« Anterior
A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí
abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece
el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo
memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la
Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la
intercesión de Cristo.
El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos
"que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados"
(Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:
"Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su
cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de
mi ante el altar del Señor" (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y
su hermano; Conf. 9, 9, 27).
"A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos
difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros,
creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es
ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima. .
. Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen
pecadores, . . . presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo
propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres" (s.
Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9. 10).
S. Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que nos impulsa a una
participación cada vez más completa en el sacrificio de nuestro Redentor que
celebramos en la Eucaristía:
"Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad
de los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo
Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su
pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza. . . Tal es el
sacrificio de los cristianos: "siendo muchos, no formamos más que un sólo
cuerpo en Cristo" (Rm 12, 5).
Y este sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del
altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece
se ofrece a sí misma" (civ. 10, 6).
1373 La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y
del Espíritu Santo
"Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e
intercede por nosotros" (Rm 8, 34),
está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la
oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén reunidos en mi
nombre" (Mt 18, 20), en los
pobres, los enfermos, los presos (Mt
25, 31 - 46), en los sacramentos de los que él es autor, en el
sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, "sobre todo,
(está presente) bajo las especies eucarísticas" (SC 7).
El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular.
Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella
"como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos
los sacramentos" (S. Tomás de A. , s. th. 3, 73, 3). En el santísimo
sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y
substancialmente" el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad
de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero" (Cc. de
Trento: DS 1651). "Esta presencia se denomina `real', no a título
exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales', sino por
excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace
totalmente presente" (MF 39).
Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se
hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza
la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del
Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:
"No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en
Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros.
El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su
gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las
cosas ofrecidas" (Prod. Jud. 1, 6).
Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:
"Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha
producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la
bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza
misma resulta cambiada. . . La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo
que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran
todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que
cambiársela" (myst. 9, 50. 52).
El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque
Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era
verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta
convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan
y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia
del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la
substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente
a este cambio transubstanciación" (DS 1642).
La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración
y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo
entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus
partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento:
DS 1641).
El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe
en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras
maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al
Señor. "La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de
adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la
misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado
las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con
solemnidad, llevándolas en procesión" (MF 56).
El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente
la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de
la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su
Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa
del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe
estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar
construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real
de Cristo en el santo sacramento.
Siguiente »