GS PABLO OBISPO SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS JUNTAMENTE CON LOS
PADRES DEL CONCILIO PARA PERPETUO RECUERDO.
Proemio
[Unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal]
[Destinatarios de la palabra conciliar]
[Al servicio del hombre]
[Esperanza y temores]
[Cambios profundos]
[Cambios en el orden social]
[Cambios psicológicos, morales y religiosos]
[Los desequilibrios del mundo moderno]
[Aspiraciones más universales de la humanidad]
[Los interrogantes más profundos del hombre]
[Hay que responder a las mociones del Espíritu]
CAPITULO I: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
[El hombre, imagen de Dios]
[El pecado]
[Constitución del hombre]
[Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría]
[Dignidad de la conciencia moral]
[Grandeza de la libertad]
[El misterio de la muerte]
[Formas y raíces del ateísmo]
[El ateísmo sistemático]
[Actitud de la Iglesia ante el ateísmo]
[Cristo, el Hombre nuevo]
CAPITULO II: LA COMUNIDAD HUMANA
[Propósito del Concilio]
[Indole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios]
[Interdependencia entre la persona humana y la sociedad]
[La promoción del bien común]
[El respeto a la persona humana]
[Respeto y amor a los adversarios]
[La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social]
[Hay que superar la ética individualista]
[Responsabilidad y participación]
[El Verbo encarnado y la solidaridad humana]
CAPITULO III: LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO
[Planteamiento del problema]
[Valor de la actividad humana]
[Ordenación de la actividad humana]
[La justa autonomía de la realidad terrena]
[Deformación de la actividad humana por el pecado]
[Perfección de la actividad humana en el misterio pascual]
[Tierra nueva y cielo nuevo]
CAPITULO IV: MISION DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
[Relación mutua entre la Iglesia y el mundo]
[Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre]
[Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana]
[Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos, procura prestar al
dinamismo humano]
[Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno]
[Cristo, alfa y omega]
[Introducción]
CAPITULO I: DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
[El matrimonio y la familia en el mundo actual]
[El carácter sagrado del matrimonio y de la familia]
[Del amor conyugal]
[Fecundidad del matrimonio]
[El amor conyugal debe compaginarse con el respeto a la vida
humana]
[El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos]
CAPITULO II: EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL
[Introducción]
[Nuevos estilos de vida]
[El hombre, autor de la cultura]
[Dificultades y tareas actuales en este campo]
[La fe y la cultura]
[Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura]
[Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas]
[El reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la
cultura]
[La educación para la cultura íntegra del hombre]
[Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana]
CAPITULO III: LA VIDA ECONOMICO - SOCIAL
[Algunos aspectos de la vida económica]
[Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre]
[Han de eliminarse las enormes desigualdades económico - sociales]
[Trabajo, condiciones de trabajo, descanso]
[Participación en la empresa y en la organización general de la
economía. Conflictos laborales]
[Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres]
[Inversiones y política monetaria]
[Acceso a la propiedad y dominio de los bienes. Problema de los
latifundios]
[La actividad económico - social y el reino de Cristo]
CAPITULO IV: LA VIDA EN LA COMUNIDAD POLITICA
[La vida pública en nuestros días]
[Naturaleza y fin de la comunidad política]
[Colaboración de todos en la vida pública]
[La comunidad política y la Iglesia]
CAPITULO V: EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCION
[Introducción]
[Naturaleza de la paz]
[Hay que frenar la crueldad de las guerras]
[La guerra total]
[La carrera de armamentos]
[Prohibición absoluta de la guerra. La acción internacional para
evitar la guerra]
[Causas y remedios de las discordias]
[La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales]
[La cooperación internacional en el orden económico]
[Algunas normas oportunas]
[Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento
demográfico]
[Misión de los cristianos en la cooperación internacional]
[Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional]
[Participación del cristiano en las instituciones internacionales]
[Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares]
[El diálogo entre todos los hombres]
[Edificación del mundo y orientación de éste a Dios]
CONSTITUCION PASTORAL SOBRE LA IGLESIA EN EL
MUNDO ACTUAL
1
Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está
integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo
en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la
salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.
2
Por ello, el
Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se
dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a
Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo
entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.
Tiene
pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el
conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro
de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los
cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo
la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado,
roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación
3
En nuestros días,
el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder,
se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del
mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido
de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las
cosas y de la humanidad.
