CARTA ENCÍCLICA
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
«Dominum et vivificatem»
SOBRE EL ESPÍRITU SANTO
EN LA VIDA DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO
Venerables hermanos,
amadísimos hijos e hijas:
¡ salud y bendición apostólica !
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo que
es « Señor y dador de vida ». Así lo profesa el Símbolo de la Fe,
llamado nicenoconstantinopolitano por el nombre de los dos Concilios —Nicea (a.
325) y Constantinopla (a. 381)—, en los que fue formulado o promulgado. En
ellos se añade también que el Espíritu Santo « habló por los profetas ». Son
palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma de su fe, Jesucristo. En
efecto, según el Evangelio de Juan, el Espíritu Santo nos es dado con la nueva
vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de la fiesta de los
Tabernáculos: « " Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en
mí ", como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva ».(1)
Y el evangelista explica: « Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban
a recibir los que creyeran en él ».(2) Es el mismo símil del agua usado por
Jesús en su coloquio con la Samaritana, cuando habla de una « fuente de agua
que brota para la vida eterna », (3) y en el coloquio con Nicodemo, cuando
anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento « de agua y de Espíritu »para
« entrar en el Reino de Dios ».(4)
La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la
experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el
principio su fe en el Espíritu Santo, como aquél que es dador de vida, aquél
en el que el inescrutable Dios uno y trino se comunica a los hombres,
constituyendo en ellos la fuente de vida eterna.
2. Esta fe, profesada ininterrumpidamente por la Iglesia,
debe ser siempre fortalecida y profundizada en la conciencia del Pueblo de
Dios. Durante el último siglo esto ha sucedido varias veces; desde León
XIII, que publicó la Encíclica Divinum illud munus (a. 1897) dedicada
enteramente al Espíritu Santo, pasando por Pío XII, que en la Encíclica Mystici
Corporis (a. 1943) se refirió al Espíritu Santo como principio vital de la
Iglesia, en la cual actúa conjuntamente con Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico,
(5) hasta el Concilio Ecuménico Vaticano II, que ha hecho sentir la
necesidad de una nueva profundización de la doctrina sobre el Espíritu Santo,
como subrayaba Pablo VI: « Ala cristología y especialmente a la
eclesiología del Concilio debe suceder un estudio nuevo y un culto nuevo del
Espíritu Santo, justamente como necesario complemento de la doctrina conciliar
».(6)
En nuestra época, pues, estamos de nuevo llamados, por la fe siempre
antigua y siempre nueva de la Iglesia, a acercarnos al Espíritu Santo que
es dador de vida. Nos ayuda a ello y nos estimula también la herencia común
con las Iglesias orientales, las cuales han custodiado celosamente las
riquezas extraordinarias de las enseñanzas de los Padres sobre el Espíritu
Santo. También por esto podemos decir que uno de los acontecimientos eclesiales
más importantes de los últimos años ha sido el XVI centenario del I Concilio
de Constantinopla, celebrado contemporáneamente en Constantinopla y en Roma
en la solemnidad de Pentecostés del 1981. El Espíritu Santo ha sido comprendido
mejor en aquella ocasión, mientras se meditaba sobre el misterio de la Iglesia,
como aquél que indica los caminos que llevan a la unión de los cristianos, más
aún, como la fuente suprema de esta unidad, que proviene de Dios mismo y
a la que San Pablo dio una expresión particular con las palabras con que
frecuentemente se inicia la liturgia eucarística: « La gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos
vosotros ».(7)
De esta exhortación han partido, en cierto modo, y en ella se han inspirado
las precedentes Encíclicas Redemptor Hominis y
Dives in Misericordia, las cuales celebran el
hecho de nuestra salvación realizada en el Hijo, enviado por el Padre al mundo,
« para que el mundo se salve por él » (8) y « toda lengua proclame: Jesucristo
es Señor, para gloria de Dios Padre ».(9) De esta misma exhortación arranca
ahora la presente Encíclica sobre el Espíritu Santo, que procede del
Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria: él es una Persona divina que está en el centro de la fe cristiana y es
la fuente y fuerza dinámica de la renovación de la Iglesia.(10) Esta Encíclica
arranca de la herencia profunda del Concilio. En efecto, los textos
conciliares, gracias a su enseñanza sobre la Iglesia en sí misma y sobre la
Iglesia en el mundo, nos animan a penetrar cada vez más en el misterio
trinitario de Dios, siguiendo el itinerario evangélico, patrístico v litúrgico:
al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.
De este modo la Iglesia responde también a ciertos deseos profundos, que
trata de vislumbrar en el corazón de los hombres de hoy: un nuevo
descubrimiento de Dios en su realidad trascendente de Espíritu infinito, como
lo presenta Jesús a la Samaritana; la necesidad de adorarlo « en espíritu y
verdad »; (11) la esperanza de encontrar en él el secreto del amor y la fuerza
de una « creación nueva »: (12) sí, precisamente aquél que es dador de vida.
La Iglesia se siente llamada a esta misión de anunciar el Espíritu mientras,
junto con la familia humana, se acerca al final del segundo milenio después
de Cristo. En la perspectiva de un cielo y una tierra que « pasarán », la
Iglesia sabe bien que adquieren especial elocuencia las « palabras que no
pasarán ».(13) Son las palabras de Cristo sobre el Espíritu Santo, fuente
inagotable del « agua que brota para vida eterna », (14) que es verdad y gracia
salvadora. Sobre estas palabras quiere reflexionar y hacia ellas quiere llamar
la atención de los creyentes y de todos los hombres, mientras se prepara a
celebrar —como se dirá más adelante— el gran Jubileo que señalará el paso del
segundo al tercer milenio cristiano.
Naturalmente, las consideraciones que siguen no pretenden examinar de modo
exhaustivo la riquísima doctrina sobre el Espíritu Santo, ni privilegiar alguna
solución sobre cuestiones todavía abiertas. Tienen como objetivo principal
desarrollar en la Iglesia la conciencia de que en ella « el Espíritu Santo la
impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a
Cristo principio de salvación para todo el mundo ».(15)
I PARTE
EL ESPÍRITU DEL PADRE Y DEL HIJO,
DADO A LA IGLESIA
1. Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual
3. Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar
este mundo, anunció a los apóstoles « otro Paráclito ».(16) El evangelista
Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena pascual anterior
al día de su pasión y muerte, se dirigió a ellos con estas palabras: « Todo lo
que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el
Hijo... y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con
vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad ».(17)
Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo llama el Paráclito, y Parákletos
quiere decir « consolador », y también « intercesor » o « abogado ». Y dice
que es « otro » Paráclito, el segundo, porque él mismo, Jesús, es el primer
Paráclito, (18) al ser el primero que trae y da la Buena Nueva. El Espíritu
Santo viene después de él y gracias a él, para continuar en el mundo, por medio
de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de salvación. De esta
continuación de su obra por parte del Espíritu Santo Jesús habla más de una vez
durante el mismo discurso de despedida, preparando a los apóstoles, reunidos en
el Cenáculo, para su partida, es decir, su pasión y muerte en Cruz.
Las palabras, a las que aquí nos referimos, se encuentran en el Evangelio
de Juan. Cada una de ellas añade algún contenido nuevo a aquel anuncio y a
aquella promesa. Al mismo tiempo, están simultáneamente relacionadas entre sí
no sólo por la perspectiva de los mismos acontecimientos, sino también por la
perspectiva del misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que quizás
en ningún otro pasaje de la Sagrada Escritura encuentran una expresión tan
relevante como ésta.
4. Poco después del citado anuncio, añade Jesús: « Pero el
Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo
enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho ».(19) El
Espíritu Santo será el Consolador de los apóstoles y de la Iglesia, siempre
presente en medio de ellos—aunque invisible—como maestro de la misma Buena
Nueva que Cristo anunció. Las palabras « enseñará » y « recordará » significan
no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá inspirando la predicación del
Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender el justo
significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e
identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables.
El Espíritu Santo, pues, hará que en la Iglesia perdure siempre la misma
verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro.
5. Los apóstoles, al transmitir la Buena Nueva, se unirán
particularmente al Espíritu Santo. Así sigue hablando Jesús: « Cuando venga el
Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que
procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros
daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio ».(20)
Los apóstoles fueron testigos directos y oculares. « Oyeron » y « vieron con
sus propios ojos », « miraron » e incluso « tocaron con sus propias manos » a
Cristo, como se expresa en otro pasaje el mismo evangelista Juan.(21) Este
testimonio suyo humano, ocular e « histórico » sobre Cristo se une al
testimonio del Espíritu Santo: « El dará testimonio de mí ». En el
testimonio del Espíritu de la verdad encontrará el supremo apoyo el
testimonio humano de los apóstoles. Y luego encontrará también en ellos el fundamento
interior de su continuidad entre las generaciones de los discípulos y de
los confesores de Cristo, que se sucederán en los siglos posteriores.
Si la revelación suprema y más completa de Dios a la humanidad es Jesucristo
mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira, garantiza y
corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos apostólicos,
(22) mientras que el testimonio de los apóstoles asegura su expresión
humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.
6. Esto se deduce también de la profunda correlación de
contenido y de intención con el anuncio y la promesa mencionada, que se
encuentra en las palabras sucesivas del texto de Juan: « Mucho podría deciros
aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os
guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que
hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir ».(23)
Con estas palabras Jesús presenta el Paráclito. el Espíritu de la verdad,
como el que « enseñará » y « recordará », como el que « dará testimonio » de
él; luego dice: « Os guiará hasta la verdad completa ». Este « guiar hasta la
verdad completa », con referencia a lo que dice a los apóstoles « pero ahora no
podéis con ello », está necesariamente relacionado con el anonadamiento de
Cristo por medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando
pronunciaba estas palabras, era inminente.
Después, sin embargo, resulta claro que aquel « guiar hasta la verdad
completa » se refiere también, además del escándalo de la cruz, a
todo lo que Cristo « hizo y enseñó ».(24) En efecto, el misterio de Cristo en
su globalidad exige la fe ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la
realidad del misterio revelado. El « guiar hasta la verdad completa » se
realiza, pues en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de la
verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu Santo debe ser en esto la
guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los
apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el
anuncio de lo que Cristo « hizo y enseñó » y, especialmente, el anuncio de su
Cruz y de su Resurrección. En una perspectiva más amplia esto sirve también
para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que
deberán aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios
operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido
definitivo de esa misma historia.
7. Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la
economía de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu actúa en
la historia del hombre como « otro Paráclito », asegurando de modo permanente
la trasmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret.
Por esto, resplandece la gloria de Cristo en el Espíritu Santo-Paráclito, que
en el misterio y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la
presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica, como lo
atestiguan las siguientes palabras de Juan: « El me dará gloria, porque recibirá
de lo mío y os lo comunicará a vosotros ».(25) Con estas palabras se
confirma una vez más todo lo que han dicho los enunciados anteriores. «
Enseñará .. recordará .. dará testimonio ». La suprema y completa
autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la
predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante la
misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta
misión esté relacionada con la misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente
en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos
salvíficos, está expresado con el verbo « recibir »: « recibirá de lo mío y os
lo comunicará ». Jesús para explicar la palabra « recibirá », poniendo en clara
evidencia la unidad divina y trinitaria de la fuente, añade: « Todo lo que
tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os
lo comunicará a vosotros ».(26) Tomando de lo « mío », por eso mismo recibirá
de « lo que es del Padre ».
A la luz pues de aquel « recibirá » se pueden explicar todavía las otras
palabras significativas sobre el Espíritu Santo, pronunciadas por Jesús en el
Cenáculo antes de la Pascua: « Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy,
no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y
cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente
a la justicia y en lo referente al juicio ».(27) Convendrá dedicar todavía a
estas palabras una reflexión aparte.
2. Padre, Hijo y Espíritu Santo
8. Una característica del texto joánico es que el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es
distinta de la segunda y de la tercera, y éstas también lo son entre sí. Jesús
habla del Espíritu Paráclito usando varias veces el pronombre personal « él »;
y al mismo tiempo, en todo el discurso de despedida, descubre los lazos que
unen recíprocamente al Padre, al Hijo y al Paráclito. Por tanto, « el Espíritu
... procede del Padre » (28) y el Padre « dará » el Espíritu.(29) El Padre «
enviará » el Espíritu en nombre del Hijo, (30) el Espíritu « dará testimonio »
del Hijo.(31) El Hijo pide al Padre que envíe el Espíritu Paráclito, (32) pero
afirma y promete, además, en relación con su « partida » a través de la Cruz: «
Si me voy, os lo enviaré ».(33) Así pues, el Padre envía el Espíritu
Santo con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo, (34) y al
mismo tiempo lo envía con la fuerza de la redención realizada por Cristo; en
este sentido el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo: « os lo enviaré
».
Conviene notar aquí que si todas las demás promesas hechas en el Cenáculo
anunciaban la venida del Espíritu Santo después de la partida de Cristo,
la contenida en el texto de Juan comprende y subraya claramente también la
relación de interdependencia, que se podría llamar causal, entre la
manifestación de ambos: « Pero si me voy, os le enviaré ». El Espíritu Santo
vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendrá no sólo después,
sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y
obra del Padre.
9. Así, en el discurso pascual de despedida se llega —puede
decirse— al culmen de la revelación trinitaria. Al mismo tiempo, nos
encontramos ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que
al final se traducirán en el gran mandato misional dirigido a los apóstoles y,
por medio de ellos, a la Iglesia: « Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes », mandato que encierra, en cierto modo, la fórmula trinitaria del
bautismo: « bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo ».(35) Esta fórmula refleja el misterio íntimo de Dios y de su vida
divina, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, divina unidad de la
Trinidad. Se puede leer este discurso como una preparación especial a esta
fórmula trinitaria, en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento
que obra la participación en la vida de Dios uno y trino, porque da al
hombre la gracia santificante como don sobrenatural. Por medio de ella éste es
llamado y hecho « capaz » de participar en la inescrutable vida de Dios.
10. Dios, en su vida íntima, « es amor », (36) amor
esencial, común a las tres Personas divinas. EL Espíritu Santo es amor personal
como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto « sondea hasta las profundidades
de Dios », (37) como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu
Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio
del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios
« existe » como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de
esta donación, de este ser-amor.(38) Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos
aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del
concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.
Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consustancial al Padre y al Hijo en la
divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fons
vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la
existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a
los hombres mediante toda la economía de la salvación. Como escribe el apóstol
Pablo: « El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado ».(39)
3. La donación salvífica de Dios por el Espíritu Santo
11. El discurso de despedida de Cristo durante la Cena
pascual se refiere particularmente a este « dar » y « darse » del Espíritu
Santo. En el Evangelio de Juan se descubre la « lógica » más profunda
del misterio salvífico contenido en el designio eterno de Dios como expansión
de la inefable comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es la «
lógica » divina, que del misterio de la Trinidad lleva al misterio de la
Redención del mundo por medio de Jesucristo. La Redención realizada por el
Hijo en el ámbito de la historia terrena del hombre —realizada por su «
partida » a través de la Cruz y Resurrección— es al mismo tiempo, en toda su
fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo: que « recibirá de lo
mío ».(40) Las palabras del texto joánico indican que, según el designio
divino, la « partida » de Cristo es condición indispensable del « envío » y de
la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva
comunicación salvífica por el Espíritu Santo.
12. Es un nuevo inicio en relación con el primero,
—inicio originario de la donación salvífica de Dios— que se
identifica con el misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras
páginas del libro del Génesis: «En el principio creó Dios los cielos y
la tierra ... y el Espíritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las
aguas ».(41) Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del
ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino
también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de
la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante
todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: «
Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra ».(42) « Hagamos
», ¿se puede considerar que el plural, que el Creador usa aquí hablando de sí
mismo, sugiera ya de alguna manera el misterio trinitario, la presencia de la
Trinidad en la obra de la creación del hombre? El lector cristiano, que conoce
ya la revelación de este misterio, puede también descubrir su reflejo en estas
palabras. En cualquier caso, el contexto nos permite ver en la creación del
hombre el primer inicio de la donación salvífica de Dios a la medida de su «
imagen y semejanza », que ha concedido al hombre.
13. Parece, pues, que las palabras pronunciadas por Jesús
en el discurso de despedida deben ser leídas también con referencia a aquel «
inicio » tan lejano, pero fundamental, que conocemos por el Génesis. « Si no me
voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré ».
Cristo, describiendo su « partida » como condición de la « venida » del
Paráclito, une el nuevo inicio de la comunicación salvífica de Dios por el
Espíritu Santo con el misterio de la Redención. Este es un nuevo inicio, ante
todo porque entre el primer inicio y toda la historia del hombre,
—empezando por la caída original—, se ha interpuesto el pecado, que es
contrario a la presencia del Espíritu de Dios en la creación y es, sobre todo, contrario
a la comunicación salvífica de Dios al hombre. Escribe San Pablo que,
precisamente a causa del pecado, « la creación ... fue sometida a la vanidad...
gimiendo hasta el presente y sufre dolores de parto » y « desea vivamente la
revelación de los hijos de Dios ».(43)
14. Por eso Jesucristo dice en el Cenáculo: « Os conviene
que yo me vaya »; « Si me voy, os lo enviaré ».(44) La « partida » de
Cristo a través de la Cruz tiene la fuerza de la Redención; y esto significa
también una nueva presencia del Espíritu de Dios en la creación: el nuevo
inicio de la comunicación de Dios al hombre por el Espíritu Santo. « La prueba
de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama: ¡Abbá Padre! », escribe el apóstol Pablo en la Carta a los
Gálatas.(45) El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre, como atestiguan
las palabras del discurso de despedida en el Cenáculo. Es, al mismo tiempo, el
Espíritu del Hijo: es el Espíritu de Jesucristo, como atestiguarán los
apóstoles y especialmente Pablo de Tarso.(46) Con el envío de este Espíritu « a
nuestros corazones » comienza a cumplirse lo que « la creación desea vivamente
», como leemos en la Carta a los Romanos.
El Espíritu viene a costa de la « partida » de Cristo. Si esta «
partida » causó la tristeza de los apóstoles, (47) y ésta debía llegar a
su culmen en la pasión y muerte del Viernes Santo, a su vez esta « tristeza se
convertirá en gozo ».(48) En efecto, Cristo insertará en su « partida »
redentora la gloria de la resurrección y de la ascensión al Padre. Por tanto la
tristeza, a través de la cual aparece el gozo, es la parte que toca a los
apóstoles en el marco de la « partida » de su Maestro, una partida «
conveniente », porque gracias a ella vendría otro « Paráclito ».(49) A costa de
la Cruz redentora y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el
Espíritu Santo viene para quedar se desde el día de Pentecostés con los
Apóstoles, para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en
el mundo. De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo inicio de
la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de
Jesucristo, Redentor del Hombre y del mundo.
4. El Mesías ungido con el Espíritu Santo
15. Se realiza así completamente la misión del Mesías, que
recibió la plenitud del Espíritu Santo para el Pueblo elegido de Dios y para
toda la humanidad. « Mesías » literalmente significa « Cristo », es decir «
ungido »; y en la historia de la salvación significa « ungido con el Espíritu
Santo ». Esta era la tradición profética del Antiguo Testamento. Siguiéndola,
Simón Pedro dirá en casa de Cornelio: « Vosotros sabéis lo sucedido en toda
Judea ... después que Juan predicó el bautismo; como Dios a Jesús de Nazaret le
ungió con el Espíritu Santo y con poder ».(50)
Desde estas palabras de Pedro y otras muchas parecidas (51) conviene
remontarse ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces « el
quinto evangelio » o bien el « evangelio del Antiguo Testamento ». Aludiendo a
la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria
identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción
especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta:
« Saldrá un vástago del tronco de Jesé
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor ».(52)
Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento,
porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de «
espíritu », entendido ante todo como « aliento carismático », y el « Espíritu
» como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la
estirpe de David (« del tronco de Jesé ») es precisamente aquella persona sobre
la que « se posará » el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía
no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella
alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún
modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en
la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva
Alianza.
16. El Mesías es precisamente esta vía. En la Antigua
Alianza la unción era un símbolo externo del don del Espíritu. El Mesías (mucho
más que cualquier otro personaje ungido en la Antigua Alianza) es el único gran
Ungido por Dios mismo. Es el Ungido en el sentido de que posee la
plenitud del Espíritu de Dios. El mismo será también el mediador al conceder
este Espíritu a todo el Pueblo. En efecto, dice el Profeta con estas palabras:
« El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto que me ha ungido el Señor.
