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La expectativa ante el retorno del Señor polariza la atención de
la Iglesia. Nuestras miradas se fijan en Dios.
Entrada: " a Ti, Señor, levanto mi alma. Los que esperan en
Ti no quedan defraudados ". En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que
avive en sus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por
las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el
reino eterno.
En la oración del ofertorio (Veronense) suplicamos al Señor acepte
los bienes que de Él hemos recibido y, por la presentación del pan y del vino,
nos conceda que la acción santa que celebramos sea prenda de salvación para
nosotros.
Comunión: confiamos en que el Señor nos dará sus bienes y la
tierra dará su fruto. Postcomunión (de nueva redacción, inspirada en los
Sacramentarios Veronense y de Bérgamo): suplicamos al Señor que fructifique en
nosotros la celebración de los sacramentos, con los que Él nos enseña a
descubrir el valor de los bienes eternos y poner en ellos nuestro corazón.
Ciclo A
Con el Adviento tratamos de abrir nuestras vidas al misterio de
Cristo vivo, proclamando la inmensa necesidad que tenemos de Él. Evocamos la
primera y segunda venida del Salvador. Es, pues, ocasión propicia para renovar
nuestra fe y nuestra responsabilidad ante el misterio salvífico de Cristo.
- Isaías 2, 1-5: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz
eterna del reino de Dios. No obstante la ignorancia y las aberraciones de los
hombres, en los planes divinos el designio de salvación se extiende a toda la
humanidad. Todos tenemos total necesidad de Cristo Redentor y de la revelación
plena del amor de Dios. En esta primera lectura, el profeta Isaías contempla en
lontananza el día del Señor y presenta el carácter universal de toda la
salvación. El pueblo de la Alianza (el Antiguo y Nuevo Israel) ha sido elegido
por Dios para poseer y transmitir la fe y la salvación a todos los pueblos.
Dios obra en favor del mundo a través de la Iglesia, ya que el primer pueblo de
la Alianza fue infiel.
De ahí la responsabilidad de todo cristiano de no poner obstáculos
a la misión salvadora y redentora de Cristo. A todos nos incumbe siempre una
actitud misionera, en la medida de nuestras posibilidades, según los diversos
estados en que vivimos nuestra vocación.
- Salmo 121: Con este
salmo expresamos nuestra alegría porque caminamos hacia la Jerusalén celeste,
hacia la gloria futura, y esto nos obliga a exhortar a todos los hombres,
nuestros hermanos, a que vivan en la paz y que también ellos se encaminen hacia
la Casa del Padre.
- Rm 13, 11-14: Nuestra
salvación está cerca. Quienes por la fe ya hemos conocido el misterio de Cristo
no podemos caer en la inconsciencia de vivir en la irresponsabilidad de los
hijos de las tinieblas. Tenemos ansias del encuentro definitivo de Cristo, como
hemos pedido en la oración colecta. Nuestra vida presente es una marcha hacia
el futuro. Por eso para el cristiano que espera ese encuentro y que ha hecho
suyas las aspiraciones de los hombres de su tiempo, el sentido de la historia
de la humanidad es el sentido de su misma historia, que solo tiene valor a la
luz de Cristo. Apartarse de ahí es caminar en las tinieblas.
- Mt 24, 37-44: Vigilemos
para estar preparados. Caminamos irreversiblemente hacia el encuentro
definitivo con Cristo en la eternidad. No sabemos el día ni la hora. Solo la fe
vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de
salvación eterna. La realidad cotidiana con su monotonía exasperante nos
adormece. A nuestro alrededor hay acontecimientos difíciles: guerras,
violencias, injusticias, etc. A todo nos acostumbramos. Existe quien responde y
quien se calla, quien se esfuerza y quien se abandona. San Juan Crisóstomo
llama aquí a la vigilancia esperanzada:
" En medio de la oscuridad no puedes distinguir al amigo del
enemigo. No distinguimos de noche los metales preciosos de las meras piedras.
Del mismo modo, el avaro y el licencioso no distinguen la verdad y el valor de
la virtud.
" Así como el que camina de noche va muerto de miedo, de
igual modo los pecadores andan continuamente atormentados por el miedo de
perder sus bienes y por el remordimiento de su conciencia.