El
Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por
Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la
familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas,
aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el
poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de
su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad
humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre
todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad,
quien será el objeto central de las explicaciones que van a seguir. Al
proclamar el concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que
en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la
Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No
impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar,
bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para
dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no
para ser servido
EXPOSICION
PRELIMINAR
SITUACION
DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
4
Para cumplir esta
misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la
época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a
cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en
que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con
frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo
moderno.
El género
humano se halla hoy en un período nuevo de su historia, caracterizado por
cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo
entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero
recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y
colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las
realidades y los hombres con quienes convive. Tan esto es así, que se puede ya
hablar de una verdadera metamórfosis social y cultural, que redunda también en
la vida religiosa.
Como
ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo no leves
dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no
siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad
creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que
nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda
sobre la orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el
género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades,
tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre
hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha
tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas
formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo siente con tanta
viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad,
se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas
contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políticas,
sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro de
una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las
ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más
fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por
último, se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance
paralelamente el mejoramiento de los espíritus.
Afectados
por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente
llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al
mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se
preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo.
El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a
responder.
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La turbación
actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de vida están
vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente importancia, en
la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a las
que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica y a las
ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente el
ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus avances está
transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los espacios
interplanetarios. También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia
humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento de la historia; ya en
cuanto al futuro, por la técnica prospectiva y la planificación. Los progresos
de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo
conocerse mejor, sino aun influir directamente sobre la vida de las sociedades
por medio de métodos técnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez
mayor atención a la previsión y ordenación de la expansión demográfica.
Existe una
aceleración tal de la historia, que difícilmente pueden seguirla los
individuos. El destino de la sociedad humana se torna único, sin diversificarse
ya más en tantas historias separadas
Así el
género humano pasa de una concepción más estática del orden, a una concepción
más dinámica y evolutiva; esto favorece el surgimiento de un formidable
complejo de nuevos problemas, que desafía a nuevos análisis y síntesis
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Por todo ello, son
cada día más profundos los cambios que experimentan las comunidades locales
tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros
diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.
El tipo de
sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos países a una
economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y condiciones
milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un predominio
análogo por el aumento de las ciudades y de su población y por la tendencia a
la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos y
mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de los hechos
y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos de pensar y de sentir,
provocando con ello muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe
subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios motivos,
cambien su manera de vida.
De esta
manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo la
propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin
embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones
auténticamente personales (personalización).
Esta
evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya de los
progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en vías de
desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la industrialización
y de la urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen tradiciones más
antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más perfecto y personal de
la libertad
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El cambio de
mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión las ideas
recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e
incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia
función en la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo cual
no rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día
mayores en el cumplimiento de sus tareas.
Las
instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave
perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de
éste.
Las nuevas
condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una parte, el
espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico del mundo y de
residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión verdaderamente
personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más
vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas se
alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no
constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en
efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un
cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada
no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el
arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y la misma
legislación civil. Es lo que explica la perturbación de muchos
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Una tan rápida
mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y la misma conciencia
agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan
contradicciones y desequilibrios.
Surgen
muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia
práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar y
ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también
el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la
conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y
a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge,
finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión
general de las cosas.
Aparecen
discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones demográficas,
económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las generaciones
que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos.
Nacen
también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Discrepancias
entre los países ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias, por
último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de
los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de
la propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en
otras entidades sociales.
Todo ello
alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las
desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima
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Entre tanto, se
afianza la convicción de que el género humano puede y debe no sólo perfeccionar
su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer
un orden político, económico y social que esté más al servicio del hombre y
permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad.
De aquí
las instantes reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen viva
conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a
una no equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son las
independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la
civilización moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden
económico, y desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está
aumentando a diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la
dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos
hambrientos interpelan a los pueblos opulentos. La mujer, allí donde todavía no
lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los
trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la
vida, sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo sus dotes
personales y participar activamente en la ordenación de la vida económica,
social, política y cultural. Por primera vez en la historia, todos los pueblos
están convencidos de que los beneficios de la cultura pueden y deben extenderse
realmente a todas las naciones.
Pero bajo
todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más
universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena
y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se
esfuerzan cada vez más por formar una comunidad universal.
De esta
forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y
de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la
esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio.
El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las
fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello
se interroga a sí mismo
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En realidad de
verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con
ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano.
Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A
fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin
embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por
muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo
y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría
llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves
discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida
por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de
este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para
ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y
plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro
del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan,
por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto,
alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda
significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo.
Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los
que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más
fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la
muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor
tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la
sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?.
