LXXVI ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Declaración
"El drama
humano y moral del tráfico de mujeres"
Madrid, 27 de
abril de 2001
1. Una realidad alarmante.
El tráfico de seres humanos, y de una forma particular el de mujeres para su
explotación sexual, es un fenómeno que está adquiriendo, por desgracia,
dimensiones alarmantes en Europa y también en nuestro país. La proliferación en
nuestra sociedad de estas nuevas formas de esclavitud, constituye para
nosotros, Obispos, un motivo de grave preocupación.
Con esta declaración queremos ayudar a los cristianos, a nuestras
comunidades cristianas y a la sociedad en general a tomar conciencia del drama
moral y humano que representa el tráfico de estas mujeres. Privadas de todas
las garantías y derechos, son entregadas, aprovechando su situación de pobreza
y dependencia, en matrimonios serviles y son introducidas en las redes que
controlan el negocio de la prostitución.
Otras Conferencias Episcopales[1] ya se han hecho eco de esta lamentable y
dramática situación, cada vez más extendida. Se calcula que este negocio mueve
anualmente más de 7000 millones de dólares en el mundo[2]. Un negocio tan floreciente,
gestionado, frecuentemente, por las mismas redes que las de la droga y el
blanqueo de dinero, ha hecho aumentar de forma extraordinaria y preocupante el
tráfico de seres humanos en todos los continentes.
Por lo que se refiere a España, baste citar, como botón de muestra, que en
el año 2.000 fueron controladas 14.118 personas que ejercían la prostitución,
se desarticularon 37 redes de traficantes y fueron detenidos 204 autores de
delitos relacionados con la trata de mujeres y la prostitución de menores[3].
2. Las causas de esta situación.
El tráfico de mujeres es un fenómeno que al menos en sus causas guarda una
estrecha relación con los flujos migratorios.
La primera causa del tráfico de mujeres, si miramos a los países de origen,
es la pobreza, que impide a las personas satisfacer sus necesidades vitales,
por lo que se sienten empujadas a huir hacia el mundo del bienestar.
Junto a la pobreza, otros elementos a tener en cuenta son las situaciones de
violencia y de conflictos, que provocan el éxodo y la expulsión hacia lugares
más seguros. Todo esto afecta de forma especial a la mujer, debido a su
situación de desigualdad, precariedad y falta de futuro en muchos países en
vías de desarrollo.
Los servicios de acogida de las organizaciones sociales y de las comunidades
cristianas[4], atestiguan que un número muy relevante de las mujeres sumergidas
en las redes de la prostitución son extranjeras[5], que, para poder emigrar
legal o ilegalmente, se ven abocadas a ganarse la vida de esta manera.
Si miramos a los países receptores, como es el caso de España, podemos
señalar como una causa determinante la sociedad consumista en que vivimos,
dominada por las leyes del mercado, y la banalización de la sexualidad. Estas
circunstancias son aprovechadas por personas sin escrúpulos para organizar la
vergonzante actividad del tráfico de mujeres para la prostitución[6].
Entre sus causas, no podemos silenciar al "cliente" como factor
clave. Siempre se habla de las víctimas y de los traficantes y se olvida que el
"cliente" es un colaborador fundamental para mantener este degradante
negocio.
También se pueden señalar como factores que facilitan el tráfico de mujeres
una cierta tolerancia social y legal con las redes de tráfico. Habría que
evitar que un endurecimiento de las leyes de inmigración, paradójicamente,
favoreciera el desarrollo clandestino de estas mafias y traficantes.
Los Medios de Comunicación y las modernas tecnologías como Internet, a la
vez que desempeñan la noble tarea de informar y denunciar estas situaciones
degradantes de la persona humana, contribuyen, también, a favorecerlas mediante
la publicidad, los anuncios de ofertas sexuales y la pornografía. Se convierten
así, en función de los ingresos económicos, en cómplices de este mercado
de seres humanos. Sería un buen síntoma de recuperación moral el velar
cuidadosamente por el tipo de mensajes que circulan por tan poderosos medios.
3. Las víctimas del tráfico
Como hemos advertido, son muchas las personas que se lucran con el tráfico
de mujeres y, sin embargo, la opinión pública no reacciona suficientemente ante
esta miseria humana.
La vida cotidiana de estas mujeres es en muchos casos más grave que la
antigua esclavitud. Al engaño en la captación hay que añadir muy frecuentemente
los malos tratos y las inhumanas condiciones de vida, así como la pérdida de
libertad. No es raro que permanezcan encerradas en los lugares donde ejercen la
prostitución, y que vivan hacinadas y privadas de documentación, lo que las
hace irrelevantes para la sociedad.