" Ea, pues, dejemos una vida tan penosa. Ya sabéis que
después de tantas calamidades viene la muerte... Creen los pecadores ser ricos,
y no lo son. Creen vivir entre delicias, y no gozan de ellas... Nosotros
vivamos sobrios y vigilantes, como quiere Cristo. "Andemos decentemente y
como de día" (Rom 13, 13). Abramos las puertas para que aquella Luz nos
ilumine con sus rayos y gocemos siempre de la benignidad de nuestro Señor
Jesucristo " (Comentario al Evang. Juan, hom. 5).
Nosotros, en este Adviento, hemos de reaccionar en medio de tanta
perdición, tratando de verlo todo a través de Cristo, que nos interpela y nos
solicita a la responsabilidad y al amor. Así es como los cristianos nos
preparamos a salir al encuentro del Salvador, y así preparamos esta nueva
Navidad, para que nuestra vida esté totalmente inmersa en Cristo. Iluminados
por el misterio de Cristo y llamados a su encuentro en la eternidad, volvemos a
la convivencia en un mundo en el que los hombres, nuestros hermanos, viven las
más de las veces inconscientes de la necesidad que tienen de Cristo. Es
preciso, es urgente que seamos luz para ellos.
CICLO B
El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable
y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga
preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que
fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la
Iglesia, el Adviento significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha
venido como Redentor, pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra
de salvación en la eternidad.
- Isaías 63, 16-17-64, 1.3-8: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!
La salvación se hace posible para los hombres en la medida en que éstos viven
su fidelidad humilde ante Dios, que se nos ha revelado como Padre y nos ama con
amor redentor. La comunidad cristiana, cada alma, se encuentra lejana de Dios.
Es momento de revisar la vida para descubrir los mil caminos a través de los
cuales ha traicionado su fe cristiana. Es tiempo de autocrítica y de
autoconfesión. Todos tenemos necesidad de un nuevo retorno a Dios, que nos
conduzca a las exigencias radicales del Evangelio, para que seamos un signo de
salvación en medio de un mundo que naufraga lejos de Dios.
- El Salmo 79 nos mueve a
pedir al Señor que nos restaure, que brille su rostro y nos salve. ¡Ven a
salvarnos, Señor! ¡Vuélvete hacia nosotros! ¡Ven a visitar tu viña! ¡Que tu
mano nos proteja para que no nos alejemos de Ti! ¡Que con todo el fervor de
nuestra alma invoquemos tu nombre!
- 1Co 1, 3-9: Aguardamos la manifestación de nuestro Señor
Jesucristo. Nuestro destino y nuestra salvación eterna nos imponen a diario la
responsabilidad vigilante de aguardar el retorno definitivo de Cristo. "
Ya sí, pero todavía no ". Estar en Cristo Jesús, con todo lo que ello
comporta: perdón de los pecados, regeneración, etc., es algo ya operante en el
cristiano que ha sido lavado en el bautismo.
Pero aún no hemos llegado a la plenitud. De ahí una tensión.
Cuando esa tensión falta nos encontramos con un cristianismo sin esperanza,
privado del futuro de Dios, de su completa salvación. No podemos atarnos a
mesianismos terrenos, vagamente humanitarios. Solo Cristo nos ofrece la
salvación verdadera. En la comunión con él está nuestra felicidad. La espera de
la fiesta de Navidad nos presenta una oportunidad valiosa para crecer por la
gracia en estas actitudes.
- Mc 13, 33-37: Velad,
pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. Mientras se realiza el
retorno de Cristo, toda la vida del creyente ha de dignificarse en la fidelidad
y constante vigilancia. El auténtico cristiano es el hombre que vive
diariamente el Evangelio, en alerta permanente ante la eternidad, con amor de
intimidad a Cristo. El modo como vive el hombre demuestra si se ama a sí mismo
o si ama a Dios, que lo ha creado y redimido con destino a la eternidad. Esto
supone una aceptación incondicional de Dios como Ser supremo y Creador de todo.
Supone fe y actuar en un mundo que muchas veces le es contrario por los males
físicos, sociales y morales.