Cree la
Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su
fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación
y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea
necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la
historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que
bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su
último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz
de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el
Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar
en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de
nuestra época
PRIMERA
PARTE: LA IGLESIA Y LA VOCACION DEL HOMBRE
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El Pueblo de Dios,
movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu
del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos,
exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos,
los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo
ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del
hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.
El
Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan
la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos
valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una
bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano,
sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello
necesitan purificación.
¿Qué
piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse
para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la
acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta.
Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que
aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión
de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana
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Creyentes y no
creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la
tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.
Pero, ¿qué
es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre
sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla
absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen
en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y,
aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la
verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita
conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del
hombre.
La Biblia
nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con
capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a
Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre
para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al
coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo
fue puesto por ti debajo de sus pies (Sal 8, 5 - 7).
Pero Dios
no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gn 1, 27). Esta sociedad de hombre y
mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es,
en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni
desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás. Dios, pues, nos dice
también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gn 1, 31)
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Creado por Dios en
la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio
exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y
pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero
no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron
servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice
coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón,
comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer
a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin
último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona
como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación
Es esto lo
que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y
la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y
el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de
sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31),
que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre,
impidiéndole lograr su propia plenitud.
A la luz
de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre
experimenta hallan simultáneamente su última explicación
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En la unidad de
cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del
universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza
la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la
vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su
propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día.
Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La
propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no
permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.
No se
equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al
considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de
la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo
entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón,
donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente,
bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí
mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete
de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y
sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de
la realidad
15
Tiene razón el
hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por
virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con el ejercicio
infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha realizado
grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la técnica y en la
esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha obtenido éxitos
extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo material.
Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más profunda. La
inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad para
alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia
del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente,
la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe
perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente
del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella,
el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra
época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar
todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo
corre peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe
advertirse a este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero
ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria
aportación.
Con el don
del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el
misterio del plan divino
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En lo más profundo
de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta
a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es
necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar
el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre
tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la
dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas
con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la
conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento
consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a
los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con
acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la
sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor
seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego
capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez,
sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que
ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el
hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado
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La orientación del
hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un
valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón.
Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura
licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La
verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha
querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena
y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el
hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido
por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso
interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando,
liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la
libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y
esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la
máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la
gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de
Dios según la conducta buena o mala que haya observado
18
El máximo enigma
de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la
disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la
desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la
perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad
que en sí lleva, por se irreductible a la sola materia, se levanta contra la
muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no
pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy
proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge
ineluctablemente del corazón humano.
Mientras
toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación
divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz
situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana
enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del
pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya
al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al
hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión
de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado
esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte.
Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde
satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del
hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de
que poseen ya en Dios la vida verdadera
19
La razón más alta
de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios.
Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe
pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que
lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando
reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son,
sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital
unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra
"ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan
sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que
dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la
afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por
ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni
siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer,
no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse
por el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta
contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del
carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente
como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el
acceso del hombre a Dios.
Quienes
voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las
cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es
un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las
que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y,
ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no
pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación
religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los
defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado
el genuino rostro de Dios y de la religión
20
Con frecuencia, el
ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora
otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia
del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la
esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el
único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse,
según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo
menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder
que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las
formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del
hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este
ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta
liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura
ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por
eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político
del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre
todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene
a su alcance el poder público
21
La Iglesia, fiel a
Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con
firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas,
que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al
hombre de su innata grandeza.
Quiere,
sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la
mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados
por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia
juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo
examen.
La Iglesia
afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad
humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección.
Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad.
Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la
participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más
bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el
contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la
dignidad humana sufre lesiones gravísimas - es lo que hoy con frecuencia sucede
- , y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan
sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.
Todo
hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta
obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más
importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este
problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al
hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio
del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la
integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer
presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua
renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se
logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para
poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos
mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar
su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e
impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado.
Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor
fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del
Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La
Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que
todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación
de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente
y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes
y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos
fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los
creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un
templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios
el Evangelio de Cristo.
La Iglesia
sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos
del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo
la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje,
lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso
humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello que
"nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti"
22
En realidad, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.
Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir,
Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que
todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.
El que es
imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el
hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina,
deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no
absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de
Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó
con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo
verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en
el pecado.