A anunciar la buena nueva a los pobres me ha a enviado,
a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad;
a pregonar año de gracia del Señor ».(53)
El Ungido es también enviado « con el Espíritu del Señor ».
« Ahora el Señor Dios me envía con su espíritu».(54)
Según el libro de Isaías, el Ungido y el Enviado junto con el
Espíritu del Señor es también el Siervo elegido del Señor, sobre el que
se posa el Espíritu de Dios:
« He aquí a mi siervo a quien sostengo,
mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él ».(55)
Se sabe que el Siervo del Señor es presentado en el Libro de Isaías como
el verdadero varón de dolores: el Mesías doliente por los pecados del
mundo.(56) Y a la vez es precisamente aquél cuya misión traerá verdaderos
frutos de salvación para toda la humanidad:
« Dictará ley a las naciones ... »; (57) y será « alianza del pueblo y luz
de las gentes ... »; (58) « para que mi salvación alcance hasta los confines de
la tierra ».(59)
Ya que:
« Mi espíritu que ha venido sobre ti
y mis palabras que he puesto en tus labios
no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia
ni de la boca de la descendencia de tu descendencia,
dice el Señor, desde ahora y para siempre ».(60)
Los textos proféticos expuestos aquí deben ser leídos por nosotros a la
luz del Evangelio, como a su vez el Nuevo Testamento recibe una particular
clarificación por la admirable luz contenida en estos textos
veterotestamentarios. El profeta presenta al Mesías como aquél que viene por
el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud de este Espíritu en
sí y, al mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las
naciones y para toda la humanidad. La plenitud del Espíritu de Dios está
acompañada de múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo
particular a los pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a
estos dones, a veces mediante las dolorosas experiencias de su propia
existencia, pero ante todo con aquella disponibilidad interior que viene de la
fe. Esto intuía el anciano Simeón, « hombre justo y piadoso » ya que « estaba
en él el Espíritu Santo », en el momento de la presentación de Jesús en el
Templo, cuando descubría en él la « salvación preparada a la vista de todos los
pueblos » a costa del gran sufrimiento —la Cruz— que había de abrazar
acompañado por su Madre.(61) Esto intuía todavía mejor la Virgen María, que «
había concebido del Espíritu Santo », (62) cuando meditaba en su corazón los «
misterios » del Mesías al que estaba asociada.(63)
17. Conviene subrayar aquí claramente que el « Espíritu del
Señor », que « se posa » sobre el futuro Mesías, es ante todo un don de Dios
para la persona de aquel Siervo del Señor. Pero éste no es una persona
aislada e independiente, porque actúa por voluntad del Señor en virtud de su
decisión u opción. Aunque a la luz de los textos de Isaías la actuación
salvífica del Mesías, Siervo del Señor, encierra en sí la acción del Espíritu
que se manifiesta a través de él mismo, sin embargo en el contexto
veterotestamentario no está sugerida la distinción de los sujetos o de las
personas divinas, tal como subsisten en el misterio trinitario y son reveladas
luego en el Nuevo Testamento. Tanto en Isaías como en el resto del Antiguo
Testamento la personalidad del Espíritu Santo está totalmente « escondida
»: escondida en la revelación del único Dios, así como también en el
anuncio del futuro Mesías.
18. Jesucristo se referirá a este anuncio, contenido
en las palabras de Isaías, al comienzo de su actividad mesiánica. Esto
acaecerá en Nazaret mismo donde había transcurrido treinta años de su vida en
la casa de José, el carpintero junto a María, su Madre Virgen. Cuando se
presentó la ocasión de tomar la palabra en la Sinagoga, abriendo el libro de
Isaías encontró el pasaje en que estaba escrito: « EL Espíritu del Señor
está sobre mí, por cuanto que me ha ungido el Señor » y después de haber leído
este fragmento dijo a los presentes: « Esta Escritura que acabáis de
oír, se ha cumplido hoy ».(64) De este modo confesó y proclamó ser el que « fue
ungido » por el Padre, ser el Mesías, es decir Cristo, en quien mora el Espíritu
Santo como don de Dios mismo, aquél que posee la plenitud de este Espíritu,
aquél que marca el « nuevo inicio » del don que Dios hace a la humanidad con el
Espíritu.
5. Jesús de Nazaret « elevado » por el Espíritu Santo
19. Aunque en Nazaret, su patria, Jesús no es acogido como
Mesías, sin embargo, al comienzo de su actividad pública, su misión mesiánica
por el Espíritu Santo es revelada al pueblo por Juan el Bautista. Este,
hijo de Zacarías y de Isabel, anuncia en el Jordán la venida del Mesías y administra
el bautismo de penitencia. Dice al respecto: « Yo os bautizo con agua; pero
viene el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de desatarle la correa de
sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego ».(65)
Juan Bautista anuncia al Mesías-Cristo no sólo como el que « viene » por el
Espíritu Santo, sino también como el que « lleva » el Espíritu Santo, como
Jesús revelará mejor en el Cenáculo. Juan es aquí el eco fiel de las palabras
de Isaías, que en el antiguo Profeta miraban al futuro, mientras que en su
enseñanza a orillas del Jordán constituyen la introducción inmediata en la
nueva realidad mesiánica. Juan no es solamente un profeta sino también un
mensajero, es el precursor de Cristo. Lo que Juan anuncia se realiza a la vista
de todos. Jesús de Nazaret va al Jordán para recibir también el bautismo de
penitencia. Al ver que llega, Juan proclama: « He ahí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo ».(66) Dice esto por inspiración del Espíritu Santo,
(67) atestiguando el cumplimiento de la profecía de Isaías. Almismo
tiempo confiesa la fe en la misión redentora de Jesús de Nazaret. « Cordero de
Dios » en boca de Juan Bautista es una expresión de la verdad sobre el
Redentor, no menos significativa de la usada por Isaías: « Siervo del Señor ».
Así, por el testimonio de Juan en el Jordán, Jesús de Nazaret, rechazado por
sus conciudadanos, es elevado ante Israel como Mesías, es decir « Ungido
» con el Espíritu Santo. Y este testimonio es corroborado por otro testimonio
de orden superior mencionado por los Sinópticos. En efecto, cuando todo el
pueblo fue bautizado y mientras Jesús después de recibir el bautismo estaba en
oración, « se abrió el cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma
corporal, como una paloma » (68) y al mismo tiempo « vino una voz del cielo:
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco ».(69)
Es una teofanía trinitaria que atestigua la exaltación de Cristo con
ocasión del bautismo en el Jordán, la cual no sólo confirma el testimonio de
Juan Bautista, sino que descubre una dimensión todavía más profunda de la
verdad sobre Jesús de Nazaret como Mesías. El Mesías es el Hijo predilecto
del Padre. Su exaltación solemne no se reduce a la misión mesiánica del «
Siervo del Señor ». A la luz de la teofanía del Jordán, esta exaltación alcanza
el misterio de la Persona misma del Mesías. El es exaltado porque es el Hijo de
la divina complacencia. La voz de lo alto dice: « mi Hijo ».
20. La teofanía del Jordán ilumina sólo fugazmente el
misterio de Jesús de Nazaret cuya actividad entera se desarrollará bajo la
presencia viva del Espíritu Santo.(70) Este misterio habría sido manifestado
por Jesús mismo y confirmado gradualmente a través de todo lo que « hizo y
enseñó ».(71) En la línea de esta enseñanza y de los signos mesiánicos que
Jesús hizo antes de llegar al discurso de despedida en el Cenáculo, encontramos
unos acontecimientos y palabras que constituyen momentos particularmente
importantes de esta progresiva revelación. Así el evangelista Lucas, que ya ha
presentado a Jesús « lleno de Espíritu Santo » y « conducido por el Espíritu en
el desierto », (72) nos hace saber que, después del regreso de los setenta y
dos discípulos de la misión confiada por el Maestro, (73) mientras llenos de
gozo narraban los frutos de su trabajo, « en aquel momento, se llenó de gozo
Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes,
y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito"
».(74) Jesús se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido
posible revelar esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial
irradiación de esta paternidad divina sobre los « pequeños ». Y el evangelista
califica todo esto como « gozo en el Espíritu Santo ».
Este « gozo », en cierto modo, impulsa a Jesús a decir todavía: « Todo me ha
sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quien es el Hijo sino el
Padre; y quien es el Padre sino el Hijo, y aquél a quien se lo quiera revelar ».(75)
21. Lo que durante la teofanía del Jordán vino en cierto
modo « desde fuera », desde lo alto aquí proviene « desde dentro », es decir, desde
la profundidad de lo que es Jesús. Es otra revelación del Padre y del Hijo,
unidos en el Espíritu Santo. Jesús habla solamente de la paternidad de Dios y
de su propia filiación; no habla directamente del Espíritu que es amor y, por
tanto, unión del Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de
sí como Hijo brota de la plenitud del Espíritu que está en él y que se
derrama en su corazón, penetra su mismo « yo », inspira y vivifica
profundamente su acción. De ahí aquel « gozarse en el Espíritu Santo ». La
unión de Cristo con el Espíritu Santo, de la que tiene perfecta conciencia, se
expresa en aquel « gozo », que en cierto modo hace « perceptible » su fuente
arcana. Se da así una particular manifestación y exaltación, que es propia del
Hijo del Hombre, de Cristo-Mesías, cuya humanidad pertenece a la persona del
Hijo de Dios, substancialmente uno con el Espíritu Santo en la divinidad.
En la magnífica confesión de la paternidad de Dios, Jesús de Nazaret
manifiesta también a sí mismo su « yo » divino; efectivamente, él es el Hijo « de
la misma naturaleza », y por tanto « nadie conoce quien es el Hijo sino el
Padre; y quien es el Padre sino el Hijo », aquel Hijo que « por nosotros los
hombres y por nuestra salvación » se hizo hombre por obra del Espíritu Santo y
nació de una virgen, cuyo nombre era María
6. Cristo resucitado dice: « Recibid el Espíritu Santo »
22. Gracias a su narración Lucas nos acerca a la verdad
contenida en el discurso del Cenáculo. Jesús de Nazaret, « elevado » por el
Espíritu Santo, durante este discurso-coloquio, se manifiesta como el que «
trae » el Espíritu, como el que debe llevarlo y « darlo » a los
apóstoles y a la Iglesia a costa de su « partida » a través de la cruz.
El verbo « traer » aquí quiere decir, ante todo, « revelar ».
En el Antiguo Testamento, desde el Libro del Génesis, el espíritu de
Dios fue de alguna manera dado a conocer primero como « soplo » de Dios
que da vida, como « soplo vital » sobrenatural. En el libro de Isaías
es presentado como un « don » para la persona del Mesías, como el
que se posa sobre él, para guiar interiormente toda su actividad salvífica.
Junto al Jordán, el anuncio de Isaías ha tomado una forma concreta: Jesús de
Nazaret es el que viene por el Espíritu Santo y lo trae como don propio
de su misma persona, para comunicarlo a través de su humanidad: « El os
bautizará en Espíritu Santo ».(76) En el Evangelio de Lucas se encuentra
confirmada y enriquecida esta revelación del Espíritu Santo, como fuente
íntima de la vida y acción mesiánica de Jesucristo.
A la luz de lo que Jesús dice en el discurso del Cenáculo, el Espíritu Santo
es revelado de una manera nueva y más plena. Es no sólo el don a la persona (a
la persona del Mesías), sino que es una Persona-don. Jesús anuncia su
venida como la de « otro Paráclito », el cual, siendo el Espíritu de la verdad,
guiará a los apóstoles y a la Iglesia « hacia la verdad completa ».(77) Esto se
realizará en virtud de la especial comunión entre el Espíritu Santo y Cristo: «
Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(78) Esta comunión tiene su fuente
primaria en el Padre: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he
dicho: que recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(79) Procediendo
del Padre, el Espíritu Santo es enviado por el Padre.(80) El Espíritu Santo ha
sido enviado antes como don para el Hijo que se ha hecho hombre, para
cumplir las profecías mesiánicas. Según el texto joánico, después de la «
partida » de Cristo-Hijo, el Espíritu Santo « vendrá » directamente
—es su nueva misión— a completar la obra del Hijo. Así llevará a término la
nueva era de la historia de la salvación.
23. Nos encontramos en el umbral de los acontecimientos
pascuales. La revelación nueva y definitiva del Espíritu Santo como Persona,
que es el don, se realiza precisamente en este momento Los acontecimientos
pascuales —pasión, muerte y resurrección de Cristo— son también el tiempo
de la nueva venida del Espíritu Santo, como Paráclito y Espíritu de la
verdad. Son el tiempo del « nuevo inicio » de la comunicación de Dios uno y
trino a la humanidad en el Espíritu Santo, por obra de Cristo Redentor. Este
nuevo inicio es la redención del mundo: « Tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único ».(81) Ya en el « dar » el Hijo, en este don del Hijo, se
expresa la esencia más profunda de Dios, el cual, como Amor, es la fuente
inagotable de esta dádiva. En el don hecho por el Hijo se completan la
revelación y la dádiva del amor eterno: el Espíritu Santo, que en la
inescrutable profundidad de la divinidad es una Persona-don, por obra del Hijo,
es decir, mediante el misterio pascual es dado de un modo nuevo a los apóstoles
y a la Iglesia y, por medio de ellos, a la humanidad y al mundo entero.
24. La expresión definitiva de este misterio tiene lugar el
día de la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, « nacido del linaje de
David », como escribe el apóstol Pablo, es « constituido Hijo de Dios con
poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos
».(82) Puede decirse, por consiguiente, que la « elevación » mesiánica de
Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección, en la cual
se revela también como Hijo de Dios, « lleno de poder ». Y este poder,
cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión trinitaria, se manifiesta ante
todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa
de Dios expresada ya por boca del Profeta: « Os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo, ... mi espíritu », (83) por otra
cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: a Si me voy, os
lo enviaré ».(84) Es él: el Espíritu de la verdad, el Paráclito enviado por
Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado.(85)
« Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando cerradas, por miedo
a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se
presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros".
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de
ver al Señor. Jesús repitió: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió,
también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
"Recibid el Espíritu Santo" ».(86)
Todos los detalles de este texto-clave del Evangelio de Juan tienen su
elocuencia, especialmente si los releemos con referencia a las palabras
pronunciadas en el mismo Cenáculo al comienzo de los acontecimientos pascuales.
Tales acontecimientos —el triduo sacro de Jesús, que el Padre ha
consagrado con la unción y enviado al mundo— alcanzan ya su cumplimiento.
Cristo, que « había entregado el espíritu en la cruz »(87)como Hijo del
hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los apóstoles para «
soplar sobre ellos » con el poder del que habla la Carta a los Romanos.(88) La
venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en
gozo », (89) como ya había prometido antes de su pasión. Y sobre todo se
verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado,
como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a
los apóstoles. Lo trae a costa de su « partida »; les da este Espíritu como
a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado
». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».
Se establece así una relación profunda entre el envío del Hijo y el del
Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu Santo (después del pecado
original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros
el Paráclito ».(90) Se establece también una relación íntima entre la misión
del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en
cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo
mío y os lo anunciará a vosotros ».(91) La Redención es realizada
totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del
Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero
de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en
los corazones y en las conciencias humanas —en la historia del mundo— por el
Espíritu Santo, que es el « otro Paráclito ».
7. El Espíritu Santo y la era de la Iglesia
25. « Consumada la obra que el Padre
encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4) fue enviado el Espíritu
Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia ypara
que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un
mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). El
es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el
Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus
cuerpos mortales en Cristo (cf. Rm 8,
10-11 ) ».(92)
De este modo el Concilio Vaticano II habla del nacimiento de la Iglesia el
día de Pentecostés. Tal acontecimiento constituye la manifestación definitiva
de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el domingo de Pascua. Cristo
resucitado vino y « trajo » a los apóstoles el Espíritu Santo. Se lo dio
diciendo: « Recibid el Espíritu Santo ». Lo que había sucedido entonces en
el interior del Cenáculo, « estando las puertas cerradas », más tarde, el
día de Pentecostés es manifestado también al exterior, ante los hombres. Se
abren las puertas del Cenáculo y los apóstoles se dirigen a los habitantes y a
los peregrinos venidos a Jerusalén con ocasión de la fiesta, para dar
testimonio de Cristo por el poder del Espíritu Santo. De este modo se cumple el
anuncio: « El dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis
testimonio, porque estáis conmigo desde el principio ».(93)
Leemos en otro documento del Vaticano II: « El Espíritu Santo obraba ya, sin
duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de
Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para
siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la
difusión del Evangelio por la predicación entre los paganos ».(94)
La era de la Iglesia empezó con la « venida », es decir, con la
bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo de
Jerusalén junto con María, la Madre del Señor.(95) Dicha era empezó en el
momento en que las promesas y las profecías, que explícitamente se
referían al Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con
toda su fuerza y evidencia sobre los apóstoles, determinando así el nacimiento
de la Iglesia. De esto hablan ampliamente y en muchos pasajes los Hechos de
los Apóstoles de los cuáles resulta que, según la conciencia de la primera
comunidad , cuyas convicciones expresa Lucas, el Espíritu Santo asumió la
guía invisible —pero en cierto modo «perceptible»— de quienes, después de
la partida del Señor Jesús, sentían profundamente que habían quedado huérfanos.
Estos, con la venida del Espíritu Santo, se sintieron idóneos para realizar la
misión que se les había confiado. Se sintieron llenos de fortaleza.
Precisamente esto obró en ellos el Espíritu Santo, y lo sigue obrando
continuamente en la Iglesia, mediante sus sucesores. Pues la gracia del
Espíritu Santo, que los apóstoles dieron a sus colaboradores con la imposición
de las manos, sigue siendo transmitida en la ordenación episcopal. Luego los
Obispos, con el sacramento del Orden hacen partícipes de este don espiritual a
los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento de la
Confirmación, sean corroborados por él todos los renacidos por el agua y por el
Espíritu; así, en cierto modo, se perpetúa en la Iglesia la gracia de
Pentecostés.
Como escribe el Concilio, «el Espíritu habita en la
Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y
da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gál 4, 6; Rm 8, 15-16.26). Guía a la
Iglesia a toda la verdad (cf. Jn
16, 13), la unifica en comunión y misterio, la provee y gobierna con
diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1Co 12, 4; Gál 5, 22) con la
fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva
incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo ».(96)
26. Los pasajes citados por la Constitución conciliar Lumen gentium nos indica que, con la venida
del Espíritu Santo, empezó la era de la Iglesia. Nos indican también que esta
era, la era de la Iglesia, perdura. Perdura a través de los siglos y
las generaciones. En nuestro siglo en el que la humanidad se está acercando
al final del segundo milenio después de Cristo, esta «era de la Iglesia», se ha
manifestado de manera especial por medio del Concilio Vaticano II, como
concilio de nuestro siglo. En efecto, se sabe que éste ha sido especialmente un
concilio « eclesiológico », un concilio sobre el tema de la Iglesia. Al
mismo tiempo, la enseñanza de este concilio es esencialmente « pneumatológica
», impregnada por la verdad sobre el Espíritu Santo, como alma de la
Iglesia. Podemos decir que el Concilio Vaticano II en su rico magisterio
contiene propiamente todo lo « que el Espíritu dice a las Iglesias » (97) en la
fase presente de la historia de la salvación.
Siguiendo la guía del Espíritu de la verdad y dando testimonio junto con él,
el Concilio ha dado una especial ratificación de la presencia del Espíritu
Santo Paráclito. En cierto modo, lo ha hecho nuevamente « presente » en
nuestra difícil época. A la luz de esta convicción se comprende mejor la gran
importancia de todas las iniciativas que miran a la realización del Vaticano
II, de su magisterio y de su orientación pastoral y ecuménica. En este sentido
deben ser también consideradas y valoradas las sucesivas Asambleas del
Sínodo de los Obispos, que tratan de hacer que los frutos de la verdad y
del amor —auténticos frutos del Espíritu Santo— sean un bien duradero del
Pueblo de Dios en su peregrinación terrena en el curso de los siglos. Es
indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a la verificación y
consolidación de los frutos salvíficos del Espíritu, otorgados en el Concilio.
A este respecto conviene saber « discernirlos » atentamente de todo lo que
contrariamente puede provenir sobre todo del « príncipe de este mundo ».(98)
Este discernimiento es tanto más necesario en la realización de la obra del
Concilio ya que se ha abierto ampliamente al mundo actual, como aparece
claramente en las importantes Constituciones conciliares Gaudium et spes y Lumen gentium.
