CARTA ENCÍCLICA
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
«Redemptoris
Mater»
SOBRE LA BIENAVENTURADA
VIRGEN MARIA
EN LA VIDA DE LA IGLESIA PEREGRINA
Venerables Hermanos
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan
de la salvación, porque « al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su
Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban
bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois
hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abbá, Padre! » (Gál 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al
comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María, (1) deseo
iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el
misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la
Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la
misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor,
nuestra filiación divina, en el misterio de la « plenitud de los tiempos ».(2)
Esta plenitud delimita el momento, fijado desde toda la
eternidad, en el cual el Padre envió a su Hijo « para que todo el que crea en
él no perezca sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Esta plenitud señala el
momento feliz en el que « la Palabra que estaba con Dios ... se hizo carne, y
puso su morada entre nosotros » (Jn 1,
1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud señala el momento
en que el Espíritu Santo, que ya había infundido la plenitud de gracia en María
de Nazaret, plasmó en su seno virginal la naturaleza humana de Cristo. Esta
plenitud define el instante en el que, por la entrada del eterno en el tiempo,
el tiempo mismo es redimido y, llenándose del misterio de Cristo, se convierte
definitivamente en « tiempo de salvación ». Designa, finalmente, el comienzo
arcano del camino de la Iglesia. En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a
María de Nazaret como a su exordio, (3) ya que en la Concepción inmaculada ve
la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la
Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos
indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que,
pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición
de esposa y madre.
2. La Iglesia, confortada por la
presencia de Cristo (cf. Mt 28, 20),
camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro del
Señor que llega. Pero en este camino —deseo destacarlo enseguida— procede
recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María, que « avanzó
en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la
Cruz ».(4) Tomo estas palabras tan densas y evocadoras de la Constitución Lumen gentium, que en su parte final traza
una síntesis eficaz de la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la Madre de
Cristo, venerada por ella como madre suya amantísima y como su figura en la fe,
en la esperanza y en la caridad.
Poco después del Concilio, mi gran predecesor Pablo VI quiso volver a hablar
de la Virgen Santísima, exponiendo en la Carta Encíclica Christi Matri ymás
tarde en las Exhortaciones Apostólicas Signum magnum y Marialis
cultus (5) los fundamentos y criterios de aquella singular veneración que
la Madre de Cristo recibe en la Iglesia, así como las diferentes formas de
devoción mariana —litúrgicas, populares y privadas— correspondientes al
espíritu de la fe.
3. La circunstancia que ahora me empuja a volver sobre este
tema es la perspectiva del año dos mil, ya cercano, en el que el Jubileo
bimilenario del nacimiento de Jesucristo orienta, al mismo tiempo, nuestra
mirada hacia su Madre. En los últimos años se han alzado varias voces para
exponer la oportunidad de hacer preceder tal conmemoración por un análogo
Jubileo, dedicado a la celebración del nacimiento de María.
En realidad, aunque no sea posible establecer un preciso punto
cronológico para fijar la fecha del nacimiento de María, es constante por
parte de la Iglesia la conciencia de que María apareció antes de Cristo en
el horizonte de la historia de la salvación.(6) Es un hecho que,
mientras se acercaba definitivamente « la plenitud de los tiempos », o sea el
acontecimiento salvífico del Emmanuel, la que había sido destinada desde la
eternidad para ser su Madre ya existía en la tierra. Este « preceder » suyo a
la venida de Cristo se refleja cada año en la liturgia de Adviento. Por
consiguiente, si los años que se acercan a la conclusión del segundo Milenio
después de Cristo y al comienzo del tercero se refieren a aquella antigua
espera histórica del Salvador, es plenamente comprensible que en este período
deseemos dirigirnos de modo particular a la que, en la « noche » de la espera
de Adviento, comenzó a resplandecer como una verdadera « estrella de la mañana
» (Stella matutina). En efecto, igual que esta estrella
junto con la « aurora » precede la salida del sol, así María desde su
concepción inmaculada ha precedido la venida del Salvador, la salida del « sol
de justicia » en la historia del género humano.(7)
Su presencia en medio de Israel —tan discreta que pasó
casi inobservada a los ojos de sus contemporáneos— resplandecía claramente ante
el Eterno, el cual había asociado a esta escondida « hija de Sión » (cf. So 3, 14; Za 2, 14) al plan salvífico que
abarcaba toda la historia de la humanidad. Con razón pues, al término del
segundo Milenio, nosotros los cristianos, que sabemos como el plan providencial
de la Santísima Trinidad sea la realidad central de la revelación y de la
fe, sentimos la necesidad de poner de relieve la presencia singular de la
Madre de Cristo en la historia, especialmente durante estos últimos años
anteriores al dos mil.
4. Nos prepara a esto el Concilio Vaticano II, presentando
en su magisterio a la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la
Iglesia. En efecto, si es verdad que « el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado » —como proclama el mismo Concilio
(8)—, es necesario aplicar este principio de modo muy particular a aquella
excepcional « hija de las generaciones humanas », a aquella « mujer »
extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el misterio de
Cristo se esclarece plenamente su misterio. Así, por lo demás, ha
intentado leerlo la Iglesia desde el comienzo. El misterio de la Encarnación le
ha permitido penetrar y esclarecer cada vez mejor el misterio de la Madre del
Verbo encarnado. En este profundizar tuvo particular importancia el Concilio de
Éfeso (a. 431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la verdad
sobre la maternidad divina de María fue confirmada solemnemente como verdad de
fe de la Iglesia. María es la Madre de Dios (Theotókos), ya que
por obra del Espíritu Santo concibió en su seno virginal y dio al mundo a
Jesucristo, el Hijo de Dios consubstancial al Padre.(9) « El Hijo de Dios...
nacido de la Virgen María... se hizo verdaderamente uno de los nuestros... »,
(10) se hizo hombre. Así pues, mediante el misterio de Cristo, en el horizonte
de la fe de la Iglesia resplandece plenamente el misterio de su Madre. A su
vez, el dogma de la maternidad divina de María fue para el Concilio de Éfeso y
es para la Iglesia como un sello del dogma de la Encarnación, en la que el
Verbo asume realmente en la unidad de su persona la naturaleza humana sin
anularla.
5. El Concilio Vaticano II, presentando a María en el
misterio de Cristo, encuentra también, de este modo, el camino para profundizar
en el conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María, como Madre de
Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia, « que el Señor
constituyó como su Cuerpo ».(11) El texto conciliar acerca significativamente
esta verdad sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza de las Cartas
paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra del Espíritu Santo
nació de María Virgen ». La realidad de la Encarnación encuentra casi su
prolongación en el misterio de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede
pensarse en la realidad misma de la Encarnación sin hacer referencia a María,
Madre del Verbo encarnado.
En las presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre
todo a aquella « peregrinación de la fe », en la que « la Santísima Virgen
avanzó », manteniendo fielmente su unión con Cristo.(12) De esta manera aquel doble
vínculo, que une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere
un significado histórico. No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen
Madre, de su personal camino de fe y de la « parte mejor » que ella tiene en el
misterio de la salvación, sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios,
de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María « precedió
», convirtiéndose en « tipo de la Iglesia ... en el orden de la fe, de la
caridad y de la perfecta unión con Cristo ».(13) Este « preceder » suyo
como tipo, o modelo, se refiere al mismo misterio íntimo de la Iglesia, la
cual realiza su misión salvífica uniendo en sí —como María— las cualidades de madre
y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe prometida al
Esposo » y que « se hace también madre ... pues ... engendra a una vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios
».(14)
6. Todo esto se realiza en un gran proceso histórico y, por
así decir, « en un camino ». La peregrinación de la fe indica la historia
interior, es decir la historia de las almas. Pero ésta es también la
historia de los hombres, sometidos en esta tierra a la transitoriedad y
comprendidos en la dimensión de la historia. En las siguientes reflexiones deseamos
concentrarnos ante todo en la fase actual, que de por sí no es aún historia, y
sin embargo la plasma sin cesar, incluso en el sentido de historia de la
salvación. Aquí se abre un amplio espacio, dentro del cual la bienaventurada
Virgen María sigue « precediendo » al Pueblo de Dios. Suexcepcional
peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la
Iglesia, para los individuos y comunidades, para los pueblos y naciones, y, en
cierto modo, para toda la humanidad. De veras es difícil abarcar y medir su
radio de acción.
El Concilio subraya que la Madre de Dios es ya el
cumplimiento escatológico de la Iglesia: « La Iglesia ha alcanzado en la
Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga
(cf. Ef 5, 27) » yal mismo tiempo
que « los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente
al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como
modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos ».(15) La
peregrinación de la fe ya no pertenece a la Madre del Hijo de Dios; glorificada
junto al Hijo en los cielos, María ha superado ya el umbral entre la fe y la
visión « cara a cara » (1Co 13, 12).
Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento escatológico no deja de ser
la « Estrella del mar » (Maris Stella) (16) para todos los
que aún siguen el camino de la fe. Si alzan los ojos hacia ella en los diversos
lugares de la existencia terrena lo hacen porque ella « dio a luz al Hijo, a
quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29) », (17) y también porque a
la « generación y educación » de estos hermanos y hermanas « coopera con amor
materno ».(18)
I PARTE
MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
7. « Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo » (Ef 1, 3). Estas palabras de la Carta
a los Efesios revelan el eterno designio de Dios Padre, su plan de
salvación del hombre en Cristo. Es un plan universal, que comprende a todos los
hombres creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26). Todos, así como están
incluidos « al comienzo » en la obra creadora de Dios, también están incluidos
eternamente en el plan divino de la salvación, que se debe revelar
completamente, en la « plenitud de los tiempos », con la venida de Cristo. En
efecto, Dios, que es « Padre de nuestro Señor Jesucristo, —son las palabras
sucesivas de la misma Carta— « nos ha elegido en él antes de la
fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el
amor; eligiéndonos de antemano para ser sus « hijos adoptivos por medio de
Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de
su gracia, con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio
de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su
gracia » (Ef 1, 4-7).
El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con
la venida de Cristo, es eterno. Está también —según la enseñanza contenida en
aquella Carta y en otras Cartas paulinas— eternamente unido a
Cristo.Abarca a todos los hombres, pero reserva un lugar particular a la « mujer
» que es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la
salvación.(19) Como escribe el Concilio Vaticano II, « ella misma es insinuada
proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado
», según el libro del Génesis (cf. 3, 15). « Así también, ella es la
Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel », según
las palabras de Isaías (cf. 7, 14).(20) De este modo el Antiguo Testamento
prepara aquella « plenitud de los tiempos », en que Dios « envió a su Hijo,
nacido de mujer, ... para que recibiéramos la filiación adoptiva ». La venida
del Hijo de Dios al mundo es el acontecimiento narrado en los primeros
capítulos de los Evangelios según Lucas y Mateo.
8. María es introducida definitivamente
en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la
anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de
la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios.
El mensajero divino dice a la Virgen: « Alégrate, llena de gracia, el Señor está
contigo » (Lc 1, 28). María
« se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo » (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas extraordinarias
palabras y, en concreto, la expresión « llena de gracia » (Kejaritoméne).(21)
Si queremos meditar junto a María sobre estas palabras y,
especialmente sobre la expresión « llena de gracia », podemos encontrar una
verificación significativa precisamente en el pasaje anteriormente citado de la
Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del mensajero celestial, la
Virgen de Nazaret es llamada también « bendita entre las mujeres » (cf. Lc 1, 42), esto se explica por aquella
bendición de la que « Dios Padre » nos ha colmado « en los cielos, en Cristo ».
Es una bendición espiritual, que se refiere a todos los hombres, y lleva
consigo la plenitud y la universalidad (« toda bendición »), que brota del amor
que, en el Espíritu Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo
tiempo, es una bendición derramada por obra de Jesucristo en la historia del
hombre desde el comienzo hasta el final: a todos los hombres. Sin embargo, esta
bendición se refiere a María de modo especial y excepcional; en efecto,
fue saludada por Isabel como « bendita entre las mujeres ».
La razón de este doble saludo es, pues, que en el alma de esta « hija de
Sión » se ha manifestado, en cierto sentido, toda la « gloria de su gracia »,
aquella con la que el Padre « nos agració en el Amado ». El mensajero saluda,
en efecto, a María como « llena de gracia »; la llama así, como si éste fuera
su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio
en el registro civil: « Miryam » (María), sino con este nombre nuevo:
«llena de gracia ». ¿Qué significa este nombre? ¿Porqué el arcángel llama así a
la Virgen de Nazaret?
En el lenguaje de la Biblia « gracia » significa un don
especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida
trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cf. 1Jn 4, 8). Fruto de este amor es la
elección, de la que habla la Carta a los Efesios. Por parte de Dios
esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la
participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación
en la participación de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno, de
esta gracia de la elección del hombre, es como un germen de santidad, o
como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la
gracia vivifica y santifica a los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir,
se hace realidad aquella bendición del hombre « con toda clase de bendiciones
espirituales », aquel « ser sus hijos adoptivos ... en Cristo » o sea en aquel
que es eternamente el « Amado » del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María « llena de
gracia », el contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y promesas
antiguas, nos da a entender que se trata de una bendición singular entre todas
las « bendiciones espirituales en Cristo ». En el misterio de Cristo María está
presente ya « antes de la creación del mundo » como aquella que el Padre
« ha elegido » como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el
Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad.
María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e
igualmente es amada en este « Amado »eternamente, en este
Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra toda « la gloria de la
gracia ». A la vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este « don de lo
alto » (cf. St 1, 17). Como enseña
el Concilio, María « sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El
esperan con confianza la salvación ».(22)
9. Si el saludo y el nombre « llena de gracia » significan
todo esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la
elección de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo tiempo, la
plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María
porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es
fundamental para el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a
la humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de
hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del
todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el
misterio de Cristo.
El mensajero divino le dice: « No temas, María, porque has
hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un
Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del
Altísimo » (Lc 1, 30-32). Y cuando
la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: « ¿Cómo será
esto, puesto que no conozco varón? », recibe del ángel la confirmación y la explicación
de las palabras precedentes. Gabriel le dice: « El Espíritu Santo vendrá
sobre ti yel poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha
de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación es la revelación del misterio de la
Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. El donarse
salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la
creación, y directamente al hombre, alcanza en el misterio de la Encarnación
uno de sus vértices. En efecto, este es un vértice entre todas las
donaciones de gracia en la historia del hombre y del cosmos. María es « llena
de gracia », porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de
Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como
afirma el Concilio, María es « Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija
predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan
eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas ».(23)
10. La Carta a los Efesios, al
hablar de la « historia de la gracia » que « Dios Padre ... nos agració en el
Amado », añade: « En él tenemos por medio de su sangre la redención » (Ef 1, 7). Según la doctrina, formulada
en documentos solemnes de la Iglesia, esta « gloria de la gracia » se ha
manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido redimida « de un
modo eminente ».(24) En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón
de los méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de
la herencia del pecado original.(25) De esta manera, desde el primer instante
de su concepción, es decir de su existencia, es de Cristo, participa de la
gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el «
Amado », el Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido
en su propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el orden de la
gracia, o sea de la participación en la naturaleza divina, María recibe la
vida de aquel al que ella misma dio la vida como madre, en el orden de la
generación terrena. La liturgia no duda en llamarla « madre de su Progenitor »
(26) y en saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca de San
Bernardo: « hija de tu Hijo ».(27) Y dado que esta « nueva vida » María la
recibe con una plenitud que corresponde al amor del Hijo a la Madre y, por consiguiente,
a la dignidad de la maternidad divina, en la anunciación el ángel la llama «
llena de gracia ».