Cuando estas mujeres deciden retornar a una vida digna y libre, su camino de
vuelta está lleno de dificultades por la coacción de las redes mafiosas y por
no haber conseguido el sueño del bienestar y la salida de la miseria. No es
raro que tengan que enfrentarse a amenazas y represalias contra ellas y sus
familias, y a problemas psicológicos provocados por los traumas emocionales y
por la experiencia vivida. Al rechazo familiar y social por su pasado de
prostitución, se añade, frecuentemente, el tener que superar también problemas
jurídicos, ya que, en no pocos casos, firmaron contratos de dudosa
legalidad, incluso con documentación e identidad falsas.
4. Atentado grave a los derechos humanos.
El tráfico de mujeres, propiciado por una cultura economicista y materialista,
que ha olvidado el carácter sagrado y la dignidad de la persona humana, creada
a imagen de Dios (Gen 1, 27), es una de las más escandalosas formas de
reducción del ser humano a mera mercancía.
Hay que reconocer, además, que buena parte de las mujeres prostituidas a
través de las redes de tráfico tenían previamente conculcados sus derechos más
elementales. La entrada en ese tráfico no hace sino profundizar la marginación
en la que ya vivían. La mujer, auténticamente "vendida" en estas redes, vive en
una situación de extremada pobreza.
Ya hemos señalado que la finalidad del tráfico de mujeres tiene como
destino, en una proporción importante, el mercado del sexo, y que éste está
condicionado por la demanda, es decir, por los "clientes". Los niveles sociales
de tolerancia ante este hecho evidencian, junto a la degradación moral de quien
hace uso de los servicios sexuales por dinero, una profunda injusticia que
entraña una quiebra de valores éticos en nuestra sociedad.
De la misma forma queremos denunciar la injusticia, el relativismo y el
subjetivismo moral que están presentes en nuestra sociedad, y subrayar que "a
causa de su dignidad personal el ser humano es siempre un valor en sí mismo y
por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás
puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una
cosa"[7]. Hallamos en este fenómeno la raíz misma de la inmoralidad de la
prostitución como negación radical del amor humano. A la esencia del
mismo pertenece la entrega personal y afectiva desinteresada, mientras que a la
esencia de la prostitución corresponde, por el contrario, el lucro y la
utilización de las personas como mercancía.
Queremos insistir en la urgente necesidad de educar en una cultura asentada
firmemente en valores como la dignidad insobornable de todo ser humano y el
respeto a sus derechos; y poner los medios necesarios para que estos
comportamientos degradantes sean objeto de una firme reprobación ética y
social.
Mirar como Dios mira a estas personas, a toda persona humana, exige
actitudes básicas como el amor, el respeto, la compasión por tanto dolor
provocado y la indignación por cuanto tiene de injusticia evitable.
Es preciso que se erradique la injusta y demoledora mentalidad, según la cual
la mujer es la primera víctima, que considera al ser humano como una cosa, un
objeto de explotación comercial, un instrumento de interés egoísta, o de sólo
placer.
5. Tareas pendientes en la sociedad y en la
pastoral de las comunidades cristianas
Frente al agravamiento del problema del tráfico de mujeres, es urgente que
la sociedad presente respuestas adecuadas a esta situación y a sus víctimas.
Por una parte es necesario recuperar la educación en valores morales, como el
respeto a los demás por ser seres humanos, por su dignidad; y, por otra parte,
rechazar toda discriminación e instrumentalización inhumana [8].
Es cierto que en el ámbito internacional existen instrumentos legales, suscritos
por la mayor parte de los Estados, que confieren a éstos la responsabilidad de
proteger a las víctimas del tráfico de personas. Pero, aunque existan los
instrumentos, son pocos los Estados que se han comprometido decididay
eficazmente en la lucha contra este mal. Por ello es urgente profundizar en la
aplicación de los instrumentos legales desde la perspectiva de una efectiva
cooperación internacional y la necesaria incorporación a la legislación interna
de los Estados.
En España, nuestra Constitución reconoce los derechos y libertades de los
extranjeros. Estos derechos deberían ser reconocidos yaplicados legal y
reglamentariamente con la máxima generosidad.
