ENCÍCLICA
«Fides et
Ratio»
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE LAS RELACIONES ENTRE FE Y RAZÓN
Venerables Hermanos en el
Episcopado,
salud y Bendición Apostólica
La fe y la razón (Fides et Ratio)
son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de
conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y
amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63
[62], 2-3; Jn 14, 8; 1Jn 3, 2).
INTRODUCCIÓN
«CONOCETE A TI MISMO»
1. Tanto en Oriente como en Occidente es
posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad
a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse con ella. Es un
camino que se ha desarrollado —no podía ser de otro modo— dentro del horizonte
de la autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la realidad y el
mundo y más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el
interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo
lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en
parte de nuestra vida. La exhortación Conócete a ti mismo estaba
esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad
fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso
de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como «hombre»
precisamente en cuanto «conocedor de sí mismo».
Por lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad
como en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan
al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la
existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy?¿por
qué existe el mal?¿qué hay después de esta vida? Estas mismas
preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen
también en los Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de
Confucio e Lao-Tze y en la predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo
se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides y
Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son
preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde
siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales
preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia.
2. La Iglesia no es
ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio
Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha
hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es «el
camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay
uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la
verdad.1 Por una parte, esta misión hace a la comunidad creyente
partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la
verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de
las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad
alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la
revelación última de Dios: «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces
veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré
como soy conocido» (1Co 13, 12).
3. El hombre tiene muchos medios para
progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más
humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que
contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a
trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más
nobles de la humanidad. El término filosofía según la etimología griega
significa «amor a la sabiduría». De hecho, la filosofía nació y se desarrolló
desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las
cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de
verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por
qué de las cosas es inherente a su razón, aunque las respuestas que se han ido
dando se enmarcan en un horizonte que pone en evidencia la complementariedad de
las diferentes culturas en las que vive el hombre.
La gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el
desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que
ha ejercido en los modos de concebir la existencia también en Oriente. En
efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y autóctona que, como
auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en
formas puramente filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que
una forma básica del saber filosófico, presente hasta nuestros días, es
verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas
legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social.
4. De todos modos, se ha de destacar que
detrás de cada término se esconden significados diversos. Por tanto, es
necesaria una explicitación preliminar. Movido por el deseo de descubrir la
verdad última sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los
conocimientos universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la
realización de sí mismo. Los conocimientos fundamentales derivan del asombro
suscitado en él por la contemplación de la creación: el ser humano se
sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación con sus semejantes
con los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo llevará al
descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el
hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una
existencia verdaderamente personal.
La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a
elaborar, a través de la actividad filosófica, una forma de pensamiento
riguroso y a construir así, con la coherencia lógica de las afirmaciones y el
carácter orgánico de los contenidos, un saber sistemático. Gracias a este
proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas épocas, se han
alcanzado resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de
pensamiento. Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de
identificar una sola corriente con todo el pensamiento filosófico. Pero es
evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta «soberbia filosófica»
que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En
realidad, todo sistema filosófico, aun con respeto siempre de su
integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar
filosófico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de forma
coherente.
En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de
los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia
es constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los
principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad, como también en la
concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de
conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas
morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican
que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de
conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio
espiritual de la humanidad. Es como si nos encontrásemos ante una filosofía
implícita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de
forma genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son
compartidos en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia
para las diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir y formular
los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos
conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede
considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos,
recta ratio.
5. La Iglesia, por su parte, aprecia el
esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la
existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades
fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera
a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de
la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.
Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo yo
también dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa
a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad
última parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosofía moderna tiene el gran
mérito de haber concentrado su atención en el hombre. A partir de aquí, una
razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer
cada vez más y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento
complejos, que han producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber,
favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La antropología, la
lógica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje.. de alguna
manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados
positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón
misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece
haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que
lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su
condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados
esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo
debe ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar
mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso la razón saber se ha
doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la
mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosofía
moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la
propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la
capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus
límites y condicionamientos.
Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han
llevado la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un
escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas
doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba
seguro de haber alcanzado. La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a
un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las
posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos
de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual.
No se substraen a esta prevención ni siquiera algunas concepciones de vida
provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su carácter
exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en
diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva, todo
se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento
ondulante: mientras por una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse
en el camino que la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su
modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales,
hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de la cuestión radical sobre la
verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido en
el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa
desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con
falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar
hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida
humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder
recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas.
6. La Iglesia,
convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la
Revelación de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la
verdad. Por este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en
el Episcopado, con los cuales comparto la misión de anunciar «abiertamente la
verdad» (2Co 4, 2), como también a
los teólogos y filósofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los
diversos aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para
exponer algunas reflexiones sobre la vía que conduce a la verdadera sabiduría,
a fin de que quien sienta el amor por ella pueda emprender el camino adecuado
para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.
Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicción que expresan las
palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son «testigos
de la verdad divina y católica».3 Testimoniar la verdad es, pues,
una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos renunciar a la misma sin
descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad de la fe
podemos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus
capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda
recuperar y desarrollar su plena dignidad.
Hay también otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la
Encíclica Veritatis Splendor he llamado la
atención sobre «algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en
el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas».4
Con la presente Encíclica deseo continuar aquella reflexión centrando la
atención sobre el tema de la verdad y de su fundamento en relación
con la fe. No se puede negar, en efecto, que este período de rápidos y
complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales
pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensación de que se ven
privadas de auténticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la
cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre
todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que
elevan lo efímero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de
alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos
llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les
espera. Esto depende también del hecho de que, a veces, quien por vocación
estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia
especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito
inmediato en lugar del esfuerzo de la investigación paciente sobre lo que
merece ser vivido. La filosofía, que tiene la gran responsabilidad de formar el
pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la búsqueda de lo
verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria. Por eso he sentido
no sólo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para
que la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome
conciencia cada vez más clara de los grandes recursos que le han sido dados y
se comprometa con renovado ardor en llevar a cabo el plan de salvación en el
cual está inmersa su historia.
CAPITULO
I
LA REVELACION DE LA SABIDURÍA
DE DIOS
Jesús revela al Padre
7. En la base de toda la
reflexión que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria de
un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2Co 4, 1-2). El conocimiento que ella
propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese la más
alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios (cf. 1Ts 2, 13). En el origen de nuestro
ser como creyentes hay un encuentro, único en su género, en el que se
manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf. 1Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado.
«Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el
misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9):
por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres
llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina».5 Ésta
es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la
humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el
conocimiento que el hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento
verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es capaz de
alcanzar.
8. Tomando casi al pie de la letra las
enseñanzas de la Constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I y
teniendo en cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la
Constitución Dei verbum del Vaticano II
ha continuado el secular camino de la inteligencia de la fe,
reflexionando sobre la Revelación a la luz de las enseñanzas bíblicas y de toda
la tradición patrística. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres habían
puesto en evidencia el carácter sobrenatural de la revelación de Dios. La
crítica racionalista, que en aquel período atacaba la fe sobre la base de tesis
erróneas y muy difundidas, consistía en negar todo conocimiento que no fuese
fruto de las capacidades naturales de la razón. Este hecho obligó al Concilio a
sostener con fuerza que, además del conocimiento propio de la razón humana,
capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que
es peculiar de la fe. Este conocimiento expresa una verdad que se basa en el
hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy cierta porque Dios ni
engaña ni quiere engañar.6
9. El Concilio Vaticano
I enseña, pues, que la verdad alcanzada a través de la reflexión filosófica y
la verdad que proviene de la Revelación no se confunden, ni una hace superflua
la otra: «Hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su
principio, sino también por su objeto; por su principio, primeramente, porque
en uno conocemos por razón natural, y en otro por fe divina; por su objeto
también porque aparte aquellas cosas que la razón natural puede alcanzar, se
nos proponen para creer misterios escondidos en Dios de los que, a no haber
sido divinamente revelados, no se pudiera tener noticia».7 La fe,
que se funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de la
gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del conocimiento filosófico.