Cordero
inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios
nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo
y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El
Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20). Padeciendo por
nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con
cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre
cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre
muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rm 8, 23), las cuales le
capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que
es prenda de la herencia (Ef 1, 14), se restaura
internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rm 8, 23).
Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida
a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11).
Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones,
contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio
pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la
esperanza, a la resurrección.
Esto vale
no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena
voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por
todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la
divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual.
Este es el
gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles.
Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera
del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su
muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo,
clamemos en el Espíritu: Abba!, ¡Padre!
23
Entre los
principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación de las
relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo
el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio fraterno
no está en ese progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre las
personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad
espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta
comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda
comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador grabó en
la naturaleza espiritual y moral del hombre.
Como el
Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto ampliamente la
doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita a recordar
tan sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de
la Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de aquéllas
fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.
24
Dios, que cuida de
todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola
familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han sido creados a
imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje humano y para
poblar toda la haz de la tierra (Hch 17, 26), y todos son
llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo
cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento. La
Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no puede separarse del amor
del prójimo: "... cualquier otro precepto en esta sentencia se resume :
Amarás al prójimo como a ti mismo... El amor es el cumplimiento de la ley"
(Rm 13, 9 - 10; cf. 1Jn 4, 20). Esta doctrina posee hoy
extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia
mutua de los hombres y la unificación asimismo creciente del mundo.
Más aún,
el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos
uno (Jn 17,
21 - 22), abriendo
perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la
unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en
la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a
la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no
es en la entrega sincera de sí mismo a los demás
25
La índole social
del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de
la propia sociedad están mutuamente condicionados. porque el principio, el
sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona
humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida
social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por
ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del
diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus
cualidades y le capacita para responder a su vocación.
De los
vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como la
familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza
profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por
varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de
derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y
para garantizar sus derechos.
Mas si la
persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación, incluida la
religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo,
negar que las circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa
desde su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es
cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social
proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras económicas,
políticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo
humanos, que trastornan también el ambiente social. Y cuando la realidad social
se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal
desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo
pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia
26
La
interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen
que el bien común - esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que
hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más
pleno y más fácil de la propia perfección - se universalice cada vez más, e
implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano.
Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas
aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien
común de toda la familia humana.
Crece al
mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su
superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e
inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste
necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el
vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya fundar una
familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una
adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a
la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia
religiosa.
El orden
social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al
bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no
al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido
hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que
desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia,
vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada
día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una
renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El
Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y
renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su parte, el
fermento evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta
irrefrenable exigencia de la dignidad
27
Descendiendo a
consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al
hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al
prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios
necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se
despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En nuestra
época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de servirlos
con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos,
o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o
de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió,
o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del
Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mi me
lo hicisteis. (Mt 25, 40).
No sólo
esto. Cuanto atenta contra la vida - homicidios de cualquier clase, genocidios,
aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado - ; cuanto viola la integridad
de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales
o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende
a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la
trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que
reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la
libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y
otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana,
deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al
honor debido al Creador
28
Quienes sientes u
obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso
religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más
humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir,
mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta
caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante
la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los
hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error,
que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la
dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o
insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del
corazón humano. Por ello, nos prohibe juzgar la culpabilidad interna de los
demás.
La
doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del
amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley:
Habéis oído que se dijo : Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero
yo os digo : Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad
por lo que os persiguen y calumnian (Mt 5, 43 - 44)
29
La igualdad
fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor.
Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen
la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es
evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad
física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de
discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o
cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o
religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En
verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén
todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando
se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el
estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una
cultura iguales a las que se conceden al hombres.
Más aún,
aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual
dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y
más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades
económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma
familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad
de la persona humana y a la paz social e internacional.
Las
instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al servicio
de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier
esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los
derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir
respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más
profundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para
llegar al final deseado
30
La profunda y
rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que,
por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con
una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple
cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y
la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así públicas
como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre. Hay
quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre
como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No sólo
esto; en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas
sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en
soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos
subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la
higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone
en peligro la vida propia y la vida del prójimo.
La
aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas
por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque
cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los
límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo
entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en
sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma
que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia
31
Para que cada uno
pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su responsabilidad tanto
respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales de los que es miembro,
hay que procurar con suma diligencia una más amplia cultura espiritual,
valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género humano
dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que sea el
origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y
mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero no
puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al
hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia
dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La
libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema
necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por
una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el
contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables
obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la
convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.
