LG
CAPITULO 1: EL MISTERIO DE LA IGLESIA
[La voluntad del Padre Eterno sobre la salvación
universal]
[Misión y obra del Hijo]
[El Espíritu santificador de la Iglesia]
[El reino de Dios]
[Las varias figuras de la Iglesia]
[La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo]
[La Iglesia visible y espiritual a un tiempo]
CAPITULO II: EL PUEBLO DE DIOS
[Nueva Alianza y nuevo Pueblo]
[El sacerdocio común]
[Ejercicio del sacerdocio común en los sacramentos]
[Sentido de la fe y de los carismas en el Pueblo de
Dios]
[Universalidad y catolicidad del único Pueblo de
Dios]
[Los fieles católicos]
[Vínculos de la Iglesia con los cristianos no
católicos]
[Los no cristianos]
[Carácter misionero de la Iglesia]
CAPITULO III: DE LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA
IGLESIA
[Proemio]
[La institución de los Apóstoles]
[Los Obispos, sucesores de los Apóstoles]
[El episcopado como sacramento]
[El Colegio de los Obispos y su Cabeza]
[Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia]
[El ministerio de los Obispos]
[El oficio de enseñar de los Obispos]
[El oficio de los Obispos de santificar]
[Oficio de los Obispos de regir]
[Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con
los Obispos, con el presbiterio y con el pueblo cristiano]
[Los diáconos]
CAPITULO IV: LOS LAICOS
[Peculiaridad]
[Qué se entiende por laicos]
[Dignidad de los laicos. Unidad en la diversidad]
[El apostolado de los laicos]
[Consagración del mundo]
[El testimonio de su vida]
[En las estructuras humanas]
[Relaciones de los laicos con la jerarquía]
[Conclusión]
CAPITULO V: UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA
IGLESIA
[Llamamiento a la santidad]
[El Divino Maestro y modelo de toda perfección]
[La santidad en los diversos estados]
[Los consejos evangélicos]
CAPITULO VI: DE LOS RELIGIOSOS
[La profesión de los consejos evangélicos en la
Iglesia]
[Naturaleza e importancia del estado religioso en
la Iglesia]
[Bajo la autoridad de la Iglesia]
[Estima de la profesión de los consejos
evangélicos]
[Perseverancia]
CAPITULO VII: INDOLE ESCATOLOGICA DE LA IGLESIA
PEREGRINANTE
[Indole escatológica de nuestra vocación en la
Iglesia]
[Comunión de la Iglesia celestial con la Iglesia
peregrinante]
[Relaciones de la Iglesia peregrinante con la
Iglesia celestial]
[El Concilio establece disposiciones pastorales]
CAPITULO VIII: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA,
MADRE DE DIOS,
[Proemio]
[La Bienaventurada Virgen y la Iglesia]
[Intención del Concilio]
[La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento]
[María en la Anunciación]
[La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús]
[La Bienaventurada Virgen en el ministerio público
de Jesús]
[La Bienaventurada Virgen después de la Ascensión
de Jesús]
[María, esclava del Señor, en la obra de la
redención y de la santificación]
[Maternidad espiritual]
[María, como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia]
[Virtudes de María que han de ser imitadas por la
Iglesia]
[Naturaleza y fundamento del culto]
[Espíritu de la predicación y del culto]
[María, signo del pueblo de Dios]
[María interceda por la unión de los cristianos]
DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II
PABLO OBISPO SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS JUNTAMENTE CON LOS PADRES DEL
SACROSANTO CONCILIO PARA PERPETUA MEMORIA
CONSTITUCION DOGMATICA "LUMEN GENTIUM" SOBRE LA IGLESIA
1 Por ser Cristo luz de las gentes, este sagrado Concilio,
reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a
todos los hombres con su claridad, que resplandece sobre el haz de la Iglesia,
anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Y como la Iglesia es en
Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y
de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los
Concilios anteriores, se propone declarar con toda precisión a sus fieles y a
todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos
tiempos añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia, para que todos
los hombres, unidos hoy más íntimamente con toda clase de relaciones sociales,
técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo
2 El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y
misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los
hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el pecado de Adán,
no los abandonó, dispensándoles siempre su auxilio, en atención a Cristo
Redentor, "que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda
criatura" (Col 1, 15). A
todos los elegidos desde toda la eternidad el Padre "los conoció de
antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que
este sea el primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8, 19). Determinó convocar a los
creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que fue ya prefigurada desde el origen
del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el
Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la
efusión del Espíritu Santo, y se perfeccionará gloriosamente al fin de los
tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos descendientes
de Adán, "desde Abel el justo hasta el último elegido", se
congregarán ante el Padre en una Iglesia universal
3 Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió
en El antes de la creación del mundo, y nos predestinó a la adopción de hijos,
porque en El se complació restaurar todas las cosas (cfr. Ef 1, 4 - 5, 10). Cristo, pues,
en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los
cielos, nos reveló su misterio, y efectuó la redención con su obediencia. La
Iglesia, o reino de Cristo, presente ya en el misterio, crece visiblemente en
el mundo por el poder de Dios. Comienzo y expansión manifestada de nuevo tanto
por la sangre y el agua que manan del costado abierto de Cristo crucificado
(cf. Jn 19, 34), cuanto por las
palabras de Cristo alusivas a su muerte en la cruz: "Y yo, si fuere
levantado de la tierra, atraeré todos a mí" (Jn 12, 32). Cuantas veces se renueva
sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido
inmolado ( 1Co 5, 7), se efectúa
la obra de nuestra redención. Al propio tiempo, en el sacramento del pan
eucarístico se representa y se produce la unidad de los fieles, que constituyen
un solo cuerpo en Cristo (cf. 1Co 10,
17). Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo,
de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos
4 Consumada, pues, la obra, que el Padre confió el Hijo en
la tierra (cf. Jn 17, 4), fue
enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la
Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en
un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18).
El es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida
eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38 - 39),
por quien vivifica el Padre a todos los hombres muertos por el pecado hasta que
resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cf. Rm 8, 10 - 11). El Espíritu
habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y
da testimonio de la adopción de hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16, 26). Con diversos dones
jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia
(cf. Ef 4, 11 - 12; 1Co 12, 4; Ga 5, 22), a la que guía hacía toda
verdad (cf. Jn 16, 13) y unifica en
comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del
Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su
Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: "¡Ven!"