Leemos en la Constitución pastoral: « La comunidad cristiana (de los
discípulos de Cristo) está integrada por hombres que, reunidos en Cristo son
guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han
recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia
por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de
su historia ».(99) « Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve,
responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se
sacia plenamente con solos los elementos terrenos ».(100) « El Espíritu de Dios
... con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz
de la tierra ».(101)
II PARTE
EL ESPÍRITU QUE CONVENCE AL MUNDO
EN LO REFERENTE AL PECADO
1. Pecado, justicia y juicio
27. Cuando Jesús, durante el discurso del Cenáculo, anuncia
la venida del Espíritu Santo « a costa » de su partida y promete: « Si me voy,
os lo enviaré », precisamente en el mismo contexto añade: « Y cuando él venga,
convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y
en lo referente al juicio ».(102) El mismo Paráclito y Espíritu de la verdad,
—que ha sido prometido como el que « enseñará » y « recordará », que « dará
testimonio », que « guiará hasta la verdad completa »—, con las palabras
citadas ahora es anunciado como el que « convencerá al mundo en lo referente al
pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ».
Significativo parece también el contexto Jesús relaciona este anuncio
del Espíritu Santo con las palabras que indican su propia « partida » a través
de la Cruz, e incluso subraya su necesidad: « Os conviene que yo me vaya;
porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ».(103)
Pero lo más interesante es la explicación que Jesús añade a estas
palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: « El convencerá al mundo en
lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio;
en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la
justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio,
porque el Príncipe de este mundo está juzgado ».(104)
En el pensamiento de Jesús el pecado, la justicia y el juicio tienen un
sentido muy preciso, distinto del que quizás alguno sería propenso a
atribuir a estas palabras, independientemente de la explicación de quien habla.
Esta explicación indica también cómo conviene entender aquel « convencer al
mundo », que es propio de la acción del Espíritu Santo. Aquí es importante
tanto el significado de cada palabra, como el hecho de que Jesús las haya unido
entre sí en la misma frase.
En este pasaje « el pecado », significa la incredulidad que Jesús
encontró entre los « suyos », empezando por sus conciudadanos de Nazaret.
Significa el rechazo de su misión que llevará a los hombres a condenarlo a
muerte. Cuando seguidamente habla de « la justicia », Jesús parece que
piensa en la justicia definitiva, que el Padre le dará rodeándolo con la gloria
de la resurrección y de la ascensión al cielo: « Voy al Padre ». A su vez, en
el contexto del « pecado » y de la « justicia » entendidos así, « el juicio »
significa que el Espíritu de la verdad demostrará la culpa del « mundo » en la
condena de Jesús a la muerte en Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo sólo
para juzgarlo y condenarlo: él vino para salvarlo.(105) El convencer en
lo referente al pecado y a la justicia tiene como finalidad la salvación del
mundo y la salvación de los hombres. Precisamente esta verdad parece estar
subrayada por la afirmación de que « el juicio »se refiere solamente al
« Príncipe de este mundo », es decir, Satanás, el cual desde el
principio explota la obra de la creación contra la salvación, contra la alianza
y la unión del hombre con Dios: él está « ya juzgado » desde el principio. Si
el Espíritu Paráclito debe convencer al mundo precisamente en lo referente al
juicio, es para continuar en él la obra salvífica de Cristo.
28. Queremos concentrar ahora nuestra atención
principalmente sobre esta misión del Espíritu Santo, que consiste en « convencer
al mundo en lo referente al pecado », pero respetando al mismo tiempo el
contexto de las palabras de Jesús en el Cenáculo. El Espíritu Santo, que recibe
del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe con ello mismo la tarea del
salvífico « convencer en lo referente al pecado ». Este convencer se refiere
constantemente a la « justicia », es decir, a la salvación
definitiva en Dios, al cumplimiento de la economía que tiene como centro a
Cristo crucificado y glorificado. Y esta economía salvífica de Dios sustrae,
en cierto modo, al hombre del « juicio, o sea de la condenación », con
la que ha sido castigado el pecado de Satanás, « Príncipe de este mundo »,
quien por razón de su pecado se ha convertido en « dominador de este mundo
tenebroso » (106) y he aquí que, mediante esta referencia al « juicio », se
abren amplios horizontes para la comprensión del « pecado » así como de la «
justicia ». El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la Cruz de Cristo «
el pecado »en la economía de la salvación (podría decirse « el pecado
salvado »), hace comprender que su misión es la de « convencer » también en lo
referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente (« el pecado
condenado »).
29. Todas las palabras, pronunciadas por el Redentor en el
Cenáculo la víspera de su pasión, se inscriben en la era de la Iglesia:
ante todo, las dichas sobre el Espíritu Santo como Paráclito y Espíritu de la
verdad. Estas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada
generación y de cada época. Esto ha sido confirmado, respecto a nuestro siglo,
por el conjunto de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en la
Constitución pastoral « Gaudium et spes
». Muchos pasajes de este documento señalan con claridad que el Concilio,
abriéndose a la luz del Espíritu de la verdad, se presenta como el auténtico
depositario de los anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los
apóstoles y a la Iglesia en el discurso de despedida; de modo particular, del
anuncio, según el cual el Espíritu Santo debe « convencer al mundo en lo
referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio
».
Esto lo señala ya el texto en el que el Concilio explica cómo entiende el
« mundo »: « Tiene, pues, ante sí la Iglesia (el Concilio
mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el conjunto universal de
las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana,
con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen
fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y
resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme
según el propósito divino y llegue a su consumación ».(107) Respecto a este
texto tan sintético es necesario leer en la misma Constitución otros pasajes,
que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situación del
pecado en el mundo contemporáneo y explicar también su esencia partiendo de
diversos puntos de vista.(108)
Cuando Jesús, la víspera de Pascua, habla del Espíritu Santo, que «
convencerá al mundo en lo referente al pecado », por un lado se debe dar a esta
afirmación el alcance más amplio posible, porque comprende el conjunto
de los pecados en la historia de la humanidad. Por otro lado, sin embargo,
cuando Jesús explica que este pecado consiste en el hecho de que « no creen en
él », este alcance parece reducirse a los que rechazaron la misión
mesiánica del Hijo del Hombre, condenándole a la muerte de Cruz. Pero es
difícil no advertir que este aspecto más « reducido » e históricamente preciso
del significado del pecado se extienda hasta asumir un alcance universal por
la universalidad de la Redención, que se ha realizado por medio de
la Cruz. La revelación del misterio de la Redención abre el camino a una
comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y
momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y por tanto, indirectamente
también al pecado de quienes « no han creído en él », condenando a Jesucristo a
la muerte de Cruz.
Desde este punto de vista es conveniente volver al acontecimiento de
Pentecostés.
2. El testimonio del día de Pentecostés
30. El día de Pentecostés encontraron su más exacta y
directa confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida
y, en particular, el anuncio del que estamos tratando: « El Paráclito...
convencerá al mundo en la referente al pecado ». Aquel día, sobre los apóstoles
recogidos en oración junto a María, Madre de Jesús, bajó el Espíritu Santo
prometido, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron
todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según
el Espíritu les concedía expresarse », (109) « volviendo a conducir de este
modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de
todas las naciones ».(110)
Es evidente la relación entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo. En
él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa del
Paráclito. Este viene, enviado por el Padre, « después » de la
partida de Cristo, como « precio »de ella. Esta es primero una
partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta días después de la
resurrección, con su ascensión al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión
Jesús mandó a los apóstoles « que no se ausentasen de Jerusalén, sino que
aguardasen la Promesa del Padre »; « seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro
de pocos días »; « recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta
los confines de la tierra ».(111)
Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho en
el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando
bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los apóstoles durante la
oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para
la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no
habría tenido el valor de decir anteriormente: « Israelitas ... Jesús de
Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y
señales que Dios hizo por su medio entre vosotros... a éste, que fue entregado
según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo
matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues,
Dios lo resucitó librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible
que quedase bajo su dominio ».(112)
Jesús había anunciado y prometido: « El dará testimonio de mí... pero
también vosotros daréis testimonio ». En el primer discurso de Pedro en
Jerusalén este « testimonio » encuentra su claro comienzo: es el testimonio
sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio del Espíritu Paráclito y
de los apóstoles. Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el
Espíritu de la verdad por boca de Pedro « convence al mundo en lo referente
al pecado »:ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo
hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota. Proclamaciones de
contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos de los
Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.(113)
31. Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la acción
del Espíritu de la verdad, que « convence al mundo en lo referente al pecado
»del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al
testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En
esta vinculación el mismo « convencer en lo referente al pecado » manifiesta la
propia dimensión salvífica. En efecto, es un « convencimiento » que no tiene
como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos su condena.
Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para
salvarlo.(114) Esto está ya subrayado en este primer discurso cuando Pedro
exclama: « Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha
constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado
».(115) Y a continuación, cuando los presentes preguntan a Pedro y a los demás
apóstoles: « ¿Qué hemos de hacer, hermanos? » él les responde: « Convertíos y
que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para
remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo
».(116)
De este modo el « convencer en lo referente al pecado » llega a ser a
la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del
Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como
Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica.(117) La
conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el juicio
interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del
Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo
el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: a Recibid el Espíritu
Santo ».(118) Así pues en este « convencer en lo referente al pecado »
descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia y el
don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. El
convencer en lo referente al pecado, mediante el ministerio de la predicación
apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado —bajo el impulso del
Espíritu derramado en Pentecostés— con el poder redentor de Cristo
crucificado y resucitado. De este modo se cumple la promesa referente al
Espíritu Santo hecha antes de Pascua: « recibirá de lo mío y os lo anunciará a
vosotros ». Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés,
habla del pecado de aquellos que « no creyeron » (119) y
entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la
victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo,
mediante el pecado más grande que el hombre podía cometer: la muerte de
Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte
del Hijo de Dios vence la muerte humana: « Seré tu muerte, oh muerte ».(120)
Como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios « vence »
el pecado humano. Aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo en
Jerusalén y también cada pecado del hombre. Pues, al pecado más grande del
hombre corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor
supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres. En base a
esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no duda en repetir cada año, en
el transcurso de la vigilia Pascual, « Oh feliz culpa », en el
anuncio de la resurrección hecho por el diácono con el canto del « Exsultet ».
32. Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede «
convencer al mundo », al hombre y a la conciencia humana , sino es el
Espíritu de la verdad. El es el Espíritu que « sondea hasta las
profundidades de Dios ».(121) Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente
« las profundidades de Dios ». No basta sondear la conciencia humana, como
misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio íntimo de
Dios, en aquellas « profundidades de Dios » que se resumen en la síntesis: al
Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Es precisamente el
Espíritu Santo que las « sondea » y de ellas saca la respuesta de Dios al
pecado del hombre. Con esta respuesta se cierra el procedimiento de « convencer
en lo referente al pecado », como pone en evidencia el acontecimiento de
Pentecostés.
Al convencer al « mundo » del pecado del Gólgota —la muerte del Cordero
inocente—, como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu Santo convence
también de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento de la historia del
hombre, pues demuestra su relación con la cruz de Cristo. El « convencer
» es la demostración del mal del pecado, de todo pecado en relación con la Cruz
de Cristo. El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la
dimensión completa del mal, que le es característica por el « misterio de
la impiedad » (122) que contiene y encierra en sí. El hombre no conoce esta
dimensión, —no la conoce absolutamente— fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente,
no puede ser « convencido » de ello sino es por el Espíritu Santo:
Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito.
En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo
tiempo es identificado por la plena dimensión del « misterio de la
piedad », (123) como ha señalado la Exhortación Apostólica
postsinodal « Reconciliatio
et Paenitentia ».(124)El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensión
del pecado fuera de la Cruz de Cristo. Y tampoco puede ser « convencido » de
ella sino es por el Espíritu Santo: por el cual sondea las profundidades
de Dios.
3. El testimonio del principio: la realidad originaria del pecado
33. Es la dimensión del pecado que encontramos en el
testimonio del principio, recogido en el Libro del Génesis. (125) Es el
pecado que, según la palabra de Dios revelada, constituye el principio y la
raíz de todos los demás. Nos encontramos ante la realidad originaria del
pecado en la historia del hombre y, a la vez, en el conjunto de la economía de
la salvación. Se puede decir que en este pecado comienza el misterio de la
impiedad, pero que también este es el pecado, respecto al cual el poder
redentor del misterio de la piedad llega a ser particularmente
transparente y eficaz. Esto lo expresa San Pablo, cuando a la « desobediencia
»del primer Adán contrapone la « obediencia »de Cristo,
segundo Adán: « La obediencia hasta la muerte ».(126)
Según el testimonio de del principio, el pecado en su realidad originaria se
dio en la voluntad —y en la conciencia— del hombre, ante todo, como «
desobediencia », es decir, como oposición de la voluntad del hombre a la
voluntad de Dios. Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o, por lo
menos, el alejamiento de la verdad contenida en la Palabra de Dios, que
crea el mundo. Esta Palabra es el mismo Verbo, que « en el principio estaba en
Dios » y que « era Dios » y sin él no se hizo nada de cuanto existe », porque «
el mundo fue hecho por él ».(127) El Verbo es también ley eterna, fuente de
toda ley, que regula el mundo y, de modo especial, los actos humanos. Pues,
cuando Jesús, la víspera de su pasión, habla del pecado de los que « no
creen en él », en estas palabras suyas llenas de dolor encontramos como
un eco lejano de aquel pecado, que en su forma originaria se inserta oscuramente
en el misterio mismo de la creación. El que habla, pues, es no sólo el Hijo del
hombre, sino que es también el « Primogénito de toda la creación », « en él
fueron creadas todas las cosas ... todo fue creado por él y para él ». (128) A
la luz de esta verdad se comprende que la « desobediencia », en el misterio del
principio, presupone en cierto modo la misma « no-fe », aquel mismo « no
creyeron » que volverá a repetirse ante el misterio pascual. Como hemos
dicho ya, se trata del rechazo o, por lo menos, del alejamiento de la verdad
contenida en la Palabra del Padre. El rechazo se expresa prácticamente como «
desobediencia », en un acto realizado como efecto de la tentación, que proviene
del « padre de la mentira ».(129) Por tanto, en la raíz del pecado humano está
la mentira como radical rechazo de la verdad contenida en el Verbo del
Padre, mediante el cual se expresa la amorosa omnipotencia del Creador: la omnipotencia
y a la vez el amor de Dios Padre, « creador de cielo y tierra ».
34. El « espíritu de Dios », que
según la descripción bíblica de la creación « aleteaba por encima de las aguas
», (130) indica el mismo « Espíritu que sondea hasta las profundidades de Dios
», sondea las profundidades del Padre y del Verbo-Hijo en el misterio de
la creación. No sólo es el testigo directo de su mutuo amor, del que deriva la
creación, sino que él mismo es este amor. El mismo, como amor, es el eterno don
increado. En él se encuentra la fuente y el principio de toda dádiva a las
criaturas. El testimonio del principio, que encontramos en toda la
revelación comenzando por el Libro del Génesis, es unívoco al respecto.
Crear quiere decir llamar a la existencia desde la nada; por tanto, crear
quiere decir dar la existencia. Y si el mundo visible es creado para el
hombre, por consiguiente el mundo es dado al hombre.(131) Y contemporáneamente
el mismo hombre en su propia humanidad recibe como don una especial « imagen
y semejanza »de Dios. Esto significa no sólo racionalidad y libertad como
propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino además, desde el
principio, capacidad de una relación personal con Dios, como « yo » y «
tú » y, por consiguiente, capacidad de alianza que tendrá lugar con la
comunicación salvífica de Dios al hombre. En el marco de la « imagen y
semejanza » de Dios, « el don del Espíritu » significa, finalmente, una
llamada a la amistad, en la que las trascendentales « profundidades de Dios
» están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre. El Concilio
Vaticano II enseña: « Dios invisible (cf. Co 1, 15; 1Tm 1, 17) movido de amor, habla a
los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía ».(132)
35. Por consiguiente, el Espíritu, que « todo lo sondea,
hasta las profundidades de Dios », conoce desde el principio « lo íntimo del
hombre.(133) Precisamente por esto sólo él puede plenamente « convencer
en lo referente al pecado » que se dio en el principio, pecado que
es la raíz de todos los demás y el foco de la pecaminosidad del hombre en la
tierra, que no se apaga jamás. El Espíritu de la verdad conoce la realidad
originaria del pecado, causado en la voluntad del hombre por obra del « padre
de la mentira » —de aquél que ya « está juzgado »—.(134) EL Espíritu Santo
convence, por tanto, al mundo en lo referente al pecado en relación a este « juicio
», pero constantemente guiando hacia la « justicia » que ha sido
revelada al hombre junto con la Cruz de Cristo, mediante « la obediencia hasta
la muerte ».(135)
Sólo el Espíritu Santo puede convencer en lo referente al pecado del
principio humano, precisamente el que es amor del Padre y del Hijo, el que es
don, mientras el pecado del principio humano consiste en la mentira y en el
rechazo del don y del amor que influyen definitivamente sobre el principio
del mundo y del hombre.
36. Según el testimonio del principio, que encontramos en
la Escritura y en la Tradición, después de la primera (y a la vez más completa)
descripción del Génesis, el pecado en su forma originaria es entendido
como « desobediencia », lo que significa simple y directamente trasgresión
de una prohibición puesta por Dios.(136) Pero a la vista de todo el
contexto es también evidente que las raíces de esta desobediencia deben
buscarse profundamente en toda la situación real del hombre. Llamado a la
existencia, el ser humano —hombre o mujer— es una criatura. La « imagen de Dios
», que consiste en la racionalidad y en la libertad, demuestra la grandeza y la
dignidad del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal es
también una criatura: en su existencia y esencia depende del Creador.
Según el Génesis, « el árbol de la ciencia del bien y del mal » debía
expresar y constantemente recordar al hombre el « límite » insuperable para un
ser creado. En este sentido debe entenderse la prohibición de Dios: el Creador
prohíbe al hombre y a la mujer que coman los frutos del árbol de la ciencia del
bien y del mal. Las palabras de la instigación, es decir de la tentación, como
está formulada en el texto sagrado, inducen a transgredir esta prohibición, o
sea a superar aquel « límite »: « el día en que comiereis de él se os
abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal ».(137)
La « desobediencia » significa precisamente pasar aquel límite que permanece
insuperable a la voluntad y a la libertad del hombre como ser creado. Dios
creador es, en efecto, la fuente única y definitiva del orden moral en el mundo
creado por él. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo,
no puede « conocer el bien y el mal como dioses ». Sí, en el mundo creado Dios
es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante
la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo,
consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo
da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente
en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el
hombre y en el mundo. La « desobediencia », como dimensión originaria del
pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de
llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal. El
Espíritu que « sondea las profundidades de Dios » y que, a la vez, es para el
hombre la luz de la conciencia y la fuente del orden moral, conoce en toda su
plenitud esta dimensión del pecado, que se inserta en el misterio del principio
humano. Y no cesa de « convencer de ello al mundo » en relación con la
cruz de Cristo en el Gólgota.
37. Según el testimonio del principio, Dios en la creación
se ha revelado a sí mismo como omnipotencia que es amor. Al mismo tiempo ha
revelado al hombre que, como « imagen y semejanza » de su creador, es llamado
a participar de la verdad y del amor. Esta participación significa una vida
en unión con Dios, que es la « vida eterna ».(138) Pero el hombre, bajo la
influencia del « padre de la mentira », se ha separado de esta participación.