Es
necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los
esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que
la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida
pública. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y
el necesario vigor de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se
sientan impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran
el cuerpo social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los
atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar
con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan
dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar
32
Dios creó al
hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma
manera, Dios "ha querido santificar y salvar a los hombres no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el
comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no
solamente en cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada
comunidad. A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo
suyo (Ex 3,
7 - 12), con el que además
estableció un pacto en el monte Sinaí.
Esta
índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El
propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a las
bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores.
Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las
relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las
imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes
de su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia,
fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y
de su tierra.
En su
predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como hermanos.
Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más todavía, se
ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor
amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Y ordenó a los
Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva angélica, para que la humanidad
se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.
Primogénito
entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una nueva
comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después de
su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que
todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la
variedad de dones que se les hayan conferido.
Esta
solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su consumación
y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada de Dios y de
Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta
33
Siempre se ha
esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida;
pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y
sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con
ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos medios de
intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo
una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de bienes
que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy
los obtiene por sí mismo.
Ante este
gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre los
hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el
uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los
esfuerzos de individuos y colectividades?. La Iglesia, custodio del depósito de
la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral,
sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la
luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente
emprendido por la humanidad
34
Una cosa hay
cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el
conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos
para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la
voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de
gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en
ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero,
reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de
todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.
Esta enseñanza
vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y
mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su
trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón
pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al
bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los
designios de Dios en la historia.
Los
cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen
al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador,
están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo
de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se
acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y
colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres
de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino
que, al contrario, les impone como deber el hacerlo
35
La actividad
humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste
con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se
perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se
trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las
riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que
por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más
justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas
sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden
ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí
solos no pueden llevarla a cabo.
Por tanto,
esta es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los designios y
voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al
hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente
su plena vocación.
36
Muchos de nuestros
contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación
entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre,
de la sociedad o de la ciencia.
Si por
autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad
misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear
y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía.
No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que
además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la
creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad
propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el
reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello,
la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de
una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será
en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe
tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad
se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin
saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a
todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que,
por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han
dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de
agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la
ciencia y la fe.
Pero si
autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente
de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay
creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La
criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea
cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios
en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia
criatura queda oscurecida
37
La Sagrada
Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la
familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también
encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las
colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con
el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el
mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido
de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.
A través
de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las
tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor,
hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar
continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la
ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.
Por esto
la Iglesia de Cristo, confiando en la providencia del Creador, a la vez que
reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede
dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a
este mundo (Rm
12, 2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia
que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al
servicio de Dios y de los hombres.
A la hora
de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es
que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por
caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la
soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y
hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas
creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos
salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando
y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de
veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es
vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (1Co 3, 22 - 23)
38
El Verbo de Dios,
por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la
tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y
recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es amor (I 10 4,
8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es
el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina
les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y
esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo
tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los
acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria. El,
sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a
llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que
buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al
que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la
virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese
deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer
más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del
Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el
anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros
los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así
preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que,
con la abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de
la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad
se convertirán en oblación acepta a dios.
El Señor
dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel
sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el
hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la
comunión fraterna y la degustación del banquete celestial
39
Ignoramos el
tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco
conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo,
afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva
morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es
capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón
humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y
lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se
revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se
verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó
pensando en el hombre.
Se nos
advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí
mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más
bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el
cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un
vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente
progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran
medida al reino de Dios.
Pues los
bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra,
todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de
haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su
mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y
trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal:
"reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia,
de amor y de paz". El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra
tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección
40
Todo lo que
llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad humana,
sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento
de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base para el mutuo
diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya ha dicho el
Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de consideración la
misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa con él.
Nacida del
amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el
Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación, que
sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la
tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que
tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia
de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del
Señor. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por
ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada por Cristo como
sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios adecuados
propios de una unión visible y social". De esta forma, la Iglesia,
"entidad social visible y comunidad espiritual", avanza juntamente
con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de
ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en
Cristo y transformarse en familia de Dios.
Esta
compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse
por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana que se ve
perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos
de Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica la
vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en
cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de
la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad
diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más
profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por
medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más
humano al hombre a su historia.