11. En el designio salvífico de la
Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante
de la promesa hecha por Dios a los hombres, después del pecado
original, después de aquel primer pecado cuyos efectos pesan sobre toda la
historia del hombre en la tierra (cf. Gn
3, 15). Viene al mundo un Hijo, el « linaje de la mujer » que derrotará el
mal del pecado en su misma raíz: « aplastará la cabeza de la serpiente ». Como
resulta de las palabras del protoevangelio, la victoria del Hijo de la mujer no
sucederá sin una dura lucha, que penetrará toda la historia humana. « La
enemistad », anunciada al comienzo, es confirmada en el Apocalipsis, libro de
las realidades últimas de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de nuevo la
señal de la « mujer », esta vez « vestida del sol » (Ap 12, 1).
María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el
centro mismo de aquella « enemistad », de aquella lucha que acompaña
la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación.
En este lugar ella, que pertenece a los « humildes y pobres del Señor », lleva
en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella « gloria de la gracia
» que el Padre « nos agració en el Amado », y esta gracia determina la
extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante
Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable
de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina: «
Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo, ... eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos » (Ef 1, 4.5). Esta elección es más
fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella « enemistad »
con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue
siendo una señal de esperanza segura.
2. Feliz la que ha creído
12. Poco después de la narración de la
anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de
Nazaret hacia « una ciudad de Judá » (Lc
1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim,
situada entre las montañas, no distante de Jerusalén. María llegó allí « con
prontitud » para visitar a Isabel su pariente. El motivo de la visita se
halla también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había
nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido
de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: « Mira, también Isabel, tu
pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de
aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible a Dios »(Lc 1, 36-37). El mensajero divino se
había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para responder a la
pregunta de María: « ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? » (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente
por el « poder del Altísimo », como y más aún que en el caso de Isabel.
Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa
de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo
saltar de gozo al niño en su seno, « llena de Espíritu Santo », a su vez saluda
a María en alta voz: « Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto
de tu seno » (cf. Lc 1, 40-42).
Esta exclamación o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave
María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en
una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más significativas son
todavía las palabras de Isabel en la pregunta que sigue: « ¿de donde a mí que la
madre de mi Señor venga a mí? »(Lc 1, 43). Isabel da testimonio de
María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor, la Madre del
Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en su
seno: « saltó de gozo el niño en su seno » (Lc 1, 44). EL niño es el futuro Juan
el Bautista, que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido
y, sin embargo, parece ser de importancia fundamental lo que dice al
final: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor! » (Lc 1, 45).(28) Estas palabras se pueden
poner junto al apelativo « llena de gracia » del saludo del ángel. En ambos
textos se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad sobre
María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio de Cristo
precisamente porque « ha creído ». La plenitud de gracia, anunciada por
el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por
Isabel en la visitación, indica como la Virgen de Nazaret ha
respondido a este don.
13. « Cuando Dios revela hay que
prestarle la obediencia de la fe » (Rm 16, 26; cf. Rm 1, 5; 2Co 10, 5-6), por la que el hombre se
confía libre y totalmente a Dios, como enseña el Concilio.(29) Esta descripción
de la fe encontró una realización perfecta en María. El momento « decisivo »
fue la anunciación, y las mismas palabras de Isabel « Feliz la que ha creído »
se refieren en primer lugar a este instante.(30)
En efecto, en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente,
manifestando « la obediencia de la fe » a aquel que le hablaba a través de su
mensajero y prestando « el homenaje del entendimiento y de la voluntad ».(31)
Ha respondido, por tanto, con todo su « yo » humano, femenino,
y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con «
la gracia de Dios que previene y socorre » y una disponibilidad perfecta a la
acción del Espíritu Santo, que, « perfecciona constantemente la fe por medio de
sus dones ».(32)
La palabra del Dios viviente, anunciada a María por el
ángel, se refería a ella misma « vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un
hijo » (Lc 1, 31). Acogiendo este
anuncio, María se convertiría en la « Madre del Señor » y en ella se realizaría
el misterio divino de la Encarnación: « El Padre de las misericordias quiso que
precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada ».(33)
Y María da este consentimiento, después de haber escuchado todas las palabras
del mensajero. Dice: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra » (Lc 1, 38). Este fiat
de María —« hágase en mí »— ha decidido, desde el punto de vista humano, la
realización del misterio divino. Se da una plena consonancia con las palabras
del Hijo que, según la Carta a los Hebreos, al venir al mundo dice al
Padre: « Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo
... He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad » (Hb 10, 5-7). El misterio de la
Encarnación se ha realizado en el momento en el cual María ha pronunciado su fiat:
« hágase en mí según tu palabra », haciendo posible, en cuanto concernía a
ella según el designio divino, el cumplimiento del deseo de su Hijo. María ha
pronunciado este fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a
Dios sin reservas y « se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del
Señor, a la persona y a la obra de su Hijo ».(34) Y este Hijo —como enseñan los
Padres— lo ha concebido en la mente antes que en el seno: precisamente por
medio de la fe.(35) Justamente, por ello, Isabel alaba a María: « ¡Feliz la que
ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas por parte del
Señor! ». Estas palabras ya se han realizado. María de Nazaret se presenta en
el umbral de la casa de Isabel y Zacarías como Madre del Hijo de Dios. Es el
descubrimiento gozoso de Isabel: « ¿de donde a mí que la Madre de mi Señor
venga a mí? ».
14. Por lo tanto, la fe de María puede parangonarse
también a la de Abraham, llamado por el Apóstol « nuestro padre en la fe
» (cf. Rm 4, 12). En la economía
salvífica de la revelación divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la
Antigua Alianza; la fe de María en la anunciación da comienzo a la Nueva
Alianza. Como Abraham « esperando contra toda esperanza, creyó y fue
hecho padre de muchas naciones » (cf. Rm
4, 18), así María, en el instante de la anunciación, después de haber
manifestado su condición de virgen (« ¿cómo será esto, puesto que no conozco
varón? »), creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu
Santo, se convertiría en la Madre del Hijo de Dios según la revelación del
ángel: « el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Sin embargo las palabras de Isabel « Feliz la que ha
creído » no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la anunciación.
Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la fe de María a
la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de donde inicia todo
su « camino hacia Dios », todo su camino de fe. Y sobre esta vía, de modo
eminente y realmente heroico —es mas, con un heroísmo de fe cada vez mayor— se
efectuará la « obediencia » profesada por ella a la palabra de la divina
revelación. Y esta « obediencia de la fe » por parte de María a lo largo de
todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham. Como el
patriarca del Pueblo de Dios, así también María, a través del camino de su fiat
filial y maternal, « esperando contra esperanza, creyó ». De modo especial
a lo largo de algunas etapas de este camino la bendición concedida a « la que
ha creído » se revelará con particular evidencia. Creer quiere decir «
abandonarse » en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y
reconociendo humildemente « ¡cuan insondables son sus designios e inescrutables
sus caminos! » (Rm 11, 33).
María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse,
en el centro mismo de aquellos « inescrutables caminos » y de los « insondables
designios » de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando
plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio
divino.
15. María, cuando en la anunciación
siente hablar del Hijo del que será madre y al que « pondrá por nombre Jesús »
(Salvador), llega a conocer también que a el mismo « el Señor Dios le dará el trono
de David, su padre » y que « reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su
reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33)
En esta dirección se encaminaba la esperanza de todo el pueblo de Israel. EL
Mesías prometido debe ser « grande », e incluso el mensajero celestial anuncia
que « será grande », grande tanto por el nombre de Hijo del
Altísimo como por asumir la herencia de David. Por lo tanto, debe
ser rey, debe reinar « en la casa de Jacob ». María ha crecido en medio de esta
expectativa de su pueblo, podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué
significado preciso tenían las palabras del ángel? ¿Cómo conviene entender
aquel « reino » que no « tendrá fin »?
Aunque por medio de la fe se haya sentido en aquel
instante Madre del « Mesías-rey », sin embargo responde: « He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38 ). Desde el
primer momento, María profesa sobre todo « la obediencia de la fe »,
abandonándose al significado que, a las palabras de la anunciación, daba aquel
del cual provenían: Dios mismo.
16. Siempre a través de este camino de la
« obediencia de la fe » María oye algo más tarde otras palabras; las
pronunciadas por Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta días después
del nacimiento de Jesús, según lo prescrito por la Ley de Moisés, María y José
« llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor » (Lc 2, 22) El nacimiento se había dado
en una situación de extrema pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que, con ocasión
del censo de la población ordenado por las autoridades romanas, María se
dirigió con José a Belén; no habiendo encontrado « sitio en el alojamiento », dio
a luz a su hijo en un establo y «le acostó en un pesebre » (cf. Lc 2, 7).
Un hombre justo y piadoso, llamado Simeón, aparece al
comienzo del « itinerario » de la fe de María. Sus palabras, sugeridas por el
Espíritu Santo (cf. Lc 2, 25-27),
confirman la verdad de la anunciación. Leemos, en efecto, que « tomó en brazos
» al niño, al que —según la orden del ángel— « se le dio el nombre de Jesús »
(cf. Lc 2, 21). El discurso de
Simeón es conforme al significado de este nombre, que quiere decir Salvador: «
Dios es la salvación ». Vuelto al Señor, dice lo siguiente: « Porque han visto
mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 30-32). Al mismo tiempo, sin
embargo, Simeón se dirige a María con estas palabras: « Este está puesto para
caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ...
a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones »; y
añade con referencia directa a María: « y a ti misma una espada te atravesará
el alma (Lc 2, 34-35). Las palabras
de Simeón dan nueva luz al anuncio que María ha oído del ángel: Jesús es el
Salvador, es « luz para iluminar » a los hombres. ¿No es aquel que se
manifestó, en cierto modo, en la Nochebuena, cuando los pastores fueron
al establo? ¿No es aquel que debía manifestarse todavía más con la llegada de
los Magos del Oriente?(cf. Mt 2,
1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya al comienzo de su vida, el Hijo de
María —y con él su Madre— experimentarán en sí mismos la verdad de las
restantes palabras de Simeón: « Señal de contradicción » (Lc 2, 34). El anuncio de Simeón parece
como un segundo anuncio a María, dado que le indica la concreta
dimensión histórica en la cual el Hijo cumplirá su misión, es decir en la
incomprensión y en el dolor. Si por un lado, este anuncio confirma su fe en el
cumplimiento de las promesas divinas de la salvación, por otro, le revela
también que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del
Salvador que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa. En efecto,
después de la visita de los Magos, después de su homenaje (« postrándose le
adoraron »), después de ofrecer unos dones (cf. Mt 2, 11), María con el niño debe
huir a Egipto bajo la protección diligente de José, porque « Herodes
buscaba al niño para matarlo » (cf. Mt
2, 13). Y hasta la muerte de Herodes tendrán que permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15).
17. Después de la muerte de Herodes,
cuando la sagrada familia regresa a Nazaret, comienza el largo período de la
vida oculta. La que « ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor » (Lc 1, 45)
vive cada día el contenido de estas palabras. Diariamente junto a ella está el
Hijo a quien ha puesto por nombre Jesús; por consiguiente, en la
relación con él usa ciertamente este nombre, que por lo demás no podía
maravillar a nadie, usándose desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin embargo,
María sabe que el que lleva por nombre Jesús ha sido llamado por el
ángel « Hijo del Altísimo » (cf. Lc 1, 32). María sabe que lo ha
concebido y dado a luz « sin conocer varón », por obra del Espíritu Santo, con
el poder del Altísimo que ha extendido su sombra sobre ella (cf. Lc 1, 35), así como la nube velaba la
presencia de Dios en tiempos de Moisés y de los padres (cf. Ex 24, 16; 40, 34-35; 1Rm 8,
10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo dado a luz virginalmente, es
precisamente aquel « Santo », el « Hijo de Dios », del que le ha hablado el
ángel.
A lo largo de la vida oculta de Jesús en la casa de
Nazaret, también la vida de María está « oculta con Cristo en Dios »
(cf. Co 3, 3), por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con
el misterio de Dios. María constantemente y diariamente está en contacto con el
misterio inefable de Dios que se ha hecho hombre, misterio que supera todo lo
que ha sido revelado en la Antigua Alianza. Desde el momento de la anunciación,
la mente de la Virgen-Madre ha sido introducida en la radical « novedad » de la
autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del misterio. Es la primera de
aquellos « pequeños », de los que Jesús dirá: « Padre ... has ocultado estas
cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños » (Mt 11, 25). Pues « nadie conoce bien
al Hijo sino el Padre » (Mt 11, 27).
¿Cómo puede, pues, María « conocer al Hijo »? Ciertamente no lo conoce como el
Padre; sin embargo, es la primera entre aquellos a quienes el Padre « lo
ha querido revelar » (cf. Mt 11, 26-27;
1Co 2, 11). Pero si desde el
momento de la anunciación le ha sido revelado el Hijo, que sólo el Padre conoce
plenamente, como aquel que lo engendra en el eterno « hoy » (cf. Sal 2, 7), María, la Madre, está en
contacto con la verdad de su Hijo únicamente en la fe y por la fe. Es, por
tanto, bienaventurada, porque « ha creído » y cree cada día en medio de
todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego
durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde « vivía sujeto a ellos » (Lc 2, 51): sujeto a María y también a
José, porque éste hacía las veces de padre ante los hombres; de ahí que el Hijo
de María era considerado también por las gentes como « el hijo del carpintero »
(Mt 13, 55).
La Madre de aquel Hijo, por consiguiente,
recordando cuanto le ha sido dicho en la anunciación y en los acontecimientos
sucesivos, lleva consigo la radical « novedad » de la fe: el inicio de la
Nueva Alianza. Esto es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y
agradable nueva. No es difícil, pues, notar en este inicio una particular
fatiga del corazón, unida a una especie de a noche de la fe » —usando una
expresión de San Juan de la Cruz—, como un « velo » a través del cual hay que
acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio.(36) Pues de este
modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de
su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús « progresaba
en sabiduría ... en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más
ante los ojos de los hombres la predilección que Dios sentía por él. La primera
entre estas criaturas humanas admitidas al descubrimiento de Cristo era María ,
que con José vivía en la casa de Nazaret.
Pero, cuando, después del encuentro en el templo, a la
pregunta de la Madre: « ¿por qué has hecho esto? », Jesús, que tenía doce
años, responde « ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? »,
y el evangelista añade: « Pero ellos (José y María) no comprendieron la
respuesta que les dio » (Lc 2, 48-50)
Por lo tanto, Jesús tenía conciencia de que « nadie conoce bien al Hijo sino el
Padre » (cf. Mt 11, 27), tanto que
aun aquella, a la cual había sido revelado más profundamente el misterio de su
filiación divina, su Madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo por
medio de la fe. Hallándose al lado del hijo, bajo un mismo techo y «
manteniendo fielmente la unión con su Hijo », « avanzaba en la peregrinación
de la fe », como subraya el Concilio.(37) Y así sucedió a lo largo de la
vida pública de Cristo (cf. Mc 3, 21,
35); de donde, día tras día, se cumplía en ella la bendición pronunciada por
Isabel en la visitación: « Feliz la que ha creído ».
18. Esta bendición alcanza su pleno
significado, cuando María está junto a la Cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma que
esto sucedió « no sin designio divino »: « se condolió vehementemente con su
Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con
amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma »; de este modo
María « mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz »: (38) la unión
por medio de la fe, la misma fe con la que había acogido la revelación del
ángel en el momento de la anunciación. Entonces había escuchado las palabras: «
El será grande ... el Señor Dios le dará el trono de David, su padre ...
reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María es testigo,
humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su
Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. « Despreciable y desecho de
hombres, varón de dolores ... despreciable y no le tuvimos en cuenta »: casi
anonadado (cf. Is 53, 35) ¡Cuan
grande, cuan heroica en esos momentos la obediencia de la fe demostrada
por María ante los « insondables designios » de Dios! ¡Cómo se « abandona en
Dios » sin reservas, « prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad
» (39) a aquel, cuyos « caminos son inescrutables »! (cf. Rm 11, 33). Y a la vez ¡cuan poderosa
es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del
Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!
