos y en la ayuda eficaz a su desarrollo 58. La
paz, continuamente amenazada por el pecado, ha de fraguarse en el corazón del
hombre: "ante todo, son los corazones y las actitudes de las personas los
que tienen que cambiar, y esto exige una renovación, una conversión de los
individuos"59.
51. Además, la paz tiene sus propios caminos que son inexorables: el respeto
al "derecho natural de gentes"60, la edificación de un
nuevo orden internacional, el respeto a los acuerdos adoptados, la renuncia al
egoísmo nacionalista y a las ambiciones de dominio, el cambio de mentalidad de
los pueblos hacia sus presuntos adversarios y el diálogo como camino de
solución de los conflictos 61.
52. En una situación como la que vivimos es muy difícil que se den las
condiciones mínimas para poder hablar de una guerra justa. La capacidad de
destrucción delas armas modernas, nucleares, científicas y aun convencionales,
escapa a las posibilidades de control y proporción. Por ello hay que tender a
la eliminación absoluta de la guerra y a la destrucción de armas tan mortíferas
como las armas nucleares, biológicas y químicas. Esto no será posible sin un
cambio de las conciencias que les lleve a rechazar la guerra y extirpar las
injusticias que la alimentan; es preciso llegar al "desarme de las mismas
conciencias"62.
6. Una mentalidad evangélica
53. La situación amenazadora del mundo exige un cambio si se quiere
sobrevivir. Esta es la opinión generalizada entre muchos de nuestros
contemporáneos, y el mismo Concilio Vaticano II expresó su preocupación y dio
su voz de alerta.
Los cristianos tenemos ya en el Evangelio las orientaciones fundamentales
para superar esta situación, juzgando con un corazón nuevo la nueva coyuntura
histórica. La paz que hemos de construir tiene su fuente en el amor sólo desde
ahí podemos emprender "el camino de la solidaridad, del diálogo y de la
fraternidad universal"63. Este amor alcanza también a los
enemigos; no caben represalias ni venganzas.
La construcción de la paz es responsabilidad de todos. Con esta mentalidad
evangélica, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia y el testimonio de los
mejores cristianos, queremos examinar ahora los problemas que se plantean hoy
en relación con la paz y con la guerra, deseosos de ayudar a los cristianos y a
los hombres de buena voluntad a aclarar sus conciencias sobre estas complejas
cuestiones y promover el desarrollo de la paz en la medida de sus fuerzas.
III. JUICIO
CRISTIANO
SOBRE LAS GRANDES CUESTIONES DE
PAZ
54. Queremos proyectar esta mirada evangélica sobre algunas cuestiones más
urgentes de nuestro tiempo en torno a la paz, no para ofrecer soluciones
concretas que pertenecen al terreno de la política mundial o nacional, sino
para que las soluciones no sucumban al pragmatismo del puro "realismo
político" sin horizontes éticos. Es cierto que los grandes ideales quedan
siempre más allá de las actuaciones prácticas, pero si éstas no brotan
motivadas por las preocupaciones éticas ni tratan de acercarse a los ideales
tampoco serán válidas para construir la verdadera paz.
1. La guerra es un mal condenable
55. Para el pensamiento cristiano la guerra es un mal que no responde a la
naturaleza del hombre como ser racional y sociable; un atropello contra los
derechos humanos y contra los derechos de Dios; una violencia incompatible con
la mansedumbre de Jesucristo y el Evangelio de reconciliación. Dadas las
espantosas consecuencias que hoy pueden provocar un conflicto bélico, la guerra
ha llegado a ser un mal intolerable: "en nuestra época, que se jacta de
poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un
medio apto para resarcir el derecho violado"64.
56. Una guerra con armas nucleares, bacteriológicas o químicas no puede ser
justificada bajo ningún concepto ni en ninguna situación. La rapidez de
intervención de las partes en conflicto y la capacidad de destrucción ilimitada
hacen intolerables unos efectos que supondrían un crimen contra la humanidad,
por lo que esa guerra debe ser condenada sin paliativos 65.
Es igualmente injustificable cualquier guerra de agresión, sean cuales sean
los medios de destrucción empleados; serán siempre rechazables por la
intencionalidad que originó el enfrentamiento y por la finalidad que se
persigue, y ello aún independientemente del peligro real que entraña además la
posible generalización del conflicto. Por otra parte, está disminuyendo la
diferencia entre armamento nuclear y convencional. Es evidente que
"debemos hacer un esfuerzo para preparar con todas nuestras fuerzas los
tiempos en que, con el consentimiento de las naciones, pueda ser proscrita
totalmente toda clase de guerra"66.
2. Derecho a la legitima defensa
57. La autodeterminación, la libertad y la integridad son bienes de los
pueblos y de las naciones que pueden y deben ser deben ser defendidos en el
caso de que existan amenazas o agresiones injustas. En la doctrina católica la
autoridad y el Estado tienen la misión primordial de defender los derechos
personales y colectivos contra cualquier clase de agresión injusta que pueda
presentarse.
Ya desde ahora hay que decir que esta "mejor manera posible" ha de
tener en cuenta no solo la eficacia y la contundencia sino también los aspectos
morales, el respeto a la dignidad humana del adversario y sobre todo los
derechos de la población inocente.
58. En ausencia de una autoridad internacional capaz de asegurar el orden
internacional, está claro que un Estado soberano puede y debe organizar
adecuadamente la defensa de su población y de su territorio. No es suficiente
una concepción de la paz como mera ausencia de guerra ni puede apoyarse la defensa
en una mentalidad armamentista. Una política de promoción positiva de la paz
tiene que fundarse en primer lugar en el respeto a los derechos de todos y al
desarrollo de unas relaciones internacionales justas y solidarias.
59. Hoy, por desgracia, existen todavía amenazas contra la paz y la libertad
de los pueblos. Estas amenazas provienen de las ideologías que justifican la
negación de los derechos humanos concretos en favor de inciertas utopías
futuras, de la búsqueda de un bienestar cada vez mayor como meta absoluta sin
atender a las necesidades de los demás, de la rivalidad y expansionismo de las
grandes potencias, del empleo de métodos subversivos y violentos para
reivindicar pretendidos derechos o vengar agresiones padecidas.
Es necesario todavía reclamar "el respeto de la independencia, de la
libertad y de la legítima seguridad" de los pueblos 67. Por
ello no se puede negar a los gobiernos el derecho a tomar aquellas medidas
necesarias para la defensa y seguridad de sus pueblos 68.
3. Exigencias éticas de la legítima defensa
60. El derecho a la defensa legítima justifica evidentemente la producción y
posesión de los medios necesarios para ejercerla. Pero desde el punto de vista
moral surgen aquí graves preguntas: ¿Es lícito cualquier modo de organizar y
llevar a cabo la propia defensa? ¿Es igualmente lícita la posesión y uso de
cualquier clase de armas? La doctrina tradicional de la Iglesia, aplicada a las
nuevas circunstancias, tiene también aquí su aplicación.
61. El principio general para iluminar estas cuestiones es el siguiente: La
defensa tiene que estar ordenada y subordinada al bien común de la sociedad
cuyos bienes se pretenden defender; tiene que encaminarse a la evitación de la
guerra, nunca a fomentarla o a provocarla; por último, la defensa tiene que ser
proporcionada a los peligros reales de agresión. Tales criterios excluyen la
validez de la carrera ilimitada de armamentos.
Por otra parte la defensa no puede descansar únicamente en la fuerza
disuasoria de las armas. El primer esfuerzo de la defensa ha de consistir en el
reconocimiento de los derechos de todos los hombres y pueblos, así como en el
desarrollo de relaciones internacionales inspiradas en el respeto, la confianza
y la solidaridad.