La Iglesia
católica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han hecho y hacen
las demás Iglesias cristianas o comunidades eclesiásticas con su obra de
colaboración. Tienen asimismo la firme persuasión de que el mundo, a través de
las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y
actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la preparación del
Evangelio. Expónense a continuación algunos principios generales para promover
acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo aquello que en
cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
41
El hombre
contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia
el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se
ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del
hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia,
es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia
que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del
corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos
terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de
Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como
los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también
múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber, al
menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La
presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es
sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el que puede
dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su
Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se
perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre.
Apoyada en
esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante cambio de
opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderación
alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad
personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de
Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de
los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última
instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su
libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en
servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la
caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la economía
cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente,
también Señor de la historia humana y de la historia de la salvación, sin
embargo, en esta misma ordenación divina, la justa autonomía de lo creado, y
sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su
propia dignidad y se ve en ella consolidada.
La
Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los
derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época
actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin
embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y
garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en
efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son
salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese
camino, la dignidad humano no se salva; por el contrario, perece
42
La unión de la
familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo,
de la familia constituida por los hijos de Dios.
La misión
propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o
social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta
misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir
para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún,
donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión
de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos,
particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de
misericordia u otras semejantes.
La Iglesia
reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre
todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y
económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la
Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano". Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede
de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la
caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo.
Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican
en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero
dominio exterior ejercido con medios puramente humanos.
Como, por
otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma
particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y
social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo
estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que
éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad
para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a
todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen
todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las
justas asociaciones humanas.
El
Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo
se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesantemente
se fundan en la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y
fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con
su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio
de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos
fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común.
43
El Concilio
exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad
eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el
espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no
tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo
que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación
personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el
contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida
religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al
cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la
vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores
de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con
vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo
personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente,
oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por
una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus
obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo,
a sus obligaciones para con dios y pone en peligro su eterna salvación.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los
cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una
síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o
técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera
a la gloria de Dios.
Compete a
los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo
seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del
mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino
que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos.
Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan
sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen
término. A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina
quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar
orientación e impulso espiritual, . Pero no piensen que sus pastores están
siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en
todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más
bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la
observancia atenta de la doctrina del Magisterio.
Muchas
veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en
ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como
sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no
menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos
de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos
tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan
todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a
favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz
mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud
primordial pro el bien común.
Los
laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente
están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se
extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad
humana.
Los
Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios,
prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera
que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del
Evangelio. Recuerden todos los pastores, además, que son ellos los que con su
trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia,
que es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje
cristiano. Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por
sus fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de
todos sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado
anda el mundo de hoy. Capacítense con insistente afán para participar en el
diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier
opinión. Tengan sobre todo muy en el corazón las palabras del Concilio:
"Como el mundo entero tiende cada día más a la unidad civil, económica y
social, conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados
bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de
dispersión, para que todo el género humano venga a la unidad de la familia de
Dios".
Aunque la
Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel de
su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo, sabe, sin
embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron
todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios. Sabe también
la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que
ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado
el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas
deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con
máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio. De igual manera
comprende la Iglesia cuánto le queda aún por madurar, por su experiencia de
siglos, en la relación que debe mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu
Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de "exhortar a sus hijos a la
purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de
Cristo en el rostro de la Iglesia".
44
Interesa al mundo
reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual
manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la
evolución histórica del género humano.
La
experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las
diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren
nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el
comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los
conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el
saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber
popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta aceptación
de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la
evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el
mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se
fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para
aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas
cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita
de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean
creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y
comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el
Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos,
auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las
múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a
fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y
expresada en forma más adecuada.
La
Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en
Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución
de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio
elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma
constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor
acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el
conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de
parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la
comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico
- social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no
pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que
ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa
que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la
oposición y aun la persecución de sus contrarios.
45
La Iglesia, al
prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una
cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad.
Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de
su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es
"sacramento universal de salvación", que manifiesta y al mismo tiempo
realiza el misterio del amor de Dios al hombre.
El Verbo
de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto,
salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la
historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la
historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano
y plenitud total de sus aspiraciones. EL es aquel a quien el Padre resucitó,
exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos.
Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la
consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso
designio: Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra (Ef 1, 10).
He aquí que dice el Señor: Vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a
cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el
principio y el fin (Ap 22, 12 - 13)
SEGUNDA
PARTE
ALGUNOS
PROBLEMAS MAS URGENTES
46
Después de haber
expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misión, tanto individual
como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz
del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atención de todos
sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al
género humano.
Entre las
numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar principalmente
las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida
económico - social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la
paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que
brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en
la búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas