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En la entrada decimos jubilosos con los profetas: " escuchad,
pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en las islas remotas: mirad a nuestro
Salvador que viene; no temáis " (Jer 31, 10; Is 33, 4). En la oración colecta (Rótulus
de Rávena), pedimos al Señor que suban a su presencia nuestras plegarias y que
colme en sus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio
admirable de la Encarnación de su Hijo. En la comunión pedimos al Señor que
venga, que nos visite con su paz, para que nos alegremos en su presencia de
todo corazón (Sal 103, 4-5).
- Isaías 35, 1-10: Dios viene en persona y os salvará. El profeta
manifiesta el gozo por la restauración de Judá, signo y realización histórica
de la salvación. Es obra personal de Yavé. En ella revela su poder, sus
caminos, su misericordia. Cristo, perdonando el pecado y curando a los enfermos
se nos presenta como el auténtico Salvador y Redentor. La salvación del hombre
consiste en su transformación. Pero el hombre es incapaz de transformarse por
sí solo. Intenta, obtiene algo, aspira a ello con sinceridad y con sufrimiento:
pero la desproporción del hombre frente a la propia salvación es radical.
Solo Dios puede salvar, transformar. Dios solo es invocado y
esperado. Cuando " viene " todo cambia en el hombre. Nace un hombre
" nuevo " y muere lo que era " viejo ". Lo importante es
que el hombre invoque y espere en Dios, haciendose disponible a su palabra y a
su gracia con ánimo, sin temor. Lo que el profeta Isaías dice recurriendo a
imágenes tan brillantes es precisamente esto: Allá donde llega Dios, cambia la
realidad: la vida en lugar de la muerte, el bien en lugar del mal, la alegría
en lugar del llanto. Un amor práctico y desinteresado: he ahí el signo del
Reino de Dios en medio de los hombres.
En Cristo ha aparecido verdaderamente el reino de Dios sobre la
tierra. Él es la misma personificación del amor que salva y ayuda, que se
entrega a los pobres, que se humilla hasta los enfermos y los cura, que no
retrocede hasta los mismos leprosos y que domina a la muerte. Así viene Él
constantemente a nosotros. Él es a quien esperamos, a quien necesitamos. Él nos
basta. Él solo. En Él todo lo tenemos: el Camino, la Verdad y la Vida.
- Salmo 84: " Dios
nos anuncia la paz y la salvación, que están ya cerca ". Este mensaje lo
escucharon los deportados de Babilonia, que ya habían expiado en el sufrimiento
su infidelidad. Dios lo repite en cuantos se convierten a Él de corazón. Por
eso seguimos cantando nosotros ese Salmo: Nuestro Dios viene y nos salvará.
" Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a
sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en
nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la
paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el
cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto. La justicia
marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos ".
- Lc 5, 17-26: Hoy hemos
visto cosas admirables. El hecho de la curación del paralítico en Cafarnaún se
emplea normalmente en un sentido apologético. Es un texto clásico para mostrar
la realidad mesiánica de Cristo; su misma divinidad; la conciencia que tenía de
ella. La argumentación de Cristo es clara y eficaz.
Pero además del argumento apologético se descubre también el
significado salvífico. En Cristo Dios pone su poder a disposición de la
incapacidad del hombre. Nada se sustrae a la eficacia de su acción divina.
Cuerpo y alma, salud física y salud espiritual, pecados y enfermedades, todo se
pliega a su querer. El hombre no puede salvarse por sí solo. Puede y debe encontrarse
con Dios, que viene a Él en Cristo. Le debe encontrar con fe y confianza,
superando las dificultades, incluso aquella de la muchedumbre que se interpone
entre Él y Dios.
Pero es Dios quien salva. Y salva por amor y con amor. El infinito
poder de Cristo es el poder del Amor infinito. No hay salvación sin amor.
Cristo se inclina sobre las miserias humanas del cuerpo y, sobre todo, del
alma. La salvación en sentido cristiano está en el amor de Dios y del prójimo,
en adorar y servir por amor.
La cumbre teológica del relato evangélico de hoy la encontramos en
las palabras: " ¿quién puede perdonar los pecados sino Dios solo? "
El milagro fue el sello de las palabras. El poder de la Iglesia se apoya en
Cristo. Los pecadores encuentran a Jesús en su Iglesia, en el sacramento de la
penitencia. Los saciados por sí mismos lo rechazan. Creen no necesitarlo.