¿En qué medida? Ciertamente no en la medida del pecado de un espíritu puro, en
la medida del pecado de Satanás. El espíritu humano es incapaz de alcanzar tal
medida.(139) En la misma descripción del Génesis es fácil señalar la
diferencia de grado existente entre « el soplo del mal » del que es pecador
(o sea permanece en el pecado) desde el principio (140) y que ya « está juzgado
» (141) y el mal de la desobediencia del hombre. Esta desobediencia, sin
embargo, significa también dar la espalda a Dios y, en cierto modo, el
cerrarse de la libertad humana ante él. Significa también una determinada
apertura de esta libertad —del conocimiento y de la voluntad humana— hacia el
que es el « padre de la mentira ». Este acto de elección responsable no es sólo
una « desobediencia », sino que lleva consigo también una cierta adhesión al
motivo contenido en la primera instigación al pecado y renovada
constantemente a lo largo de la historia del hombre en la tierra: « es que Dios
sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y
seréis como dioses, conocedores del bien y del mal ». Aquí nos encontramos en
el centro mismo de lo que se podría llamar el « anti-Verbo », es decir la «
anti-verdad ». En efecto, es falseada la verdad del hombre: quién es el
hombre y cuáles son los límites insuperables de su ser y de su
libertad. Esta « anti-verdad » es posible, porque al mismo tiempo es
falseada completamente la verdad sobre quien es Dios. Dios Creador
es puesto en estado de sospecha, más aún incluso en estado de acusación ante la
conciencia de la criatura. Por vez primera en la historia del hombre aparece el
perverso « genio de la sospecha ». Este trata de « falsear » el Bien
mismo, el Bien absoluto, que en la obra de la creación se ha manifestado
precisamente como el bien que da de modo inefable: como bonum diffusivum
sui, como amor creador. ¿Quién puede plenamente « convencer en
lo referente al pecado », es decir de esta motivación de la desobediencia
originaria del hombre sino aquél que sólo él es el don y la fuente de toda
dádiva, sino el Espíritu que, « sondea las profundidades de Dios » y es amor
del Padre y del Hijo?
38. Pues, a pesar de todo el testimonio de la creación y de
la economía salvífica inherente a ella, el espíritu de las tinieblas (142) es
capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura y, ante todo,
como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre.
De esta manera Satanás injerta en el ánimo del hombre el germen de
la oposición a aquél que « desde el principio » debe ser considerado como
enemigo del hombre y no como Padre. El hombre es retado a convertirse en el
adversario de Dios.
El análisis del pecado en su dimensión originaria indica que, por parte del
« padre de la mentira », se dará a lo largo de la historia de la humanidad
una constante presión al rechazo de Dios por parte del hombre, hasta llegar
al odio: « Amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios », como se
expresa San Agustín. (143) El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una
propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto
lo vemos confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan desarraigar
la religión en base al presupuesto de que determina la radical « alienación
» del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad
cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y
exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento y de praxis
histórico-sociológica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración
de su « muerte ». Esto es un absurdo conceptual y verbal. Pero la ideología de
la « muerte de Dios » amenaza más bien al hombre, como indica el
Vaticano II, cuando, sometiendo a análisis la cuestión de la « autonomía de la
realidad terrena », afirma: « La criatura sin el Creador se esfuma ... Más aún,
por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».(144) La ideología
de la « muerte de Dios » en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel
teórico y práctico, la ideología de la « muerte del hombre ».
4. El Espíritu que transforma el sufrimiento en amor salvífico
39. EL Espíritu, que sondea las profundidades de Dios, ha
sido llamado por Jesús en el discurso del Cenáculo el Paráclito. En
efecto, desde el comienzo « es invocado » (145) para «
convencer al mundo en lo referente al pecado ». Es invocado de modo definitivo
a través de la Cruz de Cristo. Convencer en lo referente al pecado quiere decir
demostrar el mal contenido en él. Lo que equivale a revelar el misterio de
la impiedad. No es posible comprender el mal del pecado en toda su realidad
dolorosa sin sondear las profundidades de Dios. Desde el principio el misterio
oscuro del pecado se ha manifestado en el mundo con una clara referencia al
Creador de la libertad humana. Ha aparecido como un acto voluntario de la
criatura-hombre contrario a la voluntad de Dios: la voluntad salvífica de
Dios; es más, ha aparecido como oposición a la verdad, sobre la base de la
mentira ya definitivamente « juzgada »: mentira que ha puesto en estado de
acusación, en estado de sospecha permanente, al mismo amor creador y salvífico.
El hombre ha seguido al « padre de la mentira », poniéndose contra el Padre de
la vida y el Espíritu de la verdad.
El « convencer en lo referente al pecado » ¿no deberá, por tanto, significar
también el revelar el sufrimiento? ¿No deberá revelar el dolor, inconcebible
e indecible, que, como consecuencia del pecado, el Libro Sagrado parece
entrever en su visión antropomórfica en las profundidades de Dios y, en cierto
modo, en el corazón mismo de la inefable Trinidad? La Iglesia, inspirándose en
la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. ¿Qué
corresponde a esta « ofensa », a este rechazo del Espíritu que es amor y don en
la intimidad inexcrutable del Padre, del Verbo y del Espíritu Santo? La
concepción de Dios, como ser necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de
Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero, en las profundidades
de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el
lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de exclamar: « Estoy arrepentido de
haber hecho al hombre ».(146) « Viendo el Señor que la maldad del hombre cundía
en la tierra ... le pesó de haber hecho al hombre en la tierra ... y dijo el
Señor: « me pesa de haberlos hecho ».(147) Pero a menudo el Libro Sagrado nos
habla de un Padre, que siente compasión por el hombre, como compartiendo su
dolor. En definitiva, este inexcrutable e indecible « dolor » de
padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en
Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad, en la
historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado Para que
prevalezca el « don ».
El Espíritu Santo, que según las palabras de Jesús « convence en lo
referente al pecado », es el amor del Padre y del Hijo y, como tal, es el don
trinitario y, a la vez, la fuente eterna de toda dádiva divina a lo creado.
Precisamente en él podemos concebir como personificada y realizada de modo
trascendente la misericordia, que la tradición patrística y teológica, de
acuerdo con el Antiguo y el Nuevo Testamento, atribuye a Dios. En el hombre la
misericordia implica dolor y compasión por las miserias del prójimo. En Dios,
el Espíritu-amor cambia la dimensión del pecado humano en una nueva dádiva de
amor salvífico. De él, en unidad con el Padre y el Hijo, nace la economía de la
salvación, que llena la historia del hombre con los dones de la Redención. Si
el pecado, al rechazar el amor, ha engendrado el « sufrimiento » del hombre que
en cierta manera se ha volcado sobre toda la creación, (148) el Espíritu
Santo entrará en el sufrimiento humano y cósmico con una nueva dádiva de
amor, que redimirá al mundo. En boca de Jesús Redentor, en cuya humanidad se
verifica el « sufrimiento » de Dios, resonará una palabra en la que se
manifiesta el amor eterno, lleno de misericordia: « Siento compasión ».(149)
Así pues, por parte del Espíritu Santo, el « convencer en lo referente al
pecado » se convierte en una manifestación ante la creación « sometida a la
vanidad » y, sobre todo, en lo íntimo de las conciencias humanas, como el
pecado es vencido por el sacrificio del Cordero de Dios que se ha hecho
hasta la muerte « el siervo obediente »que, reparando la desobediencia
del hombre, realiza la redención del mundo. De esta manera, el Espíritu de la
verdad, el Paráclito, « convence en lo referente al pecado ».
40. El valor redentor del sacrificio de Cristo ha sido
expresado con palabras muy significativas por parte del autor de la Carta a
los Hebreos, que, después de haber recordado los sacrificios de la Antigua
Alianza, en que « si la sangre de machos cabríos y de toros ... santifica en
orden a la purificación », añade: « cuánto más la sangre de Cristo, que por
el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de
las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo ».(150) Aun
conscientes de otras interpretaciones posibles, nuestra consideración sobre la
presencia del Espíritu Santo a lo largo de toda la vida de Cristo nos lleva a
reconocer en este texto como una invitación a reflexionar también sobre la
presencia del mismo Espíritu en el sacrificio redentor del Verbo Encarnado.
Reflexionemos primero sobre el contenido de las palabras iniciales de este
sacrificio y, a continuación, separadamente sobre la « purificación de la
conciencia » llevada a cabo por él. En efecto, es un sacrificio ofrecido con
[ = por obra de ] un Espíritu Eterno », que « saca » de él la
fuerza de « convencer en lo referente al pecado » en orden a la salvación. Es
el mismo Espíritu Santo que, según la promesa del Cenáculo, Jesucristo «
traerá » a los apóstoles el día de su resurrección, presentándose a ellos con
las heridas de la crucifixión, y que les « dará » para la remisión de los
pecados: « Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados ».(151)
Sabemos que Dios « a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con
poder », como afirmaba Simón Pedro en la casa del centurión Cornelio.(152)
Conocemos el misterio pascual de su « partida » según el Evangelio de Juan. Las
palabras de la Carta a los Hebreos nos explican ahora de que modo Cristo
« se ofreció sin mancha a Dios » y como hizo esto « con un Espíritu Eterno ».
En el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa
del mismo modo con que actuaba en su concepción, en su entrada al mundo, en su
vida oculta y en su ministerio público. Según la Carta a los Hebreos, en
el camino de su « partida » a través de Getsemaní y del Gólgota, el mismo Jesucristo
en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción del
Espíritu Paráclito, que del sufrimiento hace brotar el eterno amor
salvífico. Ha sido, por lo tanto, « escuchado por su actitud reverente y aun
siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia ».(153) De esta
manera dicha Carta demuestra como la humanidad, sometida al pecado en
los descendientes del primer Adán, en Jesucristo ha sido sometida
perfectamente a Dios y unida a él y, al mismo tiempo, está llena de
misericordia hacia los hombres. Se tiene así una nueva humanidad, que en
Jesucristo por medio del sufrimiento de la cruz ha vuelto al amor, traicionado
por Adán con su pecado. Se ha encontrado en la misma fuente de la dádiva
originaria: en el Espíritu que « sondea las profundidades de Dios » y es amor y
don.
El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de su
pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su
humanidad, transformarla en sacrificio perfecto mediante el acto de su
muerte, como víctima de amor en la Cruz. El solo ofreció este sacrificio. Como
único sacerdote « se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios ».(154) En su
humanidad era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo era
« sin tacha ». Pero lo ofreció « por el Espíritu Eterno »: lo que quiere decir
que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta
del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor.
41. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del «
fuego del cielo », que quemaba los sacrificios presentados por los
hombres.(155) Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el «
fuego del cielo » que actúa en lo más profundo del misterio de la Cruz. Proveniendo
del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina
realidad de la comunión trinitaria. Siel pecado ha engendrado el
sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena
expresión humana por medio del Espíritu Santo. Se da así un paradójico misterio
de amor: en Cristo sufre Dios rechazado por la propia criatura: « No creen en
mí »; pero, a la vez, desde lo más hondo de este sufrimiento —e
indirectamente desde lo hondo del mismo pecado « de no haber creído »— el
Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde
el principio. En lo más hondo del misterio de la Cruz actúa el amor, que lleva
de nuevo al hombre a participar de la vida, que está en Dios mismo.