(cf. Ap 22, 17)
Así se manifiesta toda la Iglesia como "una muchedumbre reunida por la
unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
5 El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su
fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la
buena nueva, es decir, el Reino de Dios, prometido muchos siglos antes en las
Escrituras: "Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el Reino de
Dios" (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17). Ahora bien, este Reino
comienza a manifestarse como una luz delante de los hombres, por la palabra,
por las obras y por la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una
semilla, depositada en el campo (Mc 4,
14): quienes la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey (Lc 12, 32) de Cristo, recibieron el
Reino; la semilla va germinando poco a poco por su vigor interno, y va
creciendo hasta el tiempo de la siega (cf. Mc 4, 26 - 29). Los milagros,
por su parte, prueban que el Reino de Jesús ya vino sobre la tierra: "Si
expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha
llegado a vosotros" (Lc 11, 20 ;
cf. Mt 12, 28). Pero, sobre todo,
el Reino se manifiesta en la Persona del mismo Cristo, Hijo del Hombre, que
vino "a servir, y a dar su vida para redención de muchos" (Mc 10, 45)
Pero habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los hombres,
apareció constituido para siempre como Señor, como Cristo y como Sacerdote (cf.
Hch 2, 36; Hb 5, 6; 7, 17-21), y derramó en sus
discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hch 2, 33). Por eso la Iglesia,
enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de
caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de
Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en
la tierra el germen y el principio de este Reino. Ella en tanto, mientras va
creciendo poco a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas,
y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria
6 Como en el Antiguo Testamento la revelación del Reino se
propone muchas veces bajo figuras, así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia
se nos manifiesta también bajo diversos símbolos tomados de la vida pastoril,
de la agricultura, de la construcción, de la familia y de los esponsales que ya
se vislumbran en los libros de los profetas
La Iglesia es, pues, un "redil", cuya única y obligada puerta es
Cristo (Jn 10, 1 - 10). Es
también una grey, cuyo Pastor será el mismo Dios, según las profecías (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11 ss), y cuyas ovejas
aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas
constantemente por el mismo Cristo, buen Pastor, y Príncipe de pastores (cf. Jn 10, 11; 1P 5, 4), que dio su vida por las
ovejas (cf. Jn 10, 11 - 16)
La Iglesia es "agricultura" o labranza de Dios (1Co 3, 9). En este campo crece el
vetusto olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas en la cual se efectuó y
concluirá la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13 - 26). El celestial
Agricultor la plantó como viña elegida (Mt
21, 33-43; cf. Is 5, 1 ss).
La verdadera vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a los
sarmientos, es decir, a nosotros, que estamos vinculados a El por medio de la
Iglesia y sin El nada podemos hacer (Jn
15, 1 - 5)
Muchas veces también la Iglesia se llama "edificación" de Dios (1Co 3, 9). El mismo Señor se comparó
a la piedra rechazada por los constructores, pero que fue puesta como piedra
angular (Mt 21, 42; cf. Hch 4, 11; 1P 2, 7; Sal 118, 22). Sobre aquel fundamento
levantan los apóstoles la Iglesia (cf. 1Co
3, 11) y de él recibe firmeza y cohesión. A esta edificación se le dan
diversos nombres: casa de Dios (1Tm 3,
15), en que habita su "familia", habitación de Dios en el
Espíritu (Ef 2, 19 - 22),
tienda de Dios con los hombres (Ap 21,
3) y, sobre todo, "templo" santo, que los Santos Padres celebran
representado en los santuarios de piedra, y en la liturgia se compara
justamente a la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Porque en ella somos
ordenados en la tierra como piedras vivas (1P 2, 5). San Juan, en la renovación
del mundo contempla esta ciudad bajando del cielo, del lado de Dios ataviada
como una esposa que se engalana para su esposo (Ap 21, 1 ss)
La Iglesia, que es llamada también "la Jerusalén de arriba" y
madre nuestra (Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), se representa como la
inmaculada "esposa" del Cordero inmaculado (Ap 19, 1; 21, 2.9; 22, 17), a la que
Cristo "amó y se entregó por ella, para santificarla" (Ef 5, 26), la unió consigo con alianza
indisoluble y sin cesar la "alimenta y abriga" (cf. Ef 5, 24), a la que, por fin,
enriqueció para siempre con tesoros celestiales, para que podamos comprender la
caridad de Dios y de Cristo para con nosotros que supera toda ciencia (cf. Ef 3, 19). Pero mientras la Iglesia
peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6), se considera como
desterrada, de forma que busca y piensa las cosas de arriba, donde está Cristo
sentado a la diestra de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con
Cristo en Dios hasta que se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col 3, 1 - 4)
7 El Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana,
redimió al hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Ga 6, 15; 2Co 5, 17), superando la muerte con
su muerte y resurrección. A sus hermanos, convocados de entre todas las gentes,
los constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu
La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen
misteriosa y realmente a Cristo, paciente y glorificado, por medio de los
sacramentos. Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también
todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu" (1Co 12, 13). Rito sagrado con que se
representa y efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo: "Con
El hemos sido sepultados por el bautismo, par participar en su muerte",
mas si "hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también
lo seremos por la de su resurrección" (Rm 6, 4 - 5). En la fracción del
pan eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a
una comunión con El y entre nosotros mismos. "Porque el pan es uno, somos
muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1Co 10, 17). Así todos nosotros
quedamos hechos miembros de su cuerpo (cf. 1Co 12, 27), "pero cada uno es
miembro del otro" (Rm 12, 5)
Pero como todos los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos,
constituyen un cuerpo, así los fieles en Cristo (cf. 1Co 12, 12). También en la
constitución del cuerpo de Cristo hay variedad de miembros y de ministerios.
Uno mismo es el Espíritu que distribuye sus diversos dones para el bien de la
Iglesia, según sus riquezas y la diversidad de los ministerios (cf. 1Co 12, 1 - 11). Entre todos
estos dones sobresale la gracia de los apóstoles, a cuya autoridad subordina el
mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1Co 14)
Unificando el cuerpo, el mismo Espíritu por sí y con su virtud y por la
interna conexión de los miembros, produce y urge la caridad entre los fieles.