Sería, también, deseable acentuar el trato favorable a las víctimas,
desde una protección eficaz, con garantías para quienes se decidan a
denunciar a sus explotadores. Para ello son urgentes programas específicos que
incluyan los planes de integración alternativos, el refugio y asilo, la
legalización de su situación, la atención gratuita de los servicios jurídicos y
de la asistencia médica confidencial. No es suficiente una protección puramente
teórica para unas mujeres que tienen amenazada su vida y la de sus familiares.
Paralelamente es necesaria una actuación policial efectiva contra los
explotadores de seres humanos, logrando una cooperación internacional más fluida,
desarrollando controles internos más eficaces y promoviendo una labor de
concienciación sobre el problema en nuestra sociedad.
El cambio de mentalidad que se necesita no será posible sin la implicación
de los Medios de Comunicación, dada la importancia que tienen en una sociedad
como la nuestra. A ellos les pedimos que informen sin sensacionalismo sobre la
violación de los derechos humanos, al tiempo que ofrezcan un mensaje que
facilite la comprensión del problema y la sensibilización social ante el mismo.
A vosotras mujeres, que sufrís la terrible degradación que supone esta
explotación, os animamos a sacar fuerza de la debilidad. Somos sensibles a
vuestra grave y penosa situación que tanto dolor os causa y nos causa. Sabemos
que os es difícil rehacer vuestra vida pero no es imposible. Contáis para ello
con instituciones, asociaciones y un voluntariado que están dispuestos a
ayudaros y acompañaros, compartiendo vuestro sufrimiento. Vuestra denuncia y
vuestro testimonio podrán lograr que otras personas recuperen su dignidad
perdida.
A nuestras comunidades eclesiales, a todos y a cada uno de sus miembros, les
pedimos que sean "hogar abierto" para las víctimas[9], promuevan respuestas de
acogida; ofrezcan medios aptos de atención, integración laboral y rehabilitación
social y comunitaria, y contribuyan a la denuncia profética de las estructuras
de pecado que sustentan este fenómeno.
Por último, agradecemos el esfuerzo y la
entrega callada, valiente y generosa de comunidades cristianas, congregaciones
religiosas, organizaciones sociales que están acogiendo a las mujeres que
deciden enfrentarse a esa situación. A todas ellas, a sus profesionales y
voluntarios, queremos animarles a no desfallecer en su labor. La Iglesia tiene
la misión de defender y promover la dignidad de toda persona humana que en
Cristo " ha sido elevada a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su
Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" [10].
Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia debe servir a los pobres, hacer suya
la causa de los más débiles y proclamar que todos hemos nacido para vivir como
hijos de Dios (Cf. Lc 4, 18).
__________
NOTAS
[1] Es representativa de todas ellas la carta dirigida por el Presidente del
Consejo de Conferencias Episcopales de Europa, Cardenal Misloslav Vlk, y del
Presidente de las Conferencias de las Iglesias europeas, Metropolita Jéremie,
sobre La violencia contra las mujeres, junio de 1999. También ha hecho
pública una Declaración la Comisión Social de los Obispos de Francia, en su
documento "L´esclavage de la prostitution" (4-XII-2.000).
[2] Las cifras son de la Organización Internacional de Migraciones (OIM).
[3] Fuente: Dirección General de la Guardia Civil. Datos de la actuación
sólo en 900 clubes.
[4] Datos procedentes de los servicios de atención a estas mujeres: Madrid,
Barcelona, Bilbao, Orense, Alicante, Santiago de Compostela y Valladolid.
[5] Los datos facilitados por los centros de acogida y protección sostenidos
por instituciones de la Iglesia Católica nos manifiestan que la mayoría de
estas mujeres pertenecen a países, sobre todo, de América Latina
(Colombia, Brasil, República Dominicana, Ecuador..) y del Este de Europa
(Rusia, Lituania, Croacia..), todos ellos con graves problemas socio-económicos,
políticos y de pobreza. Este diagnóstico es coincidente con los datos ofrecidos
por la Dirección General de la Guardia Civil (año 2000) que citan a América
Latina como lugar de procedencia del 70% de las víctimas de la trata de blancas
[6] En este sentido es muy preocupante el aumento y proliferación de lugares
de prostitución: además de los antiguos "barrios chinos", se multiplican hoy
los bares de alterne, las salas de masajes, los clubes de carretera, etc.,
donde estas mujeres se encuentran con frecuencia secuestradas y sometidas a
extorsión por las redes y mafias.
[7] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles
laici, 37
[8] Ibidem
[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte, 50.
10] Concilio Vaticano II. Constitución Gaudium et spes, 22