62. La legitimidad moral de la defensa no justifica, por tanto, la
producción ilimitada de armas dando lugar al desarrollo de una industria
armamentística que poco a poco va convirtiéndose en eje principal del
desarrollo de la investigación, la industria y el comercio. Cuando esto ocurre,
la defensa, en vez de ser un medio imprescindible para situaciones especiales,
se convierte en el eje de un sistema económico que necesita ampliarse
constantemente y justificarse sin cesar con la existencia de tensiones y
conflictos. En esta situación, la fabricación y el comercio de armas, en vez de
ser un instrumento de defensa, se convierte en un aliciente para la guerra, en
una verdadera amenaza contra la paz y hasta puede llegar a ser una injusticia
respecto a los más pobres.
63. Llegados a este punto no se puede dejar de hablar de los problemas que
plantean las armas llamadas científicas, es decir, armas nucleares, biológicas
y químicas. A efectos del juicio moral, la particularidad de estas armas es,
ante todo, su gran poder mortífero y destructor. Desde un punto de vista
cristiano y moral nos parece obligado afirmar que no es moralmente aceptable ni
la fabricación, ni el almacenamiento ni el uso de esta clase de armas. Su gran
poder destructor hace imposible admitir la moralidad de tal clase de armamentos.
Un juicio semejante habría que hacer de ciertas armas convencionales con
creciente capacidad de destrucción masiva e indiscriminada.
Nunca deberían haber aparecido en una humanidad civilizada estos
instrumentos de destrucción generalizada e incontrolada. Una conciencia moral
no puede aceptar la existencia y el desarrollo de tales armas como un modo
normal de ejercer el legítimo derecho a la propia defensa. La Iglesia, como
intérprete de la conciencia moral que nace del Evangelio y de la misma con
ciencia moral de la humanidad, no ajena a las inspiraciones del Espíritu de
Dios, no puede dejar de mantener vivo el imperativo moral de la prohibición y
destrucción generalizada y controlada de tal clase de armamentos.
4. El problema moral de la disuasión
64. Para iluminar moralmente la situación actual no es suficiente decir que
estas armas no debían haber existido nunca. Nos encontramos en una situación en
la que de hecho las naciones más poderosas del mundo, divididas en bloques
antagónicos, se amenazan mutuamente con grandes arsenales de armas nucleares y
científicas capaces de destruir totalmente la vida humana sobre la tierra. El
juicio moral sobre esta situación es complejo y requiere importantes
matizaciones.
65. La estrategia de disuasión, tal como existe actualmente, no parece
compatible con una conciencia moral que tenga en cuenta todos los aspectos
afectados. Y esto por las razones siguientes: la estrategia de disuasión,
llevada de su propio dinamismo interno, obliga a un crecimiento ilimitado en
cantidad y calidad de las armas científicas aumentando ciegamente su poder
destructor; esta carrera ilimitada de armamentos condiciona cada vez más el
desarrollo, industrial y económico de los países afectados; el gran costo de
estos armamentos obliga a consumir desmesuradamente los recursos limitados de
que dispone la humanidad e impide a los países mas desarrollados mantener unas
relaciones de verdadera colaboración y solidaridad con los países pobres y
subdesarrollados. Mientras en unos países se llega a construir artefactos
costosísimos de vida efímera que tienen que ser sustituidos en poco tiempo, en
otros lugares de la tierra los hombres no pueden conseguir los niveles mínimos
de subsistencia y de dignidad.
66. Para completar el análisis habría que añadir otra consideración: la
industria armamentística exigida por la estrategia de la disuasión exige el
complemento de la venta de armamentos a terceros países, generalmente pobres,
con las consecuencias de endeudamiento y empobrecimiento de los países compradores
y la multiplicación o agravamiento de los conflictos armados entre países
pobres cuyos habitantes carecen con frecuencia de los bienes elementales de
alimentación, sanidad y cultura. Cualquier persona con buen sentido moral y una
información suficiente se siente obligada a rechazar esta situación global como
incompatible con una moral de respeto a la vida humana y de solidaridad entre
los pueblos.
"Crece desmesuradamente -y el ejemplo produce escalofríos de temor- la
dotación de armamentos de todo tipo, en todas y cada una de las naciones;
tenemos la justificada sospecha de que el comercio de armas alcanza con
frecuencia niveles de primacía en los mercados internacionales, con este
obsesionante sofisma: la defensa, aun proyectada como sencillamente hipotética
y potencial, exige una carrera creciente de armamentos que sólo con su
contrapuesto equilibrio puede asegurar la paz"69.
67. Es preciso entrar en una consideración moral de la situación planteada
entre las naciones de ambos bloques. Existe la división del mundo en bloques;
existe la desconfianza, el temor y la amenaza entre ambos bloques; existe la
necesidad de defender la libertad de los pueblos que se sienten amenazados ¿Qué
se puede decir desde una conciencia moral para superar razonablemente esta
situación que parece un callejón sin salida?
68. En el año 1982 Juan Pablo II se expresaba en estos términos: "En
las circunstancias presentes, una disuasión basada en el equilibrio, no
ciertamente como un fin en sí misma, sino como una etapa en el camino de un
desarme progresivo, quizá podría ser juzgada todavía como moralmente aceptable 70.
69. A la vez, siguiendo las enseñanzas del Concilio y citando palabras de
Pablo VI, el Sto. Padre expresaba sus reservas de orden moral frente a la
estrategia de la disuasión: no es suficiente garantía para la paz ni camino
seguro para mantenerla y fortalecerla; la estrategia de disuasión implica la
necesidad de ser superior al adversario adquiriendo niveles cada vez más altos
de capacidad destructora con lo que resulta inevitable la carrera de armamentos
con todos los males y riesgos que lleva consigo.
70. Los pueblos tienen derecho a defenderse cuando se sienten amenazados;
los gobiernos tienen obligación de asegurar esta defensa; el desarme unilateral
podría convertirse en un aliciente para el posible agresor convirtiéndose así
en una facilidad para la guerra en vez de ser una condición para la paz.
71. El punto esencial consiste en no apoyar el mantenimiento de la paz o la
evitación de la guerra de manera exclusiva o primordial en el temor impuesto
por la amenaza de las armas. Es preciso poner en el primer plano de los
esfuerzos para evitar la guerra y mantener la paz las negociaciones y
relaciones internacionales junto con el reconocimiento universal de los derechos
humanos tanto de las personas concretas como de los pueblos.
El orden moral exige que los gobiernos se comprometan a establecer
conversaciones y negociaciones para crear el suficiente clima de confianza que
permita, en primer lugar, paralizar cuanto antes la producción de nuevas armas
científicas y evitar su dispersión o extensión de manera absoluta. Es preciso
que la colaboración y la confianza, expresadas en hechos concretos, hagan
retroceder progresivamente los recelos y las amenazas. Posteriormente hay que
avanzar en la disminución de estas armas de manera bilateral, gradual y
controlada hasta llegar a su completa destrucción y prohibición.
72. Para que este proceso sea posible es necesario también que se avance en
el reconocimiento efectivo de los derechos humanos de los hombres y de los
pueblos. Las diversas ideologías y los diferentes sistemas podrían coexistir
pacíficamente con tal de que se afirmasen en un contexto de libertad, de
respeto al derecho de autodeterminación y autogobierno de los pueblos, al
derecho a la libertad de expresión, a la libertad religiosa, a la libertad de
circulación, comunicación y asentamiento. El reconocimiento generalizado de los
derechos humanos dentro y fuera de las propias fronteras y el establecimiento
de una política de confianza y de solidaridad entre todos los pueblos de la
tierra es el camino para eliminar los bloques antagónicos existentes. De esta
manera se hará innecesaria la carrera de armamentos y resultará posible romper
la lógica diabólica del armamentismo.
73. Es necesario añadir que una política de paz debe inspirarse hoy en una
solidaridad internacional y planetaria. Estos objetivos de solidaridad tendrían
que ser el auténtico objetivo de la investigación y del avance industrial, así
como de las relaciones y pactos de colaboración entre los pueblos Esta es la
condición para que los avances técnicos y políticos de la humanidad resulten
acordes con los planes de Dios y puedan dar lugar a un verdadero progreso
material y moral, cuantitativo y cualitativo, de la humanidad.