Éste, en efecto, se apoya sobre la percepción de los sentidos y la experiencia,
y se mueve a la luz de la sola inteligencia. La filosofía y las ciencias tienen
su puesto en el orden de la razón natural, mientras que la fe, iluminada y
guiada por el Espíritu, reconoce en el mensaje de la salvación la «plenitud de
gracia y de verdad» (cf. Jn 1, 14)
que Dios ha querido revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su
Hijo Jesucristo (cf. 1Jn 5, 9: Jn 5, 31-32).
10. En el Concilio
Vaticano II los Padres, dirigiendo su mirada a Jesús revelador, han ilustrado
el carácter salvífico de la revelación de Dios en la historia y han expresado
su naturaleza del modo siguiente: «En esta revelación, Dios invisible (cf. Co
1, 15; 1Tm 1, 17), movido de
amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía. El plan de la revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la
salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras
significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio.
La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha
revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación».8
11. La revelación de
Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, más aún, la encarnación de
Jesucristo, tiene lugar en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4). A dos mil años de distancia
de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con fuerza que «en el
cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental».9 En él
tiene lugar toda la obra de la creación y de la salvación y, sobre todo destaca
el hecho de que con la encarnación del Hijo de Dios vivimos y anticipamos ya
desde ahora lo que será la plenitud del tiempo (cf. Hb 1, 2).
La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo
y sobre su vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que
ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret.
Lo dice con palabras elocuentes la Constitución Dei
verbum: «Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de
muchas maneras por los profetas. «Ahora en esta etapa final nos ha hablado por
el Hijo» (Hb 1, 1-2). Pues envió a
su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre
los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha
carne, «hombre enviado a los hombres», habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y realiza la obra de la
salvación que el Padre le encargó (cf. Jn
5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14, 9); él, con su presencia y
manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su
muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a
plenitud toda la revelación».10
La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que
hay que recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en
plenitud sus contenidos gracias a la acción incesante del Espíritu Santo (cf. Jn 16, 13). Lo enseña asimismo la
Constitución Dei verbum cuando afirma
que «la Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad,
hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios».11
12. Así pues, la historia es el lugar
donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Él se nos
manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque
pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a
comprendernos.
La encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la
síntesis definitiva que la mente humana, partiendo de sí misma, ni tan siquiera
hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la
parte y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la revelación
de Cristo no puede encerrarse en un restringido ámbito territorial y cultural,
sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra
definitivamente válida para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en
Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y resurrección, Él ha dado la
vida divina que el primer Adán había rechazado (cf. Rm 5, 12-15). Con esta Revelación se
ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre el destino de la
historia: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio
del Verbo encarnado», afirma la Constitución Gaudium et spes.12 Fuera de esta perspectiva, el misterio
de la existencia personal resulta un enigma insoluble.¿Dónde podría el hombre
buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de
los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota del misterio de la
pasión, muerte y resurrección de Cristo?
La razón ante el misterio
13. De todos modos no hay que olvidar que la
Revelación está llena de misterio. Es verdad que con toda su vida, Jesús revela
el rostro del Padre, ya que ha venido para explicar los secretos de Dios; 13
sin embargo, el conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza
por el aspecto fragmentario y por el límite de nuestro entendimiento. Sólo la
fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente.
El Concilio enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse
con la fe».14 Con esta afirmación breve pero densa, se indica una
verdad fundamental del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la
respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su divinidad,
trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a conocer desde la
autoridad de su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de
aquello que revela. Desde la fe el hombre da su asentimiento a ese
testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e integralmente la
verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta verdad, ofrecida
al hombre y que él no puede exigir, se inserta en el horizonte de la
comunicación interpersonal e impulsa a la razón a abrirse a la misma y a acoger
su sentido profundo. Por esto el acto con el que uno confía en Dios siempre ha
sido considerado por la Iglesia como un momento de elección fundamental, en la
cual está implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al
máximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en
el cual la libertad personal se vive de modo pleno.15 En la fe,
pues, la libertad no sólo está presente, sino que es necesaria. Más aún, la fe
es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras
palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto,
¿cómo podría considerarse un uso auténtico de la libertad la negación a abrirse
hacia lo que permite la realización de sí mismo? La persona al creer lleva a
cabo el acto más significativo de la propia existencia; en él, en efecto, la
libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma.
Para ayudar a la razón, que busca la comprensión del misterio, están también
los signos contenidos en la Revelación. Estos sirven para profundizar más la
búsqueda de la verdad y permitir que la mente pueda indagar de forma autónoma
incluso dentro del misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a
la razón, porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios,
de los cuales está justamente celosa, por otra parte la empujan a ir más allá
de su misma realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual
son portadores. En ellos, por lo tanto, está presente una verdad escondida a la
que la mente debe dirigirse y de la cual no puede prescindir sin destruir el signo
mismo que se le propone.
Podemos fijarnos, en cierto modo, en el horizonte sacramental de la
Revelación y, en particular, en el signo eucarístico donde la unidad
inseparable entre la realidad y su significado permite captar la profundidad
del misterio. Cristo en la Eucaristía está verdaderamente presente y vivo, y
actúa con su Espíritu, pero como acertadamente decía Santo Tomás, «lo que no
comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la
naturaleza. Lo que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades
sublimes».16 A este respecto escribe el filósofo Pascal: «Como
Jesucristo permaneció desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad
permanece, entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. Así queda la
Eucaristía entre el pan común».17
El conocimiento de fe, en definitiva, no anula el misterio; sólo lo hace más
evidente y lo manifiesta como hecho esencial para la vida del hombre: Cristo,
el Señor, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su
vocación», 18 que es participar en el misterio de la vida trinitaria
de Dios.19
14. La enseñanza de los dos Concilios
Vaticanos abre también un verdadero horizonte de novedad para el saber
filosófico. La Revelación introduce en la historia un punto de referencia del
cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio
de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente
al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino sólo recibir y
acoger en la fe. En estos dos pasos, la razón posee su propio espacio
característico que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra
cosa que su finitud ante el misterio infinito de Dios.
Así pues, la Revelación introduce en nuestra historia una verdad universal y
última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca; más bien la empuja
a ampliar continuamente el campo del propio saber hasta que no se dé cuenta de
que no ha realizado todo lo que podía, sin descuidar nada. Nos ayuda en esta
tarea una de las inteligencias más fecundas y significativas de la historia de
la humanidad, a la cual justamente se refieren tanto la filosofía como la
teología: San Anselmo. En su Proslogion, el arzobispo de Canterbury se
expresa así: «Dirigiendo frecuentemente y con fuerza mi pensamiento a este
problema, a veces me parecía poder alcanzar lo que buscaba; otras veces, sin
embargo, se escapaba completamente de mi pensamiento; hasta que, al final,
desconfiando de poderlo encontrar, quise dejar de buscar algo que era imposible
encontrar. Pero cuando quise alejar de mí ese pensamiento porque, ocupando mi
mente, no me distrajese de otros problemas de los cuales pudiera sacar algún
provecho, entonces comenzó a presentarse con mayor importunación [...]. Pero,
pobre de mí, uno de los pobres hijos de Eva, lejano de Dios, ¿qué he empezado a
hacer y qué he logrado?¿qué buscaba y qué he logrado?¿a qué aspiraba y por qué
suspiro? [...]. Oh Señor, tú no eres solamente aquel de quien no se puede
pensar nada mayor (non solum es quo maius cogitari nequit), sino que
eres más grande de todo lo que se pueda pensar (quiddam maius quam cogitari
possit) [...]. Si tu no fueses así, se podría pensar alguna cosa más grande
que tú, pero esto no puede ser».20
15. La verdad de la
Revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos
acoger el «misterio» de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que
respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la
trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se
comprende en su totalidad la palabra del Señor: «Conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
La Revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre que
avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las
estrecheces de una lógica tecnocrática; es la última posibilidad que Dios
ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor iniciado con
la creación. El hombre deseoso de conocer lo verdadero, si aún es capaz de
mirar más allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de los propios
proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relación auténtica con su
vida, siguiendo el camino de la verdad. Las palabras del Deuteronomio se pueden
aplicar a esta situación: «Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no
son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el
cielo, para que no hayas de decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a
buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica? Ni están al otro
lado del mar, para que no hayas de decir ¿Quién irá por nosotros al otro lado
del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica? Sino que
la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la
pongas en práctica» (30, 11-14). A este texto se refiere la famosa frase del
santo filósofo y teólogo Agustín: «Noli foras ire, in te ipsum redi. In
interiore homine habitat veritas».21 A la luz de estas
consideraciones, se impone una primera conclusión: la verdad que la Revelación
nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento
elaborado por la razón. Por el contrario, ésta se presenta con la
característica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como
expresión de amor. Esta verdad relevada es anticipación, en nuestra historia,
de la visión última y definitiva de Dios que está reservada a los que creen en
Él o lo buscan con corazón sincero. El fin último de la existencia personal,
pues, es objeto de estudio tanto de la filosofía como de la teología. Ambas,
aunque con medios y contenidos diversos, miran hacia este «sendero de la vida»
(Sal 16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta última en el
gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios Uno y Trino.