Por medio de esta fe María está unida perfectamente a
Cristo en su despojamiento. En efecto, « Cristo, ... siendo de condición
divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí
mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres »;
concretamente en el Gólgota « se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la
muerte y muerte de cruz » (cf. Flp 2,
5-8).A los pies de la Cruz María participa por medio de la fe en el
desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez la más profunda
« kénosis » de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la
Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero a
diferencia de la de los discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada.
Jesús en el Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado definitivamente ser el
« signo de contradicción », predicho por Simeón. Al mismo tiempo, se han
cumplido las palabras dirigidas por él a María: « ¡y a ti misma una espada te
atravesará el alma! ».(40)
19. ¡Sí, verdaderamente « feliz la que ha creído »! Estas
palabras, pronunciadas por Isabel después de la anunciación, aquí, a los pies
de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace penetrante la
fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir, desde el interior mismo del
misterio de la redención, se extiende el radio de acción y se dilata la
perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta « hasta el comienzo » y,
como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido,
se convierte en el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad contenidas
en el pecado de los primeros padres. Así enseñan los Padres de la Iglesia y, de
modo especial, San Ireneo, citado por la Constitución Lumen gentium: « El nudo de la desobediencia de
Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la
incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe », (41) A la luz de
esta comparación con Eva los Padres —como recuerda todavía el Concilio— llaman
a María « Madre de los vivientes » y afirman a menudo: a la muerte vino por
Eva, por María la vida ».(42)
Con razón, pues, en la expresión « feliz la que ha creído » podemos
encontrar como una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a
la que el ángel ha saludado como « llena de gracia ». Si como a llena de gracia
» ha estado presente eternamente en el misterio de Cristo, por la fe se
convertía en partícipe en toda la extensión de su itinerario terreno: « avanzó
en la peregrinación de la fe » y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo
y eficaz, hacía presente a los hombres el misterio de Cristo. Y sigue
haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo está presente entre los
hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara también el misterio de
la Madre.
3. Ahí tienes a tu madre
20. El evangelio de Lucas recoge el
momento en el que « alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo,
dirigiéndose a Jesús: « ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos
que te criaron! » (Lc 11, 27).
Estas palabras constituían una alabanza para María como madre de Jesús, según
la carne. La Madre de Jesús quizás no era conocida personalmente por esta
mujer. En efecto, cuando Jesús comenzó su actividad mesiánica, María no le
acompañaba y seguía permaneciendo en Nazaret. Se diría que las palabras de
aquella mujer desconocida le hayan hecho salir, en cierto modo, de su
escondimiento.
A través de aquellas palabras ha pasado rápidamente por la
mente de la muchedumbre, al menos por un instante, el evangelio de la infancia
de Jesús. Es el evangelio en que María está presente como la madre que concibe
a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta maternalmente: la madre-nodriza,
a la que se refiere aquella mujer del pueblo. Gracias a esta maternidad
Jesús —Hijo del Altísimo (cf. Lc 1,
32)— es un verdadero hijo del hombre. Es «carne », como todo hombre:
es « el Verbo (que) se hizo carne » (cf. Jn
1, 14). Es carne y sangre de María.(43)
Pero a la bendición proclamada por aquella mujer respecto
a su madre según la carne, Jesús responde de manera significativa: « Dichosos
más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (cf. Lc 11, 28). Quiere quitar la atención
de la maternidad entendida sólo como un vínculo de la carne, para orientarla
hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la
observancia de la palabra de Dios.
El mismo paso a la esfera de los valores espirituales se
delinea aun más claramente en otra respuesta de Jesús, recogida por todos los
Sinópticos. Al ser anunciado a Jesús que su « madre y sus hermanos están fuera
y quieren verle », responde: « Mi madre y mis hermanos son aquellos
que oyen la Palabra de Dios y la cumplen » (cf. Lc 8, 20-21). Esto dijo « mirando en
torno a los que estaban sentados en corro », como leemos en Marcos (3, 34) o,
según Mateo (12, 49) « extendiendo su mano hacia sus discípulos ».
Estas expresiones parecen estar en la línea de lo que Jesús, a la edad de
doce años, respondió a María y a José, al ser encontrado después de tres
días en el templo de Jerusalén.
Así pues, cuando Jesús se marchó de Nazaret y dio comienzo
a su vida pública en Palestina, ya estaba completa y exclusivamente «
ocupado en las cosas del Padre » (cf. Lc 2, 49). Anunciaba el Reino: « Reino
de Dios » y « cosas del Padre », que dan también una dimensión nueva y un
sentido nuevo a todo lo que es humano y, por tanto, a toda relación humana,
respecto a las finalidades y tareas asignadas a cada hombre. En esta dimensión
nueva un vínculo, como el de la « fraternidad », significa también una cosa
distinta de la « fraternidad según la carne », que deriva del origen común de
los mismos padres. Y aun la « maternidad », en la dimensión del reino
de Dios, en la esfera de la paternidad de Dios mismo, adquiere un significado
diverso. Con las palabras recogidas por Lucas Jesús enseña precisamente
este nuevo sentido de la maternidad.
¿Se aleja con esto de la que ha sido su madre según la
carne? ¿Quiere tal vez dejarla en la sombra del escondimiento, que ella misma
ha elegido? Si así puede parecer en base al significado de aquellas palabras,
se debe constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta, de la que
Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a María de un modo
especialísimo. ¿No es tal vez María la primera entre «aquellos que
escuchan la Palabra de Dios y la cumplen »? Y por consiguiente ¿no se
refiere sobre todo a ella aquella bendición pronunciada por Jesús en respuesta
a las palabras de la mujer anónima? Sin lugar a dudas, María es digna de
bendición por el hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne («
¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! »), pero también y
sobre todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la palabra de
Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque « guardaba »
la palabra y « la conservaba cuidadosamente en su corazón » (cf. Lc 1, 38.45; 2, 19. 51 ) y la cumplía
totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto, que el elogio pronunciado
por Jesús no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado por la
mujer desconocida, sino que viene a coincidir con ella en la persona de esta
Madre-Virgen, que se ha llamado solamente « esclava del Señor » (Lc 1, 38).Sies cierto que « todas las
generaciones la llamarán bienaventurada » (cf. Lc 1, 48), se puede decir que aquella
mujer anónima ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquel versículo
profético del Magníficat de María y dar comienzo al Magníficat de
los siglos.
Si por medio de la fe María se ha convertido en la
Madre del Hijo que le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu
Santo, conservando íntegra su virginidad, en la misma fe ha descubierto y
acogido la otra dimensión de la maternidad, revelada por Jesús durante su
misión mesiánica. Se puede afirmar que esta dimensión de la maternidad
pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el momento de la concepción y
del nacimiento del Hijo. Desde entonces era « la que ha creído ». A medida que
se esclarecía ante sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma
como Madre se abría cada vez más a aquella « novedad »de la
maternidad, que debía constituir su « papel » junto al Hijo. ¿No había
dicho desde el comienzo: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra »? (Lc 1, 38). Por medio de
la fe María seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que se hacía cada
vez más transparente, de un modo « que excede todo conocimiento » (Ef 3, 19), la autorrevelación del Dios
viviente. María madre se convertía así, en cierto sentido, en la primera «
discípula » de su Hijo, la primera a la cual parecía decir: «
Sígueme » antes aún de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra
persona (cf. Jn 1, 43).
21. Bajo este punto de vista, es
particularmente significativo el texto del Evangelio de Juan, que nos
presenta a María en las bodas de Caná. María aparece allí como Madre de Jesús
al comienzo de su vida pública: « Se celebraba una boda en Caná de Galilea y
estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus
discípulos (Jn 2, 1-2). Según el
texto resultaría que Jesús y sus discípulos fueron invitados junto con María,
dada su presencia en aquella fiesta: el Hijo parece que fue invitado en razón
de la madre. Es conocida la continuación de los acontecimientos concatenados
con aquella invitación, aquel « comienzo de las señales » hechas por Jesús —el
agua convertida en vino—, que hace decir al evangelista: Jesús « manifestó su
gloria, y creyeron en él sus discípulos » (Jn 2, 11).
María está presente en Caná de Galilea como Madre de
Jesús, y de modo significativo contribuye a aquel « comienzo de las
señales », que revelan el poder mesiánico de su Hijo. He aquí que: « como
faltaba vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen vino". Jesús le
responde: « ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora » (Jn 2, 3-4). En el Evangelio de
Juan aquella « hora » significa el momento determinado por el Padre, en el que
el Hijo realiza su obra y debe ser glorificado (cf. Jn 7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1;
17, 1; 19, 27).Aunque la respuesta de Jesús a su madre parezca como un rechazo
(sobre todo si se mira, más que a la pregunta, a aquella decidida afirmación: «
Todavía no ha llegado mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los criados
y les dice: « Haced lo que él os diga » (Jn
2, 5). Entonces Jesús ordena a los criados llenar de agua las tinajas, y el
agua se convierte en vino, mejor del que se había servido antes a los invitados
al banquete nupcial.
¿Qué entendimiento profundo se ha dado entre Jesús y su
Madre? ¿Cómo explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De todos modos
el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho se delinea ya con
bastante claridad la nueva dimensión, el nuevo sentido de la
maternidad de María. Tiene un significado que no está contenido
exclusivamente en las palabras de Jesús y en los diferentes episodios citados
por los Sinópticos (Lc 11, 27-28;
8, 19-21; Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35). En estos textos Jesús
intenta contraponer sobre todo la maternidad, resultante del hecho mismo del
nacimiento, a lo que esta « maternidad » (al igual que la « fraternidad ») debe
ser en la dimensión del Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad
de Dios. En el texto joánico, por el contrario, se delinea en la descripción
del hecho de Caná lo que concretamente se manifiesta como nueva maternidad
según el espíritu y no únicamente según la carne, o sea la solicitud de
María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus
necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la
indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia « No tienen vino
»). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades
del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de
la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da
una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus
privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone « en medio »,
o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre,
consciente de que como tal puede —más bien « tiene el derecho de »— hacer
presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto,
tiene un carácter de intercesión: María « intercede » por los hombres. No sólo:
como Madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es
decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar
al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida.
Precisamente como había predicho del Mesías el Profeta Isaías en el conocido
texto, al que Jesús se ha referido ante sus conciudadanos de Nazaret « Para
anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos ... » (cf. Lc 4, 18).
Otro elemento esencial de esta función materna de María se encuentra en las
palabras dirigidas a los criados: « Haced lo que él os diga ». La Madre de
Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora
de aquellas exigencias que deben cumplirse. para que pueda manifestarse el
poder salvífico del Mesías. En Caná, merced a la intercesión de María y a la
obediencia de los criados, Jesús da comienzo a « su hora ». En Caná María
aparece como la que cree en Jesús; sufe provoca la primera « señal » y
contribuye a suscitar la fe de los discípulos.
22. Podemos decir, por tanto, que en esta
página del Evangelio de Juan encontramos como un primer indicio de la verdad
sobre la solicitud materna de María. Esta verdad ha encontrado su expresión en
el magisterio del último Concilio. Es importante señalar cómo la función
materna de María es ilustrada en su relación con la mediación de Cristo. En
efecto, leemos lo siguiente: « La misión maternal de María hacia los hombres de
ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más
bien muestra su eficacia », porque « hay un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre también » (1Tm 2, 5). Esta función materna
brota, según el beneplácito de Dios, « de la superabundancia de los méritos de
Cristo... de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud ».(44) Y
precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos ofrece como
una predicción de la mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo
y encaminada a la revelación de su poder salvífico.
Por el texto joánico parece que se trata de una mediación maternal. Como
proclama el Concilio: María « es nuestra Madre en el orden de la gracia ». Esta
maternidad en el orden de la gracia ha surgido de su misma maternidad divina,
porque siendo, por disposición de la divina providencia, madre-nodriza del
divino Redentor se ha convertido de « forma singular en la generosa
colaboradora entre todas las creaturas y la humilde esclava del Señor » y que «
cooperó ... por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en
la restauración de la vida sobrenatural de las almas ».(45) « Y esta maternidad
de María perdura sin cesar en la economía de la gracia ... hasta la
consumación de todos los elegidos ».(46)
23. Si el pasaje del Evangelio de Juan
sobre el hecho de Caná presenta la maternidad solícita de María al comienzo de
la actividad mesiánica de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta
maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su momento
culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su
misterio pascual. La descripción de Juan es concisa: « Junto a la cruz de
Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre. María, mujer de Cleofás, y
María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien
amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dice al
discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa » (Jn 19, 25-27).
Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular
atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tan grande dolor. Sin embargo,
sobre el significado de esta atención el « testamento de la Cruz » de Cristo
dice aún más. Jesús ponía en evidencia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del
que confirma solemnemente toda la verdad y realidad. Se puede decir que, si la
maternidad de María respecto de los hombres ya había sido delineada
precedentemente, ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge de
la definitiva maduración del misterio pascual del Redentor. La Madre de
Cristo, encontrándose en el campo directo de este misterio que abarca al hombre
—a cada uno y a todos—, es entregada al hombre —a cada uno y a todos— como
madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, « el discípulo que él amaba ».(47)
Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en llamar a
María « Madre de Cristo, madre de los hombres ». Pues, está « unida en
la estirpe de Adán con todos los hombres...; más aún, es verdaderamente madre
de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la
Iglesia los fieles ».(48)
Por consiguiente, esta « nueva maternidad de María », engendrada por la fe,
es fruto del « nuevo » amor, que maduró en ella
definitivamente junto a la Cruz, por medio de su participación en el amor
redentor del Hijo.
24. Nos encontramos así en el centro
mismo del cumplimiento de la promesa, contenida en el protoevangelio: el «
linaje de la mujer pisará la cabeza de la serpiente » (cf. Gn 3, 15).Jesucristo, en efecto, con
su muerte redentora vence el mal del pecado y de la muerte en sus mismas
raíces. Es significativo que, al dirigirse a la madre desde lo alto de la Cruz,
la llame « mujer » y le diga: « Mujer, ahí tienes a tu hijo ». Con la misma
palabra, por otra parte, se había dirigido a ella en Caná (cf. Jn 2, 4). ¿Cómo dudar que
especialmente ahora, en el Gólgota, esta frase no se refiera en profundidad al
misterio de María, alcanzando el singular lugar que ella ocupa en toda la
economía de la salvación?Como enseña el Concilio, con María, « excelsa Hija
de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos
y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la
naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su
carne ».(49)
Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan que la
maternidad de su madre encuentra una « nueva » continuación en la
Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y representada por Juan. De
este modo, la que como « llena de gracia » ha sido introducida en el misterio
de Cristo para ser su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por medio de la
Iglesia permanece en aquel misterio como « la mujer » indicada
por el libro del Génesis (3, 15) al comienzo y por el Apocalipsis (12,
1)al final de la historia de la salvación. Según el eterno designio de la
Providencia la maternidad divina de María debe derramarse sobre la Iglesia,
como indican algunas afirmaciones de la Tradición para las cuales la «
maternidad » de María respecto de la Iglesia es el reflejo y la prolongación de
su maternidad respecto del Hijo de Dios.(50)
Ya el momento mismo del nacimiento de la Iglesia y de su
plena manifestación al mundo, según el Concilio, deja entrever esta continuidad
de la maternidad de María: « Como quiera que plugo a Dios no manifestar
solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu
prometido por Cristo, vemos a los apóstoles antes del día de Pentecostés
"perseverar unánimemente en la oración, con las mujeres y María
la Madre de Jesús y los hermanos de Este" (Hch 1, 14); y a María implorando con
sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra
en la anunciación ».(51)
Por consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del
Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la
encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une
estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de
Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el
camino del « nacimiento del Espíritu ». Así la que está presente en el misterio
de Cristo como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu
Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue
siendo una presencia materna, como indican las palabras pronunciadas en
la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre ».