74. Finalmente, este proceso pacífico de la humanidad no será prácticamente
posible sin la existencia de una autoridad universal, verdaderamente
representativa y democrática, capaz de garantizar la vigencia de los pactos
establecidos, los legítimos derechos de los pueblos y la solución justa y
pacífica de los conflictos locales que puedan aparecer.
75. "A quienes piensan que los bloques son algo inevitable, nosotros
les respondemos que es posible e incluso necesario crear nuevos tipos de
sociedad y de relaciones internacionales que aseguren la justicia y la paz
sobre fundamentos estables y universales". "Este es el camino que la
humanidad tiene que emprender si quiere entrar en una era de paz universal y de
desarrollo integral"71.
IV. NUESTROS
PROBLEMAS INTERNOS Y LA PAZ
76. Es conveniente que los españoles desarrollemos nuestro conocimiento de
los problemas mundiales de la paz, aprendamos a enjuiciarlos con un buen
sentido moral y hagamos cuanto dependa de nosotros personal y colectivamente
para apoyar y desarrollar iniciativas de distensión y de paz. Pero a la vez
hemos de tratar de analizar sinceramente y superar de manera seria y
responsable las dificultades especificas que se dan entre nosotros para la
construcción de una paz estable dentro de nuestras propias fronteras. Estamos
convencidos de que la hora presente es una hora propicia para superar las
raíces internas de la violencia y orientar nuestra convivencia por caminos de
paz y de progreso. Con el deseo de colaborar a este empeño común ofrecemos las
sugerencias que siguen, inspiradas en la moral del Evangelio y congruentes con
la misión pacificadora de la Iglesia.
1. Dificultades internas para la paz y la convivencia
77. La experiencia demuestra que la convivencia y la paz encuentran entre
nosotros graves dificultades. En el momento presente resulta excesivamente
simplista hablar de la existencia de dos Españas como si nuestra sociedad
estuviera dividida en dos bloques irreconciliables. La realidad es bastante más
compleja y no admite una catalogación tan rígida y simplificadora. En la
sociedad española -más o menos como en las demás sociedades- se dan actualmente
diferencias étnicas, culturales, ideológicas, religiosas, políticas,
económicas, sociales y generacionales que se cruzan y entremezclan en múltiples
sentidos. Solamente la radicalización y la intolerancia, la ofuscación de la
razón por la pasión podrían llevarnos a divisiones de la sociedad en bloques
incompatibles. Sin embargo, como la misma historia demuestra, no hay nada, por
malo que sea, que no se pueda repetir. Es imprescindible un esfuerzo de
comprensión y de progreso social en actitudes de convivencia y solidaridad. La
variedad y el pluralismo social, resultado de un reconocimiento de la libertad
en la vida social y política, no tienen por qué convertirse en rivalidad si
progresamos socialmente en las actitudes morales requeridas por la paz.
78. En este mismo año celebramos el cincuenta aniversario de la guerra
civil. El recuerdo de aquella trágica experiencia pesa todavía, quizá
excesivamente, sobre la vida social y política de nuestra Patria. La misión
pacificadora de la Iglesia nos mueve a decir una palabra de paz con ocasión de
este aniversario. Tanto mas, cuanto que las motivaciones religiosas estuvieron
desgraciadamente presentes por ambas partes en la división y enfrentamiento de
los españoles.
79. No sería bueno que la guerra civil se convirtiera en un asunto del que
no se pueda hablar con libertad y objetividad. Los españoles necesitamos saber
con serenidad lo que verdaderamente ocurrió en aquellos años de amargo
recuerdo. Los estudiosos de la historia y de la sociedad tienen que ayudarnos a
conocer la verdad entera acerca de los precedentes, las causas, los contenidos
y las consecuencias de aquel enfrentamiento. Este conocimiento de la realidad
es condición indispensable para que podamos superar la de verdad.
Por ello hay que desautorizar los intentos de desfigurar aquellos hechos,
omitiendo o aumentando cualquiera de sus elementos, en favor de una posición
determinada o la desautorización de personas, ideologías o instituciones. En
ningún caso se debe utilizar una imagen desfigurada de lo ocurrido como
argumento en favor o en contra de nadie en la actual situación española. Tal
procedimiento podría avivar los rescoldos de la división todavía no apagados
del todo y perpetuar en las generaciones jóvenes actitudes de intolerancia de
consecuencias insospechables. Saber perdonar y saber olvidar son, además de una
obligación cristiana, condición indispensable para un futuro de reconciliación
y de paz.
80. Aunque la Iglesia no pretende estar libre de todo error, quienes
reprochan a la Iglesia el haberse alineado con una de las partes contendientes
deben tener en cuenta la dureza de la persecución religiosa desatada en España
desde 1931. Nada de esto, ni por una parte ni por otra, se debe repetir. Que el
perdón y la magnanimidad sean el clima general de los nuevos tiempos. Recojamos
todos la herencia de quienes murieron por su fe perdonando a quienes los
mataban y de cuantos ofrecieron sus vidas por un futuro de paz y de justicia
para todos los españoles.
81. Por fortuna las circunstancias han cambiado profundamente. Vamos
comprendiendo que las diferencias políticas, ideológicas o religiosas no deben
ser causa de enfrentamientos, de incompatibilidades o discriminaciones entre
los españoles. Es imprescindible evitar todo aquello que nos pudiera hacer
retroceder en el camino y volver a las exclusiones o enfrentamientos ya
superados. Es necesario, en cambio, avanzar positivamente en el reconocimiento
efectivo de los deberes y derechos fundamentales de todos.
82. En este esfuerzo de conciliación y convivencia, los católicos tenemos
una gran responsabilidad. El gran peso sociológico de la Iglesia católica en
España hace que las actitudes de la Iglesia y de los católicos en relación con
los problemas sociales adquieran necesariamente una gran importancia moral y
política. El Concilio Vaticano II, las enseñanzas de los obispos españoles y
las exhortaciones de Juan Pablo II en su reciente visita apostólica a España
nos animan a vivir personal y eclesialmente nuestra fe de manera coherente en
todos los ámbitos de la vida humana sin ocultar nuestras creencias y sin
ofender la libertad ni los derechos de nadie, dando de lado a posibles
actitudes de dominación o intolerancia, siendo más bien defensores de la
libertad de todos y de una sociedad fundada en el respeto, el diálogo, la
colaboración y la convivencia 72.
2. Exigencias éticas de la paz y la convivencia
83. La variedad y el pluralismo mas que ser razones para el enfrentamiento y
la discordia están llamados a ser una verdadera riqueza social si desarrollamos
entre nosotros los valores morales de la paz y de la convivencia.
Las personas, las asociaciones y las instituciones debemos comprometernos al
reconocimiento de la libertad y la identidad de los demás. Nadie en la vida
política debe descalificar a los demás tratando de presentarse como
representante único de la legitimidad democrática, de la libertad o de la
justicia.
Debemos evitar los procesos de radicalización que conceden valor absoluto a
las propias ideas o los propios intereses y conducen poco a poco a la negación
de las razones o derechos de los demás hasta llegar a la justificación
irracional de los enfrentamientos y la mutua destrucción.
84. Resulta legítimo aplicar a nuestra situación social las recientes
palabras de Juan Pablo II a propósito de la paz internacional: "El diálogo
puede abrir muchas puertas cerradas... El diálogo es un medio con el que las
personas se manifiestan mutuamente y descubren las esperanzas de bien y las
aspiraciones de paz que con demasiada frecuencia están ocultas en sus
corazones. El verdadero diálogo va más allá de las ideologías y las personas se
encuentran unas con otras en la realidad de su humano vivir. El diálogo rompe
los prejuicios y las barreras artificiales. El diálogo lleva a los seres
humanos a un contacto mutuo como miembros de la familia humana con todas las
riquezas de su diversidad cultural e histórica. La conversión del corazón
impulsa a las personas a promover la fraternidad universal. El diálogo ayuda a
conseguir este objetivo"73.