CAPÍTULO
II
CREDO UT INTELLEGAM
«La sabiduría todo lo sabe y entiende» (Sb 9, 11)
16. La Sagrada Escritura nos presenta con
sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de
fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre todo los Libros sapienciales.
Lo que llama la atención en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas
de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contenga no solamente la
fe de Israel, sino también la riqueza de civilizaciones y culturas ya
desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír
de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente
reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.
No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado
quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la
verdad: «Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su
inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos
considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone
al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de
su casa y clava la clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se
alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se
cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga» (Si 14, 20-27).
Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de
conocer es una característica común a todos los hombres. Gracias a la
inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad
de alcanzar el «agua profunda» (cf. Pr
20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de
sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el
filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita concebía el
conocimiento con los parámetros propios de la época moderna, orientada
principalmente a la división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha hecho
desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento su aportación original.
¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la
convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento
de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la
historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de
ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe
sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía
de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer
comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos
acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de
la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa
en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra,
en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la
Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es significativa a este
respecto: «El corazón del hombre medita su camino, pero es el Señor quien
asegura sus pasos» (16, 9). Es decir, el hombre con la luz de la razón sabe
reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y
hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe.
La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la
posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a
Dios.
17. No hay, pues, motivo de competitividad
alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su
propio espacio de realización. El libro de los Proverbios nos sigue orientando
en esta dirección al exclamar: «Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de
los reyes escrutarla» (25, 2). Dios y el hombre, cada uno en su respectivo
mundo, se encuentran así en una relación única. En Dios está el origen de cada
cosa, en Él se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al
hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto
consiste su grandeza. Una ulterior tesela a este mosaico es puesta por el
Salmista cuando ora diciendo: «Mas para mí, (qué arduos son tus pensamientos,
oh Dios, qué incontable su suma! (Son más, si los recuento, que la arena, y al
terminar, todavía estoy contigo!» (139 [138], 17-18). El deseo de conocer es
tan grande y supone tal dinamismo que el corazón del hombre, incluso desde la
experiencia de su límite insuperable, suspira hacia la infinita riqueza que
está más allá, porque intuye que en ella está guardada la respuesta
satisfactoria para cada pregunta aún no resuelta.
18. Podemos decir, pues, que Israel con su
reflexión ha sabido abrir a la razón el camino hacia el misterio. En la
revelación de Dios ha podido sondear en profundidad lo que la razón pretendía
alcanzar sin lograrlo. A partir de esta forma de conocimiento más profunda, el
pueblo elegido ha entendido que la razón debe respetar algunas reglas de fondo
para expresar mejor su propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener
en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene
descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede
recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una conquista
personal; una tercera se funda en el «temor de Dios», del cual la razón debe
reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el
gobierno del mundo.
Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al
riesgo del fracaso y acaba por encontrarse en la situación del «necio». Para la
Biblia, en esta necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el necio se
engaña pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar
la mirada sobre las esenciales. Ello le impide poner orden en su mente (cf. Pr 1, 7) y asumir una actitud adecuada
para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega a afirmar:
«Dios no existe» (cf. Sal 14 [13], 1), muestra con claridad definitiva
lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que está de la verdad plena sobre
las cosas, sobre su origen y su destino.
19. El libro de la
Sabiduría tiene algunos textos importantes que aportan más luz a este tema. En
ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer también por medio de
la naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales coincidía
en gran parte con el saber filosófico. Después de haber afirmado que con su
inteligencia el hombre está en condiciones «de conocer la estructura del mundo
y la actividad de los elementos [...], los ciclos del año y la posición de las
estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras» (Sb 7, 17.19-20), en una palabra, que
es capaz de filosofar, el texto sagrado da un paso más de gran importancia.
Recuperando el pensamiento de la filosofía griega, a la cual parece referirse
en este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la
naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: «de la grandeza y hermosura de
las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13, 5). Se reconoce así un primer
paso de la Revelación divina, constituido por el maravilloso «libro de la
naturaleza», con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la razón humana,
se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia
no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta
de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su voluntad
libre y su pecado.
20. En esta perspectiva
la razón es valorizada, pero no sobrevalorada. En efecto, lo que ella alcanza
puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido
se sitúa en un horizonte más amplio, que es el de la fe: «Del Señor dependen
los pasos del hombre: )cómo puede el hombre conocer su camino?» (Pr 20, 24). Para el Antiguo
Testamento, pues, la fe libera la razón en cuanto le permite alcanzar
coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el
cual todo adquiere sentido. En definitiva, el hombre con la razón alcanza la
verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de cada cosa y,
en particular, de la propia existencia. Por tanto, con razón, el autor sagrado
fundamenta el verdadero conocimiento precisamente en el temor de Dios: «El
temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Pr 1, 7; cf. Si 1, 14).
«Adquiere la sabiduría, adquiere la
inteligencia» (Pr 4, 5)
21. Para el Antiguo Testamento el
conocimiento no se fundamenta solamente en una observación atenta del hombre,
del mundo y de la historia, sino que supone también una indispensable relación
con la fe y con los contenidos de la Revelación. En esto consisten los desafíos
que el pueblo elegido ha tenido que afrontar y a los cuales ha dado respuesta.
Reflexionando sobre esta condición, el hombre bíblico ha descubierto que no
puede comprenderse sino como «ser en relación»: con sí mismo, con el pueblo,
con el mundo y con Dios. Esta apertura al misterio, que le viene de la
Revelación, ha sido al final para él la fuente de un verdadero conocimiento,
que ha consentido a su razón entrar en el ámbito de lo infinito, recibiendo así
posibilidades de compresión hasta entonces insospechadas.
Para el autor sagrado el esfuerzo de la búsqueda no estaba
exento de la dificultad que supone enfrentarse con los límites de la razón.
Ello se advierte, por ejemplo, en las palabras con las que el Libro de los
Proverbios denota el cansancio debido a los intentos de comprender los
misteriosos designios de Dios (cf. 30, 1.6). Sin embargo, a pesar de la
dificultad, el creyente no se rinde. La fuerza para continuar su camino hacia
la verdad le viene de la certeza de que Dios lo ha creado como un «explorador»
(cf. Qo 1, 13), cuya misión es no
dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Apoyándose en
Dios, se dirige, siempre y en todas partes, hacia lo que es bello, bueno y
verdadero.
