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"Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido `por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo' (San Cipriano)" (LG 4).
811Párrafo 3: LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y
APOSTÓLICA
"Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo
que es una, santa, católica y apostólica" (LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente
unidos entre sí (cf DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su
misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el
Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él
es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.
Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas propiedades por su
origen divino. Pero sus manifestaciones históricas son signos que hablan
también con claridad a la razón humana. Recuerda el Concilio Vaticano I:
"La Iglesia por sí misma es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y
un testimonio irrefutable de su misión divina a causa de su admirable
propagación, de su eximia santidad, de su inagotable fecundidad en toda clase
de bienes, de su unidad universal y de su invicta estabilidad" (DS 3013).
813 I. LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia" (UR 2)
La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y principio supremo de
este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo,
en la Trinidad de personas" (UR 2).
La Iglesia es una debido a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado,
Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios. . .
restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS 78, 3). La Iglesia es una
debido a su "alma": "El Espíritu Santo que habita en los
creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión
de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la
unidad de la Iglesia" (UR 2).
Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una:
"¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos
del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay
también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia"
(Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42).
Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran
diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la
multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios
se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de la Iglesia
existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de vida;
"dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias
particulares con sus propias tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta
diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el
peso de sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el
apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de
la paz" (Ef 4, 3).
¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? "Por encima de todo esto
revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la
Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:
- la profesión de una misma fe recibida de los apóstoles;
- la celebración común del culto divino, sobre todo de los
sacramentos;
- la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la
concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can. 205).
"La única Iglesia de Cristo. . . , Nuestro Salvador, después de su
resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a
los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran. . . Esta Iglesia,
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en
["subsistit in"] la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de
Pedro y por los obispos en comunión con él" (LG 8).
El decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita:
"Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio
general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de
salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a
un único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo
de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente los que de algún
modo pertenecen ya al Pueblo de Dios" (UR 3).
817 Las heridas de la unidad
De hecho, "en esta una y única Iglesia de Dios, aparecieron ya desde
los primeros tiempos algunas escisiones que el apóstol reprueba severamente
como condenables; y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias y
comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la Iglesia
católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas partes" (UR 3). Tales rupturas que lesionan la
unidad del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el cisma
[cf CIC can. 751]) no se
producen sin el pecado de los hombres:
"Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi haereses, ibi
discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas, ibi unio, ex quo omnium
credentium erat cor unum et anima una" ("Donde hay pecados, allí hay
desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay unión,
de donde resultaba que todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola
alma" Orígenes, hom. in Ezech. 9, 1).
Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas "y son
instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la
separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos. . .
justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto,
con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con
razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor" (UR 3).
Además, "muchos elementos de santificación y de verdad" (LG 8) existen fuera de los
límites visibles de la Iglesia católica: "la palabra de Dios escrita, la
vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores
del Espíritu Santo y los elementos visibles" (UR 3; cf LG 15). El Espíritu de Cristo
se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación
cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a
la Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él (cf
UR 3) y de por sí impelen a
"la unidad católica" (LG
8).
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