Por tanto, si un miembro tiene un sufrimiento, todos los miembros sufren con
el; o si un miembro es honrado, gozan juntamente todos los miembros (cf. 1Co 12, 26). La cabeza de este cuerpo
es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas todas las
cosas.. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la cabeza del
cuerpo que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos,
para que tenga la primacía sobre todas las cosas (cf. Col 1, 5 - 18). El domina con
la excelsa grandeza de su poder los cielos y la tierra y lleva de riquezas con
su eminente perfección y su obra todo el cuerpo de su gloria (cf. Ef 1, 18 - 23)
Es necesario que todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede
formado en ellos (cf. Ga 4, 19). Por
eso somos asumidos en los misterios de su vida, conformes con El, consepultados
y resucitados juntamente con El, hasta que reinemos con El (cf. Flm 3, 21; 2Tm 2, 11; Ef 2, 6; Col 2, 12 etc.). Peregrinos
todavía sobre la tierra siguiendo sus huellas en el sufrimiento y en la
persecución, nos unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza, padeciendo
con El, para ser con el glorificados (cf. Rm 8, 17)
Por El "el cuerpo entero, alimentado y trabado por las coyunturas y
ligamentos, crece con crecimiento divino" (Col 2, 19). El dispone constantemente
en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los dones de los servicios por los que
en su virtud nos ayudamos mutuamente en orden a la salvación, para que
siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos por todos los medios en El, que es
nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11 -
16)
Mas para que incesantemente nos renovemos en El (cf. Ef 4, 23), nos concedió participar en
su Espíritu, que siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma
vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada
por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de la vida, o el
alma, en el cuerpo humano
Cristo, por cierto, ama a la Iglesia como a su propia Esposa, como el varón
que amando a su mujer ama su propio cuerpo (cf. Ef 5, 25 - 28); pero la Iglesia
, por su parte, está sujeta a su Cabeza (Ef
5, 23 - 24). "Porque en El habita corporalmente toda la plenitud
de la divinidad"(Col 2, 9),
colma de bienes divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef 1, 22 - 23), para que ella
anhele y consiga toda la plenitud de Dios (cf. Ef 3, 19)
8 Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa,
comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón
visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y
la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico
de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la
Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas,
porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro
divino. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado.
Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación a
El indisolublemente unido, de forma semejante a la unión social de la Iglesia
sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo
(cf. Ef 4, 16)
Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa,
católica y apostólica, la que nuestro Salvador entregó después de su
resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24, 17), confiándole a él y a los
demás apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28, 18), y la erigió para siempre
como "columna y fundamento de la verdad" (1Tm 3, 15). Esta Iglesia constituida
y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la Iglesia católica,
gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, aunque
pueden encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad
que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad
católica
Mas como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así
la Iglesia es la llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres
los frutos de la salvación. Cristo Jesús, "existiendo en la forma de Dios,
se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo" (Flm 2, 69), y por nosotros, "se
hizo pobre, siendo rico" (2Co 8,
9); así la Iglesia, aunque el cumplimiento de su misión exige recursos
humanos, no está constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para
predicar la humildad y la abnegación incluso con su ejemplo. Cristo fue enviado
por el Padre a "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos"
(Lc 4, 18), "para buscar y
salvar lo que estaba perdido" (Lc
19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la
debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen
de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y
pretende servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo, santo, inocente,
inmaculado (Hb 7, 26), no conoció
el pecado (2Co 5, 21), sino que
vino sólo a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 21, 7), la Iglesia, recibiendo en
su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de
purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación
La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los
consuelos de Dios", anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El
venga (cf. 1Co 11, 26). Se
vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con
caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y descubre
fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que
al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor
9 En todo tiempo y en todo pueblo son adeptos a Dios los
que le temen y practican la justicia (cf. Hch 10, 35). Quiso, sin embargo, Dios
santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino
constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera
santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció
una alianza, y a quien instruyo gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus
divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo
esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, perfecta que
había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por
el mismo Verbo de Dios hecho carne. "He aquí que llega el tiempo - dice el
Señor - , y haré una nueva alianza conla casa de Israel y con la casa de Judá.
Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para
ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me
conocerán", afirma el Señor (Jr
31, 31-34). Nueva alianza que estableció Cristo, es decir, el Nuevo
Testamento en su sangre (cf. 1Co 11,
25), convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se
condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un
nuevo Pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no
corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1P 1, 23), no de la carne, sino del
agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5 -
6), son hechos por fin "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo de adquisición ... que en un tiempo no era pueblo, y ahora pueblo de
Dios" (1P 2, 9 - 10)
Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo, "que fue entregado por
nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación" (Rm 4, 25), y habiendo conseguido un
nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos.
Tienen por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos
corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo
mandato de amar, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn 13, 34). Tienen últimamente como
fin la dilatación del Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra,
hasta que sea consumado por El mismo al fin de los tiempos cuanto se manifieste
Cristo, nuestra vida (cf. Col 3, 4)
, y "la misma criatura será libertad de la servidumbre de la corrupción
para participar en la libertad de los hijos de Dios" (Rm 8, 21). Aquel pueblo mesiánico, por
tanto, aunque de momento no contenga a todos los hombres, y muchas veces
aparezca como una pequeña grey es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad,
de esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo
en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por
El como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como
luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt
5, 13 - 16).
Así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es
llamado alguna vez Iglesia (cf. 2 Esd
13, 1; Nm 20, 4; Dt 23, 1 ss), así el nuevo
Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cf. Hb 13, 14) se llama también Iglesia de
Cristo (cf. Mt 16, 18), porque El
la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,
28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión
visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como
autor de la salvación, y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia
convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad
salutífera, para todos y cada uno. Rebosando todos los límites de tiempos y de
lugares, entra en la historia humana con la obligación de extenderse a todas
las naciones. Caminando, pues, la Iglesia a través de peligros y de
tribulaciones, de tal forma se ve confortada por al fuerza de la gracia de Dios
que el Señor le prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su
fidelidad absoluta, sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y no
deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la
cruz llegue a la luz sin ocaso
10 Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf.
Hb 5, 1 - 5), a su nuevo
pueblo "lo hizo Reino de sacerdotes para Dios, su Padre" (cf. Ap 1, 6; 5, 9 - 10). Los bautizados
son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y
por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del
hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de
quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1P 2, 4 - 10). Por ello, todos
los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Hch 2, 42.47), han de ofrecerse a sí
mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12, 1), han de dar testimonio de
Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere, han de dar también razón de la
esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1P 3, 15)
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico
se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del
sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el
sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y
dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a
Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del
sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y
acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y
caridad operante
11 La condición sagrada y orgánicamente constituida de la
comunidad sacerdotal se actualiza tanto por los sacramentos como por las
virtudes. Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan
destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados
como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe
que recibieron de Dios por medio de la Iglesia. Por el sacramento de la
confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una
fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan con mayor
compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras, como verdaderos
testigos de Cristo. Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de
toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente
con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos
toman parte activa en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según
su condición. Pero una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea
sagrada, manifiestan concretamente la unidad del pueblo de Dios aptamente
significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento
Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la
ofensa hecha a Dios por la misericordia de Este, y al mismo tiempo se
reconcilian con la Iglesia, a la que, pecando, ofendieron, la cual, con
caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión. La Iglesia
entera encomienda al Señor, paciente y glorificado, a los que sufren, con la
sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, para que
los alivie y los salva (cf. St 5, 14 -
16); más aún, los exhorta a que uniéndose libremente a la pasión y a la muerte
de Cristo (Rm 8, 17; Col 1, 24; 2Tm 2, 11 - 12; 1P 4, 13), contribuyan al bien del
Pueblo de Dios. Además, aquellos que entre los fieles se distinguen por el
orden sagrado, quedan destinados en el nombre de Cristo para apacentar la
Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios. Por fin, los cónyuges
cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y
participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la
Iglesia (Ef 5, 32), se ayudan
mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación
de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia
gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1Co
7, 7). Pues de esta unión conyugal procede la familia, en que nacen los
nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu Santo
quedan constituidos por el bautismo en hijos de Dios para perpetuar el Pueblo
de Dios en el correr de los tiempos. En esta como Iglesia doméstica, los padres
han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su
palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno,
y con especial cuidado la vocación sagrada
Los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por
tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios cada uno por su camino a
la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto
12 El pueblo santo de Dios participa también del don
profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio, sobre todo por la vida de
fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de
los labios que bendicen su nombre (cf. Hb
13, 15). La universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1Jn 2, 20 - 17) no puede fallar
en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento
sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando "desde el Obispo hasta los
últimos fieles seglares" manifiestan el asentimiento universal en las
cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo
mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que
sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la
verdadera palabra de Dios (cf. 1Ts 2,
13), se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a
los santos (cf. Judas 1, 3),
penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la
vida.
Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de
Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes,
sino que "distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1Co 12, 11), reparte entre los fieles
de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los dispone y
prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la
renovación y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras:
"A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad"
(1Co 12, 7). Estos carismas, tanto
los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son
muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con
agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos
temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los
trabajos apostólicos, sino que el juicio sobre su autenticidad y sobre su
aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre
todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1Ts 5, 19-21)
13 Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo
de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo
entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de Dios,
que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un
conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cf. Jn 11, 52). Para ello envió Dios a su
Hijo a quien constituyó heredero universal (cf. He 1, 2), para que fuera
Maestro, Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los
hijos de Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y
Vivificador, que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de los
creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles
y en la unión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Hch 2, 42)
Así, pues, de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios,
porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no
terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la haz de la
tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita
en Roma sabe que los indios son también sus miembros". Pero como el Reino
de Cristo no es de este mundo (cf. Jn
18, 36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata
a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades,
riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que
tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las
fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a
quien fueron dadas en heredad todas las naciones (cf. Sal 2, 8) y a cuya ciudad llevan
dones y obsequios (cf. Sal 71, 10;
Is 60, 4 - 7; Ap 21, 24)
Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don
del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a
recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza
en la unidad de su Espíritu. En virtud de esta catolicidad cada una de las
partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que
el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se
comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo
de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está
integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros, ya
según los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus
hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado
religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo estimulan con su
ejemplo a los hermanos. Además, en la comunión eclesiástica existen Iglesias
particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo íntegro el
primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad,
defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo procura que estas
particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen en
ella. De aquí dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los
vínculos de íntima comunicación de riquezas espirituales, operarios apostólicos
y ayudas materiales. Los miembros del Pueblo de Dios están llamados a la
comunicación de bienes, y a cada una de las Iglesias pueden aplicarse estas
palabras del Apóstol: "El don que cada uno haya recibido, póngalo al
servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de
Dios" (1P 4, 10)
Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios,
que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se
ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos
los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios
14 El sagrado Concilio pone ante todo su atención en los fieles
católicos y enseña, fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia
peregrina es necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador
y el camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la
Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del
bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó a un tiempo la
necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como
puerta obligada. Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la
Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, rehusaran entrar
o no quisieran permanecer en ella
A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el
Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios
de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de
la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su
organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y
de los Obispos. Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a
la Iglesia, quien no perseverando en la caridad permanece en el seno de la
Iglesia "en cuerpo", pero no "en corazón". No olviden, con
todo, los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a
sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo: y si no responden a
ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán
juzgados con mayor severidad
Los catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo, solicitan con
voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen a ella por este mismo
deseo; y la madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente como a hijos
15 La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos
lo que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no
profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el
Sucesor de Pedro. Pues conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de
vida, y manifiestan celo apostólico, creen con amor en Dios Padre todopoderoso,
y en el hijo de Dios Salvador, están marcados con el bautismo, con el que se
unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o
comunidades eclesiales otros sacramentos. Muchos de ellos tienen episcopado, celebran
la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. Hay
que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales;
más aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos su
virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos les
dio la fortaleza del martirio. De esta forma el Espíritu promueve en todos los
discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que todos se unan en paz
en un rebaño y bajo un solo Pastor, como Cristo determinó. Para cuya
consecución la madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar, y
exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación para que la señal de
Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia
16 Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio,
están ordenados al Pueblo de Dios por varias razones. En primer lugar, por
cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que
nació Cristo según la carne (cf. Rm 9,
45); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres; porque los
dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rm 11, 28 - 29). Pero el
designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre
los cuales están en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe
de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios, misericordiosos, que ha de
juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de
otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les
da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17, 25 - 28), y el Salvador
quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tm 2, 4). Pues los que
inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con
sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con
las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden
conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios
necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron
todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados
por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo
bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado
por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. pero con
demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios
en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la
criatura en lugar del Criador (cf. Rm
1, 24 - 25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están
expuestos a una horrible desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el
mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 16), fomenta encarecidamente
las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos
17 Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los
Apóstoles (cf. Jn 20, 21),
diciendo: "Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 19 - 20). Este solemne
mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los
Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cf. Hch 1, 8). De aquí que haga suyas las
palabras del Apóstol: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1Co 9, 16), por lo que se preocupa
incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente
establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso
se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se
cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de
salvación para todo el mundo. predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la
fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre
del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la
plenitud por la caridad hacia El. Con su obra consigue que todo lo bueno que
haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en
las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre
vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio
y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación
de propagar la fe según su propia condición de vida. Pero aunque cualquiera
puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del sacerdote el
consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico,
realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: "Desde el orto del
sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se
ofrece a mi nombre una oblación pura" (Ml 1, 11). Así, pues ora y trabaja a
un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de
Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de
todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal
Y EN PARTICULAR SOBRE EL EPISCOPADO
18 En orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo
siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al
bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están
al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo
de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos
libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación
Este santo Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y declara
a una con él que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a
sus Apóstoles como El mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21), y quiso que los sucesores
de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los pastores
en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso,
estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en
él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de
comunión. Esta doctrina de la institución perpetuidad, fuerza y razón de ser