22. San Pablo, en el
primer capítulo de su Carta a los Romanos nos ayuda a apreciar mejor lo
incisiva que es la reflexión de los Libros Sapienciales. Desarrollando una
argumentación filosófica con lenguaje popular, el Apóstol expresa una profunda
verdad: a través de la creación los «ojos de la mente» pueden llegar a conocer
a Dios. En efecto, mediante las criaturas Él hace que la razón intuya su
«potencia» y su «divinidad» (cf. Rm 1,
20). Así pues, se reconoce a la razón del hombre una capacidad que parece
superar casi sus mismos límites naturales: no sólo no está limitada al
conocimiento sensorial, desde el momento que puede reflexionar críticamente
sobre ello, sino que argumentando sobre los datos de los sentidos puede incluso
alcanzar la causa que da lugar a toda realidad sensible. Con terminología filosófica
podríamos decir que en este importante texto paulino se afirma la capacidad
metafísica del hombre.
Según el Apóstol, en el proyecto originario de la creación, la razón tenía
la capacidad de superar fácilmente el dato sensible para alcanzar el origen
mismo de todo: el Creador. Debido a la desobediencia con la cual el hombre
eligió situarse en plena y absoluta autonomía respecto a Aquel que lo había
creado, quedó mermada esta facilidad de acceso a Dios creador.
El Libro del Génesis describe de modo plástico esta
condición del hombre cuando narra que Dios lo puso en el jardín del Edén, en
cuyo centro estaba situado el «árbol de la ciencia del bien y del mal» (2, 17).
El símbolo es claro: el hombre no era capaz de discernir y decidir por sí mismo
lo que era bueno y lo que era malo, sino que debía apelarse a un principio
superior. La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres que eran
soberanos y autónomos, y que podían prescindir del conocimiento que deriva de
Dios. En su desobediencia originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada
mujer, produciendo en la razón heridas que a partir de entonces obstaculizarían
el camino hacia la plena verdad. La capacidad humana de conocer la verdad quedó
ofuscada por la aversión hacia Aquel que es fuente y origen de la verdad. El
Apóstol sigue mostrando cómo los pensamientos de los hombres, a causa del
pecado, fueron «vanos» y los razonamientos distorsionados y orientados hacia lo
falso (cf. Rm 1, 21-22). Los ojos
de la mente no eran ya capaces de ver con claridad: progresivamente la razón se
ha quedado prisionera de sí misma. La venida de Cristo ha sido el
acontecimiento de salvación que ha redimido a la razón de su debilidad,
librándola de los cepos en los que ella misma se había encadenado.
23. La relación del cristiano con la
filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento,
especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad:
la contraposición entre «la sabiduría de este mundo» y la de Dios revelada en
Jesucristo. La profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas
habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta
este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento
histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir
sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del
sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda
filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de
reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al
fracaso. «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este
mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo?» (1Co 1, 20) se pregunta con énfasis el
Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera
sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para
acoger una novedad radical: «Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para
confundir a los sabios [...]. lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido
Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es» (1Co 1, 27-28). La sabiduría del
hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san
Pablo no duda en afirmar: «pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy
fuerte» (2Co 12, 10). El hombre no
logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios
ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo
que la razón considera «locura» y «escándalo». Hablando el lenguaje de los
filósofos contemporáneos suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la
paradoja que quiere expresar: «Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para
convertir en nada las cosas que son» (1Co
1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor
revelado en la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más
radical que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón no
puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta
puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las
palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio
de verdad, y a la vez, de salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera
imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es
portadora. (Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué
provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de
reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la
fe puede abrirse a acoger en la «locura» de la Cruz la auténtica crítica de los
que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema.
La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo
crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por
encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se
evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio
en el cual ambas pueden encontrarse.
CAPÍTULO
III
INTELLEGO UT CREDAM
Caminando en busca de la verdad
24. Cuenta el
evangelista Lucas en los Hechos de los Apóstoles que, en sus viajes misioneros,
Pablo llegó a Atenas. La ciudad de los filósofos estaba llena de estatuas que
representaban diversos ídolos. Le llamó la atención un altar y aprovechó
enseguida la oportunidad para ofrecer una base común sobre la cual iniciar el
anuncio del kerigma: «Atenienses CdijoC, veo que vosotros sois, por todos los
conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar
vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba
grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que
adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). A partir de este
momento, san Pablo habla de Dios como creador, como Aquél que transciende todas
las cosas y que ha dado la vida a todo. Continua después su discurso de este
modo: «El creó, de un sólo principio, todo el linaje humano, para que habitase
sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites
del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad,
para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra
lejos de cada uno de nosotros» (Hch
17, 26-27).
El Apóstol pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado siempre:
en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios.
Lo recuerda con énfasis también la liturgia del Viernes Santo cuando, invitando
a orar por los que no creen, nos hace decir: «Dios todopoderoso y eterno, que
creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren,
descansen en ti».22 Existe, pues, un camino que el hombre, si
quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la razón de levantarse más
allá de lo contingente para ir hacia lo infinito.
De diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que sabe
expresar este deseo íntimo. La literatura, la música, la pintura, la escultura,
la arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se
convierten en cauces a través de los cuales puede manifestar su afán de
búsqueda. La filosofía ha asumido de manera peculiar este movimiento y ha expresado,
con sus medios y según sus propias modalidades científicas, este deseo
universal del hombre.
25. «Todos los hombres desean saber» 23
y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra
cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas,
cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la
creación visible que no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe,
y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede
permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es
falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente
satisfecho. Es la lección de san Agustín cuando escribe: «He encontrado muchos
que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar».24
Con razón se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede
discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso,
formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el
motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias,
que han llevado en los últimos siglos a resultados tan significativos,
favoreciendo un auténtico progreso de toda la humanidad.
No menos importante que la investigación en el ámbito teórico es la que se
lleva a cabo en el ámbito práctico: quiero aludir a la búsqueda de la verdad en
relación con el bien que hay que realizar. En efecto, con el propio obrar ético
la persona actuando según su libre y recto querer, toma el camino de la
felicidad y tiende a la perfección. También en este caso se trata de la verdad.
He reafirmado esta convicción en la Encíclica Veritatis
Splendor: «No existe moral sin libertad [...]. Si existe el derecho de
ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes
la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y seguirla una
vez conocida».25
Es, pues, necesario que los valores elegidos y que se persiguen con la
propia vida sean verdaderos, porque solamente los valores verdaderos pueden
perfeccionar a la persona realizando su naturaleza. El hombre encuentra esta
verdad de los valores no encerrándose en sí mismo, sino abriéndose para
acogerla incluso en las dimensiones que lo transcienden. Ésta es una condición
necesaria para que cada uno llegue a ser sí mismo y crezca como persona adulta
y madura.
26. La verdad se presenta inicialmente al
hombre como un interrogante: ¿tiene sentido la vida? ¿hacia dónde se
dirige? A primera vista, la existencia personal podría presentarse como
radicalmente carente de sentido. No es necesario recurrir a los filósofos del
absurdo ni a las preguntas provocadoras que se encuentran en el libro de Job
para dudar del sentido de la vida. La experiencia diaria del sufrimiento,
propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la luz de la razón parecen
inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dramática
como la pregunta sobre el sentido.26 A esto se debe añadir que la
primera verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, además del hecho de
que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte. Frente a este dato
desconcertante se impone la búsqueda de una respuesta exhaustiva. Cada uno
quiere Cy debeC conocer la verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la
muerte será el término definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa
la muerte: si le está permitido esperar en una vida posterior o no. Es
significativo que el pensamiento filosófico haya recibido una orientación
decisiva de la muerte de Sócrates que lo ha marcado desde hace más de dos
milenios. No es en absoluto casual, pues, que los filósofos ante el hecho de la
muerte se hayan planteado de nuevo este problema junto con el del sentido de la
vida y de la inmortalidad.
