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La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición
por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios,
por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la
santificación. "Eucaristía" significa, ante todo, acción de gracias.
La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la
Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio
de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona,
a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al
Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.
1362 El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo,
que es la Iglesia
La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la
ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es
su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras
de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.
En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente
el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las
maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13, 3). En la celebración
litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y
actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que
es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen presentes a la
memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos
acontecimientos.
El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la
Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se
hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la
cruz, permanece siempre actual (cf Hb
7, 25 - 27): "Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio
de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra
de nuestra redención" (LG 3).
Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un
sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las
palabras mismas de la institución: "Esto es mi Cuerpo que será entregado
por vosotros" y "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será
derramada por vosotros" (Lc 22, 19
- 20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros
entregó en la cruz, y la sangre misma que "derramó por muchos para
remisión de los pecados" (Mt 26,
28).
La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el
sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto:
"(Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por
todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar
para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no
debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,
24. 27), en la última Cena, "la noche en que fue entregado" (1Co 11, 23), quiso dejar a la
Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza
humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse
una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos
(1Co 11, 23) y cuya virtud
saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada
día" (Cc. de Trento: DS 1740).
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único
sacrificio: "Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el
ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz.
Sólo difiere la manera de ofrecer": (CONCILIUM TRIDENTINUM, Sess. 22a. ,
Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) "Y puesto que en este
divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola
incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí
mismo una vez de modo cruento"; . . . este sacrificio [es] verdaderamente
propiciatorio" (Ibid).
La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es
el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se
ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres.
En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los
miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su
oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren
así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a
todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.
En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer
en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que
extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece
e intercede por todos los hombres.
Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado
del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración
de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la
Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía,
incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia
en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del
presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también
por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio
eucarístico:
"Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo
la presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello" (S. Ignacio
de Antioquía, Smyrn. 8, 1).
"Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la
perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de
Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los
presbíteros, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que
el Señor venga" (PO 2).
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