CATECISMO
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(Con las correcciones de 1997, según la edición típica latina,
traducidas en lengua española )
CONSTITUCION APOSTOLICA FIDEI DEPOSITUM
para la publicación del
Catecismo de la Iglesia Católica
redactado siguiendo
al Concilio ecuménico Vaticano II
JUAN PABLO, OBISPO
Siervo de los Siervos de Dios
para perpetua memoria
1. Introducción
CONSERVAR EL DEPOSITO DE LA FE es la misión que el Señor confió a
su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El Concilio ecuménico Vaticano
II, inaugurado hace treinta años por mi predecesor Juan XXIII, de feliz
memoria, tenía la intención y el deseo de hacer patente la misión apostólica y
pastoral de la Iglesia, y llevar a todos los hombres, mediante el resplandor de
la verdad del evangelio, a buscar y recibir el amor de Cristo que está sobre
todo (cf. Ef
3, 19).
Con este propósito, el Papa Juan XXIII había asignado como tarea principal
conservar y explicar mejor el depósito precioso de la doctrina cristiana, con
el fin de hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los hombres de
buena voluntad. Para esto, el Concilio no debía comenzar por condenar los
errores de la época, sino, ante todo, debía aplicarse a mostrar serenamente la
fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. "Confiamos que la Iglesia -
decía él - iluminada por la luz de este Concilio, crecerá en riquezas
espirituales, cobrará nuevas fuerzas y mirará sin miedo hacia el futuro. . .
Debemos dedicarnos con alegría, sin temor, al trabajo que exige nuestra época,
manteniéndonos en el camino por el que la Iglesia marcha desde hace casi veinte
siglos"{1}.
Con la ayuda de Dios, los Padres conciliares pudieron elaborar, a
lo largo de cuatro años de trabajo, un conjunto considerable de exposiciones
doctrinales y de directrices pastorales ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y
fieles encuentran en ellas orientaciones para la "renovación de
pensamiento, de actividad, de costumbres, de fuerza moral, de alegría y de
esperanza, que ha sido el objetivo del Concilio"{2}.
Desde su conclusión, el Concilio no ha cesado de inspirar la vida
eclesial. En 1985, yo podía declarar: "Para mí - que tuve la gracia
especial de participar en él y de colaborar activamente en su desarrollo - , el
Vaticano II ha sido siempre, y es de una manera particular en estos años de mi
pontificado, el punto constante de referencia de toda mi acción pastoral, en el
esfuerzo consciente por traducir sus directrices mediante una aplicación
concreta y fiel, al nivel de cada Iglesia y de toda la Iglesia. Es preciso
volver sin cesar a esta fuente"{1}.
En este espíritu, el 25 de Enero de 1985, convoqué una Asamblea
extraordinaria del Sínodo de los Obispos, con ocasión del vigésimo aniversario
de la clausura del Concilio. El fin de esta asamblea era celebrar las gracias y
los frutos espirituales del Concilio Vaticano II, profundizar su enseñanza para
una más perfecta adhesión a ella y promover su conocimiento y aplicación.
En la celebración de esta asamblea, los Padres del Sínodo
expresaron el deseo "de que fuese redactado un Catecismo o compendio de
toda la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral, que sería como
un texto de referencia para los catecismos o compendios que son compuestos en
los diversos países. La presentación de la doctrina debe ser bíblica y
litúrgica, y debe ofrecer una doctrina segura y al mismo tiempo adaptada a la
vida actual de los cristianos"{2}. Desde la clausura del Sínodo, hice mío
este deseo, juzgando que "responde enteramente a una verdadera necesidad
de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares"{3}.
¡Cómo no dar gracias de todo corazón al Señor en este día en que podemos
ofrecer a la Iglesia entera con el título de "Catecismo de la Iglesia
Católica", este "texto de referencia" para una catequesis
renovada en las fuentes vivas de la fe!