3. Sanar las raíces socioeconómicas de los conflictos
85. En la historia de nuestros conflictos internos las situaciones de
injusticia social y económica han tenido una importancia innegable. La pobreza
y la falta de oportunidades sociales, culturales o económicas, injustamente
sufridas, empujan al odio y a la venganza, impiden la comunicación y la
solidaridad a la vez que predisponen a quien las padece a aceptar la validez de
ideologías o consignas violentas y demagógicas.
86. Subsisten lamentablemente entre nosotros bolsas de pobreza y de
incultura de origen étnico, cultural o geográfico que exigen enérgicas medidas
sociales y políticas inspiradas en la solidaridad y el respeto efectivo de los
derechos de las personas y de los grupos humanos que viven de hecho o de
derecho en la marginación. Quienes tienen mas han de saber renunciar a algo en
favor de los que tienen menos. Una adecuada política fiscal, unida a una justa
y austera utilización del dinero público, y un movimiento de inversiones
privadas y públicas de inspiración social son instrumentos privilegiados para
conseguir estos objetivos. Los católicos estamos obligados a impulsar y
favorecer positivamente aquellas medidas que respondan a esta inspiración de
solidaridad y justicia social.
87. En estos momentos la lucha contra el paro debe concentrar los esfuerzos
de las instituciones políticas y sociales. Para nadie es lícito rehuir este
esfuerzo ni rechazar los riesgos o sacrificios que esta empresa lleva consigo.
Sería un error considerar el paro como una fatalidad contra la cual no hay otra
solución que la resignación pasiva o la actitud insolidaria del sálvese quien
pueda. El trabajo es un derecho y una necesidad del hombre para el despliegue
de su personalidad y su inserción en la sociedad con libertad y dignidad. No es
aceptable una sociedad en la que el trabajo sea patrimonio de unos pocos y
amplios sectores de la sociedad tengan que resignarse a vivir sin alicientes ni
dignidad a expensas de los demás aunque sea por procedimientos socializados. La
revolución tecnológica obliga a redistribuir el bien del trabajo de formas
nuevas caminando poco a poco hacia nuevos modelos de ordenamiento social que
hagan posible compaginar los adelantos técnicos con el respeto integral y
universal de los derechos humanos 74.
4. Un orden político justo y solidario
88. España es una comunidad de pueblos con diferencias de origen histórico,
cultural y étnico. Esta pluralidad representa una riqueza real de nuestra
sociedad, pero exige también un esfuerzo expreso para lograr la armonización de
los legítimos derechos de todos en un proyecto común de convivencia. Es
necesario estimular el conocimiento y el respeto entre todos, fomentar la
solidaridad hasta superar y si fuera necesario, reparar los agravios y las
injusticias del pasado.
El Magisterio eclesial contemporáneo ofrece a este propósito algunas
consideraciones de orden ético y moral de singular importancia. No será inútil
recordarlas ofreciéndolas a la consideración de las personas interesadas y
responsables en estos problemas.
89. Existen posturas extremas y antagónicas que llevadas al extremo harían
insoluble este problema. Por un lado hay quienes acentúan de tal modo la unidad
y homogeneidad del ordenamiento político que no dan lugar a las garantías
necesarias para que cada pueblo pueda asegurar su propia identidad en el otro
extremo hay también quienes propugnan de tal modo la defensa y el desarrollo de
las propias notas específicas y diferenciadas que llegan a desconocer o
desvalorizar los vínculos sociales y culturales que se han ido fraguando a lo
largo de la historia.
90. El verdadero Estado de derecho debe armonizar el obligado respeto y
garantía de la identidad histórica y cultural de los pueblos integrantes con el
respeto a los vínculos de comunicación e interdependencia constituidos
conjuntamente a lo largo de una convivencia plurisecular. Las actividades o
ideologías que absolutizan las ventajas o inconvenientes de una opción
determinada sin una visión realista, global y serena de la situación, son
fuentes de fanatismo que hacen imposible la convivencia estable, justa y
pacífica. Hay que buscar "formas políticas bien articuladas, equilibradas,
que sepan respetar los particularismos culturales, étnicos, religiosos y, en
general, los derechos de las minorías"75.
91. Las diferencias y peculiaridades de orden cultural y lingüístico, no nos
deben hacer olvidar las graves diferencias de orden económico y social que se
den también entre las diferentes regiones y nacionalidades de España. El
proyecto político de nuestra convivencia y las decisiones políticas concretas
deben ir corrigiendo las raíces estructurales, culturales y humanas de
semejante situación. Los hombres tienen derecho a contar con los medios
ordinarios de su promoción y de su vida sin verse obligados a abandonar su
propia familia y su propia tierra. Poder emigrar para mejorar, es un derecho;
tener que emigrar para vivir, es una injusticia. La emigración, aun dentro de
los límites territoriales del mismo estado, es causa de profundos desarraigos
históricos y culturales. El derecho del emigrante a su propia identidad ha de
ir unido con el respeto debido a la cultura y a las instituciones de los
pueblos a los que se emigra. La afirmación de los propios derechos debe
conjugarse con las sensibilidad para percibir los derechos de los demás.
Únicamente el diálogo, el respeto, la comprensión y la flexibilidad permitirán
resolver adecuadamente estos delicados y complejos problemas que se presentan
de hecho en nuestra convivencia.
92. Es claro que únicamente en virtud de los principios morales no se pueden
configurar ni imponer fórmulas o proyectos políticos concretos. Tampoco llega
más allá la competencia de una institución religiosa y moral como es la
Iglesia. No obstante, la inspiración cristiana de la vida y las enseñanzas
morales de la Iglesia en el campo de la convivencia social y política, permiten
presentar unas cuantas sugerencias más que consideramos de utilidad.
93. Desde el punto de vista moral, mirando incluso el buen resultado social
y político, es necesario anteponer a cualquier otro interés el objetivo de la
paz y del bien común; cada grupo debe pensar no solo en su propio interés sino
también en el bien y en las razones de los demás; ningún sistema, ninguna
ideología debe absolutizarse por encima del respeto efectivo a las personas y a
los grupos; el diálogo leal y constructivo tiene que imponerse siempre sobre las
descalificaciones y los enfrentamientos; los pactos y las normas legítimamente
elaboradas y promulgadas tienen un verdadero valor moral y deben ser respetados
por todos y utilizados como instrumentos de colaboración y convivencia.
94. Tanto la doctrina social de la Iglesia como el buen sentido y el amor a
la paz podrían ayudarnos en la búsqueda conjunta y en la reconciliación entre
aquellos que luchan por preservarla unidad y la soberanía del Estado con los
que luchan por la identidad cultural y hasta la soberanía política de algunos
pueblos que integran el Estado. La articulación política de ambos objetivos de
la manera más justa y razonable para el bien común es tarea específica de las
instituciones políticas y de los propios pueblos afectados. Semejante esfuerzo
de clarificación constituiría una contribución indispensable para la
consolidación de la paz.
5. Superar la lacra moral y social del terrorismo
95. Con demasiada frecuencia los golpes del terrorismo quebrantan el orden
de la justicia y de la paz con asesinatos, secuestros y extorsiones. Con su
lógica de muerte, el terrorismo manifiesta hasta dónde se puede llegar cuando
la inspiración ética queda relegada o sometida por ideologías radicalizadas y
absolutizadas. No conviene olvidar que el terrorismo brota o prospera a veces
como resultado de injusticias pasadas o por posibles abusos de la autoridad en
las obligadas actuaciones en defensa del bien común, de la necesaria seguridad
y del legítimo orden público.
96. El terrorismo es intrínsecamente perverso porque dispone arbitrariamente
de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a
imponer violentamente sus ideas y proyectos mediante el amedrentamiento, el
sometimiento del adversario y en definitiva la privación de la libertad social.