No puede, pues, adormecerse el cristiano. Ha de vigilar
constantemente. Nuestro Adviento ha de ser perpetuo. Exige un alerta continua,
condicionante de toda nuestra vida en el tiempo. Requiere que siempre el alma
esté esperando ansiosa y responsablemente a Cristo, reformador de nuestras
miserias.
CICLO C
Sobre el recuerdo del pasado se nos invita a vivir con
autenticidad cristiana el presente y a tomar en serio nuestra vocación de
eternidad. El cristiano es siempre un creyente proyectado a la eternidad, pero
viviendo su responsabilidad de cada día, como elegido de Cristo y testigo de su
intimidad, marcado para Él por la santidad y el Evangelio.
- Jer 33, 14-16: Suscitaré a David un vástago legítimo. A pesar de
la degradación y las desviaciones de los hombres, Dios se muestra fiel a su
promesa mesiánica. El Mesías sería el vástago legítimo de la estirpe de David,
su hijo conviviendo con los hombres. La voluntad y la disponibilidad de Dios
para ofrecer una y otra vez su gracia, pese a las prevaricaciones del hombre,
es permanente en la Biblia. Dios vive y desde que creó al hombre, vive siempre
atento a él. Dios busca y quiere salvar al hombre. En toda la historia de la
salvación Dios aparece como el fiel cumplidor de sus promesas. Ellas se cumplen
en la plenitud de los tiempos, cuando vino Cristo, el Salvador.
- Con el Salmo 24 decimos:
A Ti, Señor, levanto mi alma. A Él pedimos que nos enseñe sus caminos, que nos
instruya en sus sendas, que caminemos con lealtad. El Señor es bueno y recto.
Enseña el camino a los pecadores. Hace caminar a los humildes con rectitud. Sus
sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus
mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.
- 1Ts 3, 12-4, 2: Que el
Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva. La voluntad de
Dios es nuestra santificación. Nuestra autenticidad cristiana consiste en vivir
cada día de modo que logremos llegar irreprensibles al juicio de Dios para
poseer su Reino eternamente. Para el cristiano no existe otra finalidad para su
vida y su actividad responsable que servir y amar a Dios con gozo, y, por lo
mismo, estar siempre disponible a los demás, como Dios quiere. Los unos para
los otros, pero como Dios lo quiere, a la manera de Cristo.
Todos los tipos de liberación y promoción humana que excluyen la
perspectiva trascendente y sobrenatural son nocivos para el cristiano, y
también lo son para los demás hombres. Nuestra salvación total es por Dios y es
Dios. Toda liberación de los hombres ha de llevar esta impronta de la fe, que
solo en Dios por Cristo consigue la realización plena del hombre.
- Lc 21, 25-28.34-36: Se
acerca vuestra liberación. Cada día nos acercamos un poco más al momento de
nuestro encuentro definitivo con Cristo. La espera de un futuro da sentido al
tiempo presente y lo pone en tensión. La vida del cristiano es de constante
tensión. No obstante los múltiples programas y proyectos para la vida, al fin
se da uno cuenta de que el hombre no puede salvarse por sí mismo.
Cuanto más el hombre se da cuenta de la pobreza de sus medios y de
la amargura de los acontecimientos, tanto más siente la necesidad de otro
superior a él que lo salve. El cristiano conoce esto. En sus limitaciones, pecados
y miserias advierte la necesidad de Cristo Salvador. Por eso, con la Iglesia en
su liturgia clama en este tiempo: ¡Ven Señor, no tardes!
Oigamos a San Cirilo de Jerusalén:
" El Salvador vendrá, pero no para ser juzgado de nuevo, sino
para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel
que mientras era juzgado guardó silencio, refrescará la memoria de los
malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá:
"Esto hicisteis vosotros y yo callé".
" Entonces, por razones de clemente providencia, vino a
enseñar a los hombres con suave persuasión; en ese otro momento futuro, lo
quieran o no, los hombres tendrá que someterse necesariamente a su reinado
" (Catequesis 15).
Iluminados, pues, por la fe y llamados al encuentro con Cristo en
la eternidad, hemos de vivir cada día con la gozosa esperanza de su victoria
definitiva, que será la nuestra, y hemos de irradiar nuestra esperanza con
nuestra vida en torno de nosotros, para que a todos alcance la luz de Cristo,
su mensaje de salvación y la realidad de su eficacia.