del sacro Primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo
Concilio la propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles y,
prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos,
profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los
apóstoles, los cuales junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza
visible de toda la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo
19 El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre,
llamando a sí a los que El quiso, eligió a los doce para que viviesen con El y
enviarlos a predicar el Reino de Dios (cf. Mc 3, 13 - 19; Mt 10, 1 - 42): a estos,
Apóstoles (cf. Lc 6, 13) los fundó
a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de ellos,
sacándolo de en medio de los mismos, a Pedro (cf. Jn 21, 15 - 17). A éstos envió
Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes (cf. Rm 1, 16), para que con la potestad
que les entregaba, hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los
santificasen y gobernasen (cf. Mt 28,
16 - 20; Mc 16, 15; Lc 24, 45 - 48; Jn 20, 21 - 23) y así dilatasen
la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos
los días hasta la consumación de los siglos (cf. Mt 28, 20). En esta misión fueron
confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Hch 2, 1 - 26), según la
promesa del Señor: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y
Samaría y hasta el último confín de la tierra" (Hch 1, 8). Los Apóstoles, pues,
predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc 16, 20), que los oyentes recibían
por influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal que el Señor fundó
sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro su cabeza, siendo
la piedra angular del edificio Cristo Jesús (cf. Ap 21, 14; Mt 16, 18; Ef 2, 20)
20 Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles
ha de durar hasta el fin de los siglos (cf. Mt 28, 20), puesto que el Evangelio
que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la vida para la
Iglesia. Por lo cual los Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada
tuvieron cuidado de establecer sucesores
En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino
que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte,
los Apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el
encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada, encomendándoles que
atendieran a toda la grey en medio de la cual el Espíritu Santo, los había
puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28). Establecieron, pues,
tales colaboradores y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados,
al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio. Entre los varios ministerios
que ya desde los primeros tiempos se ejercitan en la Iglesia, según testimonio
de la tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, constituidos
en el episcopado, por una sucesión que surge desde el principio, conservan la
sucesión de la semilla apostólica primera. Así, según atestigua San Ireneo, por
medio de aquellos que fueron establecidos por los Apóstoles como Obispos y como
sucesores suyos hasta nosotros, se pregona y se conserva la tradición
apostólica en el mundo entero
Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el
ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como
pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros
dotados de autoridad. Y así como permanece el oficio concedido por Dios
singularmente a Pedro como a primero entre los Apóstoles, y se transmite a sus
sucesores, así también permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar la
Iglesia que permanentemente ejercita el orden sacro de los Obispos han sucedido
este Sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por institución divina en el
lugar de los Apóstoles como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a
Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo desprecia y al que le envió (cf.
Lc 10, 16)
21 Así, pues, en los Obispos, a quienes asisten los
presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como
Pontífice Supremo. Porque, sentado a la diestra de Dios Padre, no está lejos de
la congregación de sus pontífices, sino que principalmente, a través de su
servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra sin
cesar los sacramentos de la fe a los creyentes y, por medio de su oficio
paternal (cf. 1Co 4, 15), va
agregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural;
finalmente, por medio de la sabiduría y prudencia de ellos rige y guía al
Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la eterna felicidad.
Estos pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los ministros de
Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1Co 4, 1), y a ellos está encomendado
el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rm 15, 16; Hch 20, 24) y la administración del
Espíritu y de la justicia en gloria (cf. 2Co 3, 8 - 9)
Para realizar estos oficios tan altos, fueron los apóstoles enriquecidos por
Cristo con la efusión especial del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 8; 2, 4; Jn 20, 22 - 23), y ellos, a su
vez, por la imposición de las manos transmitieron a sus colaboradores el don
del Espíritu (cf. 1Tm 4, 14; 2Tm 1, 6 - 7), que ha llegado
hasta nosotros en la consagración episcopal. Este Santo Sínodo enseña que con
la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden, que
por esto se llama en la liturgia de la Iglesia y en el testimonio de los Santos
Padres "supremo sacerdocio" o "cumbre del ministerio sagrado".
Ahora bien, la consagración episcopal, junto con el oficio de santificar,
confiere también el oficio de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por su
naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y
miembros del Colegio. En efecto, según la tradición, que aparece sobre todo en
los ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia, tanto de Oriente como de
Occidente es cosa clara que con la imposición de las manos se confiere la
gracia del Espíritu Santo y se imprime el sagrado carácter, de tal manera que
los Obispos en forma eminente y visible hagan las veces de Cristo, Maestro,
Pastor y Pontífice y obren en su nombre. Es propio de los Obispos el admitir,
por medio del Sacramento del Orden, nuevos elegidos en el cuerpo episcopal
22 Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los
demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de igual modo se unen entre
sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles.
Ya la más antigua disciplina, conforme a la cual los Obispos establecidos por
todo el mundo comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma por el vínculo de la
unidad, de la caridad y de la paz, como también los concilios convocados, para
resolver en común las cosas más importantes después de haber considerado el
parecer de muchos, manifiestan la naturaleza y forma colegial propia del orden
episcopal. Forma que claramente demuestran los concilios ecuménicos que a lo
largo de los siglos se han celebrado. Esto mismo lo muestra también el uso,
introducido de antiguo, de llamar a varios Obispos a tomar parte en el rito de
consagración cuando un nuevo elegido ha de ser elevado al ministerio del sumo
sacerdocio. Uno es constituido miembro del cuerpo episcopal en virtud de la
consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y miembros
del Colegio
El Colegio o cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se
considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del
mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los
pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene en virtud de
su cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena, suprema
y universal sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente. En cambio,
el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el régimen pastoral
al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el cuerpo apostólico,
junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también
sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que
no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor
puso tan sólo a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt 16, 18 - 19), y le constituyó
Pastor de toda su grey (cf. Jn 21, 15 ss);
pero el oficio que dio a Pedro de atar y desatar, consta que lo dio también al
Colegio de los Apóstoles unido con su Cabeza (Mt 18, 18; 28, 16 - 20). Este Colegio
expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios en cuanto está compuesto
de muchos; y la unidad de la grey de Cristo, en cuanto está agrupado bajo una
sola Cabeza. Dentro de este Colegio, los Obispos, actuando fielmente el primado
y principado de su Cabeza, gozan de potestad propia en bien no sólo de sus propios
fieles, sino incluso de toda la Iglesia, mientras el Espíritu Santo robustece
sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema que este
Colegio posee sobre la Iglesia universal se ejercita de modo solemne en el
Concilio Ecuménico. No puede hacer Concilio Ecuménico que no se aprobado o al
menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano
Pontífice convocar estos Concilios Ecuménicos, presidirlos y confirmarlos. Esta
misma potestad colegial puede ser ejercitada por Obispos dispersos por el mundo
a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción
colegial, o por lo menos apruebe la acción unida de ellos o la acepte
libremente para que sea un verdadero acto colegial
23 La unión colegial se manifiesta también en las mutuas
relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia
universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y
fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud
de los fieles. Del mismo modo, cada Obispo es el principio y fundamento visible
de unidad en su propia Iglesia, formada a imagen de la Iglesia universal; y de
todas las Iglesias particulares queda integrada la una y única Iglesia
católica. Por esto cada Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una
con el Papa, representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de
la unidad
Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia particular,
ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha
confiado, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero, en
cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los
Apóstoles, todos deben tener aquella solicitud por la Iglesia universal que la
institución y precepto de Cristo exigen, que si bien no se ejercita por acto de
jurisdicción, contribuye, sin embargo, grandemente, al progreso de la Iglesia
universal. Todos los Obispos, en efecto, deben promover y defender la unidad de
la fe y la disciplina común en toda la Iglesia, instruir a los fieles en el
amor del Cuerpo místico de Cristo, sobre todo de los miembros pobres y de los
que sufren o son perseguidos por la justicia (cf. Mt 5, 10); promover, en fin, toda
acción que sea común a la Iglesia, sobre todo en orden a la dilatación de la fe
y a la difusión plena de la luz de la verdad entre todos los hombres. Por lo
demás, es cosa clara que gobernando bien sus propias Iglesias como porciones de
la Iglesia universal, contribuyen en gran manera al bien de todo el Cuerpo
místico, que es también el cuerpo de todas las Iglesias
El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de
los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles
un oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio
de Efeso. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de
su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien
particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión
cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para
la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea
directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles.
Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad,
prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias
vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad
La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias Iglesias
fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se
hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y
la única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina
propia, de ritos litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y
espiritual. Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales,
como madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado
unidas hasta nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la
vida sacramental como en la mutua observancia de derechos y deberes. Esta
variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestra
admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del mismo modo las
Conferencias Episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y
fecunda a fin de que el sentimiento de la colegialidad tenga una aplicación
concreta
24 Los Obispos, en su calidad de sucesores de los
Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en
la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a
toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación por medio de
la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt 28, 18; Mc 16, 15-16; Hch 26, 17 ss.). Para el
desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus Apóstoles el Espíritu
Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés desde el cielo para que,
confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra
ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Hch
1, 8; 2, 1 ss; 9, 15). Este encargo que el Señor confió a los pastores de
su pueblo es un verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy
significativamente "diakonía", o sea ministerio (cf. Hch 1, 17-25; 21, 19; Rm 11, 13; 1Tm 1, 12)
La misión canónica de los Obispos puede hacerse ya sea por las legítimas
costumbres que no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de
la Iglesia, ya sea por las leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad,
ya sea también directamente por el mismo sucesor de Pedro : y ningún Obispo
puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él
niega la comunión apostólica
25 Entre los oficios principales de los Obispos se destaca
la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe
que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es
decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha
sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la
ilustran con la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación
las cosas nuevas y las cosas viejas (cf. Mt
13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los
errores que la amenazan (cf. 2Tm 4, 1 -
4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser
respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los
fieles, por su parte tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa
sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres
cuando él la expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad
y del entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del
Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se
reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al
parecer expresado por él según el deseo que haya manifestado él mismo, como
puede descubrirse ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia
con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas
Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la
infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo,
pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro,
convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como
definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso
anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo. la Iglesia universal, y sus
definiciones de fe deben aceptarse con sumisión
Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia
cuando define la doctrina de fe y de costumbres, se extiende a todo cuanto
abarca el depósito de la divina Revelación entregado para la fiel custodia y
exposición. Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio
Episcopal, en razón de su oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina
de fe o de costumbres en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los
fieles a quienes ha de confirmarlos en la fe (cf. Lc 22, 32). Por lo cual, con razón se
dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son
irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu
Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de
otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos
casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en
calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente
reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la
doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside
también en el cuerpo de los Obispos cuando ejercen el supremo magisterio
juntamente con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el
asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo en virtud de la cual la
grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de la fe
Cuando el Romano Pontífice o con él el Cuerpo Episcopal definen una doctrina
lo hacen siempre de acuerdo con la Revelación, a la cual, o por escrito, o por
transmisión de la sucesión legítima de los Obispos, y sobre todo por cuidado
del mismo Pontífice Romano, se nos transmite íntegra y en la Iglesia se
conserva y expone con religiosa fidelidad, gracias a la luz del Espíritu de la
verdad. El Romano Pontífice y los Obispos, como lo requiere su cargo y la
importancia del asunto, celosamente trabajan con los medios adecuados, a fin de
que se estudie como debe esta Revelación y se la proponga apropiadamente y no
aceptan ninguna nueva revelación pública dentro del divino depósito de la fe
26 El Obispo, revestido como está de la plenitud del
Sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del supremo
sacerdocio", sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra, ya sea por
sí, ya sea por otros, que hace vivir y crecer a la Iglesia. Esta Iglesia de
Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de
los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también el nombre de Iglesia en
el Nuevo Testamento. Ellas son, cada una en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado
por Dios en el Espíritu Santo y plenitud (cf. 1Ts 1, 5). En ellas se congregan los
fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de
la Cena del Señor "a fin de que por el cuerpo y la sangre del Señor quede
unida toda la fraternidad". En toda celebración, reunida la comunidad bajo
el ministerio sagrado del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y
"unidad del Cuerpo místico de Cristo sin la cual no puede haber
salvación". En estas comunidades, por más que sean con frecuencia pequeñas
y pobres o vivan en la dispersión, Cristo está presente, el cual con su poder
da unidad a la Iglesia, una, católica y apostólica. Porque "la participación
del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello
que recibimos"
Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía la dirige el Obispo,
al cual ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de
la religiosa cristiana y de administrarlo conforme a los preceptos del Señor y
las leyes de la Iglesia, las cuales él precisará según su propio criterio
adaptándolas a su diócesis
Así, los Obispos, orando por el pueblo y trabajando, dan de muchas maneras y
abundantemente de la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del
ministerio de la palabra comunican la virtud de Dios a todos aquellos que creen
para la salvación (cf. Rm 1, 16), y
por medio de los sacramentos, cuya administración sana y fructuosa regulan
ellos con su autoridad, santifican a los fieles. Ellos regulan la
administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en
el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la
confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la
disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a
que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio
de la misa. Ellos, finalmente, deben edificar a sus súbditos, con el ejemplo de
su vida, guardando su conducta no sólo de todo mal, sino con la ayuda de Dios,
transformándola en bien dentro de lo posible para llegar a la vida terna
juntamente con la grey que se les ha confiado
27 Los Obispos rigen como vicarios y legados de Cristo las
Iglesias particulares que se les han encomendado, con sus consejos, con sus
exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su
potestad sagrada, que ejercitan únicamente para edificar su grey en la verdad y
la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor ha de hacerse como el menor
y el que ocupa el primer puesto como el servidor (cf. Lc 22, 26 - 27). Esta potestad
que personalmente poseen en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata
aunque el ejercicio último de la misma sea regulada por la autoridad suprema, y
aunque, con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles, pueda quedar
circunscrita dentro de ciertos límites. En virtud de esta potestad, los Obispos
tienen el sagrado derecho y ante Dios el deber de legislar sobre sus súbditos,
de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece al culto y organización del
apostolado
A ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, es decir, el cuidado
habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben ser tenidos como vicarios del
Romano Pontífice, ya que ejercitan potestad propia y son, con verdad, los jefes
del pueblo que gobiernan. Así, pues, su potestad no queda anulada por la
potestad suprema y universal, sino que, al revés, queda afirmada, robustecida y
defendida, puesto que el Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de
gobierno que Cristo Señor estableció en su Iglesia.