Tras la renovación de la Liturgia y la nueva codificación del
Derecho canónico de la Iglesia latina y de los Cánones de las Iglesias
orientales católicas, este catecismo ofrecerá una contribución muy importante a
la obra de renovación de toda la vida eclesial, querida y puesta en aplicación
por el Concilio Vaticano II.
Itinerario y espíritu de la preparación del texto
El "Catecismo de la Iglesia Católica" es fruto de una
muy amplia colaboración. Es el resultado de seis años de trabajo intenso en un
espíritu de apertura atento y con un fervor ardiente.
En 1986 confié a una Comisión de doce Cardenales y Obispos,
presidida por Mons. el Cardenal Joseph Ratzinger, la tarea de preparar un
proyecto para el Catecismo solicitado por los Padres del Sínodo. Un Comité de
redacción de siete obispos diocesanos, expertos en teología y en catequesis, ha
asistido a la Comisión en su trabajo.
La Comisión, encargada de dar las directrices y de velar por el
desarrollo de los trabajos, ha seguido atentamente todas las etapas de la
redacción de las nueve versiones sucesivas. El Comité de redacción, por su
parte, ha asumido la responsabilidad de escribir el texto, introducir en él las
modificaciones exigidas por la Comisión y examinar las observaciones que
numerosos teólogos, exegetas, catequistas y, sobre todo, Obispos del mundo
entero, con el fin de mejorar el texto. El Comité ha sido un lugar de
intercambios fructíferos y enriquecedores que han asegurado la unidad y
homogeneidad del texto.
El proyecto ha sido objeto de una amplia consulta de todos los
obispos católicos, de sus Conferencias episcopales o de sus Sínodos, de los
institutos de teología y de catequesis. En su conjunto, el proyecto ha recibido
una acogida muy favorable por parte del Episcopado. Podemos decir ciertamente
que este Catecismo es fruto de una colaboración de todo el episcopado de la
Iglesia católica, que ha acogido generosamente mi invitación a tomar su parte
de responsabilidad en una iniciativa que toca de cerca a la vida eclesial. Esta
respuesta suscita en mí un profundo sentimiento de gozo, porque el concurso de
tantas voces expresa verdaderamente lo que se puede llamar la
"sinfonía" de la fe. La realización este Catecismo refleja así la
naturaleza colegial del Episcopado y atestigua la catolicidad de la Iglesia.
Distribución de la materia
Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de
la Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio
auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y
santas y de la Iglesia, para permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar
la fe del Pueblo de Dios. Debe tener en cuenta las explicitaciones de la
doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia en el curso de los
siglos. Es preciso también que ayude a iluminar con la luz de la fe las
situaciones nuevas y los problemas que hasta ahora no se habían planteado en el
pasado.
El catecismo, por tanto, contiene cosas nuevas y cosas antiguas
(cf. Mt 13,
52), pues la fe es siempre la misma y fuente de luces siempre nuevas.
Para responder a esta doble exigencia, el "Catecismo de la
Iglesia Católica", por una parte, repite el orden "antiguo",
tradicional, y seguido ya por el Catecismo de San Pío V, dividiendo el
contenido en cuatro partes: el Credo; la Sagrada Liturgia con los sacramentos
en primer plano; el obrar cristiano, expuesto a partir de los mandamientos; y
finalmente la oración cristiana. Pero, al mismo tiempo, el contenido es
expresado con frecuencia de una forma "nueva", con el fin de
responder a los interrogantes de nuestra época.
Las cuatro partes están ligadas entre sí: el misterio cristiano es
el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado en las acciones
litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos
de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya
expresión privilegiada es el "Padrenuestro", que expresa el objeto de
nuestra petición, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte).
La Liturgia es por sí misma oración; la confesión de la fe tiene
su justo lugar en la celebración del culto. La gracia, fruto de los
sacramentos, es la condición insustituible del obrar cristiano, igual que la
participación en la Liturgia de la Iglesia requiere la fe. Si la fe no se
concreta en obras permanece muerta (cf. St 2, 14 - 26) y no puede dar frutos de vida eterna.
