Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas
y a mis hijos!
Durante la época de Navidad,
la Iglesia nos recuerda en varias ocasiones que en el momento más importante de
la historia, cuando Dios hecho hombre vino al mundo, un cántico de alegría
resonó en los cielos: Gloria in altissimis Deo, et super terram pax in
hominibus bonæ voluntatis (Lc 02, 14).
El himno de los ángeles nos muestra que la gloria de Dios y la paz en la tierra
son realidades que van unidas. Llamándonos a participar en su vida íntima, el
Señor nos ha incorporado a la infinita comunión de amor existente en el seno de
la Trinidad. Para eso, Dios Padre envió a su Hijo al mundo; y, luego, el Padre
y el Hijo nos enviaron el Espíritu Santo. Desde entonces, y hasta el final de
los tiempos, a través de la Iglesia, que es la familia de Dios en la tierra,
derrama su amor, su gozo y su paz.
Precisamente hoy, 01 de enero, se celebra la
Jornada Mundial de la Paz: un día muy adecuado para suplicar al Señor que
infunda este don celeste en cada corazón y en la sociedad. Como recordaba el
Santo Padre al principio del Adviento, "la paz es la meta a la que aspira la
humanidad entera. Para los creyentes, "paz" es uno de los nombres más
bellos de Dios, que quiere el entendimiento entre todos sus hijos" (Homilía,
2-XII-06).
Cristo vino a derribar el muro
que separaba a los judíos de los gentiles, haciendo de los dos un pueblo nuevo
(cfr Ef 02, 14-17) que sirviera a Dios
en justicia y santidad. Vino a poner paz, "no sólo entre judíos y no judíos,
sino también entre todas las naciones, porque todos proceden del mismo Dios,
único Creador y Señor del universo" (Homilía en Éfeso, 29-XI-06).
A este propósito, el mensaje pontificio para la
Jornada Mundial de la Paz lleva este año un título muy significativo: "La
persona humana, corazón de la paz". El Papa desea subrayar que los
esfuerzos por promover la paz en el mundo, siempre loables, resultan baldíos o
poco duraderos si no existe una verdadera preocupación por respetar en todos
los hombres y mujeres su dignidad. "Estoy convencido -escribe- de que
respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen
las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un
futuro sereno para las nuevas generaciones" (Mensaje para la Jornada Mundial de
la Paz 2007, 8-XII-06, n. 1).
El Papa recuerda las muchas consecuencias de
este principio fundamental: el derecho a la vida y a la libertad religiosa; la
igualdad natural de todas las personas, reflejada en la salvaguardia de los
derechos humanos; la necesidad de cultivar la convivencia y la comprensión
entre gentes de religiones, culturas y razas diversas... Como premisa
indispensable, señala que la paz verdadera es un regalo de Dios y una tarea
confiada a los hombres. En cuanto don divino, había sido prometida a los
hombres desde antiguo, pero sólo con el nacimiento de Jesucristo fue enviada a
la tierra. "Ecce pax non promissa, sed missa", escribe San Bernardo.
"Ahora nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino
concedida; no es profetizada, sino realizada. Dios Padre ha enviado a la tierra
algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en
la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que en él se
halla contenido; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En
efecto, "un niño se nos ha dado", pero en este niño "habita toda
la plenitud de la divinidad"" (San Bernardo, Sermón 1 en la Epifanía
del Señor). Agradezcamos a Dios su infinita misericordia, también en nombre
de los que no la han reconocido. Y sintamos la necesidad de querer a todas las
personas; pensemos más en San Josemaría, a quien el mundo resultaba pequeño.
Al mismo tiempo, la paz supone una tarea
confiada a los hombres de buena voluntad; una buena voluntad que brota
del mismo amor que Dios nos tiene. Así, como sabéis, se traduce más
literalmente el canto de los ángeles: "... y paz en la tierra a los
hombres que ama el Señor". La tarea de fomentar la paz se pone en manos no
sólo de quienes tienen responsabilidades directas en la gestión de la cosa
pública, sino en las de todos los ciudadanos sin excepción, según las
posibilidades de cada uno. Cumplamos diariamente esta gozosa tarea de
empeñarnos en ser "sembradores de paz y de alegría" -como le gustaba
decir a nuestro Padre- en los variados ámbitos de nuestra existencia. ¿Qué paz
dejamos en las almas? ¿Pueden afirmar que las queremos? ¿Cómo rezamos por los
que sufren?
El primer campo en el que hay
que cultivar la paz se concreta en la propia alma, donde debe reinar ese don
divino para poder transmitirlo luego a los demás. Del corazón humano proviene
el mal; pero con la gracia de Dios nacen también las cosas buenas que la
criatura está en condiciones de llevar a cabo. El hombre bueno del buen
tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de
la abundancia del corazón habla su boca (Lc 06, 45). Afirma Benedicto XVI:
""Gracia" es la fuerza que transforma al hombre y al mundo;
"paz" es el fruto maduro de esa transformación" (Homilía en Éfeso,
29-XI-06). Pero se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto
divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa
de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente
dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma.
Es una verdad antigua como el
Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en
práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la
tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10, 34). Hablaba de la pelea contra el
pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera.
Cuando hay verdadero empeño por erradicar la
mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del
cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes
que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de
los ambientes más diversos. En este sentido, Benedicto XVI afirma que "además
de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar
"humana", y que a su vez requiere una "ecología social"". Y
añade: "Es apremiante (...) el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana
que favorezca el crecimiento del "árbol de la paz"" (Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8-XII-06, nn. 8 y 10).
Difundamos por todas partes estos anhelos del
Santo Padre. Y, al mismo tiempo, con corazón grande, pidamos perdón al Señor y
reparemos por los pecados con que le ofendemos nosotros, y también por quienes
le ofenden en gran parte del mundo mediante la promoción de comportamientos
contrarios a la ley natural y, por tanto, a la dignidad humana.
Con el nuevo año, celebramos
la Maternidad divina de María, que constituye la raíz de todas las gracias que
el Señor ha concedido a nuestra Madre. Acudamos a su intercesión rebosantes de
confianza, pongamos en sus manos nuestra pelea personal para alcanzar la
santidad y nuestra oración por la paz. Ella, Regina pacis, obtendrá de
Jesucristo, Príncipe de la paz (Is
9, 5), este regalo divino que tanto anhelan las almas, la Iglesia, el mundo
entero.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Pamplona, 01 de enero de 2007.