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El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter,
que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por razón del
carácter, el Bautismo no puede ser reiterado (cf DS 1609 y 1624).
Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los
hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan
sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse
aunque no hayan recibido el Bautismo (cf LG 16).
Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los niños, porque es
una gracia y un don de Dios que no suponen méritos humanos; los niños son
bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a
la verdadera libertad.
En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia de la Iglesia nos
invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación.
En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la
intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza
del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo".
1285 Artículo 2 EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION
Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la Confirmación constituye
el conjunto de los "sacramentos de la iniciación cristiana", cuya
unidad debe ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la
recepción de este sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia
bautismal (cf OCf, Praenotanda 1). En efecto, a los bautizados "el
sacramento de la confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los los
enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se
comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y
defender la fe con sus palabras y sus obras" (LG 11; cf OCf, Praenotanda 2):
1286 I. LA CONFIRMACION EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor
reposaría sobre el Mesías esperado (cf. Is
11, 2) para realizar su misión salvífica (cf Lc 4, 16 - 22; Is 61, 1). El descenso del Espíritu
Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que él era el que
debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt
3, 13 - 17; Jn 1, 33 -
34). Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda
su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre
le da "sin medida" (Jn 3, 34).
Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el
Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36, 25 - 27; Jl 3, 1 - 2). En repetidas
ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12, 12; Jn 3, 5 - 8; 7, 37 - 39; 16, 7 -
15; Hch 1, 8), promesa que realizó
primero el día de Pascua (Jn 20, 22)
y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2, 1 - 4). Llenos del
Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de
Dios" (Hch 2, 11) y Pedro
declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf
Hch 2, 17 - 18). Los que
creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su
vez el don del Espíritu Santo (cf Hch
2, 38).
"Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de
Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don
del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cf Hch 8, 15 - 17; 19, 5 - 6).
Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros
elementos de la formación cristiana, la doctrina del bautismo y de la la
imposición de las manos (cf Hb 6, 2).
Es esta imposición de las manos la ha sido con toda razón considerada por la
tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación,
el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés"
(Pablo VI, const. apost. "Divinae consortium naturae").
Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la
imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción
ilustra el nombre de "cristiano" que significa "ungido" y
que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios ungió con el
Espíritu Santo" (Hch 10, 38).
Y este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en
Occidente. Por eso en Oriente, se llama a este sacramento crismación, unción
con el crisma, o myron, que significa "crisma". En Occidente el
nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el
Bautismo y robustece la gracia bautismal.
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