En la lectura del "Catecismo de la Iglesia Católica" se
puede percibir la admirable unidad del misterio de Dios, de su designio de
salvación, así como el lugar central de Jesucristo Hijo único de Dios, enviado
por el Padre, hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María por el
Espíritu Santo, para ser nuestro Salvador. Muerto y resucitado, está siempre
presente en su Iglesia, particularmente en los sacramentos; es la fuente de la
fe, el modelo del obrar cristiano y el Maestro de nuestra oración.
Valor doctrinal del texto
El "Catecismo de la Iglesia Católica" que yo aprobé el 25
de Junio pasado, y cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad
apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica,
atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y
el Magisterio eclesiástico. Lo reconozco como un instrumento válido y
autorizado al servicio de la comunión eclesial y como una norma segura para la
enseñanza de la fe. ¡Que sirva para la renovación a la que el Espíritu Santo
llama sin cesar a la Iglesia de Dios Cuerpo de Cristo, en peregrinación hacia
la luz sin sombra del Reino!
La aprobación y la publicación del "Catecismo de la Iglesia
Católica" constituyen un servicio que el sucesor de Pedro quiere prestar a
la Santa Iglesia católica, a todas las Iglesias particulares en paz y comunión
con la Sede apostólica de Roma: el de sostener y confirmar la fe de todos los
discípulos del Señor Jesús (cf. Lc 22, 32), así como de
reforzar los vínculos de la unidad en la misma fe apostólica.
Pido, por tanto, a los pastores de la Iglesia y a los fieles que
reciban este Catecismo con un espíritu de comunión y lo utilicen asiduamente al
realizar su misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica. Este
Catecismo les es dado para que les sirva de texto de referencia seguro y
auténtico en la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente en la
composición de los catecismos locales. Es ofrecido también a todos los fieles
que deseen conocer mejor las riquezas inagotables de la salvación (cf. Jn 8, 32).
Quiere proporcionar un sostén a los esfuerzos ecuménicos animados por el santo
deseo de unidad de todos los cristianos, mostrando con exactitud el contenido y
la coherencia armoniosa de la fe católica. El "Catecismo de la Iglesia
Católica" es finalmente ofrecido a todo hombre que nos pida razón de la
esperanza que hay en nosotros (cf. 1P
3, 15). y que quiera conocer lo que cree la Iglesia católica.
Este Catecismo no está destinado a sustituir los catecismos
locales debidamente aprobados por las autoridades eclesiásticas, los Obispos
diocesanos y las Conferencias episcopales, sobre todo cuando han recibido la
aprobación de la Sede apostólica. Está destinado a alentar y facilitar la
redacción de nuevos catecismos locales que tengan en cuenta las diversas
situaciones y culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la
fidelidad a la doctrina católica.
Conclusión
Al terminar este documento que presenta el "Catecismo de la
Iglesia Católica" pido a la Santísima Virgen María, Madre del Verbo
encarnado y Madre de la Iglesia, que sostenga con su poderosa intercesión el
trabajo catequético de la Iglesia entera a todos los niveles, en este tiempo en
que la Iglesia está llamada a un nuevo esfuerzo de evangelización. Que la luz
de la verdadera fe libre a la humanidad de la ignorancia y de la esclavitud del
pecado para conducirla a la única libertad digna de este nombre (cf. Jn 8, 32):
la de la vida en Jesucristo bajo la guía del Espíritu Santo, aquí y en el Reino
de los cielos, en la plenitud de la bienaventuranza de la visión de Dios cara a
cara (cf. 1Co 13, 12; 2Co 5, 6 - 8).
Dado el 11 de Octubre de 1992, trigésimo aniversario de la
apertura del Concilio Vaticano II y año decimocuarto de mi pontificado.
