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La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva
al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote
en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su
Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena,
"tomando pan y una copa". "Sólo la Iglesia presenta esta
oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene
de su creación" (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1, 11). La presentación de
las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del
Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su sacrificio, lleva a la
perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.
Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía,
los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen
necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1Co 16, 1), siempre actual, se
inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2Co 8, 9):
"Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha
impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los
huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los
presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en
necesidad" (S. Justino, apol. 1, 67, 6).
La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de
gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:
- En el prefacio, la
Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus
obras , por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se
une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos
los santos, cantan al Dios tres veces santo;
- En la epíclesis, la
Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición
(cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su
poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la
Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones
litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis);
- en el relato de la
institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del
Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de
vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para
siempre;
- en la anámnesis que
sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno
glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos
reconcilia con él;
- en las intercesiones, la
Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia
del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los
pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus
diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.
En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la
fracción del pan, los fieles reciben "el pan del cielo" y "el
cáliz de la salvación", el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó
"para la vida del mundo" (Jn 6, 51):
"Porque este pan y este vino han sido, según la expresión
antigua "eucaristizados", "llamamos a este alimento Eucaristía y
nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre
nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo
nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo" " (S.
Justino, apol. 1, 66, 1 - 2).
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V.
EL SACRIFICIO SACRAMENTAL: ACCION DE GRACIAS, MEMORIAL, PRESENCIA.
Si los cristianos celebran la Eucaristía desde los orígenes, y de
forma que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de
épocas y de liturgias, sucede porque sabemos que estamos sujetos al mandato del
Señor, dado la víspera de su pasión: "haced esto en memoria mía" (1Co 11, 24 - 25).
Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su
sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que él mismo nos ha dado: los
dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu
Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: Así
Cristo se hace real y misteriosamente presente
Por tanto, debemos considerar la Eucaristía
- como acción de gracias y
alabanza al Padre
- como memorial del
sacrificio de Cristo y de su Cuerpo,
- como presencia de Cristo
por el poder de su Palabra y de su Espíritu.
La acción de gracias y la alabanza al Padre
La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por
Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias
por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación
amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de
Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en
acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo
en la creación y en la humanidad.
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