II PARTE
LA MADRE DE DIOS EN EL CENTRO DE
LA IGLESIA PEREGRINA
1. La Iglesia, Pueblo de Dios radicado en todas las naciones de la
tierra
25. « La Iglesia, "va peregrinando
entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios", (52)
anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1Co 11, 26) ».(53) « Así como el
pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna
vez Iglesia de Dios (cf. 2 Esd 13, 1;
Nm 20, 4; Dt 23, 1 ss.), así el
nuevo Israel... se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt 16, 18), porque El la adquirió con
su sangre (cf. Hch 20, 28), la
llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y
social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como
autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia
convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad
salutífera para todos y cada uno ».(54)
El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en camino,
estableciendo una analogía con el Israel de la Antigua Alianza en camino a
través del desierto. El camino posee un carácter incluso exterior, visible
en el tiempo y en el espacio, en el que se desarrolla históricamente. La
Iglesia, en efecto, debe « extenderse por toda la tierra », y por esto « entra en
la historia humana rebasando todos los límites de tiempo y de lugares ».(55)
Sin embargo, el carácter esencial de su camino es interior. Se
trata de una peregrinación a través de la fe, por « la fuerza del Señor
Resucitado », (56) de una peregrinación en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia
como invisible Consolador (parákletos)(cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 7): «
Caminando, pues, la Iglesia a través de los peligros y de tribulaciones, de tal
forma se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le
prometió ... y no deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu
Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso ».(57)
Precisamente en este camino —peregrinación eclesial— a
través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las
almas, María está presente, como la que es « feliz porque ha creído »,
como la que avanzaba « en la peregrinación de la fe », participando como
ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade el Concilio que « María
... habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, en cierta
manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe ».(58) Entre
todos los creyentes es como un « espejo », donde se reflejan del
modo más profundo y claro « las maravillas de Dios » (Hch 2, 11).
26.La Iglesia, edificada por Cristo sobre
los apóstoles, se hace plenamente consciente de estas grandes obras de Dios el
día de Pentecostés, cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el
Espíritu les concedía expresarse » (Hch
2, 4). Desde aquel momento inicia también aquel camino de fe,
la peregrinación de la Iglesia a través de la historia de los hombres y
de los pueblos. Se sabe que al comienzo de este camino está presente María, que
vemos en medio de los apóstoles en el cenáculo « implorando con sus ruegos el
don del Espíritu ».(59)
Su camino de fe es, en cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha
descendido a ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la anunciación,
acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje del entendimiento
y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El »,
más aún abandonándose plenamente en Dios por medio de « la obediencia de la fe
», (60) por la que respondió al ángel: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra ». El camino de fe de María, a la que vemos orando en el
cenáculo, es por lo tanto « más largo » que el de los demás reunidos allí:
María les « precede », « marcha delante de » ellos.(61) El momento de
Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado, además de la Cruz, por el momento
de la Anunciación en Nazaret. En el cenáculo el itinerario de María se
encuentra con el camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?
Entre los que en el cenáculo eran asiduos en la oración,
preparándose para ir « por todo el mundo » después de haber recibido el
Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por Jesús sucesivamente
desde el inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían sido
constituidos apóstoles, ya ellos Jesús había transmitido la misión que él
mismo había recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os envío »
(Jn 20, 21), había dicho a los
apóstoles después de la resurrección. Y cuarenta días más tarde, antes de
volver al Padre, había añadido: cuando « el Espíritu Santo vendrá sobre
vosotros ... seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra »
(cf. Hch 1, 8). Esta misión de los
apóstoles comienza en el momento de su salida del cenáculo de Jerusalén. La
Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio que Pedro y los demás
apóstoles dan de Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5,
30-32).
María no ha recibido directamente esta misión
apostólica. No se encontraba entre los que Jesús envió « por todo el mundo
para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt
28, 19), cuando les confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el
cenáculo, donde los apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la venida
del Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María «
perseveraba en la oración » como « madre de Jesús » (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo
crucificado y resucitado. Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban « a
Jesús como autor de la salvación », (62) era consciente de que Jesús era el
Hijo de María, y que ella era su madre, y como tal era, desde el momento de la
concepción y del nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús, de
aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y confirmado con la Cruz
y la resurrección. La Iglesia, por tanto, desde el primer momento, « miró » a
María, a través de Jesús, como « miró » a Jesús a través de María. Ella fue
para la Iglesia de entonces y de siempre un testigo singular de los años de la
infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba
cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).
Pero en la Iglesia de entonces y de siempre María ha sido y
es sobre todo la que es « feliz porque ha creído »: ha sido la primera en
creer. Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el
momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso tras paso a
Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió a través de los años de su
vida oculta en Nazaret; lo siguió también en el período de la separación
externa, cuando él comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch 1, 1 ) en Israel; lo
siguió sobre todo en la experiencia trágica del Gólgota. Mientras María se
encontraba con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la
Iglesia, se confirmaba su fe, nacida de las palabras de la
anunciación. El ángel le había dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y
vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande..
reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33). Los recientes
acontecimientos del Calvario habían cubierto de tinieblas aquella promesa; y ni
siquiera bajo la Cruz había disminuido la fe de María. Ella también, como
Abraham, había sido la que « esperando contra toda esperanza, creyó » (Rm 4, 18). Y he aquí que, después de
la resurrección, la esperanza había descubierto su verdadero rostro y la
promesa había comenzado a transformarse en realidad. En efecto, Jesús,
antes de volver al Padre, había dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo » (Mt
28, 19.20). Así había hablado el que, con su resurrección, se reveló
como el triunfador de la muerte, como el señor del reino que « no tendrá fin »,
conforme al anuncio del ángel.
27. Ya en los albores de la Iglesia, al comienzo del largo
camino por medio de la fe que comenzaba con Pentecostés en Jerusalén, María estaba
con todos los que constituían el germen del « nuevo Israel ». Estaba presente
en medio de ellos como un testigo excepcional del misterio de Cristo. Y la
Iglesia perseveraba constante en la oración junto a ella y, al mismo tiempo, « la
contemplaba a la luz del Verbo hecho hombre ». Así sería siempre. En
efecto, cuando la Iglesia « entra más profundamente en el sumo misterio de la
Encarnación », piensa en la Madre de Cristo con profunda veneración y
piedad.(63) María pertenece indisolublemente al misterio de Cristo y pertenece
además al misterio de la Iglesia desde el comienzo, desde el día de su
nacimiento. En la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo, de lo que
debe ser constantemente, a través de las generaciones, en medio de todas las
naciones de la tierra, se encuentra la que « ha creído que se cumplirían las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor » (Lc 1, 45). Precisamente esta
fe de María, que señala el comienzo de la nueva y eterna Alianza de Dios con la
humanidad en Jesucristo, esta heroica fe suya « precede » el
testimonio apostólico de la Iglesia, y permanece en el corazón de la
Iglesia, escondida como un especial patrimonio de la revelación de Dios. Todos
aquellos que, a lo largo de las generaciones, aceptando el testimonio apostólico
de la Iglesia participan de aquella misteriosa herencia, en cierto sentido,
participan de la fe de María.
Las palabras de Isabel « feliz la que ha creído » siguen
acompañando a María incluso en Pentecostés, la siguen a través de las
generaciones, allí donde se extiende, por medio del testimonio apostólico y del
servicio de la Iglesia, el conocimiento del misterio salvífico de Cristo. De
este modo se cumple la profecía del Magníficat: « Me felicitarán
todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo » (Lc 1, 48-49).
En efecto, al conocimiento del misterio de Cristo sigue la bendición de su
Madre bajo forma de especial veneración para la Theotókos. Pero en esa
veneración está incluida siempre la bendición de su fe. Porque la Virgen de
Nazaret ha llegado a ser bienaventurada por medio de esta fe, de acuerdo con
las palabras de Isabel. Los que a través de los siglos, de entre los diversos
pueblos y naciones de la tierra, acogen con fe el misterio de Cristo, Verbo
encarnado y Redentor del mundo, no sólo se dirigen con veneración y recurren
con confianza a María como a su Madre, sino que buscan en su fe el sostén
para la propia fe. Y precisamente esta participación viva de la fe de María
decide su presencia especial en la peregrinación de la Iglesia como nuevo
Pueblo de Dios en la tierra.
28. Como afirma el Concilio: « María ... habiendo entrado
íntimamente en la historia de la salvación ... mientras es predicada y honrada
atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del Padre
».(64) Por lo tanto, en cierto modo la fe de María, sobre la base del
testimonio apostólico de la Iglesia, se convierte sin cesar en la fe del pueblo
de Dios en camino: de las personas y comunidades, de los ambientes y asambleas,
y finalmente de los diversos grupos existentes en la Iglesia. Es una fe que se
transmite al mismo tiempo mediante el conocimiento y el corazón. Se adquiere o
se vuelve a adquirir constantemente mediante la oración. Por tanto « también en
su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a
Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente
para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los
fieles ».(65)
Ahora, cuando en esta peregrinación de la fe nos acercamos
al final del segundo Milenio cristiano, la Iglesia, mediante el magisterio del
Concilio Vaticano II, llama la atención sobre lo que ve en sí misma. como un «
único Pueblo de Dios ... radicado en todas las naciones de la tierra », y sobre
la verdad según la cual todos los fieles, aunque a esparcidos por el haz de la
tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás », (66) de suerte que se
puede decir que en esta unión se realiza constantemente el misterio de
Pentecostés. Al mismo tiempo, los apóstoles y los discípulos del Señor, en
todas las naciones de la tierra « perseveran en la oración en compañía de
María, la madre de Jesús » (cf. Hch 1, 14). Constituyendo a través de
las generaciones « el signo del Reino » que no es de este mundo, (67) ellos son
asimismo conscientes de que en medio de este mundo tienen que reunirse con
aquel Rey, al que han sido dados en herencia los pueblos (Sal 2, 8), al que el Padre ha dado «
el trono de David su padre », por lo cual « reina sobre la casa de Jacob por
los siglos y su reino no tendrá fin ».
En este tiempo de vela María, por medio de la misma fe que la hizo
bienaventurada especialmente desde el momento de la anunciación, está presente
en la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el
Reino de su Hijo.(68) Esta presencia de María encuentra múltiples medios de
expresión en nuestros días al igual que a lo largo de la historia de la
Iglesia. Posee también un amplio radio de acción; por medio de la fe y la
piedad de los fieles, por medio de las tradiciones de las familias cristianas o
« iglesias domésticas », de las comunidades parroquiales y misioneras, de los
institutos religiosos, de las diócesis, por medio de la fuerza atractiva e
irradiadora de los grandes santuarios, en los que no sólo los individuos o
grupos locales, sino a veces naciones enteras y continentes, buscan el
encuentro con la Madre del Señor, con la que es bienaventurada porque ha
creído; es la primera entre los creyentes y por esto se ha convertido en Madre
del Emmanuel. Este es el mensaje de la tierra de Palestina, patria espiritual
de todos los cristianos, al ser patria del Salvador del mundo y de su Madre.
Este es el mensaje de tantos templos que en Roma y en el mundo entero la fe
cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Este es el mensaje de los centros
como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de los otros diseminados en las distintas
naciones, entre los que no puedo dejar de citar el de mi tierra natal Jasna
Gora. Tal vez se podría hablar de una específica a « geografía » de la fe y de
la piedad mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación del
Pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en
el ámbito de la materna presencia de « la que ha creído », la consolidación de
la propia fe. En efecto, en la fe de María, ya en la anunciación y
definitivamente junto a la Cruz, se ha vuelto a abrir por parte del hombre
aquel espacio interior en el cual el eterno Padre puede colmarnos « con
toda clase de bendiciones espirituales »: el espacio « de la nueva y eterna
Alianza ».(69) Este espacio subsiste en la Iglesia, que es en Cristo como « un
sacramento ... de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano ».(70)
En la fe, que María profesó en la Anunciación como « esclava del Señor » y
en la que sin cesar « precede » al « Pueblo de Dios » en camino por toda la
tierra, la Iglesia « tiende eficaz y constantemente a recapitular la
Humanidad entera ... bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu
».(71)
2. El camino de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos
29. « El Espíritu promueve en todos los
discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que todos se unan en
paz, en un rebaño y bajo un solo pastor, como Cristo determinó ».(72)El
camino de la Iglesia, de modo especial en nuestra época, está marcado por el
signo del ecumenismo; los cristianos buscan las vías para reconstruir la
unidad, por la que Cristo invocaba al Padre por sus discípulos el día antes de
la pasión: « para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has
enviado »(Jn 17, 21). Por
consiguiente, la unidad de los discípulos de Cristo es un gran signo para
suscitar la fe del mundo, mientras su división constituye un escándalo.(73)
El movimiento ecuménico, sobre la base de una conciencia más lúcida y
difundida de la urgencia de llegar a la unidad de todos los cristianos, ha
encontrado por parte de la Iglesia católica su expresión culminante en el
Concilio Vaticano II. Es necesario que los cristianos profundicen en sí mismos
y en cada una de sus comunidades aquella « obediencia de la fe », de la que
María es el primer y más claro ejemplo. Y dado que « antecede con su luz al
pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y consuelo »,
ofrece gran gozo y consuelo para este sacrosanto Concilio el hecho de que
tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido
honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales
».(74)
30. Los cristianos saben que su unidad se
conseguirá verdaderamente sólo si se funda en la unidad de su fe. Ellos deben
resolver discrepancias de doctrina no leves sobre el misterio y ministerio de
la Iglesia, y a veces también sobre la función de María en la obra de la
salvación.(75) Los diferentes coloquios, tenidos por la Iglesia católica con
las Iglesias y las Comunidades eclesiales de Occidente, (76) convergen cada vez
más sobre estos dos aspectos inseparables del mismo misterio de la
salvación. Si el misterio del Verbo encarnado nos permite vislumbrar el
misterio de la maternidad divina y si, a su vez, la contemplación de la Madre
de Dios nos introduce en una comprensión más profunda del misterio de la Encarnación,
lo mismo se debe decir del misterio de la Iglesia y de la función de María en
la obra de la salvación. Profundizando en uno y otro, iluminando el uno por
medio del otro, los cristianos deseosos de hacer —como les recomienda su Madre—
lo que Jesús les diga (cf. Jn 2, 5),
podrán caminar juntos en aquella « peregrinación de la fe », de la que María es
todavía ejemplo y que debe guiarlos a la unidad querida por su único Señor y
tan deseada por quienes están atentamente a la escucha de lo que hoy « el
Espíritu dice a las Iglesias » (Ap 2, 7.11.
17).
Entre tanto es un buen auspicio que estas Iglesias y Comunidades eclesiales
concuerden con la Iglesia católica en puntos fundamentales de la fe cristiana,
incluso en lo concerniente a la Virgen María. En efecto, la reconocen como
Madre del Señor y consideran que esto forma parte de nuestra fe en Cristo,
verdadero Dios y verdadero hombre. Estas Comunidades miran a María que, a los
pies de la Cruz, acoge como hijo suyo al discípulo amado, el cual a su vez la
recibe como madre.
¿Por qué, pues, no mirar hacia ella todos juntos como a nuestra Madre
común, que reza por la unidad de la familia de Dios y que « precede » a
todos al frente del largo séquito de los testigos de la fe en el único Señor,
el Hijo de Dios, concebido en su seno virginal por obra del Espíritu Santo?
31. Por otra parte, deseo subrayar cuan profundamente
unidas se sienten la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa y las antiguas
Iglesias orientales por el amor y por la alabanza a la Theotókos. No
sólo « los dogmas fundamentales de la fe cristiana: los de la Trinidad y del
Verbo encarnado en María Virgen han sido definidos en concilios ecuménicos celebrados
en Oriente », (77) sino también en su culto litúrgico « los Orientales ensalzan
con himnos espléndidos a María siempre Virgen ... y Madre Santísima de Dios
».(78)
Los hermanos de estas Iglesias han conocido vicisitudes complejas, pero su
historia siempre ha transcurrido con un vivo deseo de compromiso cristiano y de
irradiación apostólica, aunque a menudo haya estado marcada por persecuciones
incluso cruentas. Es una historia de fidelidad al Señor, una auténtica «
peregrinación de la fe » a través de lugares y tiempos durante los cuales los
cristianos orientales han mirado siempre con confianza ilimitada a la Madre del
Señor, la han celebrado con encomio y la han invocado con oraciones incesantes.