Las víctimas del terrorismo no son únicamente quienes sufren físicamente en si
mismos o en sus familiares los golpes de la extorsión y de la violencia; la
sociedad entera es agredida en su libertad, su derecho a la seguridad y a la
paz. La colaboración con las instituciones o personas que propugnan el
terrorismo y la participación en las mismas acciones terroristas, no pueden
escapar al juicio moral y reprobatorio de que son merecedores sus principales
agentes o promotores
97. Tampoco tienen legitimación alguna los grupos que por su iniciativa
pretenden responder a la violencia con la violencia. "La justa represión
de la violencia armada corresponde únicamente a los poderes públicos
legítimos"76. Debemos recordar a todos que "la violencia no
es modo de construcción: ofende a Dios, a quien la sufre y a quien la
practica"77.
98. La sociedad, y el Estado en su nombre, tienen el derecho y el deber de
defenderse de la violencia del terrorismo. Nos parecen dignos de consideración
y de agradecimiento quienes tienen a su cargo la defensa de la sociedad siendo
ellos mismos los primeros amenazados por la violencia terrorista.
La lucha contra el terrorismo, legítima y justa en si misma, debe evitar
cualquier abuso de la fuerza más allá de lo estrictamente necesario y el
ejercicio del derecho a la legitima defensa. En todo caso ha de quedar
absolutamente excluida la práctica de la tortura o de tratos vejatorios.
Abogamos por una legislación antiterrorista que ofrezca garantías suficientes
para el respeto a la dignidad y los derechos de los detenidos. La represión
institucional y legal de la violencia no puede aceptar ni promover una espiral
de violencia que destruiría a la sociedad en sus mismos cimientos. En todo caso
ha de quedar absolutamente excluida la práctica de la tortura o de tratos
vejatorios. En este sentido abogamos por una legislación antiterrorista que
ofrezca garantías suficientes para el respeto a la dignidad y los derechos de
los detenidos.
V. EXIGENCIAS
ÉTICAS
DE NUESTRA DEFENSA EN EL MARCO DE
EUROPA
99. Los españoles formamos parte de Europa por nuestra historia y nuestra
cultura. La reciente incorporación a las Comunidades Europeas ha fortalecido
nuestras relaciones con Europa y aumentado nuestras obligaciones de solidaridad
con los países europeos. A partir de esta condición europea, los españoles
tienen (o han tenido) que decidir las características más generales de su
organización defensiva. También aquí, dejando aparte las decisiones o
preferencias políticas que no son incumbencia directa de la Iglesia, queremos
ofrecer algunas consideraciones de naturaleza moral y ética que puedan ayudar a
los católicos y a quienes quieran escuchar nuestra voz a formarse un juicio
moralmente recto sobre estas complicadas cuestiones en las que todos tenemos
alguna responsabilidad.
1. Contribución de Europa a la paz
100. Las circunstancias históricas de Europa hacen que las naciones europeas
sientan fuertemente el deseo y la necesidad dela paz.
Todas las naciones europeas tienen en su historia y en sus mismos orígenes
la savia de la tradición cristiana. De algunas de ellas han nacido doctrinas y
experiencias políticas que han fomentado en el mundo entero el reconocimiento
de los derechos humanos y de la democracia. Aunque también es cierto que de
Europa han nacido ideologías totalitarias y expansionistas que provocaron
guerras y revoluciones sangrientas.
La misma experiencia de las numerosas guerras que se han desarrollado en su
territorio y muy especialmente las consecuencias terribles de la ultima guerra
mundial han desarrollado paradójicamente entre los europeos un vivo anhelo de
paz y la repulsa de la guerra. No se puede desconocer que Europa, la Europa
real e histórica, sigue dividida por la fuerza, que en muchos países europeos
no están reconocidos los derechos humanos, que las naciones europeas sufrieron
los estragos de la guerra hasta la destrucción.
La integración y la solidaridad con Europa no puede ser únicamente una
cuestión de mercados y de prestaciones económicas. Construir la paz de Europa y
con Europa ha de ser un objetivo importante para nosotros. Ello supone apoyar
decididamente las instituciones e iniciativas que trabajan en favor del
reconocimiento de los derechos humanos, de la colaboración y la comunicación entre
todos los pueblos de Europa, desde el Atlántico a los Urales.
101. Sería de desear que utilizáramos nuestra participación en las
instituciones europeas para hacer presente las necesidades y las justas
expectativas de los países subdesarrollados de una manera especial los países
hispanoamericanos, agobiados por la pobreza, el endeudamiento exterior y las
tensiones políticas, deben encontrar en nosotros un aliado leal y
desinteresado.
2. Organizar nuestra defensa en una perspectiva de paz
102. En el momento de colaborar directamente en la construcción de esa paz
que tanto anhelan y desean los pueblos europeos, tenemos que plantearnos dos
graves decisiones: nuestra actitud ante la carrera de armamentos y la forma de
organizar nuestra defensa. Respetando el campo de responsabilidad de los
gobernantes y políticos, queremos manifestar nuestra preocupación en este campo
y ofrecer algunas orientaciones inspiradas en el Evangelio para colaborar desde
nuestro punto de vista de cristianos y de pastores de la comunidad a la
formación de la opinión publica sobre tan importantes decisiones.
Si queremos compartir el futuro con los demás pueblos de Europa se plantea
la cuestión de si es ético o no integrarse en las alianzas militares de las que
forman parte la mayoría de los países europeos y occidentales. En función de lo
que llevamos dicho hemos de afirmar, lo que el criterio determinante para una
tal decisión ha de ser la búsqueda leal y sincera de la paz nacional e
internacional en estrecha colaboración con todos los esfuerzos y proyectos
encaminados a construir la paz; que es una cuestión de índole directamente
política la forma concreta de servir mejor a estos objetivos; que, por
consiguiente, no se puede imponer ninguna de las soluciones posibles por
razones estrictamente religiosas o morales; que cualquiera que sea la solución
adoptada por las instituciones competentes nuestra organización defensiva debe
estar decididamente ordenada a la supresión de la guerra y al servicio positivo
de la paz nacional e internacional.
103. Organizar la defensa para el servicio de la paz requiere abstenerse de
entrar en la lógica del armamentismo. De aquí que nos preocupe el fuerte
incremento de los presupuestos militares durante los últimos años y el aumento
espectacular de las ventas de armas a terceros países. Nos preguntamos hasta
qué punto la fabricación y la venta de armas no están siendo promovidas como
eje central de nuestro desarrollo industrial y económico. Sin rechazar los
gastos necesarios para una justa y proporcionada organización de la defensa, no
podemos menos de alertar contra el riesgo de un armamentismo que acabaría
alterando profundamente la moralidad de nuestra vida social y el carácter
pacífico de nuestras relaciones internacionales 78.
104. Para ser compatible con una verdadera inspiración ética, la
organización de la defensa tiene que ser proporcional a los recursos
disponibles de manera que en situaciones normales no se sustraigan los recursos
necesarios para la promoción económica y cultural de los más necesitados y de
la sociedad entera. Dentro o fuera de la OTAN, es preciso promover
decididamente todo aquello que nos acerque a la desaparición de los bloques, al
desarme bilateral y total, la instauración de un nuevo orden internacional
capaz de garantizar sólidamente la paz en el respeto a la libertad y los
derechos de todos los pueblos de la tierra. Las naciones ricas, entre las
cuales debemos contarnos a pesar de nuestras carencias y dificultades, no
podemos organizar nuestra propia vida política y económica sin un espíritu de
solidaridad con los pueblos más pobres de la tierra. En una época de conciencia
planetaria como la nuestra, no puede haber política ni estrategia
verdaderamente ética y humana si no se inspira en un sentimiento universal de
solidaridad y responsabilidad.
VI.
OBLIGACIONES Y COMPROMISOS EN FAVOR DE LA PAZ
105. La paz no es simplemente la ausencia de la guerra o de la violencia.
Más aún, la violencia surge de una manera o de otra si no existe el empeño
generalizado de construir la paz positivamente como fruto de un tejido de
relaciones justas y solidarias que vayan desde el nivel de las simples
relaciones interpersonales hasta las mas complicadas construcciones jurídicas y
políticas de orden nacional e internacional.