27. Nadie, ni el filósofo ni el hombre
corriente, puede substraerse a estas preguntas. De la respuesta que se dé a las
mismas depende una etapa decisiva de la investigación: si es posible o no
alcanzar una verdad universal y absoluta. De por sí, toda verdad, incluso
parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad,
debe ser verdad para todos y siempre. Además de esta universalidad, sin
embargo, el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a
toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En otras
palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual
no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hipótesis
pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el
que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad
reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda.
Los filósofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y expresar
esta verdad, dando vida a un sistema o una escuela de pensamiento. Más allá de
los sistemas filosóficos, sin embargo, hay otras expresiones en las cuales el
hombre busca dar forma a una propia «filosofía». Se trata de convicciones o
experiencias personales, de tradiciones familiares o culturales o de
itinerarios existenciales en los cuales se confía en la autoridad de un
maestro. En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el deseo de
alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.
Diversas facetas de la verdad en el
hombre
28. Es necesario reconocer que no siempre
la búsqueda de la verdad se presenta con esa trasparencia ni de manera
consecuente. El límite originario de la razón y la inconstancia del corazón
oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal. Otros intereses de diverso
orden pueden condicionar la verdad. Más aún, el hombre también la evita a veces
en cuanto comienza a divisarla, porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto,
incluso cuando la evita, siempre es la verdad la que influencia su existencia;
en efecto, él nunca podría fundar la propia vida sobre la duda, la
incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente amenazada por
el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al hombre como aquél que
busca la verdad.
29. No se puede pensar que una búsqueda
tan profundamente enraizada en la naturaleza humana sea del todo inútil y vana.
La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya una
primera respuesta. El hombre no comenzaría a buscar lo que desconociese del
todo o considerase absolutamente inalcanzable. Sólo la perspectiva de poder
alcanzar una respuesta puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho esto es
lo que sucede normalmente en la investigación científica. Cuando un científico,
siguiendo una intuición suya, se pone a la búsqueda de la explicación lógica y
verificable de un fenómeno determinado, confía desde el principio que
encontrará una respuesta, y no se detiene ante los fracasos. No considera
inútil la intuición originaria sólo porque no ha alcanzado el objetivo; más
bien dirá con razón que no ha encontrado aún la respuesta adecuada.
Esto mismo es válido también para la investigación de la verdad en el ámbito
de las cuestiones últimas. La sed de verdad está tan radicada en el corazón del
hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia. Es
suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar cómo cada
uno de nosotros lleva en sí mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y
a la vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes
respuestas. Son respuestas de cuya verdad se está convencido, incluso porque se
experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que
han llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo
valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la
capacidad que el ser humano tiene de llegar, en línea de máxima, a la verdad.
30. En este momento puede ser útil hacer
una rápida referencia a estas diversas formas de verdad. Las más numerosas son
las que se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas experimentalmente.
Éste es el orden de verdad propio de la vida diaria y de la investigación
científica. En otro nivel se encuentran las verdades de carácter filosófico, a
las que el hombre llega mediante la capacidad especulativa de su intelecto. En
fin están las verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus raíces
también en la filosofía. Éstas están contenidas en las respuestas que las
diversas religiones ofrecen en sus tradiciones a las cuestiones últimas.27
En cuanto a las verdades filosóficas, hay que precisar que no se limitan a
las meras doctrinas, algunas veces efímeras, de los filósofos de profesión.
Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y posee
concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u
otro, se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de la propia
existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su
comportamiento. Es aquí donde debería plantearse la pregunta sobre la relación
entre las verdades filosófico-religiosas y la verdad revelada en Jesucristo.
Antes de contestar a esta cuestión es oportuno valorar otro dato más de la
filosofía.
31. El hombre no ha sido creado para vivir
solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en
la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de
las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también
muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el
crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan
ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del
pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean
«recuperadas» sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en
virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre
las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas
mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir
críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa
la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de
informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se
aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría
reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han
acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El
hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.
32. Cada uno, al creer, confía en los
conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una
tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia
parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse
progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la
creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la
simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no
sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de
confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima
con ellas.
Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal
no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende,
más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que
manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está
en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que
consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En
esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad.
Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza
interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en
la verdad que el otro le manifiesta.
(Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo
en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más
auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el
encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá
arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo
harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con
Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y
seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su
palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de
largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno
de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto
tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque
dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos
tener la fuerza de expresar.
33. Se puede ver así que los términos del
problema van completándose progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca
la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades
parciales, factuales o científicas; no busca sólo el verdadero bien para cada
una de sus decisiones. Su búsqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda
explicar el sentido de la vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar
solución si no es en el absoluto.28 Gracias a la capacidad del
pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital
y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía racional,
sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden
garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la
opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen
ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y
expresivos.
No se ha de olvidar que también la razón necesita ser sostenida en su
búsqueda por un diálogo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y
de desconfianza, que a veces rodea la investigación especulativa, olvida la
enseñanza de los filósofos antiguos, quienes consideraban la amistad como uno
de los contextos más adecuados para el buen filosofar.
De todo lo que he dicho hasta aquí resulta que el hombre se encuentra en un
camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de
una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreciéndole la
posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta búsqueda. En efecto,
superando el estadio de la simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en
ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el
cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino.
Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida
a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y
nostalgia.
34. Esta verdad, que
Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se
alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la
verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de
la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación
da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios
de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y
garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre
las que se apoyan los científicos confiados, 29 es el mismo que se
revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad,
natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como nos
recuerda el Apóstol: «Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús» (Ef 4, 21; cf. Co 1, 15-20). Él
es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra
encarnada, que en toda su persona 30 revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). Lo que la razón humana
busca «sin conocerlo» (Hch 17, 23),
puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en
efecto, es la «plena verdad» (cf. Jn 1,
14-16) de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en
Él su plenitud (cf. Co 1, 17).
35. Sobre la base de estas consideraciones
generales, es necesario examinar ahora de modo más directo la relación entre la
verdad revelada y la filosofía. Esta relación impone una doble consideración,
en cuanto que la verdad que nos llega por la Revelación es, al mismo tiempo,
una verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón. Sólo en esta doble
acepción, en efecto, es posible precisar la justa relación de la verdad
revelada con el saber filosófico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la
relación entre la fe y la filosofía en el curso de la historia. Desde aquí será
posible indicar algunos principios, que constituyen los puntos de referencia en
los que basarse para establecer la correcta relación entre los dos órdenes de
conocimiento.
CAPITULO
IV
RELACION ENTRE LA FE Y LA
RAZON
Etapas más significativas en el
encuentro entre la fe y la razón
36. Según el testimonio
de los Hechos de los Apóstoles, el anuncio cristiano tuvo que confrontarse
desde el inicio con las corrientes filosóficas de la época. El mismo libro
narra la discusión que san Pablo tuvo en Atenas con «algunos filósofos
epicúreos y estoicos» (17, 18). El análisis exegético del discurso en el
Areópago ha puesto de relieve repetidas alusiones a convicciones populares
sobre todo de origen estoico. Ciertamente esto no era casual. Los primeros
cristianos para hacerse comprender por los paganos no podían referirse sólo a
«Moisés y los profetas»; debían también apoyarse en el conocimiento natural de
Dios y en la voz de la conciencia moral de cada hombre (cf. Rm 1, 19-21; 2, 14-15; Hch 14, 16-17). Sin embargo, como
este conocimiento natural había degenerado en idolatría en la religión pagana
(cf. Rm 1, 21-32), el Apóstol considera más oportuno relacionar su
argumentación con el pensamiento de los filósofos, que desde siempre habían
opuesto a los mitos y a los cultos mistéricos conceptos más respetuosos de la
trascendencia divina.
En efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los filósofos del
pensamiento clásico fue purificar de formas mitológicas la concepción que los
hombres tenían de Dios. Como sabemos, también la religión griega, al igual que
gran parte de las religiones cósmicas, era politeísta, llegando incluso a
divinizar objetos y fenómenos de la naturaleza. Los intentos del hombre por
comprender el origen de los dioses y, en ellos, del universo encontraron su
primera expresión en la poesía. Las teogonías permanecen hasta hoy como el
primer testimonio de esta búsqueda del hombre. Fue tarea de los padres de la
filosofía mostrar el vínculo entre la razón y la religión. Dirigiendo la mirada
hacia los principios universales, no se contentaron con los mitos antiguos,
sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se
inició así un camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se
abría a un proceso más conforme a las exigencias de la razón universal. El
objetivo que dicho proceso buscaba era la conciencia crítica de aquello en lo
que se creía. El concepto de la divinidad fue el primero que se benefició de
este camino. Las supersticiones fueron reconocidas como tales y la religión se
purificó, al menos en parte, mediante el análisis racional. Sobre esta base los
Padres de la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo con los filósofos antiguos,
abriendo el camino al anuncio y a la comprensión del Dios de Jesucristo.
37. Al referirme a este movimiento de
acercamiento de los cristianos a la filosofía, es obligado recordar también la
actitud de cautela que suscitaban en ellos otros elementos del mundo cultural
pagano, como por ejemplo la gnosis. La filosofía, en cuanto sabiduría práctica
y escuela de vida, podía ser confundida fácilmente con un conocimiento de tipo
superior, esotérico, reservado a unos pocos perfectos. En este tipo de
especulaciones esotéricas piensa sin duda san Pablo cuando pone en guardia a
los Colosenses: «Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una
filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no
según Cristo» (2, 8). Qué actuales son las palabras del Apóstol si las
referimos a las diversas formas de esoterismo que se difunden hoy incluso entre
algunos creyentes, carentes del debido sentido crítico. Siguiendo las huellas
de san Pablo, otros escritores de los primeros siglos, en particular san Ireneo
y Tertuliano, manifiestan a su vez ciertas reservas frente a una visión
cultural que pretendía subordinar la verdad de la Revelación a las
interpretaciones de los filósofos.
38. El encuentro del cristianismo con la
filosofía no fue pues inmediato ni fácil. La práctica de la filosofía y la
asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos más un
inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y más urgente tarea era el
anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro personal capaz de llevar al
interlocutor a la conversión del corazón y a la petición del Bautismo. Sin
embargo, esto no quiere decir que ignorasen el deber de profundizar la
comprensión de la fe y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e
infundada la crítica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente
«iletrada y ruda».31 La explicación de su desinterés inicial hay que
buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con el Evangelio ofrecía una
respuesta tan satisfactoria a la cuestión, hasta entonces no resulta, sobre el
sentido de la vida, que el seguimiento de los filósofos les parecía como algo
lejano y, en ciertos aspectos, superado.
Esto resulta hoy aún más claro si se piensa en la aportación del
cristianismo que afirma el derecho universal de acceso a la verdad. Abatidas
las barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo había anunciado
desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante Dios. La primera
consecuencia de esta concepción se aplicaba al tema de la verdad. Quedaba
completamente superado el carácter elitista que su búsqueda tenía entre los
antiguos, ya que siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a
Dios, todos deben poder recorrer este camino. Las vías para alcanzar la verdad
siguen siendo muchas; sin embargo, como la verdad cristiana tiene un valor
salvífico, cualquiera de estas vías puede seguirse con tal de que conduzca a la
meta final, es decir, a la revelación de Jesucristo.
Un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo
el signo de un cauto discernimiento, fue san Justino, quien, conservando
después de la conversión una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con
fuerza y claridad que en el cristianismo había encontrado «la única filosofía
segura y provechosa».32 De modo parecido, Clemente de Alejandría
llamaba al Evangelio «la verdadera filosofía», 33 e interpretaba la
filosofía en analogía con la ley mosaica como una instrucción propedéutica a la
fe cristiana 34 y una preparación para el Evangelio.35
Puesto que «esta es la sabiduría que desea la filosofía; la rectitud del alma,
la de la razón y la pureza de la vida. La filosofía está en una actitud de amor
ardoroso a la sabiduría y no perdona esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros se
llaman filósofos los que aman la sabiduría del Creador y Maestro universal, es
decir, el conocimiento del Hijo de Dios».36 La filosofía griega,
para este autor, no tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad
cristiana; su cometido es, más bien, la defensa de la fe: «La enseñanza del
Salvador es perfecta y nada le falta, por que es fuerza y sabiduría de Dios; en
cambio, la filosofía griega con su tributo no hace más sólida la verdad; pero
haciendo impotente el ataque de la sofística e impidiendo las emboscadas
fraudulentas de la verdad, se dice que es con propiedad empalizada y muro de la
viña».37
39. En la historia de este proceso es
posible verificar la recepción crítica del pensamiento filosófico por parte de
los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se pueden encontrar,
es ciertamente significativa la figura de Orígenes. Contra los ataques lanzados
por el filósofo Celso, Orígenes asume la filosofía platónica para argumentar y
responderle. Refiriéndose a no pocos elementos del pensamiento platónico,
comienza a elaborar una primera forma de teología cristiana. En efecto, tanto
el nombre mismo como la idea de teología en cuanto reflexión racional sobre
Dios estaban ligados todavía hasta ese momento a su origen griego. En la
filosofía aristotélica, por ejemplo, con este nombre se referían a la parte más
noble y al verdadero culmen de la reflexión filosófica. Sin embargo, a la luz
de la Revelación cristiana lo que anteriormente designaba una doctrina genérica
sobre la divinidad adquirió un significado del todo nuevo, en cuanto definía la
reflexión que el creyente realizaba para expresar la verdadera doctrina sobre
Dios. Este nuevo pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hacía uso de
la filosofía, pero al mismo tiempo tendía a distinguirse claramente de ella. La
historia muestra cómo hasta el mismo pensamiento platónico asumido en la
teología sufrió profundas transformaciones, en particular por lo que se refiere
a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinización del hombre y el
origen del mal.
40. En esta obra de cristianización del
pensamiento platónico y neoplatónico, merecen una mención particular los Padres
Capadocios, Dionisio el Areopagita y, sobre todo, san Agustín. El gran Doctor
occidental había tenido contactos con diversas escuelas filosóficas, pero todas
le habían decepcionado. Cuando se encontró con la verdad de la fe cristiana,
tuvo la fuerza de realizar aquella conversión radical a la que los filósofos
frecuentados anteriormente no habían conseguido encaminarlo. El motivo lo
cuenta él mismo: «Sin embargo, desde esta época empecé ya a dar preferencia a
la doctrina católica, porque me parecía que aquí se mandaba con más modestia, y
de ningún modo falazmente, creer lo que no se demostraba Cfuese porque, aunque
existiesen las pruebas, no había sujeto capaz de ellas, fuese porque no
existiesenC, que no allí, en donde se despreciaba la fe y se prometía con
temeraria arrogancia la ciencia y luego se obligaba a creer una infinidad de
fábulas absurdísimas que no podían demostrar».38 A los mismos
platónicos, a quienes mencionaba de modo privilegiado, Agustín reprochaba que,
aun habiendo conocido la meta hacia la que tender, habían ignorado sin embargo
el camino que conduce a ella: el Verbo encarnado.39 El Obispo de
Hipona consiguió hacer la primera gran síntesis del pensamiento filosófico y
teológico en la que confluían las corrientes del pensamiento griego y latino.
En él además la gran unidad del saber, que encontraba su fundamento en el
pensamiento bíblico, fue confirmada y sostenida por la profundidad del
pensamiento especulativo. La síntesis llevada a cabo por san Agustín sería
durante siglos la forma más elevada de especulación filosófica y teológica que
el Occidente haya conocido. Gracias a su historia personal y ayudado por una
admirable santidad de vida, fue capaz de introducir en sus obras multitud de
datos que, haciendo referencia a la experiencia, anunciaban futuros desarrollos
de algunas corrientes filosóficas.
41. Varias han sido pues las formas con
que los Padres de Oriente y de Occidente han entrado en contacto con las
escuelas filosóficas. Esto no significa que hayan identificado el contenido de
su mensaje con los sistemas a que hacían referencia. La pregunta de Tertuliano:
«¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia y la Iglesia?», 40
es claro indicio de la conciencia crítica con que los pensadores cristianos,
desde el principio, afrontaron el problema de la relación entre la fe y la
filosofía, considerándolo globalmente en sus aspectos positivos y en sus
límites. No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque vivían con intensidad
el contenido de la fe, sabían llegar a las formas más profundas de la
especulación. Por consiguiente, es injusto y reductivo limitar su obra a la
sola transposición de las verdades de la fe en categorías filosóficas. Hicieron
mucho más. En efecto, fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que
todavía permanecía implícito y propedéutico en el pensamiento de los grandes
filósofos antiguos.41 Estos, como ya he dicho, habían mostrado cómo
la razón, liberada de las ataduras externas, podía salir del callejón ciego de
los mitos, para abrirse de forma más adecuada a la trascendencia. Así pues, una
razón purificada y recta era capaz de llegar a los niveles más altos de la
reflexión, dando un fundamento sólido a la percepción del ser, de lo
trascendente y de lo absoluto.
Justamente aquí está la novedad alcanzada por los Padres. Ellos acogieron
plenamente la razón abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la riqueza de
la Revelación. El encuentro no fue sólo entre culturas, donde tal vez una es
seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo lugar en lo profundo de los
espíritus, siendo un encuentro entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el
fin mismo hacia el que inconscientemente tendía por su naturaleza, la razón
pudo alcanzar el bien sumo y la verdad suprema en la persona del Verbo
encarnado. Ante las filosofías, los Padres no tuvieron miedo, sin embargo, de
reconocer tanto los elementos comunes como las diferencias que presentaban con
la Revelación. Ser conscientes de las convergencias no ofuscaba en ellos el
reconocimiento de las diferencias.
42. En la teología escolástica el papel de
la razón educada filosóficamente llega a ser aún más visible bajo el empuje de
la interpretación anselmiana del intellectus fidei. Para el santo
Arzobispo de Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con la
búsqueda propia de la razón. En efecto, ésta no está llamada a expresar un
juicio sobre los contenidos de la fe, siendo incapaz de hacerlo por no ser
idónea para ello. Su tarea, más bien, es saber encontrar un sentido y descubrir
las razones que permitan a todos entender los contenidos de la fe. San Anselmo
acentúa el hecho de que el intelecto debe ir en búsqueda de lo que ama: cuanto
más ama, más desea conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de
conocimiento que se inflama cada vez más de amor por lo que conoce, aun
debiendo admitir que no ha hecho todavía todo lo que desearía: «Ad te
videndum factus sum; et nondum feci propter quod factus sum».42
El deseo de la verdad mueve, pues, a la razón a ir siempre más allá; queda
incluso como abrumada al constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que
alcanza. En este punto, sin embargo, la razón es capaz de descubrir dónde está
el final de su camino: «Yo creo que basta a aquel que somete a un examen
reflexivo un principio incomprensible alcanzar por el raciocinio su certidumbre
inquebrantable, aunque no pueda por el pensamiento concebir el cómo de su
existencia [...]. Ahora bien, ¿qué puede haber de más incomprensible, de más
inefable que lo que está por encima de todas las cosas? Por lo cual, si todo lo
que hemos establecido hasta este momento sobre la esencia suprema está apoyado
con razones necesarias, aunque el espíritu no pueda comprenderlo, hasta el
punto de explicarlo fácilmente con palabras simples, no por eso, sin embargo,
sufre quebranto la sólida base de esta certidumbre. En efecto, si una reflexión
precedente ha comprendido de modo racional que es incomprensible (rationabiliter
comprehendit incomprehensibile esse)» el modo en que la suprema sabiduría
sabe lo que ha hecho [...], ¿quién puede explicar cómo se conoce y se llama
ella misma, de la cual el hombre no puede saber nada o casi nada».43
Se confirma una vez más la armonía fundamental del conocimiento filosófico y
el de la fe: la fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la
razón; la razón, en el culmen de su búsqueda, admite como necesario lo que la
fe le presenta.
Novedad perenne del pensamiento de
santo Tomás de Aquino
43. Un puesto singular en este largo camino
corresponde a santo Tomás, no sólo por el contenido de su doctrina, sino
también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y
hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos
descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente
aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la
razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden
ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.44
Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la
filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe,
por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia
supone la naturaleza y la perfecciona, 45 así la fe supone y
perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la
fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y
encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de
Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe,
el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha
sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo
«ejercicio del pensamiento»; la razón del hombre no queda anulada ni se
envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se
alcanzan mediante una opción libre y consciente.46
Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás
como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. En
este contexto, deseo recordar lo que escribió mi predecesor, el siervo de Dios
Pablo VI, con ocasión del séptimo centenario de la muerte del Doctor Angélico:
«No cabe duda que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda
de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez
intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con
la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por eso ha
pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo
de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de
la solución casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe,
consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del
Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y
sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural».47
44. Una de las grandes intuiciones de
santo Tomás es la que se refiere al papel que el Espíritu Santo realiza
haciendo madurar en sabiduría la ciencia humana. Desde las primeras páginas de
su Summa Theologiae 48 el Aquinate quiere mostrar la primacía de
aquella sabiduría que es don del Espíritu Santo e introduce en el conocimiento
de las realidades divinas. Su teología permite comprender la peculiaridad de la
sabiduría en su estrecho vínculo con la fe y el conocimiento de lo divino. Ella
conoce por connaturalidad, presupone la fe y formula su recto juicio a partir
de la verdad de la fe misma: «La sabiduría, don del Espíritu Santo, difiere de
la que es virtud intelectual adquirida. Pues ésta se adquiere con esfuerzo
humano, y aquélla viene de arriba, como Santiago dice. De la misma manera
difiere también de la fe, porque la fe asiente a la verdad divina por sí misma;
mas el juicio conforme con la verdad divina pertenece al don de la sabiduría».49
La prioridad reconocida a esta sabiduría no hace olvidar, sin embargo, al
Doctor Angélico la presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias:
la filosófica, basada en la capacidad del intelecto para indagar la
realidad dentro de sus límites connaturales, y la teológica,
fundamentada en la Revelación y que examina los contenidos de la fe, llegando
al misterio mismo de Dios.
Convencido profundamente de que «omne verum a quocumque dicatur a Spiritu
Sancto est», 50 santo Tomás amó de manera desinteresada la
verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo
su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la
pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de
la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó «cotas que la
inteligencia humana jamás podría haber pensado».51Con razón, pues,
se le puede llamar «apóstol de la verdad».52 Precisamente porque la
buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la
verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple
parecer.
El drama de la separación entre fe y
razón
45. Con la aparición de las primeras
universidades, la teología se confrontaba más directamente con otras formas de
investigación y del saber científico. San Alberto Magno y santo Tomás, aun
manteniendo un vínculo orgánico entre la teología y la filosofía, fueron los
primeros que reconocieron la necesaria autonomía que la filosofía y las
ciencias necesitan para dedicarse eficazmente a sus respectivos campos de
investigación. Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la legítima
distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una nefasta
separación. Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores, se
radicalizaron las posturas, llegándose de hecho a una filosofía separada y
absolutamente autónoma respecto a los contenidos de la fe. Entre las
consecuencias de esta separación está el recelo cada vez mayor hacia la razón
misma. Algunos comenzaron a profesar una desconfianza general, escéptica y
agnóstica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien para desacreditar
cualquier referencia racional posible a la misma.
En resumen, lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y
realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a
las formas más altas de la especulación, fue destruido de hecho por los
sistemas que asumieron la posición de un conocimiento racional separado de la
fe o alternativo a ella.
46. Las radicalizaciones más influyentes
son conocidas y bien visibles, sobre todo en la historia de Occidente. No es
exagerado afirmar que buena parte del pensamiento filosófico moderno se ha
desarrollado alejándose progresivamente de la Revelación cristiana, hasta
llegar a contraposiciones explícitas. En el siglo pasado, este movimiento
alcanzó su culmen. Algunos representantes del idealismo intentaron de diversos
modos transformar la fe y sus contenidos, incluso el misterio de la muerte y
resurrección de Jesucristo, en estructuras dialécticas concebibles
racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de humanismo
ateo, elaboradas filosóficamente, que presentaron la fe como nociva y alienante
para el desarrollo de la plena racionalidad. No tuvieron reparo en presentarse
como nuevas religiones creando la base de proyectos que, en el plano político y
social, desembocaron en sistemas totalitarios traumáticos para la humanidad.
En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad
positivista que, no sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión
cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relación con
la visión metafísica y moral. Consecuencia de esto es que algunos científicos,
carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el
centro de su interés la persona y la globalidad de su vida. Más aún, algunos de
ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico,
parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación
de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo.
Además, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad
el nihilismo. Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre
nuestros contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la investigación como
fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la
verdad. En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad
para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El
nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe
asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional.
47. Por otra parte, no debe olvidarse que
en la cultura moderna ha cambiado el papel mismo de la filosofía. De sabiduría
y saber universal, se ha ido reduciendo progresivamente a una de tantas
parcelas del saber humano; más aún, en algunos aspectos se la ha limitado a un
papel del todo marginal. Mientras, otras formas de racionalidad se han ido
afirmando cada vez con mayor relieve, destacando el carácter marginal del saber
filosófico. Estas formas de racionalidad, en vez de tender a la contemplación
de la verdad y a la búsqueda del fin último y del sentido de la vida, están
orientadas Co, al menos, pueden orientarseC como «razón instrumental» al
servicio de fines utilitaristas, de placer o de poder.
Desde mi primera Encíclica he señalado el peligro de absolutizar este
camino, al afirmar: «El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que
produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el
trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de
esta múltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces
imprevisible en objeto de "alienación", es decir, son pura y
simplemente arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente,
en la línea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre;
ellos están dirigidos o pueden ser dirigidos contra él. En esto parece
consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea
en su dimensión más amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez más
en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte,
sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su
genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él
mismo».53
En la línea de estas transformaciones culturales, algunos filósofos,
abandonando la búsqueda de la verdad por sí misma, han adoptado como único
objetivo el lograr la certeza subjetiva o la utilidad práctica. De aquí se
desprende como consecuencia el ofuscamiento de la auténtica dignidad de la
razón, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.
48. En este último período de la historia
de la filosofía se constata, pues, una progresiva separación entre la fe y la
razón filosófica. Es cierto que, si se observa atentamente, incluso en la
reflexión filosófica de aquellos que han contribuido a aumentar la distancia
entre fe y razón aparecen a veces gérmenes preciosos de pensamiento que,
profundizados y desarrollados con rectitud de mente y corazón, pueden ayudar a
descubrir el camino de la verdad. Estos gérmenes de pensamiento se encuentran,
por ejemplo, en los análisis profundos sobre la percepción y la experiencia, lo
imaginario y el inconsciente, la personalidad y la intersubjetividad, la
libertad y los valores, el tiempo y la historia; incluso el tema de la muerte
puede llegar a ser para todo pensador una seria llamada a buscar dentro de sí
mismo el sentido auténtico de la propia existencia. Sin embargo, esto no quita
que la relación actual entre la fe y la razón exija un atento esfuerzo de
discernimiento, ya que tanto la fe como la razón se han empobrecido y
debilitado una ante la otra. La razón, privada de la aportación de la
Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle
perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el
sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta
universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor
incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o
superstición. Del mismo modo, una razón que no tenga ante sí una fe adulta no
se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser.
No es inoportuna, por tanto, mi llamada fuerte e incisiva para que la fe y
la filosofía recuperen la unidad profunda que les hace capaces de ser
coherentes con su naturaleza en el respeto de la recíproca autonomía. A la parresía
de la fe debe corresponder la audacia de la razón.
CAPÍTULO
V
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO
EN CUESTIONES FILOSOFICAS
El discernimiento del Magisterio como
diaconía de la verdad
49. La Iglesia no propone una filosofía
propia ni canoniza una filosofía en particular con menoscabo de otras.54
El motivo profundo de esta cautela está en el hecho de que la filosofía, incluso
cuando se relaciona con la teología, debe proceder según sus métodos y sus
reglas; de otro modo, no habría garantías de que permanezca orientada hacia la
verdad, tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente controlable. De
poca ayuda sería una filosofía que no procediese a la luz de la razón según sus
propios principios y metodologías específicas. En el fondo, la raíz de la
autonomía de la que goza la filosofía radica en el hecho de que la razón está
por naturaleza orientada a la verdad y cuenta en sí misma con los medios
necesarios para alcanzarla. Una filosofía consciente de este «estatuto
constitutivo» suyo respeta necesariamente también las exigencias y las
evidencias propias de la verdad revelada.
La historia ha mostrado, sin embargo, las desviaciones y los errores en los
que no pocas veces ha incurrido el pensamiento filosófico, sobre todo moderno.
No es tarea ni competencia del Magisterio intervenir para colmar las lagunas de
un razonamiento filosófico incompleto. Por el contrario, es un deber suyo
reaccionar de forma clara y firme cuando tesis filosóficas discutibles amenazan
la comprensión correcta del dato revelado y cuando se difunden teorías falsas y
parciales que siembran graves errores, confundiendo la simplicidad y la pureza
de la fe del pueblo de Dios.
50. El Magisterio eclesiástico puede y
debe, por tanto, ejercer con autoridad, a la luz de la fe, su propio
discernimiento crítico en relación con las filosofías y las afirmaciones que se
contraponen a la doctrina cristiana.55 Corresponde al Magisterio
indicar, ante todo, los presupuestos y conclusiones filosóficas que fueran
incompatibles con la verdad revelada, formulando así las exigencias que desde
el punto de vista de la fe se imponen a la filosofía. Además, en el desarrollo
del saber filosófico han surgido diversas escuelas de pensamiento. Este
pluralismo sitúa también al Magisterio ante la responsabilidad de expresar su
juicio sobre la compatibilidad o no de las concepciones de fondo sobre las que
estas escuelas se basan con las exigencias propias de la palabra de Dios y de
la reflexión teológica.
La Iglesia tiene el deber de indicar lo que en un sistema filosófico puede
ser incompatible con su fe. En efecto, muchos contenidos filosóficos, como los
temas de Dios, del hombre, de su libertad y su obrar ético, la emplazan
directamente porque afectan a la verdad revelada que ella custodia. Cuando
nosotros los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la misión de ser
«testigos de la verdad» en el cumplimiento de una diaconía humilde pero tenaz,
que todos los filósofos deberían apreciar, en favor de la recta ratio, o sea,
de la razón que reflexiona correctamente sobre la verdad.
51. Este discernimiento no debe entenderse
en primer término de forma negativa, como si la intención del Magisterio fuera
eliminar o reducir cualquier posible mediación. Al contrario, sus
intervenciones se dirigen en primer lugar a estimular, promover y animar el
pensamiento filosófico. Por otra parte, los filósofos son los primeros que
comprenden la exigencia de la autocrítica, de la corrección de posible errores
y de la necesidad de superar los límites demasiado estrechos en los que se
enmarca su reflexión. Se debe considerar, de modo particular, que la verdad es
una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia y, aún más, sean
obra de una razón humana herida y debilitada por el pecado. De esto resulta que
ninguna forma histórica de filosofía puede legítimamente pretender abarcar toda
la verdad, ni ser la explicación plena del ser humano, del mundo y de la
relación del hombre con Dios.
Hoy además, ante la pluralidad