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VII.
Y LIBRANOS DEL MAL
La última petición a nuestro Padre está también contenida en la
oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los
guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición
concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el
"nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de
toda la familia humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las
dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el
drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo,
en "comunión con los santos" (cf RP 16).
En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa
una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El
"diablo" ["dia - bolos"] es aquél que "se
atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en
Cristo.
"Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la
mentira" (Jn 8, 44), "Satanás, el
seductor del mundo entero" (Ap 12, 9), es aquél por medio
del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva
derrota, toda la creación entera será "liberada del pecado y de la
muerte" (MR, Plegaria Eucarística IV). "Sabemos que todo el que ha
nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno
no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en
poder del Maligno" (1Jn 5, 18 - 19):
"El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras
faltas también os protege y os gua rda contra las astucias del Diablo que os
combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no
os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. "Si Dios está con
nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31)" (S. Ambrosio,
sacr. 5, 30).
La victoria sobre el "príncipe de este mundo" (Jn 14, 30)
se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente
a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de
este mundo está "echado abajo" (Jn 12, 31; Ap 12, 11).
"El se lanza en persecución de la Mujer" (cf Ap 12, 13 - 16), pero no consigue alcanzarla: la nueva
Eva, "llena de gracia" del Espíritu Santo es preservada del pecado y
de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima
Madre de Dios, María, siempre virgen). "Entonces despechado contra la
Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos" (Ap 12, 17).
Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 17.
20) ya que su Venida nos librará del Maligno.
Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser
liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es
autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas
las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la
humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante
en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la
recapitulación de todos y de todo en Aquél que "tiene las llaves de la
Muerte y del Hades" (Ap 1, 18), "el Dueño de
todo, Aquél que es, que era y que ha de venir" (Ap 1, 8; cf Ap 1, 4):
"Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en
nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres
de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa
venida de nuestro Salvador Jesucristo" (MR, Embolismo).
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LA
DOXOLOGIA FINAL
La doxología final "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la
gloria por siempre Señor" vuelve a tomar, implícitamente, las tres
primeras peticiones del Padrenuestro: la glorificación de su nombre, la venida
de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero esta repetición se hace
en forma de adoración y de acción de gracias, como en la Liturgia celestial (cf
Ap 1, 6;
4, 11; 5, 13). El príncipe de este mundo se había atribuido con mentira estos
tres títulos de realeza, poder y gloria (cf Lc 4, 5 - 6). Cristo, el Señor, los restituye a su
Padre y nuestro Padre, hasta que le entregue el Reino, cuando sea consumado
definitivamente el Misterio de la salvación y Dios sea todo en todos (cf 1Co 15, 24 - 28).
"Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por
medio de este Amén, que significa 'Así sea' (cf Lc 1, 38), lo que contiene la
oración que Dios nos enseñó" (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5,
18).
En el Padrenuestro, las tres primeras peticiones tienen por objeto
la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del reino y el
cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre
nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o
para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del
Bien sobre el Mal.
Al pedir: "Santificado sea tu Nombre" entramos en el
plan de Dios, la santificación de su Nombre - revelado a Moisés, después en
Jesús - por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada
hombre.
En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la vista
el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el
crecimiento del Reino de Dios en el "hoy" de nuestras vidas.
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