En los países democráticos las actitudes personales mayoritarias y la
opinión pública influyen de manera importante en las decisiones de los
políticos y de los gobernantes. Por eso es tan importante que las actitudes y
criterios de los ciudadanos y la misma opinión pública se inspiren en
sentimientos de respeto, de justicia y de fraternidad, una fraternidad abierta
a todos los hombres, pueblos y naciones de la tierra.
1. Especiales compromisos de la Iglesia y de los cristianos
106. La promoción de la paz es para nosotros no sólo una preocupación ética
y ciudadana, sino también una responsabilidad pastoral y cristiana. La paz, don
de Dios y obra de los hombres tiene que ser de manera singular solicitud y
responsabilidad de los discípulos de Jesucristo, Príncipe de la Paz. Antes de
terminar esta instrucción queremos reseñar las que nos parecen más urgentes
tareas de la Iglesia y de los cristianos en servicio de la paz.
107. La misión especifica de la Iglesia es la reconciliación de todos los
hombres y de todos los pueblos, entendida en toda su plenitud: reconciliación
completa y definitiva entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí. Ser
cristiano obliga a comprometerse en esa misión: Es urgente que todos los que
nos decimos seguidores de Jesucristo mantengamos lúcidamente nuestra vocación y
perseveremos en practicarla. Como obispos, queremos ser los primeros en
comprometernos totalmente en la construcción de la paz y de la reconciliación,
y pedimos también este empeño a todos los miembros de la Iglesia.
108. Reconocemos humildemente que también en nuestras iglesias aparecen
muchas veces la injusticia, el egoísmo, las divisiones y los enfrentamientos y
que, como consecuencia, estamos también necesitados de reconciliación. Miembros
de una Iglesia caminante, siempre necesitada de purificación, invitamos a los
demás cristianos a que nos acompañen en un renovado esfuerzo de conversión a la
justicia, al amor y a la generosidad, a fin de que la paz del Señor se albergue
en nuestros corazones y en nuestras comunidades. Solo siendo ejemplos vivientes
de reconciliación y de paz en la justicia y en el amor, nuestra llamada a la
reconciliación y a la paz será inteligible y significativa para los hombres y
las naciones, y solamente así nuestras Iglesias serán "signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todas el género humano"79.
109.Las divisiones entre los cristianos enturbian y debilitan la fuerza de
nuestro testimonio en favor de la unidad y de la paz. La llamada de Dios a la
paz nos obliga a intensificar los esfuerzos de comprensión y acercamiento entre
los cristianos divididos y las diferentes Iglesias cristianas. La oración en
común y la participación en obras comunes fortalecerá el valor de nuestros
esfuerzos en favor de la justicia y de la paz.
110. Nuestra primera recomendación concreta se dirige a los sacerdotes,
religiosos y responsables de comunidades, grupos o movimientos. El estudio, la
predicación y la difusión de la doctrina moral cristiana, sobre estos asuntos
de la vida social e internacional debe ser una preocupación creciente para
todos nosotros. En los Seminarios y Centros de formación se debe conceder un
lugar importante a la doctrina social de la Iglesia sobre la paz y las
relaciones internacionales.
111. Hemos de recordar a las parroquias y comunidades cristianas su vocación
a ser constructores de la paz, orientando y animando a la participación de los
laicos en el tejido sociopolítico de nuestra sociedad, en un compromiso vivido
desde la peculiaridad de nuestra fe. La Iglesia se define, entre otras
imágenes, como instrumento de la unión íntima del hombre con Dios y de los
hombres entre si; su catolicidad le permite ser una y plural, local y
universal, creando cauces de comunicación y vínculos de unión entre los pueblos
y comunidades humanas. Para secundar esta misión de la Iglesia no hemos de
confundirla con la propia cultura o la determinada opción política, pero sí
actualizar en todas las circunstancias esa misión y esa vocación de unidad y de
paz, que "no esta ligada a ninguna forma particular de civilización humana
ni a sistema político alguno, económico o social"80.
112. Queremos destacar aquí la especial responsabilidad de los padres y
educadores. Si queremos que la sociedad del mañana sea más justa y más pacífica
que la actual, nuestra generación debe empeñarse en un decidido y sistemático
esfuerzo por educar a los niños y los adolescentes en las ideas, los
sentimientos, las propuestas y las experiencias de la paz. Será necesario, por
tanto, que los padres de familia y cuantos trabajan en instituciones educativas
comprendan y asuman generosamente el hermoso y difícil papel de ser verdaderos
"educadores para la paz".
113. Pedimos a los padres y educadores que sepan ofrecer a sus hijos y a sus
alumnos una visión íntegra de la fe en Dios y de la caridad fraterna, con sus
mutuas y esenciales vinculaciones, ayudándoles a descubrir y practicar sus
valores dentro de sus propias circunstancias: el diálogo, la paciencia, la
verdad, la justicia, el perdón, el respeto, el amor, la solidaridad, la
colaboración, el trabajo y la fiesta. Todo ello será, sin duda, anticipo,
siembra y promesa de unas generaciones pacíficas y pacificadoras.
114. A los que trabajan en obras y movimientos juveniles les exhortamos a
presentar ante los jóvenes el gran objetivo cristiano de la paz de manera
realista y atrayente, iniciándoles en el conocimiento de las organizaciones
católicas que trabajan por la paz y animándoles a participar personalmente en
iniciativas concretas como congresos, marchas, prestaciones voluntarias de
cooperación, etc.
115. La educación de la fe es hoy tarea prioritaria en nuestras comunidades
cristianas. De la misma entraña de la fe brotan las exigencias de
reconciliación y de fraternidad universal. Por ello, la paz debe ocupar un lugar
importante en nuestra catequesis, en la que niños, jóvenes y adultos descubran
el verdadero significado y las grandes exigencias de la paz.
116. La paz grande del mundo se apoya en los pequeños gestos de paz que cada
uno podemos construir a la medida de nuestras fuerzas y nuestras
responsabilidades, en la familia, en el grupo, en el trabajo, en la profesión,
en el pueblo o en la ciudad, en lo cultural y en lo económico, en las
relaciones interpersonales y en la política.
2. Grupos de especial responsabilidad social
117. Especial responsabilidad en el servicio a la paz tienen todos aquellos
que dirigen de una u otra manera la vida de las naciones. Pedimos, en primer
lugar, a nuestros políticos que en sus actuaciones y proyectos busquen
sinceramente la paz y antepongan este objetivo a cualquier otro objetivo
personal, partidista, ideológico, económico o político.
118. Los científicos son agentes cualificados en la construcción de la paz.
El cambio cualitativo de la guerra moderna es fruto de la tecnología. La
investigación y el trabajo científico tienen "el deber de solidaridad
humana internacional"; su finalidad es "la generación de la vida, la
dignidad de la vida, especialmente de la vida del pobre"81. Una
investigación científica polarizada por el interés de la guerra, fácilmente
queda prostituida en su auténtica finalidad y pierde su debida orientación
ética, aunque los científicos que trabajan en ella no sean moralmente los
únicos ni los principales responsables.
119.Queremos hacer una mención especial de aquellos que han adoptado como
profesión personal la profesión militar. Quienes ejercen el servicio armado
pueden considerarse instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos,
pues desempeñando bien esta función contribuyen realmente a la consolidación de
la paz"82. Los cristianos que prestan un servicio armado en la
construcción y defensa de la paz, deberán vivir también la vocación evangélica
que se inspira en el amor, fructifica en perdón y busca positivamente la paz.
Para que los militares cristianos perseveren firmes en esa vocación evangélica,
la Iglesia les presta su asistencia pastoral mediante sacerdotes especializados
a quienes dedicamos desde aquí una palabra de reconocimiento y aliento.
120. Esperamos de los intelectuales que ofrezcan a la sociedad valores
éticos y nuevos horizontes que estimulen a salir del egoísmo insolidario y
fomenten un mundo mas fraterno, más pacífico, más creativo, más sobrio y
laborioso, más festivo y humano; de quienes dirigen y colaboran en los medios
de comunicación social, que ejerzan su papel de mediadores entre el hombre y su
mundo en un respeto absoluto a la verdad y a los valores morales del respeto y
de la convivencia. De unos y de otros, que con sus conocimientos y sus medios
traten de promover la responsabilidad, el mutuo respeto, el dialogo y la
convivencia pacífica entre todos los ciudadanos.