En los momentos difíciles de la probada existencia cristiana « ellos se
refugiaron bajo su protección », (79) conscientes de tener en ella una ayuda
poderosa. Las Iglesias que profesan la doctrina de Éfeso proclaman a la Virgen
« verdadera Madre de Dios », ya que a nuestro Señor Jesucristo, nacido del Padre
antes de los siglos según la divinidad, en los últimos tiempos, por nosotros y
por nuestra salvación, fue engendrado por María Virgen Madre de Dios según la
carne ».(80) Los Padres griegos y la tradición bizantina, contemplando la
Virgen a la luz del Verbo hecho hombre, han tratado de penetrar en la
profundidad de aquel vínculo que une a María, como Madre de Dios, con Cristo y
la Iglesia: la Virgen es una presencia permanente en toda la extensión del
misterio salvífico.
Las tradiciones coptas y etiópicas han sido introducidas en esta
contemplación del misterio de María por san Cirilo de Alejandría y, a su vez,
la han celebrado con abundante producción poética.(81) El genio poético de san
Efrén el Sirio, llamado « la cítara del Espíritu Santo », ha cantado
incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda la
tradición de la Iglesia siríaca.(82) En su panegírico sobre la Theotókos, san
Gregorio de Narek, una de las glorias más brillantes de Armenia, con fuerte
inspiración poética, profundiza en los diversos aspectos del misterio de la
Encarnación, y cada uno de los mismos es para él ocasión de cantar y exaltar la
dignidad extraordinaria y la magnífica belleza de la Virgen María, Madre del
Verbo encarnado.(83)
No sorprende, pues, que María ocupe un lugar privilegiado en el culto de las
antiguas Iglesias orientales con una abundancia incomparable de fiestas y de
himnos.
32. En la liturgia bizantina, en todas las horas del Oficio
divino, la alabanza a la Madre está unida a la alabanza al Hijo y a la que, por
medio del Hijo, se eleva al Padre en el Espíritu Santo. En la anáfora o
plegaria eucarística de san Juan Crisóstomo, después de la epíclesis, la
comunidad reunida canta así a la Madre de Dios: « Es verdaderamente justo
proclamarte bienaventurada, oh Madre de Dios, porque eres la muy
bienaventurada) toda pura y Madre de nuestro Dios. Te ensalzamos, porque eres
más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los
serafines. Tú, que sin perder tu virginidad, has dado al mundo el Verbo de
Dios. Tú, que eres verdaderamente la Madre de Dios ».
Estas alabanzas, que en cada celebración de la liturgia eucarística se
elevan a María, han forjado la fe, la piedad y la oración de los fieles. A lo
largo de los siglos han conformado todo el comportamiento espiritual de los
fieles, suscitando en ellos una devoción profunda hacia la « Toda Santa Madre
de Dios ».
33. Se conmemora este año el XII
centenario del II Concilio ecuménico de Nicea (a. 787), en el que, al final de
la conocida controversia sobre el culto de las sagradas imágenes, fue definido
que, según la enseñanza de los santos Padres y la tradición universal de la
Iglesia, se podían proponer a la veneración de los fieles, junto con la Cruz,
también las imágenes de la Madre de Dios, de los Ángeles y de los Santos, tanto
en las iglesias como en las casas y en los caminos.(84) Esta costumbre se ha
mantenido en todo el Oriente y también en Occidente. Las imágenes de la Virgen
tienen un lugar de honor en las iglesias y en las casas. María está
representada o como trono de Dios, que lleva al Señor y lo entrega a los
hombres (Theotókos), o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria),
o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la presencia divina en
el camino de los fieles hasta el día del Señor (Deisis), o como
protectora que extiende su manto sobre los pueblos (Pokrov), o como
misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen es representada
habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que lleva en brazos: es la relación
con el Hijo la que glorifica a la Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa);
otras veces, hierática, parece absorta en la contemplación de aquel que es
Señor de la historia (cf. Ap 5, 9-14).(85)
Conviene recordar también el Icono de la Virgen de Vladimir que ha
acompañado constantemente la peregrinación en la fe de los pueblos de la
antigua Rus'. Se acerca el primer milenio de la conversión al cristianismo de
aquellas nobles tierras: tierras de personas humildes, de pensadores y de
santos. Los Iconos son venerados todavía en Ucrania, en Bielorusia y en Rusia
con diversos títulos; son imágenes que atestiguan la fe y el espíritu de
oración de aquel pueblo, el cual advierte la presencia y la protección de la
Madre de Dios. En estos Iconos la Virgen resplandece como la imagen de la
divina belleza, morada de la Sabiduría eterna, figura de la orante, prototipo
de la contemplación, icono de la gloria: aquella que, desde su vida terrena, poseyendo
la ciencia espiritual inaccesible a los razonamientos humanos, con la fe ha
alcanzado el conocimiento más sublime. Recuerdo, también, el Icono de la Virgen
del cenáculo, en oración con los apóstoles a la espera del Espíritu. ¿No podría
ser ésta como un signo de esperanza para todos aquellos que, en el diálogo
fraterno, quieren profundizar su obediencia de la fe?
34. Tanta riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas
manifestaciones de la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que ésta
vuelva a respirar plenamente con sus « dos pulmones », Oriente y Occidente.
Como he dicho varias veces, esto es hoy más necesario que nunca. Sería una
ayuda valiosa para hacer progresar el diálogo actual entre la Iglesia católica
y las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente.(86) Sería también, para
la Iglesia en camino, la vía para cantar y vivir de manera más perfecta su Magníficat.
3. El Magníficat de la Iglesia en camino
35. La Iglesia, pues, en la presente fase de su camino,
trata de buscar la unión de quienes profesan su fe en Cristo para manifestar la
obediencia a su Señor que, antes de la pasión, ha rezado por esta unidad. La
Iglesia « va peregrinando .. anunciando la cruz del Señor hasta que venga
».(87) « Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones,
se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida
para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne,
antes al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción
del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella
luz que no conoce ocaso ».(88)
La Virgen Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo
de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del
Magníficat que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja
de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos. Lo prueba su
recitación diaria en la liturgia de las Vísperas y en otros muchos momentos de
devoción tanto personal como comunitaria.
« Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre »
(Lc 1, 46-55).
36. Cuando Isabel saludó a la joven
pariente que llegaba de Nazaret, María respondió con el Magníficat. En
el saludo Isabel había llamado antes a María « bendita » por « el fruto de su
vientre », y luego « feliz » por su fe (cf. Lc 1, 42. 45). Estas dos bendiciones
se referían directamente al momento de la anunciación. Después, en la
visitación, cuando el saludo de Isabel da testimonio de aquel momento
culminante, la fe de María adquiere una nueva conciencia y una nueva expresión.
Lo que en el momento de la anunciación permanecía oculto en la profundidad de
la « obediencia de la fe », se diría que ahora se manifiesta como una llama del
espíritu clara y vivificante. Las palabras usadas por María en el umbral de la
casa de Isabel constituyen una inspirada profesión le su fe, en la que la
respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la elevación
espiritual y poética de todo su ser hacia Dios. En estas sublimes palabras, que
son al mismo tiempo muy sencillas y totalmente inspiradas por los textos
sagrados del pueblo de Israel, (89) se vislumbra la experiencia personal de
María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de
Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don
irrevocable, entra en la historia del hombre.
María es la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a
través de ella, de esta nueva « autodonación » de Dios. Por esto proclama: « ha
hecho obras grandes por mí; su nombre es santo ». Sus palabras reflejan el gozo
del espíritu, difícil de expresar: « se alegra mi espíritu en Dios mi salvador
». Porque « la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre ...
resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación ».(90) En su
arrebatamiento María confiesa que se ha encontrado en el centro mismo de
esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en ella se realiza la promesa
hecha a los padres y, ante todo, « en favor de Abraham y su descendencia por
siempre »; que en ella, como madre de Cristo, converge toda la economía
salvífica, en la que, « de generación en generación », se manifiesta aquel
que, como Dios de la Alianza, se acuerda « de la misericordia ».
37. La Iglesia, que desde el principio
conforma su camino terreno con el de la Madre de Dios, siguiéndola repite
constantemente las palabras del Magníficat. Desde la profundidad de la
fe de la Virgen en la anunciación y en la visitación, la Iglesia llega a la
verdad sobre el Dios de la Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace «
obras grandes » al hombre: « su nombre es santo ». En el Magníficat la
Iglesia encuentra vencido de raíz el pecado del comienzo de la historia terrena
del hombre y de la mujer, el pecado de la incredulidad o de la « poca fe » en
Dios. Contra la « sospecha » que el « padre de la mentira » ha hecho surgir en
el corazón de Eva, la primera mujer, María, a la que la tradición suele llamar
« nueva Eva » (91) y verdadera « madre de los vivientes » (92), proclama con
fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios Santo y todopoderoso,
que desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que « ha hecho
obras grandes ». Al crear, Dios da la existencia a toda la realidad. Creando al
hombre, le da la dignidad de la imagen y semejanza con él de manera singular
respecto a todas las criaturas terrenas. Y no deteniéndose en su voluntad de
prodigarse no obstante el pecado del hombre, Dios se da en el Hijo: «
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16). María es el primer
testimonio de esta maravillosa verdad, que se realizará plenamente mediante lo
que hizo y enseñó su Hijo (cf. Hch 1,
1) y, definitiva mente, mediante su Cruz y resurrección.
La Iglesia, que aun « en medio de tentaciones y
tribulaciones » no cesa de repetir con María las palabras del Magníficat, «
se ve confortada » con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces
con tan extraordinaria sencillez y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre
Dios desea iluminar las difíciles y a veces intrincadas vías de la
existencia terrena de los hombres. El camino de la Iglesia, pues, ya al final
del segundo Milenio cristiano, implica un renovado empeño en su misión. La
Iglesia, siguiendo a aquel que dijo de sí mismo: « (Dios) me ha enviado para
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (cf. Lc 4, 18), a través de las
generaciones, ha tratado y trata hoy de cumplir la misma misión.
Su amor preferencial por los pobres está inscrito
admirablemente en el Magníficat de María. El Dios de la Alianza, cantado
por la Virgen de Nazaret en la elevación de su espíritu, es a la vez el que «
derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos
los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos, ... dispersa a los
soberbios ... y conserva su misericordia para los que le temen ». María está
profundamente impregnada del espíritu de los « pobres de Yahvé », que en la
oración de los Salmos esperaban de Dios su salvación, poniendo en El toda su
confianza (cf. Sal 25; 31; 35; 55). En cambio, ella proclama la venida
del misterio de la salvación, la venida del « Mesías de los pobres » (cf. Is 11, 4; 61, 1). La Iglesia,
acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las
palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de
que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que
es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los
pobres y los humildes, que, cantado en el Magníficat, se encuentra
luego expresado en las palabras y obras de Jesús.
La Iglesia, por tanto, es consciente —y en nuestra época tal conciencia se
refuerza de manera particular— de que no sólo no se pueden separar estos dos
elementos del mensaje contenido en el Magníficat, sino que también se
debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que « los pobres » y « la
opción en favor de los pobres » tienen en la palabra del Dios vivo. Se trata de
temas y problemas orgánicamente relacionados con el sentido cristiano de la
libertad y de la liberación. « Dependiendo totalmente de Dios y plenamente
orientada hacia El por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la
imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del
cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo para comprender en su
integridad el sentido de su misión ».(93)
III PARTE
MEDIACIÓN MATERNA
1. María, Esclava del Señor
38. La Iglesia sabe y enseña con San
Pablo que uno solo es nuestro mediador: « Hay un solo Dios, y también un
solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se
entregó a sí mismo como rescate por todos » (1Tm 2, 5-6). « La misión maternal de
María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta
mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder » (94): es
mediación en Cristo.
La Iglesia sabe y enseña que « todo el influjo salvífico de la Santísima
Virgen sobre los hombres ... dimana del divino beneplácito y de la
superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste,
depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de
impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta ».(95) Este
saludable influjo está mantenido por el Espíritu Santo, quien, igual que cubrió
con su sombra a la Virgen María comenzando en ella la maternidad divina,
mantiene así continuamente su solicitud hacia los hermanos de su Hijo.
Efectivamente, la mediación de María está íntimamente unida a su
maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del
de las demás criaturas que, de un modo diverso y siempre subordinado,
participan de la única mediación de Cristo, siendo también la suya una
mediación participada.(96) En efecto, si « jamás podrá compararse criatura
alguna con el Verbo encarnado y Redentor », al mismo tiempo « la única
mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas
clases de cooperación, participada de la única fuente »; y así « la bondad
de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas ».(97)
La enseñanza del Concilio Vaticano II presenta la verdad sobre la mediación
de María como una participación de esta única fuente que es la mediación de
Cristo mismo. Leemos al respecto: « La Iglesia no duda en confesar esta
función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la
piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan
con mayor intimidad al Mediador y Salvador ».(98) Esta función es, al mismo
tiempo, especial y extraordinaria. Brota de su maternidad divina y puede
ser comprendida y vivida en la fe, solamente sobre la base de la plena verdad
de esta maternidad. Siendo María, en virtud de la elección divina, la Madre del
Hijo consubstancial al Padre y « compañera singularmente generosa » en la obra
de la redención, es nuestra madre en el orden de la gracia ».(99) Esta función
constituye una dimensión real de su presencia en el misterio salvífico de
Cristo y de la Iglesia.
39. Desde este punto de vista es necesario
considerar una vez más el acontecimiento fundamental en la economía de la
salvación, o sea la encarnación del Verbo en la anunciación. Es significativo
que María, reconociendo en la palabra del mensajero divino la voluntad del
Altísimo y sometiéndose a su poder, diga: « He aquí la esclava del
Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc
1, 3). El primer momento de la sumisión a la única mediación « entre Dios y
los hombres » —la de Jesucristo— es la aceptación de la maternidad por parte de
la Virgen de Nazaret. María da su consentimiento a la elección de Dios, para
ser la Madre de su Hijo por obra del Espíritu Santo. Puede decirse que este consentimiento
suyo para la maternidad es sobre todo fruto de la donación total a Dios
en la virginidad. María aceptó la elección para Madre del Hijo de Dios,
guiada por el amor esponsal, que « consagra » totalmente una persona humana a
Dios. En virtud de este amor, María deseaba estar siempre y en todo « entregada
a Dios », viviendo la virginidad. Las palabras « he aquí la esclava del Señor »
expresan el hecho de que desde el principio ella acogió y entendió la propia
maternidad como donación total de sí, de su persona, al servicio de los
designios salvíficos del Altísimo. Y toda su participación materna en la vida
de Jesucristo, su Hijo, la vivió hasta el final de acuerdo con su vocación a la
virginidad.
La maternidad de María, impregnada profundamente por la actitud esponsal de
« esclava del Señor », constituye la dimensión primera y fundamental de aquella
mediación que la Iglesia confiesa y proclama respecto a ella, (100) y
continuamente « recomienda a la piedad de los fieles » porque confía mucho en
esta mediación. En efecto, conviene reconocer que, antes que nadie, Dios mismo,
el eterno Padre, se entregó a la Virgen de Nazaret, dándole su propio
Hijo en el misterio de la Encarnación. Esta elección suya al sumo cometido y
dignidad de Madre del Hijo de Dios, a nivel ontológico, se refiere a la
realidad misma de la unión de las dos naturalezas en la persona del Verbo (unión
hipostática). Este hecho fundamental de ser la Madre del Hijo de Dios
supone, desde el principio, una apertura total a la persona de Cristo, a toda
su obra y misión. Las palabras « he aquí la esclava del Señor » atestiguan esta
apertura del espíritu de María, la cual, de manera perfecta, reúne en sí misma
el amor propio de la virginidad y el amor característico de la maternidad,
unidos y como fundidos juntamente.