El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro
mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición
bíblica podemos decir: él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que
une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de
la Cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio él « recibe »
el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después —él solo con Dios
Padre— puede « darlo » a los apóstoles, a la Iglesia y a la
humanidad. El solo lo « envía » desde el Padre.(156) El solo se presenta
ante los apóstoles reunidos en el Cenáculo, « sopló sobre ellos » y les dijo: «
Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados », (157) como había anunciado antes Juan Bautista: « El os bautizará
en Espíritu Santo y fuego ».(158) Con aquellas palabras de Jesús el Espíritu
Santo es revelado y a la vez es presentado como amor que actúa en lo
profundo del misterio pascual, como fuente del poder salvífico de la Cruz de
Cristo y como don de la vida nueva y eterna.
Esta verdad sobre el Espíritu Santo encuentra cada día su expresión en la
liturgia romana, cuando el sacerdote, antes de la comunión, pronuncia
aquellas significativas palabras: « Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que
por voluntad del Padre y cooperación del Espíritu Santo, diste con tu
muerte vida al mundo ». Y en la III Plegaria Eucarística, refiriéndose a la
misma economía salvífica, el sacerdote ruega a Dios que el Espíritu Santo « nos
transforme en ofrenda permanente ».
5. « La sangre que purifica la conciencia »
42. Hemos dicho que, en el culmen del misterio pascual, el
Espíritu Santo es revelado definitivamente y hecho presente de un modo nuevo.
Cristo resucitado dice a los apóstoles: « Recibid el Espíritu Santo ». De esta
manera es revelado el Espíritu Santo, pues las palabras de Cristo constituyen
la confirmación de las promesas y de los anuncios del discurso en el Cenáculo.
Y con esto el Paráclito es hecho presente también de un modo nuevo. En
realidad ya actuaba desde el principio en el misterio de la creación y a lo
largo de toda la historia de la antigua Alianza de Dios con el hombre. Su
acción ha sido confirmada plenamente por la misión del Hijo del hombre como
Mesías, que ha venido con el poder del Espíritu Santo. En el momento culminante
de la misión mesiánica de Jesús, el Espíritu Santo se hace presente en el
misterio pascual con toda su subjetividad divina: como el que debe
continuar la obra salvífica, basada en el sacrificio de la Cruz. Sin duda esta
obra es encomendada por Jesús a los hombres: a los apóstoles y a la Iglesia.
Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos, el Espíritu Santo sigue
siendo el protagonista trascendente de la realización de esta obra en el
espíritu del hombre y en la historia del mundo: el invisible y, a la vez,
omnipresente Paráclito. El Espíritu que « sopla donde quiere ».(159)
Las palabras pronunciadas por Cristo resucitado « el primer día de la semana
», ponen especialmente de relieve la presencia del Paráclito consolador, como
el que « convence al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la
justicia y en lo referente al juicio ». En efecto, sólo tomadas así se explican
las palabras que Jesús pone en relación directa con el « don » del Espíritu
Santo a los apóstoles. Jesús dice: « Recibid el Espíritu Santo: A quienes
perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos ».(160) Jesús confiere a los apóstoles el poder de perdonar
los pecados, para que lo transmitan a sus sucesores en la Iglesia. Sin embargo,
este poder concedido a los hombres presupone e implica la acción salvífica del
Espíritu Santo. Convirtiéndose en « luz de los corazones », (161) es decir de
las conciencias, el Espíritu Santo « convence en lo referente al pecado », o
sea hace conocer al hombre su mal y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el
bien. Merced a la multiplicidad de sus dones por lo que es invocado como el
portador « de los siete dones », todo tipo de pecado del hombre puede ser
vencido por el poder salvífico de Dios. En realidad —como dice San
Buenaventura— « en virtud de los siete dones del Espíritu Santo todos los males
han sido destruidos y todos los bienes han sido producidos ».(162)
Bajo el influjo del Paráclito se realiza, por lo tanto, la conversión del
corazón humano, que es condición indispensable para el perdón de los
pecados. Sin una verdadera conversión, que implica una contrición interior y
sin un propósito sincero y firme de enmienda, los pecados quedan « retenidos »,
como afirma Jesús, y con El toda la Tradición del Antiguo y del Nuevo
Testamento. En efecto, las primeras palabras pronunciadas por Jesús al comienzo
de su ministerio, según el Evangelio de Marcos, son éstas: « Convertíos
y creed en la Buena Nueva ».(163) La confirmación de esta exhortación es el «
convencer en lo referente al pecado » que el Espíritu Santo emprende de una
manera nueva en virtud de la Redención, realizada por la Sangre del Hijo del
hombre. Por esto, la Carta a los Hebreos dice que esta « sangre purifica
nuestra conciencia ».(164) Esta sangre, pues, abre al Espíritu Santo, por
decirlo de algún modo, el camino hacia la intimidad del hombre, es decir hacia
el santuario de las conciencias humanas.
43. El Concilio Vaticano II ha recordado la enseñanza
católica sobre la conciencia, al hablar de la vocación del hombre y, en
particular, de la dignidad de la persona humana. Precisamente la conciencia decide
de manera específica sobre esta dignidad. En efecto, la conciencia es « el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre », en el que ésta se
siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo. Esta voz dice
claramente a « los oídos de su corazón advirtiéndole ... haz esto, evita
aquello ». Tal capacidad de mandar el bien y prohibir el mal, puesta por el
Creador en el corazón del hombre, es la propiedad clave del sujeto personal.
Pero, al mismo tiempo, « en lo más profundo de su conciencia descubre el
hombre la existencia de una ley que él no se dicta a si mismo, pero a la cual
debe obedecer ».(165) La conciencia, por tanto, no es una fuente
autónoma yexclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en
ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma
objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con
los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano, como
se entrevé ya en la citada página del Libro del Génesis.(166) Precisamente,
en este sentido, la conciencia es el « sagrario íntimo » donde « resuena la
voz de Dios ». Es « la voz de Dios » aun cuando el hombre reconoce
exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no se
puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente la
conciencia encuentra siempre en esta referencia su fundamento y su
justificación.
El evangélico « convencer en lo referente al pecado » bajo el influjo del
Espíritu de la verdad no puede verificarse en el hombre más que por el camino de
la conciencia. Si la conciencia es recta, ayuda entonces a « resolver
con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y
a la sociedad ». Entonces « mayor seguridad tienen las personas y las
sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas
objetivas de la moralidad ». (167)
Fruto de la recta conciencia es, ante todo, el llamar por su nombre al
bien y al mal, como hace por ejemplo la misma Constitución pastoral: «
Cuanto atenta contra la vida —homicidios de cualquier clase, genocidios,
aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado—; cuanto viola la integridad
de la persona, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o
físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a
la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la
trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que
reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la
libertad y a la responsabilidad de la persona humana »; y después de haber
llamado por su nombre a los numerosos pecados, tan frecuentes y difundidos en
nuestros días, la misma Constitución añade: « Todas estas prácticas y otras
parecidas son en sí mismas infamantes, que degradan la civilización humana,
deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor
debido al Creador ».(168)
Al llamar por su nombre a los pecados que más deshonran al hombre, y
demostrar que ésos son un mal moral que pesa negativamente en cualquier balance
sobre el progreso de la humanidad, el Concilio describe a la vez todo esto como
etapa « de una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas ».(169) La Asamblea del Sínodo de los Obispos de
1983 sobre la reconciliación y la penitencia ha precisado todavía mejor el
significado personal y social del pecado del hombre.(170)
44. Pues bien, en el Cenáculo la víspera de su Pasión, y
después la tarde del día de Pascua, Jesucristo se refirió al Espíritu Santo
como el que atestigua que en la historia de la humanidad perdura el pecado. Sin
embargo, el pecado está sometido al poder salvífico de la Redención. El
« convencer al mundo en lo referente al pecado » no se acaba en el hecho de que
venga llamado por su nombre e identificado por lo que es en toda su dimensión
característica. En el convencer al mundo en lo referente al pecado, el
Espíritu de la verdad se encuentra con la voz de las conciencias humanas.
De este modo se llega a la demostración de las raíces del pecado que
están en el interior del hombre, como pone en evidencia la misma Constitución
pastoral: « En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo
moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que
hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se
combaten en el propio interior del hombre. A fuer de creatura, el hombre
experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus
deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene
que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace
lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo ».(171) El
texto conciliar se refiere aquí a las conocidas palabras de San Pablo.(172)
El « convencer en lo referente al pecado » que acompaña a la conciencia
humana en toda reflexión profunda sobre sí misma, lleva por tanto al
descubrimiento de sus raíces en el hombre, así como de sus influencias en la
misma conciencia en el transcurso de la historia. Encontramos de este modo
aquella realidad originaria del pecado, de la que ya se ha hablado. El Espíritu
Santo « convence en lo referente al pecado »respecto al misterio del
principio, indicando el hecho de que el hombre es ser-creado y, por
consiguiente, está en total dependencia ontológica y ética de su Creador y
recordando, a la vez, la pecaminosidad hereditaria de la naturaleza humana.
Pero el Espíritu Santo Paráclito « convence en lo referente al pecado » siempre
en relación con la Cruz de Cristo. Por esto el cristianismo rechaza toda «
fatalidad » del pecado. « Una dura batalla contra el poder de las tinieblas,
que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el
final » —enseña el Concilio—.(173) « Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre ».(174) El hombre, pues, lejos de dejarse «
enredar » en su condición de pecado, apoyándose en la voz de la propia
conciencia, « ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de
grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la
unidad en sí mismo ».(175) El Concilio ve justamente el pecado como factor de
la ruptura que pesa tanto sobre la vida personal como sobre la vida social del
hombre; pero, al mismo tiempo, recuerda incansablemente la posibilidad de la
victoria.
45. El Espíritu de la verdad, que « convence al mundo en lo
referente al pecado », se encuentra con aquella fatiga de la conciencia humana,
de la que los textos conciliares hablan de manera tan sugestiva. Esta fatiga
de la conciencia determina también los caminos de las conversiones humanas:
el dar la espalda al