121.Queremos dirigirnos también a los hombres y mujeres del mundo del
trabajo, de los sindicatos y de las asociaciones profesionales y empresariales.
Dentro de este vasto campo y en las relaciones mutuas que conlleva, se juega en
gran parte la afirmación o la negación de la justicia. Será sólida garantía de
la paz individual, social e internacional el que dentro de las relaciones
laborales y económicas se observe siempre el sentido de la justicia en sus
diversos aspectos, como la dignidad y el respeto a las personas, la justa
distribución de los beneficios, la igualdad de oportunidades, la no
discriminación por motivo alguno, el reconocimiento del trabajo, las cualidades
y esfuerzos personales, el interés por el bien común, etc.
3. No violencia y objeción de conciencia
122. La objeción de conciencia debe también inspirarse en el deseo de colaborar
activamente en la construcción de una sociedad pacífica, sin rehuir el esfuerzo
y los sacrificios necesarios para contribuir positivamente al desarrollo del
bien común y el servicio de los más necesitados.
A aquellos que por razones morales se sientan movimos a adoptar actitudes
positivas de no violencia activa o a presentar objeción de conciencia al
servicio militar, les exhortamos a purificar sus motivaciones de toda
manipulación política, ideológica y desleal que pudiera enturbiar la dignidad moral
y el valor constructivo de tales actitudes. Semejante recomendación no carece
de fundamento, pues con frecuencia tales decisiones, nacidas de sentimientos
nobles y humanitarios, se ven solicitadas por ideologías o instituciones
políticas que actúan en favor de sus propios objetivos no siempre coherentes
con un servicio sincero a la construcción de la paz en la verdad , la justicia
y la libertad.
123.El Concilio Vaticano II alaba la conducta "a aquellos que,
renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los
medios de defensa que, por otra parte, están al alcance incluso de los más
débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones
de otros o de la sociedad"83.La estrategia de la acción no
violenta es conforme a la moral evangélica, que pide actuar con un corazón
reconciliado para liberar al adversario de su propia violencia. El Concilio ha
reconocido estos valores cristianos evocando la conducta de Jesús de Nazaret,
quien "por medio de la Cruz ha dado muerte al odio en su propia
carne"84.
124.Es deseable que una legislación cuidadosa y adecuada regule de manera
satisfactoria esta manera específica de entender y practicar el servicio a la
sociedad y a la convivencia armonizando el derecho de los objetores y las
comunes exigencias del servicio a la sociedad y al bien común.
125.El reconocimiento de estas formas no violentas de servir a la sociedad y
a la paz no debe llevar a condenaciones maximalistas de la legítima defensa
armada ni de aquellos que profesan el servicio de las armas en favor de la paz
y de la justa defensa de los conciudadanos pacíficos e inocentes.
4. Celebrar, pedir y difundir la paz
126. La fe y la comunión con Jesucristo comunica ya a los cristianos el don
de la paz, la paz profunda y completa que es paz con Dios, consigo mismo, con
los hermanos y con la creación entera. Esta paz de Dios no es sólo la paz del
corazón es también la paz de unos con otros, la paz con los que están cerca y
con los que están lejos, un inicio real de la gran paz mesiánica con la que
Dios quiere bendecir a todos sus hijos para siempre.
127.La celebración de los sacramentos son momentos especialmente intensos de
esta posesión y experiencia de la paz. El sacramento de la reconciliación nos
devuelve la paz con Dios y con los hermanos y nos libera del pecado que es la
raíz de todas las divisiones y conflictos. Celebrar sinceramente el sacramento
de la conversión y de la reconciliación contribuye de manera importante a poner
los fundamentos profundos de la paz.
128.En la Eucaristía los cristianos celebramos la muerte y resurrección de
Jesucristo y participamos en estos misterios de salvación por los que de una
vez para siempre nos fue concedida la paz con Dios y el espíritu de amor y
fraternidad. En la celebración eucarística Jesucristo hace presente su obra de
reconciliación y de paz en medio de nosotros, en las oraciones expresamos ante
la presencia de Dios nuestras deficiencias y anhelos, nos damos unos a otros el
abrazo de paz y nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo hecho
pan de reconciliación y fraternidad.
129. Entre la celebración eucarística y la plenitud final del Reino de Dios
vive la Iglesia y vivimos nosotros como puentes entre un mundo que camina hacia
su plenitud y un Reino de Dios ya dado e iniciado por Cristo y por la lglesia
en este mundo.
La Iglesia se hace signo y fermento de paz cuando cristianos de distintas
razas y lenguas, de distintos países y estados, de diversos bloques y
continentes celebran y viven juntos el misterio de la salvación y de la paz.
130. Por esto mismo recomendamos la participación de los fieles en todas
aquellas iniciativas que favorezcan el conocimiento y la colaboración con
cristianos y ciudadanos de otros países como son los congresos, las
peregrinaciones, los intercambios, toda clase de gestos de apoyo y
comunicación. De manera especial estas iniciativas son recomendables y
necesarias con aquellos hermanos nuestros que viven privados de libertad
religiosa y política.
131.La participación intensa en la vida de la Iglesia, en las celebraciones
litúrgicas, en la oración personal, en el esfuerzo continuado de penitencia y
reconciliación nos llevará a experimentar con gozo dentro de nosotros el gran
don mesiánico de la paz . De esta manera nos sentiremos impulsados a anunciar
el evangelio de la paz y construir en torno nuestro la paz pequeña de cada día
y la paz grande de la sociedad y de las naciones. Lo que Dios nos da debe ser
ofrecido y transmitido a todos los hombres.
132. Hay mil formas posibles de construir la paz. Todos podemos y debemos
participar en aquellas que estén a nuestro alcance: formarse e informarse sobre
los problemas de la convivencia nacional e internacional; participar en
asociaciones y movimientos que trabajan por la paz; fomentar el conocimiento y
el intercambio entre los pueblos de España, entre las naciones de Europa y del
mundo entero; apoyar las iniciativas sociales o políticas en favor de la
justicia, de la libertad y de la paz en España, en Europa y en el mundo; ofrecer
nuestro tiempo y nuestro dinero para obras de ayuda a los países
subdesarrollados; participar personalmente en obras de promoción mediante la
prestación de servicios voluntarios dentro o fuera de España; luchar
pacíficamente contra todas las causas de la desconfianza, de la división y de
los enfrentamientos entre los hombres y las familias, los pueblos y las
naciones. Todo en el nombre del Dios de la paz y con la fuerza de su amor.
CONCLUSIÓN
133. Hemos comenzado esta carta confesando nuestra fe cristiana y la firme
esperanza de que algún día llegará la reconciliación universal entre los
pueblos.
Somos conscientes de que la paz es don de Dios y al mismo tiempo tarea
nuestra, Por el Señor sabemos que la experiencia de Dios y el compromiso con
los hombres son inseparables para un cristiano. Desde esa convicción hemos
reflexionado sobre la paz en el mundo y en nuestro propio país, con el deseo de
que nuestra carta pueda ser "buena noticia" para creyentes y no
creyentes, para todos los sedientos de paz y de justicia que hoy lamentan
tantas injusticias, violencias, tensiones y conflictos que parecen hacer
imposible la verdadera paz.
134. Al intervenir en ejercicio de nuestro ministerio pastoral en estos
asuntos tan cercanos a la vida real, no queremos interferirnos en los asuntos
que Dios ha dejado a la libertad de los hombres, sino acercar la luz de la
revelación divina y el espíritu del Evangelio a la solución practica de
problemas tan fundamentales que tanto importan para el bien de nuestros
conciudadanos y la colaboración de todos al gran objetivo de la paz
internacional.