Por tanto María ha llegado a ser no sólo la « madre-nodriza » del Hijo del
hombre, sino también la « compañera singularmente generosa » (101) del Mesías y
Redentor. Ella —como ya he dicho— avanzaba en la peregrinación de la fe y en
esta peregrinación suya hasta los pies de la Cruz se ha realizado, al
mismo tiempo, su cooperación materna en toda la misión del Salvador
mediante sus acciones y sufrimientos. A través de esta colaboración en la obra
del Hijo Redentor, la maternidad misma de María conocía una transformación
singular, colmándose cada vez más de « ardiente caridad » hacia todos aquellos
a quienes estaba dirigida la misión de Cristo. Por medio de esta « ardiente
caridad », orientada a realizar en unión con Cristo la restauración de la «
vida sobrenatural de las almas », (102) María entraba de manera muy personal
en la única mediación « entre Dios y los hombres », que es la mediación
del hombre Cristo Jesús. Si ella fue la primera en experimentar en sí misma
los efectos sobrenaturales de esta única mediación —ya en la anunciación había
sido saludada como « llena de gracia »— entonces es necesario decir, que por
esta plenitud de gracia y de vida sobrenatural, estaba particularmente
predispuesta a la cooperación con Cristo, único mediador de la salvación
humana. Y tal cooperación es precisamente esta mediación subordinada a
la mediación de Cristo.
En el caso de María se trata de una mediación especial y
excepcional, basada sobre su « plenitud de gracia », que se traducirá en la
plena disponibilidad de la « esclava del Señor ». Jesucristo, como respuesta a
esta disponibilidad interior de su Madre, la preparaba cada vez más a
ser para los hombres « madre en el orden de la gracia ». Esto indican, al menos
de manera indirecta, algunos detalles anotados por los Sinópticos (cf. Lc 11, 28; 8, 20-21; Mc 3, 32-35; Mt 12, 47-50) y más aún por el
Evangelio de Juan (cf. 2, 1-12; 19, 25-27), que ya he puesto de relieve. A este
respecto, son particularmente elocuentes las palabras, pronunciadas por Jesús
en la Cruz, relativas a María y a Juan.
40. Después de los acontecimientos de la resurrección y de
la ascensión, María, entrando con los apóstoles en el cenáculo a la espera de
Pentecostés, estaba presente como Madre del Señor glorificado. Era no sólo la
que « avanzó en la peregrinación de la fe » y guardó fielmente su unión con el
Hijo « hasta la Cruz », sino también la « esclava del Señor », entregada
por su Hijo como madre a la Iglesia naciente: « He aquí a tu madre ». Así
empezó a formarse una relación especial entre esta Madre y la Iglesia. En
efecto, la Iglesia naciente era fruto de la Cruz y de la resurrección de su
Hijo. María, que desde el principio se había entregado sin reservas a la
persona y obra de su Hijo, no podía dejar de volcar sobre la Iglesia esta
entrega suya materna. Después de la ascensión del Hijo, su maternidad permanece
en la Iglesia como mediación materna; intercediendo por todos sus hijos, la
madre coopera en la acción salvífica del Hijo, Redentor del mundo. Al respecto
enseña el Concilio: « Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura
sin cesar ... hasta la consumación perpetua de todos los elegidos ».(103)
Con la muerte redentora de su Hijo, la mediación materna de la esclava del
Señor alcanzó una dimensión universal, porque la obra de la redención abarca a
todos los hombres. Así se manifiesta de manera singular la eficacia de la
mediación única y universal de Cristo « entre Dios y los hombres ». La
cooperación de María participa, por su carácter subordinado, de la
universalidad de la mediación del Redentor, único mediador. Esto lo indica
claramente el Concilio con las palabras citadas antes.
« Pues —leemos todavía— asunta a los cielos, no ha dejado esta misión
salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los
dones de la salvación eterna ».(104) Con este carácter de « intercesión », que
se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa
en la historia de la Iglesia y del mundo. Leemos que María « con su amor
materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan
en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada
».(105) De este modo la maternidad de María perdura incesantemente en la
Iglesia como mediación intercesora, y la Iglesia expresa su fe en esta verdad
invocando a María « con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora
».(106)
41. María, por su mediación subordinada a
la del Redentor, contribuye de manera especial a la unión de la Iglesia peregrina
en la tierra con la realidad escatológica y celestial de la comunión de
los santos, habiendo sido ya « asunta a los cielos ».(107) La verdad de la
Asunción, definida por Pío XII, ha sido reafirmada por el Concilio Vaticano II,
que expresa así la fe de la Iglesia: « Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su
vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue
ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se
asemeje de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de
la muerte ».(108) Con esta enseñanza Pío XII enlazaba con la Tradición, que ha
encontrado múltiples expresiones en la historia de la Iglesia, tanto en Oriente
como en Occidente.
Con el misterio de la Asunción a los cielos, se han
realizado definitivamente en María todos los efectos de la única mediación de
Cristo Redentor del mundo y Señor resucitado: « Todos vivirán en Cristo.
Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego, los de Cristo en su
Venida » (1Co 15, 22-23). En el
misterio de la Asunción se expresa la fe de la Iglesia, según la cual María «
está también íntimamente unida » a Cristo porque, aunque como madre-virgen
estaba singularmente unida a él en su primera venida, por su cooperación
constante con él lo estará también a la espera de la segunda; « redimida de
modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo », (109) ella tiene
también aquella función, propia de la madre, de mediadora de clemencia en la
venida definitiva, cuando todos los de Cristo revivirán, y « el último
enemigo en ser destruido será la Muerte » (1Co 15, 26).(110)
A esta exaltación de la « Hija excelsa de Sión », (111)
mediante la asunción a los cielos, está unido el misterio de su gloria eterna.
En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como « Reina universal ».(112) La
que en la anunciación se definió como « esclava del Señor » fue durante toda su
vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así que era una
verdadera « discípula » de Cristo, el cual subrayaba intensamente el carácter
de servicio de su propia misión: el Hijo del hombre « no ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos » (Mt 20, 28). Por esto María ha sido la
primera entre aquellos que, « sirviendo a Cristo también en los demás, conducen
en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar
», (113) Y ha conseguido plenamente aquel « estado de libertad real », propio
de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar!
« Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y
habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su
reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo
y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1Co 15, 27-28) ».(114) María, esclava
del Señor, forma parte de este Reino del Hijo.(115) La gloria de servir no
cesa de ser su exaltación real; asunta a los cielos, ella no termina aquel
servicio suyo salvífico, en el que se manifiesta la mediación materna, « hasta
la consumación perpetua de todos los elegidos ».(116) Así aquella, que aquí en
la tierra « guardó fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz », sigue
estando unida a él, mientras ya « a El están sometidas todas las cosas, hasta
que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre ». Así en su asunción a
los cielos, María está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los
santos, y su misma unión con el Hijo en la gloria está dirigida toda ella hacia
la plenitud definitiva del Reino, cuando « Dios sea todo en todas las
cosas ».
También en esta fase la mediación materna de María sigue
estando subordinada a aquel que es el único Mediador, hasta la realización
definitiva de la « plenitud de los tiempos », es decir, hasta que «
todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef 1,
10).
2. María en la vida de la Iglesia y de cada cristiano
42. El Concilio Vaticano II, siguiendo la
Tradición, ha dado nueva luz sobre el papel de la Madre de Cristo en la vida de
la Iglesia. « La Bienaventurada Virgen, por el don ... de la maternidad divina,
con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones,
está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo
de la Iglesia, a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la
perfecta unión con Cristo ».(117) Ya hemos visto anteriormente como María
permanece, desde el comienzo, con los apóstoles a la espera de Pentecostés y
como, siendo « feliz la que ha creído », a través de las generaciones está
presente en medio de la Iglesia peregrina mediante la fe y como modelo de la
esperanza que no desengaña (cf. Rm 5, 5).
María creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como Virgen,
creyó que concebiría y daría a luz un hijo: el « Santo », al cual corresponde
el nombre de « Hijo de Dios », el nombre de « Jesús » (Dios que salva). Como
esclava del Señor, permaneció perfectamente fiel a la persona y a la misión de
este Hijo. Como madre, « creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra
al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la
sombra del Espíritu Santo ».(118)
Por estos motivos María « con razón es honrada con especial culto por la
Iglesia; ya desde los tiempos más antiguos ... es honrada con el título de
Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades
acuden con sus súplicas ».(119) Este culto es del todo particular: contiene en
sí y expresa aquel profundo vínculo existente entre la Madre de
Cristo y la Iglesía.(120) Como virgen y madre, María es para la Iglesia un
« modelo perenne ». Se puede decir, pues, que, sobre todo según este aspecto,
es decir como modelo o, más bien como « figura », María, presente en el
misterio de Cristo, está también constantemente presente en el misterio de la
Iglesia. En efecto, también la Iglesia « es llamada madre y virgen », y estos
nombres tienen una profunda justificación bíblica y teológica.(121)
43. La Iglesia « se hace
también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad ».(122)
Igual que María creyó la primera, acogiendo la palabra de Dios que le fue
revelada en la anunciación, y permaneciendo fiel a ella en todas sus pruebas
hasta la Cruz, así la Iglesia llega a ser Madre cuando, acogiendo con
fidelidad la palabra de Dios, « por la predicación y el bautismo engendra
para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo
y nacidos de Dios ».(123) Esta característica « materna » de la Iglesia ha sido
expresada de modo particularmente vigoroso por el Apóstol de las gentes, cuando
escribía: « ¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver
a Cristo formado en vosotros! » (Gál 4, 19). En estas palabras de san
Pablo está contenido un indicio interesante de la conciencia materna de la
Iglesia primitiva, unida al servicio apostólico entre los hombres. Esta
conciencia permitía y permite constantemente a la Iglesia ver el misterio de su
vida y de su misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo, que es el «
primogénito entre muchos hermanos » (Rm
8, 29).
Se puede afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia
maternidad; reconoce la dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a
su naturaleza sacramental, « contemplando su arcana santidad e imitando su
caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre ».(124) Si la Iglesia es
signo e instrumento de la unión íntima con Dios, lo es por su maternidad,
porque, vivificada por el Espíritu, « engendra » hijos e hijas de la familia
humana a una vida nueva en Cristo. Porque, al igual que María está al
servicio del misterio de la encarnación, así la Iglesia permanece al
servicio del misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia.
Al mismo tiempo, a ejemplo de María, la Iglesia es la
virgen fiel al propio esposo: « también ella es virgen que custodia pura e
íntegramente la fe prometida al Esposo ».(125) La Iglesia es, pues, la esposa
de Cristo, como resulta de las cartas paulinas (cf. Ef 5, 21-33; 2Co 11, 2) y de la expresión joánica
« la esposa del Cordero » (Ap 21, 9).
Si la Iglesia como esposa custodia « la fe prometida a Cristo »,
esta fidelidad, a pesar de que en la enseñanza del Apóstol se haya convertido
en imagen del matrimonio (cf. Ef 5, 23-33),
posee también el valor tipo de la total donación a Dios en el celibato « por el
Reino de los cielos », es decir de la virginidad consagrada a Dios (cf. Mt 19, 11-12; 2Co 11, 2). Precisamente esta
virginidad, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una
especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu
Santo.
Pero la Iglesia custodia también la fe recibida
de Cristo; a ejemplo de María, que guardaba y meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51) todo lo relacionado con
su Hijo divino, está dedicada a custodiar la Palabra de Dios, a indagar sus riquezas
con discernimiento y prudencia con el fin de dar en cada época un testimonio
fiel a todos los hombres.(126)
44. Ante esta ejemplaridad, la Iglesia se encuentra con
María e intenta asemejarse a ella: « Imitando a la Madre de su Señor, por la
virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida
esperanza, la sincera caridad ».(127) Por consiguiente, María está presente en
el misterio de la Iglesia como modelo. Pero el misterio de la Iglesia
consiste también en el hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e
inmortal: es su maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no sólo es modelo
y figura de la Iglesia, sino mucho más. Pues, « con materno amor coopera a
la generación y educación »de los hijos e hijas de la madre Iglesia. La
maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de
la Madre de Dios, sino también con su « cooperación ». La Iglesia recibe copiosamente
de esta cooperación, es decir de la mediación materna, que es característica de
María, ya que en la tierra ella cooperó a la generación y educación de los
hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo « a quien Dios constituyó
como hermanos ».(128)
En ello cooperó —como enseña el Concilio Vaticano II— con
materno amor.(129) Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por
Jesús a su madre cuando estaba en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo » y al
discípulo: « Ahí tienes a tu madre » (Jn
19, 26-27). Son palabras que determinan el lugar de María en la vida de
los discípulos de Cristo y expresan —como he dicho ya— su nueva maternidad
como Madre del Redentor: la maternidad espiritual, nacida de lo profundo del
misterio pascual del Redentor del mundo. Es una maternidad en el orden de la
gracia, porque implora el don del Espíritu Santo que suscita los nuevos hijos
de Dios, redimidos mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espíritu que, junto
con la Iglesia, María ha recibido también el día de Pentecostés.
Esta maternidad suya ha sido comprendida y vivida particularmente por el
pueblo cristiano en el sagrado Banquete —celebración litúrgica del misterio de
la Redención—, en el cual Cristo, su verdadero cuerpo nacido de María Virgen,
se hace presente.
Con razón la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo
vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la Eucaristía;
es un hecho de relieve en la liturgia tanto occidental como oriental, en la
tradición de las Familias religiosas, en la espiritualidad de los movimientos
contemporáneos incluso los juveniles, en la pastoral de los Santuarios marianos
María guía a los fieles a la Eucaristía.
45. Es esencial a la maternidad la referencia a la persona.
La maternidad determina siempre una relación única e irrepetible entre
dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la Madre. Aun
cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada
uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia. En efecto, cada
hijo es engendrado de un modo único e irrepetible, y esto vale tanto para la
madre como para el hijo. Cada hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor
materno, sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad.
Se puede afirmar que la maternidad « en el orden de la gracia » mantiene la
analogía con cuanto a en el orden de la naturaleza » caracteriza la unión de la
madre con el hijo. En esta luz se hace más comprensible el hecho de que, en el
testamento de Cristo en el Gólgota, la nueva maternidad de su madre haya sido
expresada en singular, refiriéndose a un hombre: « Ahí tienes a tu hijo ».
Se puede decir además que en estas mismas palabras está
indicado plenamente el motivo de la dimensión mariana de la vida de los
discípulos de Cristo; no sólo de Juan, que en aquel instante se encontraba
a los pies de la Cruz en compañía de la Madre de su Maestro, sino de todo
discípulo de Cristo, de todo cristiano. El Redentor confía su madre al
discípulo y, al mismo tiempo, se la da como madre. La maternidad de María, que
se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace
personalmente a cada hombre. El Redentor confía María a Juan, en la medida en
que confía Juan a María. A los pies de la Cruz comienza aquella especial entrega
del hombre a la Madre de Cristo, que en la historia de la Iglesia se ha
ejercido y expresado posteriormente de modos diversos. Cuando el mismo apóstol
y evangelista, después de haber recogido las palabras dichas por Jesús en la
Cruz a su Madre y a él mismo, añade: « Y desde aquella hora el discípulo la
acogió en su casa » (Jn 19, 27).
Esta afirmación quiere decir con certeza que al discípulo se atribuye el papel
de hijo y que él cuidó de la Madre del Maestro amado. Y ya que María fue dada
como madre personalmente a él, la afirmación indica, aunque sea indirectamente,
lo que expresa la relación íntima de un hijo con la madre. Y todo esto se
encierra en la palabra « entrega ». La entrega es la respuesta al amor
de una persona y, en concreto, al amor de la madre.