El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga
siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido,
sino a servir (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45); y a entregar su vida por
sus ovejas (cf. Jn 10, 11). Sacado
de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse de los
ignorantes y de los errados (cf. Hb 5,
1 - 2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que como a
verdaderos hijos suyos abraza y a quienes exhorta a cooperar animosamente con
él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hb 13, 17), trabaje con la oración,
con la predicación y con todas las obras de caridad por ellos y también por los
que todavía no son de la única grey; a éstos téngalos por encomendados en el
Señor. Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto a
evangelizar a todos (cf. Rm 1, 14 -
15) y no deje de exhortar a sus fieles a la actividad apostólica y misionera.
Los fieles, por su lado, deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia lo está
con Cristo y como Cristo mismo lo está con el Padre, para que todas las cosas
armonicen en la unidad y crezcan para la gloria de Dios (cf. 2Co 4, 15)
28 Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36), ha hecho participantes de
su consagración y de su misión a los Obispos por medio de los apóstoles y de
sus sucesores. Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio
en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio
eclesiástico de divina institución es ejercitado en diversas categorías por
aquellos que ya desde antiguo se llamaron Obispos presbíteros, diáconos. Los
presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y en el ejercicio de su
potestad dependen de los Obispos, con todo están unidos con ellos en el honor
del sacerdocio y, en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como
verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno
Sacerdote (Hch 5, 1 - 10; 7,
24; 9, 11 - 28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para
celebrar el culto divino. Participando, en el grado propio de su ministerio del
oficio de Cristo, único Mediador (1Tm
2, 5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo
ejercitan, sobre todo, en el culto eucarístico o comunión, en el cual,
representando la persona de Cristo, y proclamando su Misterio, juntan con el
sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cf. 1Co 11, 26), representando y
aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único
Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo
al Padre, como hostia inmaculada (cf. Hb
9, 14 - 28). Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan
principalmente el ministerio de la reconciliación y del alivio. Presentan a
Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb 5, 1 - 4). Ellos,
ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y
Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida
hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre. En
medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24). Se afanan finalmente en la
palabra y en la enseñanza (cf. 1Tm 5,
17), creyendo en aquello que leen cuando meditan en la ley del Señor,
enseñando aquello en que creen, imitando aquello que enseñan
Los presbíteros, como próvidos colaboradores del orden episcopal, como ayuda
e instrumento suyo llamados para servir al Pueblo de Dios, forman, junto con su
Obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones. En cada una de las
congregaciones de fieles, ellos representan al Obispo con quien están confiada
y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud
pastoral y la ejercitan en el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del
Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos confiada,
hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda a la
edificación del Cuerpo total de Cristo (cf. Ef 4, 12). Preocupados siempre por el
bien de los hijos de Dios, procuran cooperar en el trabajo pastoral de toda la
diócesis y aun de toda la Iglesia. Los presbíteros, en virtud de esta
participación en el sacerdocio y en la misión, reconozcan al Obispo como verdadero
padre y obedézcanle reverentemente. El Obispo, por su parte, considere a los
sacerdotes como hijos y amigos, tal como Cristo a sus discípulos ya no los
llama siervos, sino amigos (cf. Jn 15,
15). Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, por razón del
orden y del ministerio, están, pues, adscritos al cuerpo episcopal y sirven al
bien de toda la Iglesia según la vocación y la gracia de cada cual
En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, los
presbíteros todos se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse
en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto
pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida de trabajo y de
caridad
Respecto de los fieles, a quienes con el bautismo y la doctrina han
engendrado espiritualmente (cf. 1Co 4,
15; 1P 1, 23), tengan la solicitud
de padres en Cristo. Haciéndose de buena gana modelos de la grey (1P 5, 3), así gobiernen y sirvan a su
comunidad local de tal manera que ésta merezca llamarse con el nombre que es
gala del Pueblo de Dios único y total, es decir, Iglesia de Dios (cf. 1Co 1, 2; 2Co 1, 1). Acuérdese que con su
conducta de todos los días y con su solicitud muestran a fieles e infieles, a
católicos y no católicos, la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y
pastoral y que deben, ante la faz de todos, dar testimonio de verdad y de vida,
y que como buenos pastores deben buscar también (cf. Lc 15, 4 - 7) a aquellos que,
bautizados en la Iglesia católica, han abandonado, sin embargo, ya sea la
práctica de los sacramentos, ya sea incluso la fe
Como el mundo entero tiende, cada día más, a la unidad de organización
civil, económica y social, así conviene que cada vez más los sacerdotes,
uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo
Pontífice, eviten todo conato de dispersión para que todo el género humano
venga a la unidad de la familia de Dios
29 En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos,
que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al
ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo
y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de
la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad
competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar
y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los
matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a
los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los
fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y
sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los
diáconos el aviso de San Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, procedan
en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de
todos"
Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la
Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas
funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en
adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a
las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de
los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento del
Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad madura,
aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe
mantenerse firme la ley del celibato
30 El Santo Sínodo, una vez declaradas las funciones de la
jerarquía, vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles
cristianos, llamados laicos. Cuanto se ha dicho del Pueblo de Dios se dirige
por igual a los laicos, religiosos y clérigos; sin embargo, a los laicos,
hombres y mujeres, en razón de su condición y misión, les corresponden ciertas
particularidades cuyos fundamentos, por las especiales circunstancias de
nuestro tiempo, hay que considerar con mayor amplitud. Los sagrados pastores
conocen muy bien la importancia de la contribución de los laicos al bien de
toda la Iglesia. Pues los sagrados pastores saben que ellos no fueron
constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la
Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a
los fieles y de tal manera reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su
modo, cooperen unánimemente a la obra común. Es necesario, por tanto, que todos
"abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquél
que es nuestra Cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo trabado y unido por
todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada
miembro, crece y se perfecciona en la caridad" (Ef 4, 15 - 16).
31 Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los
fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden
sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir,
los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el
bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la
función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la
misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo
El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que recibieron
el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso
ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al
sagrado ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los
religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo
no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las
bienaventuranzas. A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de
Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el
siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así
como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su
existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su
propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que
la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este
modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de
su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde
iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente
vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de
Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor
32 La Iglesia santa, por voluntad divina, está ordenada y
se rige con admirable variedad. "Pues a la manera que en un solo cuerpo
tenemos muchos miembros y todos los miembros no tienen la misma función, así
nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al
servicio de los otros miembros" (Rm
12, 4 - 5)
El pueblo elegido de Dios es uno: "Un Señor, una fe, un bautismo"
(Ef 4, 5); común la dignidad de los
miembros por su regeneración en Cristo, gracia común de hijos, común vocación a
la perfección, una salvación, una esperanza y una indivisa caridad. Ante Cristo
y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o
nacimiento, condición social o sexo, porque "no hay judío ni griego, no
hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois
"uno" en Cristo Jesús" (Ga
3, 28; cf. Col 3, 11)
Aunque no todos en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo,
todos están llamados a la santidad y han alcanzado la misma fe por la justicia
de Dios (cf. 2P 1, 1). Y si es
cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos para los
demás como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, sin embargo, se
da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la
acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo. La
diferencia que puso el Señor entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo
de Dios lleva consigo la unión, puesto que los pastores y los demás fieles
están vinculados entre sí por necesidad recíproca; los pastores de la Iglesia,
siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros, y
al de los demás fieles, y estos últimos, a su vez asocien su trabajo con el de
los pastores y doctores. De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio
de la admirable unidad del Cuerpo de Cristo; pues la misma diversidad de
gracias, servicios y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios,
porque "todas estas cosas son obras del único e idéntico Espíritu" (1Co 12, 11)
Si, pues, los seglares, por designación divina, tienen a Jesucristo por
hermano, que siendo Señor de todas las cosas vino, sin embargo, a servir y no a
ser servido (cf. Mt 20, 28), así
también tienen por hermanos a quienes, constituidos en el sagrado ministerio,
enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan la
familia de Dios de tal modo que se cumpla por todos el mandato nuevo de la
caridad. A este respecto dice hermosamente San Agustín: "Si me aterra el
hecho de lo que soy para vosotros, eso mismo me consuela, porque estoy con
vosotros. Para vosotros soy el obispo, con vosotros soy el cristiano. Aquél es
el nombre del cargo; éste de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la
salvación"
33 Los laicos congregados en el Pueblo de Dios y
constituidos en un solo Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que
sean, están llamados, a fuer de miembros vivos, a procurar el crecimiento de la
Iglesia y su perenne santificación con todas sus fuerzas, recibidas por
beneficio del Creador y gracia del Redentor
El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica
de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en
razón del bautismo y de la confirmación. Por los sacramentos, especialmente por
la Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquel amor hacia Dios y hacia los
hombres, que es el alma de todo apostolado. Los laicos, sin embargo, están
llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los
lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a
través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido
conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión
de la misma Iglesia "en la medida del don de Cristo" (Ef 4, 7)
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los fieles, los
laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más
inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres
que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el
Señor (cf. Flm 4, 3; Rm 16, 3 ss.). Por los demás,
son aptos para que la jerarquía les confíe el ejercicio de determinados cargos
eclesiásticos, ordenados a un fin espiritual
Así, pues, incumbe a todos los laicos colaborar en la hermosa empresa de que
el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos
los tiempos y de todas las tierras. Abraseles, pues, camino por doquier para
que, a la medida de sus fuerzas y de las necesidades de los tiempos, participen
también ellos, celosamente, en la misión salvadora de la Iglesia
34 Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote porque desea
continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, vivifica a éstos
con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta
Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también les
hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto
espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo que los
laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, tienen
una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se produzcan siempre
los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y
proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el
descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las
molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias
espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (1P 2, 5), que en la celebración de la
Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al
Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando
santamente, consagran a Dios el mundo mismo
35 Cristo, el gran Profeta, que por el testimonio de su
vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su
misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de
la jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio
de los laicos, a quienes por ello, constituye en testigos y les ilumina con el
sentido de la fe y la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17 - 18; Ap 19, 10) para que la virtud del
Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social. Ellos se muestran como
hijos de la promesa cuando fuertes en la fe y la esperanza aprovechan el tiempo
presente (cf. Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la
gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero
que no escondan esta esperanza en la interioridad del alma, sino manifiéstenla
en diálogo continuo y en el forcejeo "con los espíritus malignos" (Ef 6, 12), incluso a través de las
estructuras de la vida secular
Así como los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se nutre la vida y el
apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21, 1), así los laicos, se hacen
valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos (cf. Hb 11, 1), así asocian, sin desmayo,
la profesión de fe con la vida de fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje
de Cristo, pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una
nota específica y una peculiar eficacia por el hecho de que se realiza dentro
de las comunes condiciones de la vida en el mundo
En este quehacer es de gran valor aquel estado de vida que está santificado
por un especial sacramento, es decir, la vida matrimonial y familiar. Aquí se
encuentra un ejercicio y una hermosa escuela para el apostolado de los laicos
cuando la religión cristiana penetra toda institución de la vida y la
transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación para que
ellos, entre sí, y sus hijos, sean testigos de la fe y del amor de Cristo. La
familia cristiana proclama muy alto tanto las presentes virtudes del Reino de
Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. Y así, con su ejemplo y
testimonio, arguye al mundo el pecado e ilumina a los que buscan la verdad
Por tanto, los laicos, también cuando se ocupan de las cosas temporales,
pueden y deben realizar una acción preciosa en orden a la evangelización del
mundo. Porque si bien algunos de entre ellos, al faltar los sagrados ministros
o estar impedidos éstos en caso de persecución, les suplen en determinados
oficios sagrados en la medida de sus facultades, y aunque muchos de ellos
consumen todas sus energías en el trabajo apostólico, conviene, sin embargo,
que todos cooperen a la dilatación e incremento del Reino de Cristo en el mundo.
Por ello, trabajen los laicos celosamente por conocer más profundamente la
verdad revelada e impetren insistentemente de Dios el don de la sabiduría
36 Cristo, hecho obediente hasta la muerte y, en razón de
ello, exaltado por el Padre (cf. Flp
2, 8 - 9), entró en la gloria de su reino; a El están sometidas todas
las cosas hasta que El se someta a sí mismo y todo lo creado al Padre, para que
Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1Co
15, 27 - 28). Tal potestad la comunicó a sus discípulos para que
quedasen constituidos en una libertad regia, y con la abnegación y la vida
santa vencieran en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12), e incluso sirviendo a
Cristo también en los demás, condujeran en humildad y paciencia a sus hermanos
hasta aquel Rey, a quien servir es reinar. Porque el Señor desea dilatar su
Reino también por mediación de los fieles laicos; un reino de verdad y de vida,
un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de a