135. Hacemos una llamada especialmente intensa y calurosa a los jóvenes
españoles que buscan con frecuencia ideales nobles en los que volcar la energía
y las ilusiones propias de su edad.
136. Al ofreceros estas reflexiones y sugerencias invocamos la asistencia de
la Virgen María, Madre de la Paz y de la Esperanza, con cuyo ejemplo e
intercesión lograremos ser fieles discípulos de Jesucristo y miembros activos
de una Iglesia renovada, constructora del Reino de Dios en el mundo y servidora
de la paz y de la fraternidad entre los hombres.
137.Os escribimos llenos de esperanza: la vida acabará imponiéndose a la
muerte; la alegría al dolor; la libertad a la opresión, y el amor al odio.
Algún día desaparecerá la guerra y la violencia. Algún día reinará del todo y
para siempre la paz. Si lo afirmamos así es porque tenemos la promesa de Dios y
la realización en Jesucristo, Príncipe de la Paz 85.
Plenamente confiados en esta promesa, terminamos recordando las palabras de
la Escritura Santa: "Mas la Sabiduría de arriba es primeramente pura;
luego, pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos,
imparcial, sin hipocresía. Y el fruto de la justicia se siembra en la paz para
aquellos que obran la paz"86. "Alegraos, enmendaos,
animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz
estará con vosotros"87. "El que se hace testigo de estas
cosas dice: Si, voy a llegar enseguida. Amen. Ven, Señor Jesús. La gracia del
Señor Jesús con todos"88.
NOTAS:
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz, 6.
- Cf. CONCILIO ECUMÉNICO
VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 36 y 41. (En adelante
Constitución Pastoral).
- Cf. Carta pastoral
colectiva del Episcopado Español del 17 de abril 1975: La
reconciliación en la Iglesia y en la sociedad; Comunicado de la XXIII
Asamblea Plenaria del 19 de diciembre 1975: La Iglesia ante el momento
actual: petición de libertad para detenidos políticos; Comunicado
final de la LIII Comisión Permanente del 22 de mayo 1975: Reconciliación,
repudio de la violencia, Iglesia-sociedad civil; Nota de la LIV
Comisión Permanente sobre la violencia, 18 de septiembre 1975; LXXXVI
Comisión Permanente del 12 de mayo 1981: Ante el terrorismo y la crisis
del país; XCVII Comisión Permanente del 13 de mayo 1983: Quiebra de
valores morales; Declaración de la Comisión Episcopal de Pastoral
Social (24-XII-1983): Paz, armamentos y hambre del mundo; Declaración
de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (29-IX-1984): Crisis
económica y responsabilidad moral.
- JUAN PABLO II, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 2.
- Cf. Ibidem.
- Ibídem.
- Ibídem.
- Ibídem, 4.
- Cf. Ibídem.
- JUAN PABLO II, Encíclica Redemptor
Hominis, 1.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 6.
- Constitución pastoral, 80.
- Constitución Dogmática
sobre la Divina Revelación, 8.
- Cf. CONCILIO ECUMÉNICO
VATICANO II. Constitución dogmática Lumen gentium sobre la
Iglesia, 16.
- Lc 4, 19.
- Cf. Mt 22, 1-4.
- Mt 11, 29.
- Cf. Cor. 5, 18 y 19.
- Cf. Constitución pastoral,
78.
- Cf. Ef 2, 14.
- Cf. Ap 5, 9-l 0.
- Cf. Lc 6, 36-38.
- Mt 5, 9.
- Mt 5, 41.
- Cf. Mt 5, 44.
- Mt 5, 40.
- Mt 7, 21.
- Mt 5, 23.
- Cf. Mt 25, 31-45.
- Este es el significado
teológico del relato bíblico del paraíso (Cf. Gen 2).
- Cf. Ex 19, 5-6; Dt 15, 1-8; Lev 25, 1-55.
- Cf. La paz es bienestar: Job 9, 4; 1Re 9, 25; felicidad Sal 38, 4; 2Sam 18, 32; confianza
mutua: Num 25, 12; Salud: Gen 26, 29; 2Sam 18, 29; plenitud de bienes: Sal 37, 11; Lev 26, 1-13.
- Cf. Aspecto destacado en los libros sapienciales: Sal 4, 9; 34, 15; 35, 27; 85, 9;
Prov 3, 2-7.
- Cf. Jer 6, 14. La paz exige práctica de la justicia, de la
verdad y de la misericordia: Is 32,
16-18; Ox 2, 20-29.
- Cf. Is 11, 1-10;
Jer 22, 16.
- Gen 4, 9.
- Cf. Is 2, 4; Miq
4, 3.
- Cf. Za 9, 10.
- Cf. Is 11 y 12.
- Cf. Ap 21, 1-4.
- Cf. Is 9, 6-7.
- Cf. 2Cor 13, 11.
- Constitución Pastoral, 42.
- Act 2, 39.
- Cf. Act 10, 34.
- Cf. Gal 3, 28.
- Ef 6, 12.
- Ap 2, 4.
- Cf. CONCILIO VATICANO II.
Constitución dogmática Lumen
gentium sobre la Iglesia, 8.
- Rom 13, 1-7.
- Sobre este punto es muy
válida la información de la CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA en su
exhortación, La justicia construye la paz, cap. 3.1.
- Cf. Concilio de Arlés
(314), en la exhortación citada, 3.1. en nota anterior.
- Cf. SAN AGUSTÍN. De
Civitate Dei. LXIX c. 7; SANTO TOMÁS, I-II 40; FRANCISCO DE VITORIA, De
indis sive de iure belli hispanorum in barbaros: Rellectio posterior:
Obras editadas por T. URBANO (Madrid, 1960), 811-858.
- Cf. JUAN XXIII, Paz en
la tierra, 109. Según JUAN PABLO II, debemos fomentar "una
conciencia universal de los peligros terribles de la guerra": Cf.
Mensaje a la sesión especial de la ONU, 1982, 7.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 6.
- Cf. Constitución pastoral,
78.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 3.
- Cf. Constitución pastoral,
78.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 3.
- Constitución pastoral, 79.
- Cf. Constitución pastoral,
82 y 83.
- Cf. JUAN XXIII, Paz en la
tierra, 113.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 4.
- JUAN XXIII, Paz en la
tierra, 127.
- Cf. Constitución pastoral,
80.
- Cf. Ibídem 82.
- Cf. JUAN PABLO II, Mensaje
a la II Asamblea Extraordinaria de la ONU (7-6-1982), 5.
- Constitución pastoral, 79.
- PABLO VI, Mensaje para la
Jornada Mundial de la paz de 1976.
- JUAN PABLO II, Mensaje a la
II Asamblea Extraordinaria de la ONU (7-6-1982), 2.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 3.
- Cf. JUAN PABLO II, Discurso
en al Aeropuerto de Barajas, 31-X-1982, 5.
- JUAN PABLO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 4.
- Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA, Exhortación colectiva sobre el paro. XXV Asamblea Plenaria del
27 de noviembre de 1971. Declaración de la Comisión Episcopal de Pastoral
Social: Crisis económica y responsabilidad moral (26-IX-1984).
- JUAN PABLO II, Discurso al
cuerpo diplomático, 14-I-1984, 3.
- Documento colectivo de los
Obispos de Bilbao, San Sebastián y Vitoria: Erradicar la violencia
debilitando sus causas, 13-VII-1985.
- JUAN PABLO II, Homilía en
Loyola, 6-XI-1982, 6.
- Nos hacemos eco de la
denuncia hecha por Mons. Díaz Merchán, Arzobispo de Oviedo, en el diario
"YA" del 28 de diciembre de 1984.
- Constitución dogmática Lumen gentium sobre la
Iglesia, 1.
- Constitución pastoral, 42.
- JUAN PABLO II, Discurso a
los miembros de la Trilateral, 18-IV-1983, 1.
- Constitución pastoral, 79.
- Ibídem, 78.
- Ibídem.
- Cf. Constitución pastoral,
78.
- Sant 3, 17-18.
- 2Cor 13, 11.
- Ap 22, 20-21.