La dimensión mariana de la vida de un discípulo de Cristo se manifiesta de
modo especial precisamente mediante esta entrega filial respecto a la Madre de
Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el Gólgota. Entregándose
filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, « acoge entre sus
cosas propias » (130) a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de
su vida interior, es decir, en su « yo » humano y cristiano: « La acogió en
su casa » Así el cristiano, trata de entrar en el radio de acción de
aquella « caridad materna », con la que la Madre del Redentor « cuida de los
hermanos de su Hijo », (131) « a cuya generación y educación coopera » (132)
según la medida del don, propia de cada uno por la virtud del Espíritu de
Cristo. Así se manifiesta también aquella maternidad según el espíritu, que ha
llegado a ser la función de María a los pies de la Cruz y en el cenáculo.
46. Esta relación filial, esta entrega de
un hijo a la Madre no sólo tiene su comienzo en Cristo, sino que se
puede decir que definitivamente se orienta hacia él. Se puede afirmar
que María sigue repitiendo a todos las mismas palabras que dijo en Caná de
Galilea: « Haced lo que él os diga ». En efecto es él, Cristo, el único
mediador entre Dios y los hombres; es él « el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 4, 6); es él a quien el Padre ha
dado al mundo, para que el hombre « no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). La Virgen de Nazaret se ha
convertido en la primera « testigo » de este amor salvífico del Padre y desea permanecer
también su humilde esclava siempre y por todas partes. Para todo cristiano
y todo hombre, María es la primera que « ha creído », y precisamente con esta
fe suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos los que se entregan a
ella como hijos. Y es sabido que cuanto más estos hijos perseveran en esta
actitud y avanzan en la misma, tanto más María les acerca a la « inescrutable
riqueza de Cristo » (Ef 3, 8). E
igualmente ellos reconocen cada vez mejor la dignidad del hombre en toda su
plenitud, y el sentido definitivo de su vocación, porque « Cristo ...
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre ».(133)
Esta dimensión mariana en la vida cristiana adquiere un acento peculiar
respecto a la mujer y a su condición. En efecto, la feminidad tiene una relación
singular con la Madre del Redentor, tema que podrá profundizarse en otro
lugar. Aquí sólo deseo poner de relieve que la figura de María de Nazaret
proyecta luz sobre la mujer en cuanto tal por el mismo hecho de que
Dios, en el sublime acontecimiento de la encarnación del Hijo, se ha entregado
al ministerio libre y activo de una mujer. Por lo tanto, se puede afirmar que
la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente
su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la
Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es espejo
de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación
total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la
fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar
la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo.
47. Durante el Concilio Pablo VI proclamó solemnemente que María
es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de
los fieles como de los pastores ».(134) Más tarde, el año 1968 en la Profesión
de fe, conocida bajo el nombre de « Credo del pueblo de Dios », ratificó esta
afirmación de forma aún más comprometida con las palabras « Creemos que la
Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia continúa en el cielo su
misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al
desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos ».(135)
El magisterio del Concilio ha subrayado que la verdad sobre la Santísima
Virgen, Madre de Cristo, constituye un medio eficaz para la profundización de
la verdad sobre la Iglesia. El mismo Pablo VI, tomando la palabra en relación
con la Constitución Lumen gentium, recién
aprobada por el Concilio, dijo: « El conocimiento de la verdadera
doctrina católica sobre María será siempre la clave para la exacta
comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia ».(136)María está
presente en la Iglesia como Madre de Cristo y, a la vez, como aquella Madre que
Cristo, en el misterio de la redención, ha dado al hombre en la persona del
apóstol Juan. Por consiguiente, María acoge, con su nueva maternidad en el
Espíritu, a todos y a cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a
cada uno por medio de la Iglesia. En este sentido María, Madre de la
Iglesia, es también su modelo. En efecto, la Iglesia —como desea y pide Pablo
VI— « encuentra en ella (María) la más auténtica forma de la perfecta imitación
de Cristo ».(137)
Merced a este vínculo especial, que une a la Madre de
Cristo con la Iglesia, se aclara mejor el misterio de aquella «
mujer » que, desde los primeros capítulos del Libro del Génesis hasta
el Apocalipsis, acompaña la revelación del designio salvífico de Dios
respecto a la humanidad. Pues María, presente en la Iglesia como Madre del
Redentor, participa maternalmente en aquella « dura batalla contra el poder de
las tinieblas » (138) que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana.
Y por esta identificación suya eclesial con la « mujer vestida de sol » (Ap 12, 1), (139) se puede afirmar que
« la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se
presenta sin mancha ni arruga »; por esto, los cristianos, alzando con fe los
ojos hacia María a lo largo de su peregrinación terrena, « aún se esfuerzan en
crecer en la santidad ».(140) María, la excelsa hija de Sión, ayuda a todos los
hijos —donde y como quiera que vivan— a encontrar en Cristo el camino hacia
la casa del Padre.
Por consiguiente, la Iglesia, a lo largo de toda su vida, mantiene con la
Madre de Dios un vínculo que comprende, en el misterio salvífico, el pasado, el
presente y el futuro, y la venera como madre espiritual de la humanidad y
abogada de gracia.
3. EL sentido del Año Mariano
48. Precisamente el vínculo especial de la humanidad con
esta Madre me ha movido a proclamar en la Iglesia, en el período que precede a
la conclusión del segundo Milenio del nacimiento de Cristo, un Año Mariano. Una
iniciativa similar tuvo lugar ya en el pasado, cuando Pío XII proclamó el 1954
como Año Mariano, con el fin de resaltar la santidad excepcional de la Madre de
Cristo, expresada en los misterios de su Inmaculada Concepción (definida
exactamente un siglo antes) y de su Asunción a los cielos.(141)
Ahora, siguiendo la línea del Concilio Vaticano II, deseo poner de relieve
la especial presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de
su Iglesia. Esta es, en efecto, una dimensión fundamental que brota de la
mariología del Concilio, de cuya clausura nos separan ya más de veinte años. El
Sínodo extraordinario de los Obispos, que se ha realizado el año 1985, ha
exhortado a todos a seguir fielmente el magisterio y las indicaciones del
Concilio. Se puede decir que en ellos —Concilio y Sínodo— está contenido lo que
el mismo Espíritu Santo desea « decir a la Iglesia » en la presente fase de la
historia.
En este contexto, el Año Mariano deberá promover también una nueva y profunda
lectura de cuanto el Concilio ha dicho sobre la Bienaventurada Virgen María,
Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, a la que se refieren
las consideraciones de esta Encíclica. Se trata aquí no sólo de la doctrina
de fe, sino también de la vida de fe y, por tanto, de la auténtica «
espiritualidad mariana », considerada a la luz de la Tradición y, de modo
especial, de la espiritualidad a la que nos exhorta el Concilio.(142) Además,
la espiritualidad mariana, a la par de la devoción correspondiente,
encuentra una fuente riquísima en la experiencia histórica de las personas y de
las diversas comunidades cristianas, que viven entre los distintos pueblos y
naciones de la tierra. A este propósito, me es grato recordar, entre tantos
testigos y maestros de la espiritualidad mariana, la figura de san Luis María
Grignion de Montfort, el cual proponía a los cristianos la consagración a
Cristo por manos de María, como medio eficaz para vivir fielmente el compromiso
del bautismo.(143) Observo complacido cómo en nuestros días no faltan tampoco
nuevas manifestaciones de esta espiritualidad y devoción.
49. Este Año comenzará en la solemnidad de Pentecostés,
el 7 de junio próximo. Se trata, pues, de recordar no sólo que María « ha
precedido » la entrada de Cristo Señor en la historia de la humanidad, sino de
subrayar además, a la luz de María, que desde el cumplimiento del misterio de
la Encarnación la historia de la humanidad ha entrado en la « plenitud de los
tiempos » y que la Iglesia es el signo de esta plenitud. Como Pueblo de Dios,
la Iglesia realiza su peregrinación hacia la eternidad mediante la fe, en medio
de todos los pueblos y naciones, desde el día de Pentecostés. La Madre de
Cristo, que estuvo presente en el comienzo del « tiempo de la Iglesia »,
cuando a la espera del Espíritu Santo rezaba asiduamente con los apóstoles y
los discípulos de su Hijo, « precede » constantemente a la Iglesia en este camino
suyo a través de la historia de la humanidad. María es también la que,
precisamente como esclava del Señor, coopera sin cesar en la obra de la
salvación llevada a cabo por Cristo, su Hijo.
Así, mediante este Año Mariano, la Iglesia es llamada no sólo a
recordar todo lo que en su pasado testimonia la especial y materna cooperación
de la Madre de Dios en la obra de la salvación en Cristo Señor, sino además a
preparar, por su parte, cara al futuro las vías de esta cooperación, ya que
el final del segundo Milenio cristiano abre como una nueva perspectiva.
50. Como ya ha sido recordado, también entre los hermanos
separados muchos honran y celebran a la Madre del Señor, de modo especial los
Orientales. Es una luz mariana proyectada sobre el ecumenismo. De modo
particular, deseo recordar todavía que, durante el Año Mariano, se celebrará el
Milenio del bautismo de San Vladimiro, Gran Príncipe de Kiev (a. 988), que
dio comienzo al cristianismo en los territorios de la Rus' de entonces y, a
continuación, en otros territorios de Europa Oriental; y que por este camino,
mediante la obra de evangelización, el cristianismo se extendió también más
allá de Europa, hasta los territorios septentrionales del continente asiático.
Por lo tanto, queremos, especialmente a lo largo de este Año, unirnos en
plegaria con cuantos celebran el Milenio de este bautismo, ortodoxos y
católicos, renovando y confirmando con el Concilio aquellos sentimientos de
gozo y de consolación porque « los orientales ... corren parejos con nosotros
por su impulso fervoroso y ánimo en el culto de la Virgen Madre de Dios ».(144)
Aunque experimentamos todavía los dolorosos efectos de la separación, acaecida
algunas décadas más tarde (a. 1054), podemos decir que ante la Madre de
Cristo nos sentimos verdaderos hermanos y hermanas en el ámbito de aquel
pueblo mesiánico, llamado a ser una única familia de Dios en la tierra, como
anunciaba ya al comienzo del Año Nuevo: « Deseamos confirmar esta herencia
universal de todos los hijos y las hijas de la tierra ».(145)
Al anunciar el año de María, precisaba además que su clausura se realizará
el año próximo en la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen a los
cielos, para resaltar así « la señal grandiosa en el cielo », de la que
habla el Apocalipsis. De este modo queremos cumplir también la
exhortación del Concilio, que mira a María como a un « signo de esperanza
segura y de consuelo para el pueblo de Dios peregrinante ». Esta exhortación la
expresa el Concilio con las siguientes palabras: « Ofrezcan los fieles súplicas
insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que
estuvo presente en las primeras oraciones de la Iglesia, ahora también,
ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la
comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo, para que las familias de
todos los pueblos, tanto los que se honran con el nombre cristiano como los que
aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un
solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua Trinidad ».(146)
CONCLUSIÓN
51. Al final de la cotidiana liturgia de las Horas se
eleva, entre otras, esta invocación de la Iglesia a María: « Salve, Madre
soberana del Redentor, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar;
socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse, tú que para asombro de la
naturaleza has dado el ser humano a tu Creador ».
« Para asombro de la naturaleza ». Estas palabras de la antífona expresan
aquel asombro de la fe, que acompaña el misterio de la maternidad divina
de María. Lo acompaña, en cierto sentido, en el corazón de todo lo creado y,
directamente, en el corazón de todo el Pueblo de Dios, en el corazón de la
Iglesia. Cuán admirablemente lejos ha ido Dios, creador y señor de todas las
cosas, en la « revelación de sí mismo » al hombre.(147) Cuán claramente ha
superado todos los espacios de la infinita « distancia » que separa al creador
de la criatura. Si en sí mismo permanece inefable e inescrutable, más
aún es inefable e inescrutable en la realidad de la Encarnación del
Verbo, que se hizo hombre por medio de la Virgen de Nazaret.
Si El ha querido llamar eternamente al hombre a participar
de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4), se puede afirmar que ha
predispuesto la « divinización » del hombre según su condición histórica, de
suerte que, después del pecado, está dispuesto a restablecer con gran precio el
designio eterno de su amor mediante la « humanización » del Hijo,
consubstancial a El. Todo lo creado y, más directamente, el hombre no puede
menos de quedar asombrado ante este don, del que ha llegado a ser partícipe en
el Espíritu Santo: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16).
En el centro de este misterio, en lo más vivo de este asombro de la
fe, se halla María, Madre soberana del Redentor, que ha sido la primera en
experimentar: « tú que para asombro de la naturaleza has dado el ser humano a
tu Creador ».
52. En la palabras de esta antífona
litúrgica se expresa también la verdad del « gran cambio », que
se ha verificado en el hombre mediante el misterio de la Encarnación. Es un
cambio que pertenece a toda su historia, desde aquel comienzo que se ha
revelado en los primeros capítulos del Génesis hasta el término último,
en la perspectiva del fin del mundo, del que Jesús no nos ha revelado « ni el
día ni la hora » (Mt 25, 13). Es un
cambio incesante y continuo entre el caer y el levantarse, entre el hombre del
pecado y el hombre de la gracia y de la justicia. La liturgia, especialmente en
Adviento, se coloca en el centro neurálgico de este cambio, y toca su incesante
« hoy y ahora », mientras exclama: « Socorre al pueblo que sucumbe y lucha por
levantarse ».
Estas palabras se refieren a todo hombre, a las comunidades, a las naciones
y a los pueblos, a las generaciones y a las épocas de la historia humana, a
nuestros días, a estos años del Milenio que está por concluir: « Socorre, si,
socorre al pueblo que sucumbe ».
Esta es la invocación dirigida a María, « santa Madre del Redentor », es la
invocación dirigida a Cristo, que por medio de María ha entrado en la historia
de la humanidad. Año tras año, la antífona se eleva a María, evocando el
momento en el que se ha realizado este esencial cambio histórico, que perdura
irreversiblemente: el cambio entre el « caer » y el « levantarse ».
La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados
prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo
grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas
recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el
cambio fundamental, cambio que se puede definir « original », acompaña siempre
el camino del hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos,
acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el « caer » y el « levantarse
», entre la muerte y la vida. Es también un constante desafío a las
conciencias humanas, un desafío a toda la conciencia histórica del hombre: el
desafío a seguir la vía del « no caer » en los modos siempre antiguos y siempre
nuevos, y del « levantarse », si ha caído.
Mientras con toda la humanidad se acerca al confín de los dos Milenios, la
Iglesia, por su parte, con toda la comunidad de los creyentes y en unión con todo
hombre de buena voluntad, recoge el gran desafío contenido en las palabras de
la antífona sobre el « pueblo que sucumbe y lucha por levantarse » y se dirige
conjuntamente al Redentor y a su Madre con la invocación « Socorre ». En
efecto, la Iglesia ve —y lo confirma esta plegaria— a la Bienaventurada Madre
de Dios en el misterio salvífico de Cristo y en su propio misterio; la ve
profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación
del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente
para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos
problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las
naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el
bien y el mal, para que « no caiga » o, si cae, « se levante ».
Deseo fervientemente que las reflexiones contenidas en esta Encíclica ayuden
también a la renovación de esta visión en el corazón de todos los creyentes.
Como Obispo de Roma, envío a todos, a los que están destinadas las presentes
consideraciones, el beso de la paz, el saludo y la bendición en nuestro Señor
Jesucristo. Así sea.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor del año 1987, noveno de mi Pontificado.
_________________
(1) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52 y todo el cap. VIII, titulado « La
bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la
Iglesia ».