Ioannes Paulus Pp II
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NOTAS AL PIE
{1}1 Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico
Vaticano 2, 11 Octubre 1962: AAS 54 (1962) p. 788.
{2} Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio ecuménico Vaticano
2, 8 Diciembre 1965: AAS 58 (1966), pp. 7 - 8.
{1} Discurso del 30 Mayo 1986, n. 5: AAS 78 (1986) p. 1273.
{2} Relación final del Sínodo extraordinario, 7 Diciembre 1985,
II, B, a, n. 4: Enchiridion Vaticanum, vol. 9, p. 1758, n. 1797.
{3} Discurso de clausura del Sínodo extraordinario, 7 Diciembre
1985, n. 6: AAS 78 (1986) p. 435.
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CATECISMO: PROLOGO
"PADRE, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17, 3). "Dios, nuestro
Salvador. . . quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad" (1Tm 2, 3 - 4). "No hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12),
sino el nombre de JESUS.
I. LA VIDA DEL HOMBRE: CONOCER Y AMAR A DIOS
Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un
designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en
su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del
hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus
fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su
familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y
Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los
hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los
herederos de su vida bienaventurada.
Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo envió a
los apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el evangelio:
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo" (Mt 28, 19 - 20). Fortalecidos con esta misión, los
apóstoles "salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con
ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban" (Mc 16, 20).
Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo
y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor
de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro
recibido de los apóstoles ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos
los fieles de Cristo son llamados a transmitirlo de generación en generación,
anunciando la fe, viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia
y en la oración (cf. Hch 2, 42).
II. TRANSMITIR LA FE: LA CATEQUESIS
Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos
realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a
creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, por la fe, tengan la vida en
su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el
Cuerpo de Cristo (cf. Juan Pablo II, CT 1, 2).
En su sentido más restringido, "globalmente, se puede
considerar aquí que la catequesis es una educación en la fe de los niños, de
los jóvenes y adultos que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina
cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático con miras a
iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana" (CT 18).
Sin confundirse con ellos, la catequesis se articula dentro de un
cierto número de elementos de la misión pastoral de la Iglesia, que tienen un
aspecto catequético, que preparan para la catequesis o que derivan de ella:
primer anuncio del Evangelio o predicación misionera para suscitar la fe;
búsqueda de razones para creer; experiencia de vida cristiana: celebración de
los sacramentos; integración en la comunidad eclesial; testimonio apostólico y
misionero (cf. CT 18).
"La catequesis está unida íntimamente a toda la vida de la
Iglesia. No sólo la extensión geográfica y el aumento numérico de la Iglesia,
sino también y más aún su crecimiento interior, su correspondencia con el
designio de Dios dependen esencialmente de ella" (CT 13).
Los periodos de renovación de la Iglesia son también tiempos
fuertes de la catequesis. Así, en la gran época de los Padres de la Iglesia,
vemos a santos obispos consagrar una parte importante de su ministerio a la catequesis.
Es la época de S. Cirilo de Jerusalén y de S. Juan Crisóstomo, de S. Ambrosio y
de S. Agustín, y de muchos otros Padres cuyas obras catequéticas siguen siendo
modelos.
El ministerio de la catequesis saca energías siempre nuevas de los
Concilios. El Concilio de Trento constituye a este respecto un ejemplo digno de
ser destacado: dio a la catequesis una prioridad en sus constituciones y sus
decretos; de él nació el Catecismo Romano que lleva también su nombre y que
constituye una obra de primer orden como resumen de la doctrina cristiana; este
Concilio suscitó en la Iglesia una organización notable de la catequesis;
promovió, gracias a santos obispos y teólogos como S. Pedro Canisio, S. Carlos
Borromeo, S. Toribio de Mogrovejo, S. Roberto Belarmino, la publicación de
numerosos catecismos.
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