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Algunos comodones necesitamos un empujón sobrenatural para hacer lo más natural del mundo, y la Iglesia se adapta a nuestra condición como un guante
Soy especialista en buenos propósitos. Por tanto, el Miércoles de Ceniza es uno de los días estrella de mi calendario. Lo veo venir de lejos —lo anuncian los pitos del Carnaval—, y doy un hondo suspiro de alivio. Lleva uno meses y meses cuesta abajo, vertiginosamente, y más abajo, abandonándose, hasta que llega la Cuaresma para que, por fin, uno toque fondo y muerda bien el polvo (eres) y dé, de golpe, con su cabeza en la ceniza. Menos mal.
Inauguramos un período de penitencias y mortificaciones que falta nos hace, o me hace, no quisiera generalizar. Los cuarenta días de ayuno me los pide el cuerpo —no hay más que verlo— a gritos. Ojalá el tiempo litúrgico me metiese en cintura.
Además de los grandes beneficios morales del ayuno, contrastados por milenios de experiencia vetero y neotestamentaria, están los dietéticos. Y, de postre, los gastronómicos: la mejor salsa del mundo, um, es el hambre.
En mi biblioteca y en mi agenda un poco de esforzado orden tampoco me vendría mal: a ver si me disciplino. Dejaré también de mirar incesantemente el contador de visitas de mi blog. Ganaré bastante tiempo y algo de humildad y, de paso, mi vanidad no sufrirá como hasta ahora, que nunca me visitan, nunca, lo que yo deseo.
Volveré a escuchar, he decidido en un rapto de heroísmo, las declaraciones del Gobierno. Últimamente sólo escribo artículos literarios y costumbristas, aburrido como me tienen nuestros líderes. Aprovecharemos la Cuaresma, ustedes y yo, para echarles un poco de cuenta y ganar en reciedumbre y santa paciencia. También haré algo de deporte (esto es un propósito, eh, no una promesa). Sonreiré más al prójimo. Seré más puntual, si llego. Más servicial. Más de todo. Etcétera.
Si alguno de esos atentos ateos o agnósticos seguros de sí mismos o laicos del montón que —misterios de la Providencia— me leen ha llegado hasta este párrafo (Dios se lo pague), me dará un buen golpe de pecho, exclamando con su acostumbrada indignación: «¡Pero, hombre, esos propósitos nos los hacemos todos sin tantas liturgias!, y además vamos al gimnasio». Yo me alegro por ellos. No les niego que sacrificarse sea algo común y, sobre todo, irremediable.
Algunos comodones, sin embargo, necesitamos un empujón sobrenatural para hacer lo más natural del mundo, y la Iglesia se adapta a nuestra condición como un guante. O a los ciclos de la naturaleza, esto es, al hermoso resurgir inesperado de cada primavera. O a los ritos precristianos. Lo que ustedes decidan me parece bien. O regular, pero no diré ni pío. Otro de mis firmes propósitos es no discutir en estos cuarenta días con sus cuarenta noches.
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