(2) La expresión « plenitud de los tiempos » (pléroma tou
jrónou) es paralela a locuciones afines del judaísmo tanto bíblico (cf. Gn 29,
2l, 1S 7, 12; Tb l4, 5) como
extrabíblico, y sobre todo del N.T. (cf. Mc 1, l5; Lc 21, 24; Jn 7, 8; Ef l, 10). Desde el punto de
vista formal, esta expresión indica no sólo la conclusión de un proceso cronológico,
sino sobre todo la madurez o el cumplimiento de un período particularmente
importante, porque está orientado hacia la actuación de una espera, que
adquiere, por tanto, una dimensión escatológica. Según Ga 4, 4 y su
contexto, es el acontecimiento del Hijo de Dios quien revela que el tiempo ha
colmado, por asi decir, la medida; o sea, el período indicado por la promesa
hecha a Abraham, así como por la ley interpuesta por Moisés, ha alcanzado su
culmen, en el sentido de que Cristo cumple la promesa divina y supera la
antigua ley.
(3) Cf. Misal Romano, Prefacio del 8 de diciembre, en la Inmaculada
Concepión de Santa María Virgen; S. Ambrosio, De Institutione Virginis, V,
93-94; PL 16, 342; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 68.
(4) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
(5) Pablo VI, Carta Enc. Christi Matri (15 de septiembre de 1966): AAS 58
(1966) 745–749; Exhort. Apost. Signum magnum (13 de mayo de 1967): AAS 59
(1967) 465-475; Exhort. Apost. Marialis cultus (2 de febrero de 1974): AAS 66
(1974) 113-168.
(6) El Antiguo Testamento ha anunciado de muchas maneras el misterio de
María: cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem I, 8-9: S. Ch. 80, 103-107.
(7) Cf. Enseñanzas, VI/2 (1983), 225 s Pío IX, Carta Apost.
Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1854): Pii IX P. M. Acta , pars I, 597-599.
(8) Cf. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
(9) Conc. Ecum. Ephes.: Conciliorum Oecumenicorum Decreto, Bologna 1973(3),
41-44; 59-61 (DS 250-264), cf. Conc. Ecum. Calcedon.: o.c 84-87 (DS 300-303).
(10) Conc. Ecum. Vat II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 22.
(11) Const dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52.
(12) Cf. ibid 58.
(13) Ibid 63; cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc II,
7:CSEL, 32/4, 45; De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341.
(14) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
(15) Ibid 65.
(16) « Elimina este astro del sol que ilumina el mundo y ¿dónde va el día?
Elimina a María, esta estrella del mar, sí, del mar grande e inmenso ¿qué
permanece sino una vasta niebla y la sombra de muerte y densas nieblas?: S.
Bernardo, In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 6: S. Bernardi Opera, V,
1968, 279; cf. In laudibus Virginis Matris Homilia II, 17: Ed. cit IV,
1966, 34 s.
(17) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
(18) Ibid 63.
(19) Sobre la predestinación de Maria, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 7; 10: S. Ch. 80, 65; 73; Hom. in Dormitionem I, 3: S. Ch. 80, 85:
« Es ella, en efecto, que, elegida desde las generaciones antiguas, en virtud
de la predestinación y de la benevolencia del Dios y Padre que te ha engendrado
a ti (oh Verbo de Dios) fuera del tiempo sin salir de sí mismo y sin alteración
alguna, es ella que te ha dado a luz, alimentado con su carne, en los últimos
tiempos ... ».
(20) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
(21) Sobre esta expresión hay en la tradición patrística una interpretación
amplia y variada: cf. Orígenes, In Lucam homiliae, VI, 7: S. Ch. 87, 148;
Severiano De Gabala, In mundi creationem, Oratio VI, 10: PG 56, 497 s.; S. Juan
Crisóstomo (pseudo), In Annuntiationem Deiparae et contra Arium impium, PG 62,
765 s.; Basilio De Seleucia, Oratio 39, In Sanctissimaé Deiparae
Annuntiationem, 5: PG 85, 441-446; Antipatro De Ostra, Hom. II, In Sanctissimae
Deiparae Annuntiationem, 3-11: PG, 1777-1783; S. Sofronio de Jerusalén, Oratio
II, In Sanctissimae Deiparae Annnuntiationem, 17-19: PG 87/3, 3235-3240; S.
Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 7: S. Ch. 80, 96-101; S. Jerónimo,
Epistola 65, 9: PL 22, 628; S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Lucam, II, 9: CSEL
34/4, 45 s.; S. Agustín, Sermo 291, 4-6: PL 38, 1318 s.; Enchiridion, 36, 11:
PL 40, 250; S. Pedro Crisólogo, Sermo 142: PL 52, 579 s.; Sermo 143: PL 52,
583; S. Fulgencio De Ruspe, Epistola 17, VI, 12: PL 65, 458; S. Bernardo, In
laudibus Virginis Matris, Homilía III , 2-3: S. Bernardi Opera, IV, 1966,
36-38.
(22) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
(23) ibid 53.
(24) Cf. Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1856): Pii
IX P. M. Acta, pars I, 616; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesía
Lumen gentium, 53.
(25) Cf. S. Germán. Cost In Anntiationem SS. Deiparae Hom.: PG 98, 327
s.; S. Andrés Cret Canon in B. Mariae Natalem, 4: PG 97, 1321 s.; In
Nativitatem B. Mariae, I: PG 97, 811 s.; Hom. in Dormitionem S. Mariae 1: PG
97, 1067 s.
(26) Liturgia de las Horas, del 15 de Agosto, en la Asunción de la
Bienaventurada Virgen María, Himno de las I y II Vísperas; S. Pedro Damián,
Carmina et preces, XLVII: PL 145, 934.
(27) Divina Comedia, Paraíso XXXIII, 1; cf. Liturgia de las Horas, Memoria
de Santa María en sábado, Himno II en el Officio de Lectura.
(28) Cf. S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo 25, 7:
PL 16, 937 s.
(29) Const. dogm. sobre la divina revelación Dei verbum, 5.
(30) Este es un tema clásico, ya expuesto por S. Ireneo: « Y como por obra
de la virgen desobediente el hombre fue herido y, precipitado, murió, así
también por obra de la Virgen obediente a la palabra de Dios, el hombre
regenerado recibió, por medio de la vida, la vida ... Ya que era conveniente y
justo ... que Eva fuera « recapitulada » en María, con el fin de que la Virgen,
convertida en abogada de la virgen, disolviera y destruyera la desobediencia
virginal por obra de la obediencia virginal »; Expositio doctrinae apostolicae,
33: S. Ch. 62, 83-86; cf. también Adversus Haereses, V, 19, 1: S. Ch. 153,
248-250.
(31) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
verbum, 5.
(32) Ibid 5; cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium , 56.
(33) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56.
(34) Ibid 56.
(35) Cf. ibid 53; S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40,
398; Sermo 215, 4: PL 38, 1074; Sermo 196, I: PL 38, 1019; De peccatorum
meritis et remissione, I, 29, 57: PL 44, 142; Sermo 25, 7: PL 46, 937 s.; S.
León Magno, Tractatus 21; De natale Domini, I: CCL 138, 86.
(36) Cf. Subida del Monte Carmelo, L. II, cap. 3, 4-6.
(37) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
(38) Ibid 58.
(39) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
verbum, 5.
(40) Sobre la participación o « compasión » de María en la muerte de Cristo,
cf. S. Bernardo, In Dominica infra octavam Assumptionis Sermo, 14: S. Bernardi
Opera, V, 1968, 273.
(41) S. Ireneo, Adversus Haereses, III, 22, 4: S. Ch. 211, 438-444; cf.
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56,
nota 6.
(42) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56 y los Padres citados en las notas 8 y 9.
(43) « Cristo es verdad, Cristo es carne, Cristo verdad en la mente de
María, Cristo carne en el seno de María »: S. Agustín, Sermo 25 (Sermones
inediti), 7: PL 46, 938.
(44) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
(45) Ibid 61.
(46) Ibid 62.
(47) Es conocido lo que escribe Orígenes sobre la presencia de María y de
Juan en el Calvario: « Los Evangelios son las primicias de toda la Escritura, y
el Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios; ninguno puede percibir el
significado si antes no ha posado la cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha
recibido de Jesús a María como Madre »: Comm. in Ioan 1, 6: PG 14, 31;
cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc X, 129-131: CSEL, 32/4, 504 s.
(48) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 54 y 53; este último texto conciliar cita a S.
Agustín, De Sancta Virgintitate, VI, 6: PL 40, 399.
(49) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
(50) Cf. S. León Magno, Tractatus 26, de natale Domini, 2: CCL 138, 126.
(51) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59.
(52) S. Agustín, De Civitate Dei, XVIII, 51: CCL 48, 650.
(53) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
(54) Ibid 9.
(55) Ibid 9.
(56) Ibid 8.
(57) Ibid 9.
(58) Ibid 65.
(59) Ibid 59.
(60) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelacion Dei
verbum, 5.
(61) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
(62) Cf. ibid 9.
(63) Cf. ibid 65.
(64) Ibid 65.
(65) Ibid 65.
(66) Cf. ibid 13.
(67) Cf. ibid 13.
(68) Cf. ibid 13.
(69) Cfr. Misal Romano, fórmula de la consagración del cáliz en las
Plegarias Eucarísticas.
(70) Conc. Ecum. Vat. II. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.
(71) Ibid 13.
(72) Ibid 15.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 1.
(74) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 68, 69. Sobre la Santísima Virgen María,
promotora de la unidad de los cristianos y sobre el culto de María en Oriente,
cf. León XIII, Carta Enc. Adiutricem populi (5 de septiembre de 1895): Acta
Leonis, XV, 300-312.
(75) Cf. Conc Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 20.
(76) Ibid 19.
(77) Ibid 14.
(78) Ibid 15.
(79) Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.
(80) Conc. Ecum. Calced Definitio fidei: Conciliorum Oecumenicorum
Decreta, Bologna 1973(3), 86 (DS 301)
(81) Cf. el Weddâsê Mâryâm (Alabanzas de María), que está a continuación del
Salterio etíope y contiene himnos y plegarias a María para cada día de la
semana. Cf. también el Matshafa Kidâna Mehrat (Libro del Pacto de
Misericordia); es de destacar la importancia reservada a María en los Himnos
así como en la liturgia etíope.
(82) Cf. S. Efrén, Hymn. de Nativitate: Scriptores Syri, 82: CSCO, 186.
(83) Cf.. S. Gregorio De Narek, Le livre des prières: S. Ch. 78, 160-163;
428-432.
(84) Conc. Ecum. Niceno II: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna
1973(3), 135-138 (DS 600-609).
(85) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59.
(86) Cf Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 19.
(87) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
(88) Ibid 9.
(89) Como es sabido, las palabras del Magníficat contienen o evocan
numerosos pasajes del Antiguo Testamento.
(90) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
verbum, 2.
(91) Cf. por ejemplo S. Justino, Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 100: Otto II,
358; S. Ireneo, Adversus Haereses III, 22, 4: S. Ch. 211, 439-449; Tertuliano,
De carne Christi, 17, 4-6: CCL 2, 904 s.
(92) Cf. S. Epifanio, Panarion, III, 2;Haer. 78, 18: PG 42, 727-730
(93) Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad
cristiana y liberación (22 de marzo de 1986), 97.
(94) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
(95) Ibid 60.
(96) Cf. Ia fómula de mediadora « ad Mediatorem » de S. Bernardo, In
Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 2: S. Bernardi Opera, V, 1968, 263.
María como puro espejo remite al Hijo toda gloria y honor que recibe: Id
In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 12: ed. cit. , 283.
(97) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 62.
(98) Ibid 62.
(99) Ibid 61.
(100) Ibid 62.
(101) Ibid 61
(102) Ibid 61
(103) Ibid 62.
(104) Ibid 62.
(105) Ibid 62; también en su oración la Iglesia reconoce y celebra la
« función materna » de María, función « de intercesión y perdón, de impetración
y gracia, de reconciliación y paz » (cf. prefacio de la Misa de la
Bienaventurada Virgen María, Madre y Mediadora de gracia, en Collectio Missarum
de Beata Maria Virgine, ed. typ. 1987, I, 120.
(106) Ibid 62.
(107) Ibid 62; S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 11; II, 2,
14: S. Ch. 80, 111 s.; 127-131; 157-161; 181-185; S. Bernardo, In Assumptione
Beatae Mariae Sermo, 1-2: S Bernardi Opera, V, 1968, 228-238.
(108) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59; cf. Pío XII, Const. Apost. Munificentissimus
Deus (1 de noviembre de 1950): AAS 42 (1950) 769-771; S. Bernardo presenta a
María inmersa en el esplendor de la gloria del Hijo: In Dominica infra oct.
Assumptionis Sermo, 3: S. Bernardi Opera, V, 1968, 263 s.
(109) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.
(110) Sobre este aspecto particular de la mediación de María como
impetradora de clemencia ante el Hijo Juez, cf. S. Bernardo, In Dominica infra
oct. Assumptionis Sermo, 1-2: S. Bernardi Opera, V, 1968, 262 s.; León XIII,
Cart. Enc. Octobri mense (22 de septiembre de 1891): Acta Leonis, XI, 299-315.
(111) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
(112) Ibid 59.
(113) Ibid 36.
(114) Ibid 36.
(115) A propósito de María Reina, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 6, 12; Hom. in Dormitionem, I, 2, 12, 14; II, 11; III, 4: S. Ch.
80, 59 s.; 77 s.; 83 s.; 113 s.; 117; 151 s.; 189-193.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la Iglesia Lumen gentium, 62
(117) Ibid 63.
(118) Ibid 63.
(119) Ibid 66.
(120) Cf. S. Ambrosio, De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341; S. Agustín,
Sermo 215, 4: PL 38, 1074; De Sancta Virginitate, II, 2; V, 5; VI, 6: PL 40,
397; 398 s.; 399; Sermo 191, II, 3: PL 38, 1010 s.
(121) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
(122) Ibid 64.
(123) Ibid 64.
(124) Ibid 64.
(125) Ibid 64.
(126) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
verbum, 8; S. Buenaventura, Comment. in Evang.
Lucae, Ad Claras Aquas, VII, 53, n. 40; 68, n. 109.
(127) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
(128) Ibid 63.
(129) Ibid 63.
(130) Como es bien sabido, en el texto griego la expresión «eis ta ídia»
supera el límite de una acogida de María por parte del discípulo, en el sentido
del mero alojamiento material y de la hospitalidad en su casa; quiere indicar
más bien una comunión de vida que se establece entre los dos en base a las
palabras de Cristo agonizante. Cf. S. Agustín, In Ioan. Evang. tract. 119, 3:
CCL 36, 659: « La tomó consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada
propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura ».
(131) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 62.
(132) Ibid 63.
(133) Conc. Ecum. Vat II, Const past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 22.
(134) Cf. Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964)
1015.
(135) Pablo VI, Solemne Profesión de Fe (30 de junio de 1968), 15: AAS 60
(1968) 438 s.
(136) Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964) 1015.
(137) Ibid 1016.
(138) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 37.
(139) C£. S. Bernardo, In Dominica infra oct. Assumptionis Sermo: S.
Bernardi Opera, V, 1968, 262-274.
(140) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 65.
(141) Cf. Cart. Enc. Fulgens corona (8 de septiembre de 1953): AAS 45 (1953)
577-592. Pío X con la Cart. Enc. Ad diem illum (2 de febrero de 1904), con
ocasión del 50 aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada
Concepción de la Bienaventurada Virgen María, había proclamado un Jubileo
extraordinario de algunos meses de duración: Pii X P. M. Acta, I, 147-166.
(142) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66-67.
(143) Cf. S. Luis María Grignion de Montfort, Traité de la vraie dévotion á
la sainte Vierge. Junto a este Santo se puede colocar también la figura de S.
Alfonso María de Ligorio, cuyo segundo contenario de su muerte se conmemora
este año: cf. entre sus obras, Las glorias de María.
(144) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium , 69.
(145) Homilía del 1 de enero de 1987.
(146) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 69.
(147) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
verbum, 2: « Por esta revelación Dios
invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con
ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía ».