CARTA ENCÍCLICA
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
«Veritatis
Splendor»
A TODOS LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE ALGUNAS CUESTIONES
FUNDAMENTALES
DE LA ENSEÑANZA MORAL
DE LA IGLESIA
Venerables hermanos en el episcopado,
salud y bendición apostólica.
El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del
Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de
Dios (cf. Gn 1, 26), pues la verdad
ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es
ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto el salmista exclama: «¡Alza sobre
nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal
4, 7).
INTRODUCCIÓN
Jesucristo, luz verdadera que ilumina a
todo hombre
1. Llamados a la salvación mediante la fe
en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser
«luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef
5, 8), y se santifican «obedeciendo a la verdad» (1 P 1, 22).
Mas esta obediencia no siempre es fácil. Debido al
misterioso pecado del principio, cometido por instigación de Satanás, que es
«mentiroso y padre de la mentira» (Jn
8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo
y verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1Ts 1, 9), cambiando «la verdad de
Dios por la mentira» (Rm 1, 25); de
esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y debilitada su
voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al relativismo y al
escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca
una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en
el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más
profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar
la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable
búsqueda del hombre en todo campo o sector. Lo prueba aún más su búsqueda del sentido
de la vida. El desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio espléndido
de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los hombres—, no
exime a la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos fundamentales,
sino que más bien la estimula a afrontar las luchas más dolorosas y decisivas,
como son las del corazón y de la conciencia moral.
2. Ningún hombre puede eludir las
preguntas fundamentales: ?qué debo hacer?, ?cómo puedo discernir el bien del
mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla
en lo más íntimo del espíritu humano, como dice el salmista: «Muchos dicen: "?Quién
nos hará ver la dicha?". Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!»
(Sal 4, 7).
La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza
en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Co 1, 15),
«resplandor de su gloria» (Hb 1, 3),
«lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14):
él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn
14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en
particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún,
como recuerda el concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de
Jesucristo: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del
que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»1.
Jesucristo, «luz de los pueblos», ilumina el rostro de su
Iglesia, la cual es enviada por él para anunciar el Evangelio a toda criatura
(cf. Mc 16, 15)2. Así la Iglesia,
pueblo de Dios en medio de las naciones3, mientras mira atentamente a los
nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la
búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la
verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la
conciencia de su «deber permanente de escrutar a fondo los signos de los
tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera
adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes interrogantes de
los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación
mutua entre ambas»4.
3. Los pastores de la Iglesia, en comunión con el Sucesor
de Pedro, están siempre cercanos a los fieles en este esfuerzo, los acompañan y
guían con su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de amor y
misericordia para dirigirse no sólo a los creyentes sino también a todos los
hombres de buena voluntad. El concilio Vaticano II sigue siendo un testimonio
privilegiado de esta actitud de la Iglesia que, «experta en humanidad»5, se
pone al servicio de cada hombre y de todo el mundo6.
La Iglesia sabe que la cuestión moral incide profundamente en cada hombre;
implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y ni
siquiera a Dios. Ella sabe que precisamente por la senda de la vida moral
está abierto a todos el camino de la salvación, como lo ha recordado
claramente el concilio Vaticano II: «Los que sin culpa suya no conocen el
evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e
intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios,
conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna». Y prosigue: «Dios, en su providencia, tampoco niega la ayuda
necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a
Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La Iglesia aprecia
todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una preparación al Evangelio y
como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener
finalmente vida»7.
Objeto de la presente encíclica
4. Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los
Sumos Pontífices, ya sea personalmente o junto con el Colegio episcopal, han
desarrollado y propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y
diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y con la autoridad de
Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misión, y
comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado;
con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad han contribuido a una
mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad
humana, de la familia, de la vida social, económica y política. Su enseñanza,
dentro de la tradición de la Iglesia y de la historia de la humanidad,
representa una continua profundización del conocimiento moral8.
Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la
enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas
verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual
corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una
nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se
difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y
cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas
morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y
ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y
éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio
moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de
pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación
esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se rechaza la doctrina
tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez
de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas
morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en
cuestiones morales más que para «exhortar a las conciencias» y «proponer los
valores» en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y
opciones de vida.
Particularmente hay que destacar la discrepancia entre la respuesta
tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teológicas —difundidas
incluso en seminarios y facultades teológicas— sobre cuestiones de máxima
importancia para la Iglesia y la vida de fe de los cristianos, así como
para la misma convivencia humana. En particular, se plantea la cuestión de si
los mandamientos de Dios, que están grabados en el corazón del hombre y forman
parte de la Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar las opciones
cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. ?Es posible obedecer a Dios
y, por tanto, amar a Dios y al prójimo, sin respetar en todas las
circunstancias estos mandamientos? Está también difundida la opinión que pone
en duda el nexo intrínseco e indivisible entre fe y moral, como si sólo en
relación con la fe se debieran decidir la pertenencia a la Iglesia y su unidad
interna, mientras que se podría tolerar en el ámbito moral un pluralismo de
opiniones y de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva
individual o a la diversidad de condiciones sociales y culturales.
5. En ese contexto —todavía actual— he tomado la decisión
de escribir —como ya anuncié en la carta apostólica Spiritus Domini, publicada
el 1 de agosto de 1987 con ocasión del segundo centenario de la muerte de san
Alfonso María de Ligorio— una encíclica destinada a tratar, «más amplia y
profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la
teología moral»9, fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas
tendencias actuales.
Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el
episcopado, que compartís conmigo la responsabilidad de custodiar la «sana
doctrina» (2Tm 4, 3), con la
intención de precisar algunos aspectos doctrinales que son decisivos para
afrontar la que sin duda constituye una verdadera crisis, por ser tan
graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y
para la comunión en la Iglesia, así como para una existencia social justa y
solidaria.
Si esta encíclica —esperada desde hace tiempo— se publica
precisamente ahora, se debe también a que ha parecido conveniente que la
precediera el Catecismo de la Iglesia católica, el cual contiene una
exposición completa y sistemática de la doctrina moral cristiana. El Catecismo
presenta la vida moral de los creyentes en sus fundamentos y en sus múltiples
contenidos como vida de «los hijos de Dios». En él se afirma que «los
cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en
adelante una "vida digna del evangelio de Cristo" (Flp 1, 27). Por los sacramentos y la
oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les
capacitan para ello»10. Por tanto, al citar el Catecismo como «texto de
referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica»11, la
encíclica se limitará a afrontar algunas cuestiones fundamentales de la
enseñanza moral de la Iglesia, bajo la forma de un necesario discernimiento
sobre problemas controvertidos entre los estudiosos de la ética y de la
teología moral. Éste es el objeto específico de la presente encíclica, la cual
trata de exponer, sobre los problemas discutidos, las razones de una enseñanza
moral basada en la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia12,
poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y consecuencias de las
contestaciones de que ha sido objeto tal enseñanza.
CAPITULO I
"MAESTRO,
¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO .....?"
(Mt 19, 16)
Cristo y la
respuesta a la pregunta moral
«Se le acercó uno...» (Mt 19, 16)
6. El diálogo de Jesús con el joven rico,
relatado por san Mateo en el capítulo 19 de su evangelio, puede constituir un
elemento útil para volver a escuchar de modo vivo y penetrante su enseñanza
moral: «Se le acercó uno y le dijo: "Maestro, ?qué he de hacer de bueno
para conseguir la vida eterna?". Él le dijo: "?Por qué me preguntas
acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos". "?Cuáles?" le dice él. Y Jesús dijo:
"No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso
testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti
mismo". Dícele el joven: "Todo eso lo he guardado; ?qué más me
falta?". Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que
tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y
sígueme"» (Mt 19, 16-21)13.
7. «Se le acercó uno...». En el joven, que el evangelio
de Mateo no nombra, podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente
o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta
moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay que
observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En efecto,
ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la
búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es,
en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama
hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre.
Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado a
perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición ponga de relieve la
altísima vocación que los fieles han recibido en Cristo14, única respuesta que
satisface plenamente el anhelo del corazón humano.
Para que los hombres puedan realizar este «encuentro» con Cristo, Dios ha
querido su Iglesia. En efecto, ella «desea servir solamente para este fin:
que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con
cada uno el camino de la vida»15.
«Maestro, ?qué he de hacer de bueno para conseguir
la vida eterna?» (Mt 19, 16)
8. Desde la profundidad del corazón surge
la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta
esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien
moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye
que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio
destino. Él es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra de la
Ley del Señor. Si plantea esta pregunta a Jesús, podemos imaginar que no lo
hace porque ignora la respuesta contenida en la Ley. Es más probable que la
fascinación por la persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos
interrogantes en torno al bien moral. Siente la necesidad de confrontarse con
aquel que había iniciado su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: «El
tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la
buena nueva» (Mc 1, 15).
Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente
a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es
malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que
está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien desvela a los
fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del
Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la economía de
la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela
la condición del hombre y su vocación integral. Por esto, «el hombre que quiere
comprenderse hasta el fondo a sí mismo —y no sólo según pautas y medidas de su
propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces superficiales e incluso
aparentes—, debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y
pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por
decirlo así, entrar en él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar
toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí
mismo. Si se realiza en él este hondo proceso, entonces da frutos no sólo de
adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo»16.
Si queremos, pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender
su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido
de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el sentido de
la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por él. En efecto, Jesús, con delicada
solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso,
hacia la verdad plena.
«Uno solo es el Bueno» (Mt 19, 17)
9. Jesús dice: «?Por qué me preguntas
acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos» (Mt 19, 17).
En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la pregunta es formulada
así: «?Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10, 18; cf. Lc 18, 19).
Antes de responder a la pregunta, Jesús quiere que el
joven se aclare a sí mismo el motivo por el que lo interpela. El «Maestro
bueno» indica a su interlocutor —y a todos nosotros— que la respuesta a la
pregunta, «?qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?», sólo
puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón al único que es Bueno:
«Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,
18; cf. Lc 18, 19). Sólo
Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien.En
efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último término, dirigirse a
Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven
es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al
mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios
mismo: el Único que es digno de ser amado «con todo el corazón, con toda el
alma y con toda la mente» (cf. Mt 22,
37),
Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona la
cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas, con el
reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de la vida, término último del
obrar humano, felicidad perfecta.
10. La Iglesia, iluminada por las
palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido
con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo,
tiene como fin último de su vida ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf.
Ef 1, 12), haciendo así que cada
una de sus acciones refleje su esplendor. «Conócete a ti misma, alma hermosa:
tú eres la imagen de Dios —escribe san Ambrosio—. Conócete a ti mismo,
hombre: tú eres la gloria de Dios (1Co
11, 7). Escucha de qué modo eres su gloria. Dice el profeta: Tu ciencia
es misteriosa para mí (Sal 138, 6),
es decir: tu majestad es más admirable en mi obra, tu sabiduría es exaltada en
la mente del hombre. Mientras me considero a mí mismo, a quien tú escrutas en
los secretos pensamientos y en los sentimientos íntimos, reconozco los
misterios de tu ciencia. Por tanto, conócete a ti mismo, hombre, lo grande que
eres y vigila sobre ti...»17.
Aquello que es el hombre y lo que debe hacer se
manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a sí mismo. En efecto,
el Decálogo se fundamenta sobre estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que
te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti
otros dioses delante de mí» (Ex 20, 2-3).
En las «diez palabras» de la Alianza con Israel, y en toda la Ley, Dios se hace
conocer y reconocer como el único que es «Bueno»; como aquel que, a pesar del
pecado del hombre, continúa siendo el modelo del obrar moral, según su
misma llamada: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2); como Aquel que, fiel a su
amor por el hombre, le da su Ley (cf.Ex
19, 9-24; 20, 18-21) para restablecer la armonía originaria con el Creador
y todo lo creado, y aún más, para introducirlo en su amor: «Caminaré en medio
de vosotros, y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26, 12).
La vida moral se presenta como la respuesta debida
a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre.
Es una respuesta de amor, según el enunciado del mandamiento fundamental
que hace el Deuteronomio: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el
Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estos preceptos que yo te dicto
hoy. Se los repetirás a tus hijos» (Dt
6, 4-7). Así, la vida moral, inmersa en la gratuidad del amor de Dios, está
llamada a reflejar su gloria: «Para quien ama a Dios es suficiente agradar a
Aquel que él ama, ya que no debe buscarse ninguna otra recompensa mayor al
mismo amor; en efecto, la caridad proviene de Dios de tal manera que Dios mismo
es caridad»18.
11. La afirmación de que «uno solo es el
Bueno» nos remite así a la «primera tabla» de los mandamientos, que exige
reconocer a Dios como Señor único y absoluto, y a darle culto solamente a él
porque es infinitamente santo (cf. Ex
20, 2-11). El bien es pertenecer a Dios, obedecerle, caminar
humildemente con él practicando la justicia y amando la piedad (cf. Mi 6, 8).Reconocer al Señor como
Dios es el núcleo fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al
que se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los
mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Señor, porque
sólo Dios es aquel que es «Bueno». Éste es el testimonio de la sagrada
Escritura, cuyas páginas están penetradas por la viva percepción de la absoluta
santidad de Dios: «Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos» (Is 6, 3).
Pero si Dios es el Bien, ningún esfuerzo humano, ni
siquiera la observancia más rigurosa de los mandamientos, logra cumplir
la Ley, es decir, reconocer al Señor como Dios y tributarle la adoración que a
él solo es debida (cf. Mt 4, 10). El
«cumplimiento» puede lograrse sólo como un don de Dios: es el ofrecimiento
de una participación en la bondad divina que se revela y se comunica en Jesús,
aquel a quien el joven rico llama con las palabras «Maestro bueno» (Mc 10, 17; Lc 18, 18). Lo que quizás en ese
momento el joven logra solamente intuir será plenamente revelado al final por
Jesús mismo con la invitación «ven, y sígueme» (Mt 19, 21).
«Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos» (Mt 19, 17)
12. Sólo Dios puede responder a la
pregunta sobre el bien porque él es el Bien. Pero Dios ya respondió a esta
pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría
y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (cf. Rm 2, 15), la «ley natural». Ésta «no
es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a
ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz
y esta ley en la creación»19. Después lo hizo en la historia de Israel, particularmente
con las «diez palabras», o sea, con los mandamientos del Sinaí, mediante
los cuales él fundó el pueblo de la Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser
su «propiedad personal entre todos los pueblos», «una nación santa» (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer
su santidad entre todas las naciones (cf.Sb
18, 4; Ez 20, 41). La entrega
del Decálogo es promesa y signo de la alianza nueva, cuando la ley será
escrita nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (cf. Jr 31, 31-34), para sustituir la ley
del pecado, que había desfigurado aquel corazón (cf. Jr 17, 1). Entonces será dado «un
corazón nuevo» porque en él habitará «un espíritu nuevo», el Espíritu de Dios
(cf. Ez 36, 24-28)20.
Por esto, y tras precisar que «uno solo es el Bueno»,
Jesús responde al joven: «Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos» (Mt 19, 17). De este
modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia
a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de
la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los
mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres; él mismo los
confirma definitivamente y nos los propone como camino y condición de
salvación. El mandamiento se vincula con una promesa: en la antigua
alianza el objeto de la promesa era la posesión de la tierra en la que el
pueblo gozaría de una existencia libre y según justicia (cf. Dt 6, 20-25); en la nueva alianza el
objeto de la promesa es el «reino de los cielos», tal como lo afirma Jesús al
comienzo del «Sermón de la montaña» —discurso que contiene la formulación más
amplia y completa de la Ley nueva (cf. Mt 5-7)—, en clara conexión con
el Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A esta misma
realidad del reino se refiere la expresión vida eterna, que es
participación en la vida misma de Dios; aquélla se realiza en toda su
perfección sólo después de la muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde
ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida, incipiente
participación de una plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús
dice a sus discípulos después del encuentro con el joven rico: «Todo aquel que
haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi
nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29).
13. La respuesta de Jesús no le basta
todavía al joven, que insiste preguntando al Maestro sobre los mandamientos que
hay que observar: «"?Cuáles?", le dice él» (Mt 19, 18). Le interpela sobre qué
debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios. Tras haber
dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús le recuerda los mandamientos
del Decálogo que se refieren al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio,
no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y
amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Mt
19, 18-19).
Por el contexto del coloquio y, especialmente, al comparar
el texto de Mateo con las perícopas paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que
Jesús no pretende detallar todos y cada uno de los mandamientos necesarios para
«entrar en la vida» sino, más bien, indicar al joven la «centralidad» del
Decálogo respecto a cualquier otro precepto, como interpretación de lo que
para el hombre significa «Yo soy el Señor tu Dios». Sin embargo, no nos pueden
pasar desapercibidos los mandamientos de la Ley que el Señor recuerda al joven:
son determinados preceptos que pertenecen a la llamada «segunda tabla» del
Decálogo, cuyo compendio (cf. Rm 13, 8-10)
y fundamento es el mandamiento del amor al prójimo: «Ama a tu prójimo
como a ti mismo» (Mt 19, 19; cf. Mc 12, 31). En este precepto se
expresa precisamente la singular dignidad de la persona humana, la cual
es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma»21. En
efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más que la refracción del
único mandamiento que se refiere al bien de la persona, como compendio de los
múltiples bienes que connotan su identidad de ser espiritual y corpóreo, en
relación con Dios, con el prójimo y con el mundo material. Como leemos en el Catecismo
de la Iglesia católica, «los diez mandamientos pertenecen a la revelación
de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen
de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos
fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana»22.
Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor, están
destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a
través de la tutela de sus bienes particulares. El «no matarás, no
cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio», son normas
morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan
con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la
comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y
la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al
prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa
necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad
—dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes.. como serían el
homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y
pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y
ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad,
pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad
perfecta...»23.
14. Todo ello no significa que Cristo
pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del amor a Dios.
Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la ley, el cual hace una pregunta
muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos mandamientos del amor
a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc
10, 25-27) y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la vida
eterna: «Haz eso y vivirás» (Lc 10, 28).
Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos mandamientos
el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: «?Quién es mi
prójimo?» (Lc 10, 29). El Maestro
responde con la parábola del buen samaritano, la parábola-clave para la plena
comprensión del mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de los cuales «penden toda la Ley y
los profetas» (Mt 22, 40), están
profundamente unidos entre sí y se compenetran recíprocamente. De su unidad
inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión
culmina en la cruz que redime (cf. Jn
3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos
en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia
de los mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo
afirma con extraordinario vigor: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Jn
4, 20). El evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo,
expresada de modo admirable e inequívoco en la parábola del buen samaritano
(cf. Lc 10, 30-37) y en el
«discurso» sobre el juicio final (cf. Mt
25, 31-46).
15. En el «Sermón de la montaña», que
constituye la carta magna de la moral evangélica24, Jesús dice: «No
penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir,
sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17).
Cristo es la clave de las Escrituras: «Vosotros investigáis las Escrituras,
ellas son las que dan testimonio de mí» (cf. Jn 5, 39); él es el centro de la
economía de la salvación, la recapitulación del Antiguo y del Nuevo Testamento,
de las promesas de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; él es el
vínculo viviente y eterno entre la antigua y la nueva alianza. Por su parte,
san Ambrosio, comentando el texto de Pablo en que dice: «el fin de la ley es
Cristo» (Rm 10, 4), afirma que es
«fin no en cuanto defecto, sino en cuanto plenitud de la ley; la cual se cumple
en Cristo (plenitudo legis in Christo est), porque él no vino a abolir
la ley, sino a darle cumplimiento. Al igual que, aunque existe un Antiguo
Testamento, toda verdad está contenida en el Nuevo, así ocurre con la ley: la
que fue dada por medio de Moisés es figura de la verdadera ley. Por tanto, la
mosaica es imagen de la verdad»25.
Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en
particular, el mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y
radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que
ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores
exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como
un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un
camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Co
3, 14). Así, el mandamiento «No matarás», se transforma en la llamada a un
amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo; el precepto que prohíbe
el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada pura, capaz de
respetar el significado esponsal del cuerpo: «Habéis oído que se dijo a los
antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo
os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal... Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os
digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con
ella en su corazón» (Mt 5, 21-22.
27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de la Ley, ya que él realiza su
auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley
viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu,
la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar
testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13, 34-35).
«Si quieres ser perfecto» (Mt 19, 21)
16. La respuesta sobre los mandamientos no
satisface al joven, que de nuevo pregunta a Jesús: «Todo eso lo he guardado;
?qué más me falta?» (Mt 19, 20). No
es fácil decir con la conciencia tranquila «todo eso lo he guardado», si se
comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. Sin
embargo, aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de
verdad haya puesto en práctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde
la infancia, él sabe que aún está lejos de la meta; en efecto, ante la persona
de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. Jesús, en su última
respuesta, se refiere a esa conciencia de que aún falta algo: comprendiendo la
nostalgia de una plenitud que supere la interpretación legalista de los
mandamientos, el Maestro bueno invita al joven a emprender el camino de
la perfección: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo
a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21).
Al igual que el fragmento anterior, también éste debe ser
leído e interpretado en el contexto de todo el mensaje moral del Evangelio y,
especialmente, en el contexto del Sermón de la montaña, de las bienaventuranzas
(cf. Mt 5, 3-12), la primera de las
cuales es precisamente la de los pobres, los «pobres de espíritu», como precisa
san Mateo (Mt 5, 3), esto es, los
humildes. En este sentido, se puede decir que también las bienaventuranzas
pueden ser encuadradas en el amplio espacio que se abre con la respuesta que da
Jesús a la pregunta del joven: «?qué he de hacer de bueno para conseguir la
vida eterna?». En efecto, cada bienaventuranza, desde su propia perspectiva,
promete precisamente aquel bien que abre al hombre a la vida eterna; más
aún, que es la misma vida eterna.
Las bienaventuranzas no tienen propiamente como
objeto unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a
actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no
coinciden exactamente con los mandamientos. Por otra parte, no hay
separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los mandamientos:
ambos se refieren al bien, a la vida eterna. El Sermón de la montaña comienza
con el anuncio de las bienaventuranzas, pero hace también referencia a los
mandamientos (cf. Mt 5, 20-48).
Además, el Sermón muestra la apertura y orientación de los mandamientos con la
perspectiva de la perfección que es propia de las bienaventuranzas. Éstas son,
ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones
normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie
de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones
a su seguimiento y a la comunión de vida con él 26.
17. No sabemos hasta qué punto el joven del evangelio
comprendió el contenido profundo y exigente de la primera respuesta dada por
Jesús: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»; sin embargo, es
cierto que la afirmación manifestada por el joven de haber respetado todas las
exigencias morales de los mandamientos constituye el terreno indispensable
sobre el que puede brotar y madurar el deseo de la perfección, es decir, la
realización de su significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de
Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el
crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el joven, que ha
observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente
sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura («si
quieres») y el don divino de la gracia («ven, y sígueme»).
La perfección exige aquella madurez en el darse a sí
mismo, a que está llamada la libertad del hombre. Jesús indica al joven los
mandamientos como la primera condición irrenunciable para conseguir la vida
eterna; el abandono de todo lo que el joven posee y el seguimiento del Señor
asumen, en cambio, el carácter de una propuesta: «Si quieres...». La palabra de
Jesús manifiesta la dinámica particular del crecimiento de la libertad hacia su
madurez y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la libertad
con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen,
sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe que la
suya es una vocación a la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados a la
libertad» (Ga 5, 13), proclama con
alegría y decisión el apóstol Pablo. Pero, a continuación, precisa: «No toméis
de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor
los unos a los otros» (ib.). La firmeza con la cual el Apóstol se opone
a quien confía la propia justificación a la Ley, no tiene nada que ver con la
«liberación» del hombre con respecto a los preceptos, los cuales, en verdad,
están al servicio del amor: «Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley. En
efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y
todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo» (Rm 13, 8-9).
El mismo san Agustín, después de haber hablado de la observancia de los
mandamientos como de la primera libertad imperfecta, prosigue así: «?Por qué,
preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque "siento en mis miembros
otra ley en conflicto con la ley de mi razón"... Libertad parcial, parcial
esclavitud: la libertad no es aún completa, aún no es pura ni plena porque
todavía no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en
parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en
el bautismo, pero ?acaso ha desaparecido la debilidad después de que la
iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin
pecado en la tierra. ?Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el indigno de
la misericordia del liberador?... Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me
atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras
que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos»27.
18. Quien «vive según la carne» siente la
ley de Dios como un peso, más aún, como una negación o, de cualquier modo, como
una restricción de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el amor
y «vive según el Espíritu» (Ga 5, 16),
y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y
necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido. Más aún, siente
la urgencia interior —una verdadera y propia necesidad, y no ya una
constricción— de no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley, sino de
vivirlas en su plenitud. Es un camino todavía incierto y frágil mientras
estemos en la tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la plena
«libertad de los hijos de Dios» (cf. Rm
8, 21) y, consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida
moral a la sublime vocación de ser «hijos en el Hijo».
Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo
exclusivo a una élite de personas. La invitación: «anda, vende lo que
tienes y dáselo a los pobres», junto con la promesa: «tendrás un tesoro en los
cielos», se dirige a todos, porque es una radicalización del mandamiento
del amor al prójimo. De la misma manera, la siguiente invitación: «ven y sígueme»,
es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios. Los mandamientos y
la invitación de Jesús al joven rico están al servicio de una única e
indivisible caridad, que espontáneamente tiende a la perfección, cuya medida es
Dios mismo: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre
celestial» (Mt 5, 48). En el
evangelio de Lucas, Jesús precisa aún más el sentido de esta perfección: «Sed
misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).
«Ven, y sígueme» (Mt 19, 21)
19. El camino y, a la vez, el contenido
de esta perfección consiste en la sequela Christi, en el seguimiento de
Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismos.
Precisamente ésta es la conclusión del coloquio de Jesús con el joven: «luego
ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Es una
invitación cuya profundidad maravillosa será entendida plenamente por los
discípulos después de la resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los
guiará hasta la verdad completa (cf. Jn
16, 13).
Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a
seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una
misión particular, empezando por los Doce; pero también es cierto que la
condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo (cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir a
Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana: como el
pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la tierra
prometida (cf. Ex 13, 21), así el
discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf. Jn 6, 44).
No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de
cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la
persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su
obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo de Jesús,
siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es la Sabiduría
encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6, 45). En efecto, Jesús es la luz
del mundo, la luz de la vida (cf. Jn 8,
12); es el pastor que guía y alimenta a las ovejas (cf. Jn 10, 11-16), es el camino, la verdad
y la vida (cf. Jn 14, 6), es aquel
que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a él, al Hijo, es ver al
Padre (cf. Jn 14, 6-10). Por eso,
imitar al Hijo, «imagen de Dios invisible» (Co 1, 15), significa imitar
al Padre.
20. Jesús pide que le sigan y le
imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los hermanos
por amor de Dios: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los
otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).
Este «como» exige la imitación de Jesús, la imitación de su amor,
cuyo signo es el lavatorio de los pies: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os
he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros.
Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he
hecho con vosotros» (Jn 13, 14-15).
El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen
la regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo
particular, el acto supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la revelación
viva de su amor al Padre y a los hombres. Éste es el amor que Jesús pide que
imiten cuantos le siguen. Es el mandamiento «nuevo»: «Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he
amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).
Este como indica también la medida con la
que Jesús ha amado y con la que deben amarse sus discípulos entre sí. Después
de haber dicho: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como
yo os he amado» (Jn 15, 12),
Jesús prosigue con las palabras que indican el don sacrificial de su vida en la
cruz, como testimonio de un amor «hasta el extremo» (Jn 13, 1): «Nadie tiene mayor amor que
el que da su vida por sus amigos» (Jn
15, 13).
Jesús, al llamar al joven a seguirle en el camino de la
perfección, le pide que sea perfecto en el mandamiento del amor, en su mandamiento:
que se inserte en el movimiento de su entrega total, que imite y reviva el
mismo amor del Maestro bueno, de aquel que ha amado hasta el extremo.
Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que quiere seguirlo: «Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).
21. Seguir a Cristo no es una
imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda.
Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo
servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante la fe, Cristo
habita en el corazón del creyente (cf. Ef
3, 17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con él; lo cual
es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en
nosotros.
Inserido en Cristo, el cristiano se convierte en miembro
de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1Co 12, 13. 27). Bajo el impulso del
Espíritu, el bautismo configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio
pascual de la muerte y resurrección, lo «reviste» de Cristo (cf. Ga 3, 27): «Felicitémonos y demos
gracias —dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados—: hemos llegado a ser
no solamente cristianos, sino el propio Cristo (...). Admiraos y regocijaos:
¡hemos sido hechos Cristo!»28. El bautizado, muerto al pecado, recibe la vida
nueva (cf. Rm 6, 3-11): viviendo
por Dios en Cristo Jesús, es llamado a caminar según el Espíritu y a manifestar
sus frutos en la vida (cf. Ga 5, 16-25).
La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza (cf.
1Co 11, 23-29), es el culmen de la
asimilación a Cristo, fuente de «vida eterna» (cf. Jn 6, 51-58), principio y fuerza del
don total de sí mismo, del cual Jesús —según el testimonio dado por Pablo—
manda hacer memoria en la celebración y en la vida: «Cada vez que coméis este
pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1Co 11, 26).
«Para Dios todo es posible» (Mt 19, 26)
22. La conclusión del coloquio de Jesús
con el joven rico es amarga: «Al oír estas palabras, el joven se marchó
entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 22). No sólo el hombre rico,
sino también los mismos discípulos se asustan de la llamada de Jesús al
seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas humanas:
«Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: "Entonces, ?quién
se podrá salvar?"» (Mt 19, 25).
Pero el Maestro pone ante los ojos el poder de Dios: «Para los hombres
eso es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19, 26).
En el mismo capítulo del evangelio de Mateo (19, 3-10),
Jesús, interpretando la ley mosaica sobre el matrimonio, rechaza el derecho al
repudio, apelando a un principio más originario y autorizado respecto a
la ley de Moisés: el designio primordial de Dios sobre el hombre, un designio
al que el hombre se ha incapacitado después del pecado: «Moisés, teniendo en
cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres;
pero al principio no fue así» (Mt 19, 8).
La apelación al principio asusta a los discípulos, que comentan con
estas palabras: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no
trae cuenta casarse» (Mt 19, 10). Y
Jesús, refiriéndose específicamente al carisma del celibato «por el reino de
los cielos» (Mt 19, 12), pero enunciando
ahora una ley general, remite a la nueva y sorprendente posibilidad abierta al
hombre por la gracia de Dios: «Él les dijo: "No todos entienden este
lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido"» (Mt 19, 11).
Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el
hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un
don recibido. Lo mismo que el Señor Jesús recibe el amor de su Padre, así,
a su vez, lo comunica gratuitamente a los discípulos: «Como el Padre me amó, yo
también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). El don de Cristo es su
Espíritu, cuyo primer «fruto» (cf. Ga
5, 22) es la caridad: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). San Agustín se pregunta:
«?Es el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la
observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?». Y responde: «Pero
?quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no
ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos»29.
23. «La ley del Espíritu que da la vida
en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos introduce a considerar en la perspectiva de la historia de la
salvación que se cumple en Cristo la relación entre la ley (antigua) y
la gracia (ley nueva). Él reconoce la función pedagógica de la ley, la
cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle
la presunción de la autosuficiencia, lo abre a la invocación y a la acogida de
la «vida en el Espíritu». Sólo en esta vida nueva es posible practicar los
mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos justificados
(cf.Rm 3, 28): la justicia que
la ley exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente
manifestada y concedida por el Señor Jesús. De este modo san Agustín sintetiza
admirablemente la dialéctica paulina entre ley y gracia: «Por esto, la ley ha
sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se
observase la ley»30.
El amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse
ante todo bajo la categoría de precepto, porque lo que exigen supera las
fuerzas del hombre. Sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana,
cura y transforma el corazón del hombre por medio de su gracia: «Porque la ley
fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por
Jesucristo» (Jn 1, 17). Por esto,
la promesa de la vida eterna está vinculada al don de la gracia, y el don del
Espíritu que hemos recibido es ya «prenda de nuestra herencia» (Ef 1, 14).
24. De esta manera, se manifiesta el
rostro verdadero y original del mandamiento del amor y de la perfección a la
que está ordenado; se trata de una posibilidad abierta al hombre
exclusivamente por la gracia, por el don de Dios, por su amor. Por otra
parte, precisamente la conciencia de haber recibido el don, de poseer en
Jesucristo el amor de Dios, genera y sostiene la respuesta responsable de
un amor pleno hacia Dios y entre los hermanos, como recuerda con insistencia el
apóstol san Juan en su primera carta: «Queridos, amémonos unos a otros, ya que
el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó
de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros... Nosotros
amemos, porque él nos amó primero» (1Jn
4, 7-8. 11. 19).
Esta relación inseparable entre la gracia del Señor y la libertad del
hombre, entre el don y la tarea, ha sido expresada en términos sencillos y
profundos por san Agustín, que oraba de esta manera: «Da quod iubes et iube
quod vis» (Da lo que mandas y manda lo que quieras)31.
El don no disminuye, sino que refuerza la exigencia
moral del amor: «Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su
Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó» (1Jn 3, 23). Se puede permanecer en
el amor sólo bajo la condición de que se observen los mandamientos, como afirma
Jesús: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he
guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15, 10).
Resumiendo lo que constituye el núcleo del mensaje moral
de Jesús y de la predicación de los Apóstoles, y volviendo a ofrecer en
admirable síntesis la gran tradición de los Padres de Oriente y de Occidente
—en particular san Agustín32—, santo Tomás afirma que la Ley nueva es la
gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo33. Los preceptos
externos, de los que también habla el evangelio, preparan para esta gracia o
difunden sus efectos en la vida. En efecto, la Ley nueva no se contenta con
decir lo que se debe hacer, sino que otorga también la fuerza para «obrar la
verdad» (cf. Jn 3, 21). Al mismo
tiempo, san Juan Crisóstomo observa que la Ley nueva fue promulgada
precisamente cuando el Espíritu Santo bajó del cielo el día de Pentecostés y
que los Apóstoles «no bajaron del monte llevando, como Moisés, tablas de piedra
en sus manos, sino que volvían llevando al Espíritu Santo en sus
corazones.. convertidos, mediante su gracia, en una ley viva, en un libro
animado»34.
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)
25. El coloquio de Jesús con el joven
rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia;
también hoy. La pregunta: «Maestro, ?qué he de hacer de bueno para
conseguir la vida eterna?» brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y
sólo Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña
los mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una
vida nueva, está siempre presente y operante en medio de nosotros, según su
promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 20). La
contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el
cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a sus discípulos el
Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender sus mandamientos
(cf. Jn 14, 26), y, al mismo
tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3, 5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la
antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del
Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas
permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia. La
tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a los Apóstoles y a sus
sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de la verdad: «Quien a
vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc
10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los Apóstoles cumplieron
la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino» del Señor (cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo el
seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).
26. En la catequesis moral de los
Apóstoles, junto a exhortaciones e indicaciones relacionadas con el
contexto histórico y cultural, hay una enseñanza ética con precisas normas de
comportamiento. Es cuanto emerge en sus cartas, que contienen la interpretación
—bajo la guía del Espíritu Santo— de los preceptos del Señor que hay que vivir
en las diversas circunstancias culturales (cf. Rm 12, 15; 1Co 11-14; Ga 5-6;
Ef 4-6; Col 3-4; 1 P y St ). Encargados de predicar
el Evangelio, los Apóstoles, en virtud de su responsabilidad pastoral, vigilaron,
desde los orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta de los
cristianos35, a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y la
transmisión de los dones divinos mediante los sacramentos36. Los primeros
cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad, se
diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también por
el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva37. En efecto, la
Iglesia es a la vez comunión de fe y de vida; su norma es «la fe que actúa por
la caridad» (Ga 5, 6).
Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre
la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los
cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos
que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1Co 5, 9-13). Los Apóstoles
rechazaron con decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las
acciones que lo expresan y demuestran (cf. 1Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos
apostólicos, los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos
de actuar de aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o
sus comportamientos38.
27. Promover y custodiar, en la unidad de
la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por Jesús a los
Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la
cual se continúa en el ministerio de sus sucesores. Es cuanto se encuentra en
la Tradición viva, mediante la cual —como afirma el concilio Vaticano
II— «la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a
todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradición apostólica va
creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo»39. En el Espíritu, la
Iglesia acoge y transmite la Escritura como testimonio de las maravillas que
Dios ha hecho en la historia (cf. Lc 1,
49), confiesa la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres
y de los doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los santos
y de las santas, y en el sacrificio de los mártires, celebra su esperanza en la
liturgia. Mediante la Tradición los cristianos reciben «la voz viva del
Evangelio»40, como expresión fiel de la sabiduría y de la voluntad divina.
Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la
interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está
en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de
Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y
aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización
de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la
Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y
culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que
confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de
la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la
Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los
santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio.
Además, como afirma de modo particular el Concilio, «el
oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha
sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en
nombre de Jesucristo»41. De este modo, la Iglesia, con su vida y su
enseñanza, se presenta como «columna y fundamento de la verdad» (1Tm 3, 15), también de la verdad
sobre el obrar moral. En efecto, «compete siempre y en todo lugar a la Iglesia
proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así
como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo
exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las
almas»42.
Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusión moral
y en torno a los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teorías, el
Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la tradición de la
Iglesia, siente más urgente el deber de ofrecer el propio discernimiento y
enseñanza, para ayudar al hombre en su camino hacia la verdadera libertad.
CAPITULO II
"NO OS
CONFORMEIS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO"
(Rm 12, 2)
La iglesia y
el discernimiento de algunas tendencias de la teologia moral actual
Enseñar lo que es
conforme a la sana doctrina (cf. Tt
2, 1)
28. La meditación del diálogo entre Jesús
y el joven rico nos ha permitido recoger los contenidos esenciales de la
revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento sobre el comportamiento moral.
Son: la subordinación del hombre y de su obrar a Dios, el único que es
«Bueno»; la relación, indicada de modo claro en los mandamientos divinos,
entre el bien moral de los actos humanos y la vida eterna; el seguimiento
de Cristo, que abre al hombre la perspectiva del amor perfecto; y
finalmente, el don del Espíritu Santo, fuente y fuerza de la vida moral
de la «nueva criatura» (cf. 2Co 5, 17).
La Iglesia, en su reflexión moral, siempre ha
tenido presentes las palabras que Jesús dirigió al joven rico. En efecto, la
sagrada Escritura es la fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de
la Iglesia, como ha recordado el concilio Vaticano II: «El Evangelio (es)...
fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta»43. La Iglesia ha
custodiado fielmente lo que la palabra de Dios enseña no sólo sobre las
verdades de fe, sino también sobre el comportamiento moral, es decir, el
comportamiento que agrada a Dios (cf. 1Ts
4, 1), llevando a cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha
dado en el ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el Espíritu
Santo que la guía hasta la verdad completa (cf.Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede
dejar nunca de escrutar el «misterio del Verbo encarnado», pues sólo en él «se
esclarece el misterio del hombre»44.
29. La reflexión moral de la Iglesia, hecha siempre a la
luz de Cristo, el «Maestro bueno», se ha desarrollado también en la forma
específica de la ciencia teológica llamada teología moral; ciencia que
acoge e interpela la divina Revelación y responde a la vez a las exigencias de
la razón humana. La teología moral es una reflexión que concierne a la «moralidad»,
o sea, al bien y al mal de los actos humanos y de la persona que los realiza, y
en este sentido está abierta a todos los hombres; pero es también teología, en
cuanto reconoce el principio y el fin del comportamiento moral en el único que
es Bueno y que, dándose al hombre en Cristo, le ofrece las
bienaventuranzas de la vida divina.
El concilio Vaticano II invitó a los estudiosos a poner «una atención
especial en perfeccionar la teología moral; su exposición científica,
alimentada en mayor grado con la doctrina de la sagrada Escritura, ha de
iluminar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación
de producir frutos en el amor para la vida del mundo»45. El mismo Concilio
invitó a los teólogos a observar los métodos y exigencias propios de la ciencia
teológica, y «a buscar continuamente un modo más adecuado de comunicar la
doctrina a los hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito mismo de la
fe, es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan, conservando su
mismo sentido y significado»46. De ahí la ulterior invitación dirigida a todos
los fieles, pero de manera especial a los teólogos: «Los fieles deben vivir
estrechamente unidos a los demás hombres de su tiempo y procurar comprender
perfectamente su forma de pensar y sentir, lo cual se expresa por medio de la
cultura»47.
El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el Concilio,
ya ha dado sus frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades
de fe que hay que creer y aplicar en la vida, presentadas de manera más
adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro
tiempo. La Iglesia y particularmente los obispos, a los cuales Cristo ha
confiado ante todo el servicio de enseñar, acogen con gratitud este esfuerzo y
alientan a los teólogos a un ulterior trabajo, animado por un profundo y
auténtico temor del Señor, que es el principio de la sabiduría (cf. Pr 1, 7).
Al mismo tiempo, en el ámbito de las discusiones
teológicas posconciliares se han dado, sin embargo, algunas interpretaciones
de la moral cristiana que no son compatibles con la «doctrina sana» (2Tm 4, 3). Ciertamente el Magisterio de
la Iglesia no desea imponer a los fieles ningún sistema teológico particular y
menos filosófico, sino que, para «custodiar celosamente y explicar fielmente»
la palabra de Dios48, tiene el deber de declarar la incompatibilidad de ciertas
orientaciones del pensamiento teológico, y de algunas afirmaciones filosóficas,
con la verdad revelada49.
30. Al dirigirme con esta encíclica a vosotros, hermanos en
el episcopado, deseo enunciar los principios necesarios para el
discernimiento de lo que es contrario a la «doctrina sana», recordando aquellos
elementos de la enseñanza moral de la Iglesia que hoy parecen particularmente
expuestos al error, a la ambigüedad o al olvido. Por otra parte, son elementos
de los cuales depende la «respuesta a los enigmas recónditos de la condición
humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente los corazones: ?Qué es el
hombre?, ?cuál es el sentido y el fin de nuestra vida?, ?qué es el bien y qué
el pecado?, ?cuál es el origen y el fin del dolor?, ?cuál es el camino para
conseguir la verdadera felicidad?, ?qué es la muerte, el juicio y la
retribución después de la muerte?, ?cuál es, finalmente, ese misterio último e
inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia el que nos
dirigimos?»50.
Estos y otros interrogantes, como ?qué es la libertad y
cuál es su relación con la verdad contenida en la ley de Dios?, ?cuál es el
papel de la conciencia en la formación de la concepción moral del hombre?,
?cómo discernir, de acuerdo con la verdad sobre el bien, los derechos y deberes
concretos de la persona humana?, se pueden resumir en la pregunta fundamental que
el joven del evangelio hizo a Jesús: «Maestro bueno, ?qué he de hacer para
tener en herencia la vida eterna?». Enviada por Jesús a predicar el Evangelio y
a «hacer discípulos a todas las gentes.. enseñándoles a guardar todo» lo
que él ha mandado (cf.Mt 28, 19-20),
la Iglesia propone nuevamente, todavía hoy, la respuesta del Maestro. Ésta
tiene una luz y una fuerza capaces de resolver incluso las cuestiones más
discutidas y complejas. Esta misma luz y fuerza impulsan a la Iglesia a
desarrollar constantemente la reflexión no sólo dogmática, sino también moral
en un ámbito interdisciplinar, y en la medida en que sea necesario para
afrontar los nuevos problemas51.
Siempre bajo esta misma luz y fuerza, el Magisterio de
la Iglesia realiza su obra de discernimiento, acogiendo y aplicando la
exhortación que el apóstol Pablo dirigía a Timoteo: «Te conjuro en presencia de
Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su
manifestación y por su reino: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a
destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque
vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que,
arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán una multitud de maestros por
el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a
las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los
sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu
ministerio» (2Tm, 4, 1-5; cf. Tt
1, 10.13-14).
«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)
31. Los problemas humanos más debatidos y resueltos de
manera diversa en la reflexión moral contemporánea se relacionan, aunque sea de
modo distinto, con un problema crucial: la libertad del hombre.
No hay duda de que hoy día existe una concientización particularmente viva
sobre la libertad. «Los hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada
vez mayor de la dignidad de la persona humana», como constataba ya la
declaración conciliar Dignitatis humanae sobre
la libertad religiosa52. De ahí la reivindicación de la posibilidad de que los
hombres «actúen según su propio criterio y hagan uso de una libertad
responsable, no movidos por coacción, sino guiados por la conciencia del
deber»53. En concreto, el derecho a la libertad religiosa y al respeto de la
conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez más como fundamento
de los derechos de la persona, considerados en su conjunto54.
De este modo, el sentido más profundo de la dignidad de la persona humana y
de su unicidad, así como del respeto debido al camino de la conciencia, es
ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna. Esta percepción,
auténtica en sí misma, ha encontrado múltiples expresiones, más o menos
adecuadas, de las cuales algunas, sin embargo, se alejan de la verdad sobre el
hombre como criatura e imagen de Dios y necesitan por tanto ser corregidas o
purificadas a la luz de la fe55.
32. En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha
llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un
absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan
las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son
explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las
prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica
e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir
la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio
moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero,
de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un
criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma
que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la
crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre
el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente
la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera en su
realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que
debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y
expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora;
sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el
privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y
actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética individualista, para
la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los
demás. El individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la
negación de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes concepciones están en la base de las corrientes de
pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre
naturaleza y libertad.
33. Paralelamente a la exaltación de la libertad, y
paradójicamente en contraste con ella, la cultura moderna pone radicalmente
en duda esta misma libertad. Un conjunto de disciplinas, agrupadas bajo el
nombre de «ciencias humanas», han llamado justamente la atención sobre los
condicionamientos de orden psicológico y social que pesan sobre el ejercicio de
la libertad humana. El conocimiento de tales condicionamientos y la atención
que se les presta son avances importantes que han encontrado aplicación en
diversos ámbitos de la existencia, como por ejemplo en la pedagogía o en la
administración de la justicia. Pero algunos de ellos, superando las
conclusiones que se pueden sacar legítimamente de estas observaciones, han
llegado a poner en duda o incluso a negar la realidad misma de la libertad
humana.
Hay que recordar también algunas interpretaciones abusivas de la
investigación científica en el campo de la antropología. Basándose en la gran
variedad de costumbres, hábitos e instituciones presentes en la humanidad, se
llega a conclusiones que, aunque no siempre niegan los valores humanos
universales, sí llevan a una concepción relativista de la moral.
34. «Maestro bueno, ?qué he de hacer para
tener en herencia la vida eterna?». La pregunta moral, a la que responde
Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más, lo
considera central, porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede
convertirse al bien sólo en la libertad»56. Pero, ?qué libertad? El
Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la
libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a menudo la cultivan de
mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal»—,
presenta la verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo eminente
de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en
manos de su propia decisión" (cf. Si
15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a
él, llegue libremente a la plena y feliz perfección»57. Si existe el derecho de
ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes
la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una
vez conocida58. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los
derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: «La conciencia tiene unos
derechos porque tiene unos deberes»59.
Algunas tendencias de la teología moral actual, bajo el influjo de las
corrientes subjetivistas e individualistas a que acabamos de aludir,
interpretan de manera nueva la relación de la libertad con la ley moral, con la
naturaleza humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de
valoración moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun en su
diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar la
dependencia de la libertad con respecto a la verdad.
Si queremos hacer un discernimiento crítico de estas
tendencias —capaz de reconocer cuanto hay en ellas de legítimo, útil y valioso
y de indicar, al mismo tiempo, sus ambigüedades, peligros y errores—, debemos
examinarlas teniendo en cuenta que la libertad depende fundamentalmente de la
verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por
las palabras de Cristo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
I. La libertad y la ley
«Del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás» (Gn 2, 17)
35. Leemos en el libro del Génesis: «Dios
impuso al hombre este mandamiento: "De cualquier árbol del jardín puedes
comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día
que comieres de él, morirás sin remedio"» (Gn 2, 16-17).
Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el
bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es
ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los
mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer «de
cualquier árbol del jardín». Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe
detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar
llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del
hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación. Dios, el
único que es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en
virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos.
La ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al
contrario, la garantiza y promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas
tendencias culturales contemporáneas abogan por determinadas orientaciones éticas,
que tienen como centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la
libertad y la ley. Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los
grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y el mal: la
libertad humana podría «crear los valores» y gozaría de una primacía sobre la
verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de
la libertad; la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que
prácticamente significaría su soberanía absoluta.
36. La demanda de autonomía que se da en nuestros días no
ha dejado de ejercer su influencia incluso en el ámbito de la teología moral
católica. En efecto, si bien ésta nunca ha intentado contraponer la
libertad humana a la ley divina, ni poner en duda la existencia de un
fundamento religioso último de las normas morales, ha sido llevada, no
obstante, a un profundo replanteamiento del papel de la razón y de la fe en la
fijación de las normas morales que se refieren a específicos comportamientos
«intramundanos», es decir, con respecto a sí mismos, a los demás y al mundo de
las cosas.
Se debe constatar que en la base de este esfuerzo de replanteamiento se
encuentran algunas demandas positivas, que, por otra parte, pertenecen,
en su mayoría, a la mejor tradición del pensamiento católico. Interpelados por
el concilio Vaticano II60, se ha querido favorecer el diálogo con la cultura
moderna, poniendo de relieve el carácter racional —y por lo tanto
universalmente comprensible y comunicable— de las normas morales correspondientes
al ámbito de la ley moral y natural61. Se ha querido reafirmar, además, el
carácter interior de las exigencias éticas que derivan de esa misma ley y que
no se imponen a la voluntad como una obligación, sino en virtud del
reconocimiento previo de la razón humana y, concretamente, de la conciencia
personal.
Algunos, sin embargo, olvidando que la razón humana
depende de la Sabiduría divina y que, en el estado actual de naturaleza caída,
existe la necesidad y la realidad efectiva de la divina Revelación para el
conocimiento de verdades morales incluso de orden natural62, han llegado a
teorizar una completa autonomía de la razón en el ámbito de las normas
morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este mundo. Tales normas
constituirían el ámbito de una moral solamente «humana», es decir, serían la
expresión de una ley que el hombre se da autónomamente a sí mismo y que tiene
su origen exclusivamente en la razón humana. Dios en modo alguno podría ser
considerado autor de esta ley, a no ser en el sentido de que la razón humana
ejerce su autonomía legisladora en virtud de un mandato originario y total de
Dios al hombre. Ahora bien, estas tendencias de pensamiento han llevado a
negar, contra la sagrada Escritura (cf. Mt
15, 3-6) y la doctrina perenne de la Iglesia, que la ley moral natural
tenga a Dios como autor y que el hombre, mediante su razón, participe de la ley
eterna, que no ha sido establecida por él.
37. Queriendo, no obstante, mantener la vida moral en un
contexto cristiano, ha sido introducida por algunos teólogos moralistas una
clara distinción, contraria a la doctrina católica63, entre un orden ético —que
tendría origen humano y valor solamente mundano—, y un orden de la
salvación, para el cual tendrían importancia sólo algunas intenciones y
actitudes interiores ante Dios y el prójimo. En consecuencia, se ha llegado
hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido
moral específico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra
de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que
luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones
normativas verdaderamente «objetivas», es decir, adecuadas a la situación
histórica concreta. Naturalmente una autonomía concebida así comporta también
la negación de una competencia doctrinal específica por parte de la Iglesia y
de su magisterio sobre normas morales determinadas relativas al llamado «bien
humano». Éstas no pertenecerían al contenido propio de la Revelación y no
serían en sí mismas importantes en orden a la salvación.
No hay nadie que no vea que semejante interpretación de la autonomía de la
razón humana comporta tesis incompatibles con la doctrina católica.
En este contexto es absolutamente necesario aclarar, a la luz de la palabra
de Dios y de la tradición viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre
la libertad humana y la ley moral, así como sus relaciones profundas e
internas. Sólo así será posible corresponder a las justas exigencias de la
racionalidad humana, incorporando los elementos válidos de algunas corrientes
de la teología moral actual, sin prejuzgar el patrimonio moral de la Iglesia
con tesis basadas en un erróneo concepto de autonomía.
Dios quiso dejar al
hombre «en manos de su propio albedrío» (Si 15, 14)
38. Citando las palabras del Eclesiástico, el concilio
Vaticano II explica así la «verdadera libertad» que en el hombre es «signo eminente
de la imagen divina»: «Quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propio
albedrío", de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose
a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección»64. Estas palabras
indican la maravillosa profundidad de la participación en la soberanía
divina, a la que el hombre ha sido llamado; indican que la soberanía del
hombre se extiende, en cierto modo, sobre el hombre mismo. Éste es un aspecto
puesto de relieve constantemente en la reflexión teológica sobre la libertad
humana, interpretada en los términos de una forma de realeza. Dice, por
ejemplo, san Gregorio Niseno: «El ánimo manifiesta su realeza y excelencia...
en su estar sin dueño y libre, gobernándose autocráticamente con su voluntad.
?De quién más es propio esto sino del rey?... Así la naturaleza humana, creada
para ser dueña de las demás criaturas, por la semejanza con el soberano del
universo fue constituida como una viva imagen, partícipe de la dignidad y del
nombre del Arquetipo»65.
Gobernar el mundo constituye ya para el hombre un
cometido grande y lleno de responsabilidad, que compromete su libertad a
obedecer al Creador: «Henchid la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). Bajo este aspecto cada hombre,
así como la comunidad humana, tiene una justa autonomía, a la cual la
constitución conciliar Gaudium et spes dedica
una especial atención. Es la autonomía de las realidades terrenas, la cual
significa que «las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y
valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar
paulatinamente»66.
39. No sólo el mundo, sino también el
hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y responsabilidad. Dios
lo ha dejado «en manos de su propio albedrío» (Si 15, 14), para que busque a su
creador y alcance libremente la perfección. Alcanzar significaedificar
personalmente en sí mismo esta perfección. En efecto, igual que gobernando
el mundo el hombre lo configura según su inteligencia y voluntad, así
realizando actos moralmente buenos, el hombre confirma, desarrolla y consolida
en sí mismo la semejanza con Dios.
El Concilio, no obstante, llama la atención ante un falso concepto de
autonomía de las realidades terrenas: el que considera que «las cosas creadas
no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer referencia al
Creador»67. De cara al hombre, semejante concepto de autonomía produce efectos
particularmente perjudiciales, asumiendo en última instancia un carácter ateo:
«Pues sin el Creador la criatura se diluye... Además, por el olvido de Dios la
criatura misma queda oscurecida»68.
40. La enseñanza del Concilio subraya,
por un lado, la actividad de la razón humana cuando determina la
aplicación de la ley moral: la vida moral exige la creatividad y la
ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos deliberados.
Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna,
que no es otra cosa que la misma sabiduría divina69. La vida moral se basa,
pues, en el principio de una «justa autonomía»70 del hombre, sujeto personal de
sus actos. La ley moral proviene de Dios y en él tiene siempre su origen. En
virtud de la razón natural, que deriva de la sabiduría divina, la ley moral
es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En efecto, la ley natural,
como se ha visto, «no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en
nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se
debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en la creación»71. La justa
autonomía de la razón práctica significa que el hombre posee en sí mismo la
propia ley, recibida del Creador. Sin embargo, la autonomía de la razón no
puede significar la creación, por parte de la misma razón, de los
valores y de las normas morales72. Si esta autonomía implicase una negación
de la participación de la razón práctica en la sabiduría del Creador y
Legislador divino, o bien se sugiriera una libertad creadora de las normas
morales, según las contingencias históricas o las diversas sociedades y
culturas, tal pretendida autonomía contradiría la enseñanza de la Iglesia sobre
la verdad del hombre73. Sería la muerte de la verdadera libertad: «Mas del
árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque, el día que comieres
de él, morirás sin remedio» (Gn 2, 17).
41. La verdadera autonomía moral del
hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la ley moral,
del mandato de Dios: «Dios impuso al hombre este mandamiento...» (Gn 2, 16). La libertad del hombre y
la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en
el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita
benevolencia de Dios al hombre. Y, por tanto, la obediencia a Dios no es, como
algunos piensan, una heteronomía, como si la vida moral estuviese
sometida a la voluntad de una omnipotencia absoluta, externa al hombre y
contraria a la afirmación de su libertad. En realidad, si heteronomía de la
moral significase negación de la autodeterminación del hombre o imposición de
normas ajenas a su bien, tal heteronomía estaría en contradicción con la
revelación de la Alianza y de la Encarnación redentora, y no sería más que una
forma de alienación, contraria a la sabiduría divina y a la dignidad de la
persona humana.
Algunos hablan justamente de teonomía, o de teonomía
participada, porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica
efectivamente que la razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y de
la providencia de Dios. Al prohibir al hombre que coma «del árbol de la ciencia
del bien y del mal», Dios afirma que el hombre no tiene originariamente este
«conocimiento», sino que participa de él solamente mediante la luz de la razón
natural y de la revelación divina, que le manifiestan las exigencias y las
llamadas de la sabiduría eterna. Por tanto, la ley debe considerarse como una
expresión de la sabiduría divina. Sometiéndose a ella, la libertad se somete a
la verdad de la creación. Por esto conviene reconocer en la libertad de la
persona humana la imagen y cercanía de Dios, que está «presente en todos» (cf. Ef 4, 6); asimismo, conviene proclamar
la majestad del Dios del universo y venerar la santidad de la ley de Dios
infinitamente trascendente. Deus semper maior74.
Dichoso el hombre que se
complace en la ley del Señor (cf. Sal
1, 1-2)
42. La libertad del hombre, modelada
según la de Dios, no sólo no es negada por su obediencia a la ley divina, sino
que solamente mediante esta obediencia permanece en la verdad y es conforme a
la dignidad del hombre, como dice claramente el Concilio: «La dignidad del
hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es
decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un
ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta
dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su
fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los
medios adecuados para ello»75. El hombre, en su tender hacia Dios —«el único
Bueno»—, debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Pero para esto el
hombre debe poder distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo,
gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del esplendor del
rostro de Dios. A este respecto, comentando un versículo del Salmo 4, afirma
santo Tomás: «El salmista, después de haber dicho: "sacrificad un
sacrificio de justicia" (Sal 4, 6),
añade, para los que preguntan cuáles son las obras de justicia: "Muchos
dicen: ?Quién nos mostrará el bien? "; y, respondiendo a esta
pregunta, dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en
nuestras mentes", como si la luz de la razón natural, por la cual
discernimos lo bueno y lo malo —tal es el fin de la ley natural—, no fuese otra
cosa que la luz divina impresa en nosotros»76. De esto se deduce el motivo por
el cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la naturaleza de los
seres irracionales, sino porque la razón que la promulga es propia de la
naturaleza humana77.
43. El concilio Vaticano II recuerda que «la norma suprema
de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante
la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabiduría y de su
amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre
partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto
suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad
inmutable»78.
El Concilio remite a la doctrina clásica sobre la ley
eterna de Dios. San Agustín la define como «la razón o la voluntad de Dios
que manda conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo»79; santo Tomás la identifica
con «la razón de la sabiduría divina, que mueve todas las cosas hacia su debido
fin»80. Pero la sabiduría de Dios es providencia, amor solícito. Es, pues, Dios
mismo quien ama y, en el sentido más literal y fundamental, se cuida de toda la
creación (cf. Sb 7, 22; 8-11). Sin
embargo, Dios provee a los hombres de manera diversa respecto a los demás seres
que no son personas: no desde fuera, mediante las leyes inmutables de la
naturaleza física, sino desde dentro, mediante la razón que, conociendo
con la luz natural la ley eterna de Dios, es por esto mismo capaz de indicar al
hombre la justa dirección de su libre actuación81. De esta manera, Dios llama
al hombre a participar de su providencia, queriendo por medio del hombre mismo,
o sea, a través de su cuidado razonable y responsable, dirigir el mundo: no
sólo el mundo de la naturaleza, sino también el de las personas humanas. En
este contexto, como expresión humana de la ley eterna de Dios, se sitúa la ley
natural: «La criatura racional, entre todas las demás —afirma santo Tomás—,
está sometida a la divina Providencia de una manera especial, ya que se hace
partícipe de esa providencia, siendo providente para sí y para los demás.
Participa, pues, de la razón eterna; ésta le inclina naturalmente a la acción y
al fin debidos. Y semejante participación de la ley eterna en la criatura
racional se llama ley natural»82.
44. La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina
tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi
venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de
la razón y de la ley humana a la sabiduría de Dios y a su ley. Después de
afirmar que «la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos
los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana
que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar», León XIII se refiere a la
«razón más alta» del Legislador divino. «Pero tal prescripción de la razón
humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una
razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar
sometidos». En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer
unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: «Ahora
bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como
legislador supremo, se diera la norma de sus acciones». Y concluye: «De ello se
deduce que la ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres
dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es
la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo»83.
El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel
discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón
iluminada por la revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que
Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí.
Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y
signo de la elección y de la alianza divina, y a la vez como garantía de la
bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y
preguntarles: «?Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca
como lo está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ?cuál es la gran
nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os
expongo hoy?» (Dt 4, 7-8). Es en
los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y
veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios,
junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida:
«¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de
los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se
complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche!» (Sal 1, 1-2). «La ley del Señor es
perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del
sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, gozo del corazón; claro el
mandamiento del Señor, luz de los ojos» (Sal 19, 8-9).
45. La Iglesia acoge con reconocimiento y
custodia con amor todo el depósito de la Revelación, tratando con religioso
respeto y cumpliendo su misión de interpretar la ley de Dios de manera
auténtica a la luz del Evangelio. Además, la Iglesia recibe como don la Ley
nueva, que es el «cumplimiento» de la ley de Dios en Jesucristo y en su
Espíritu. Es una ley «interior» (cf. Jr
31, 31-33), «escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en
tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2Co 3, 3); una ley de perfección y de
libertad (cf.2Co 3, 17); es «la
ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8, 2). Sobre esta ley dice santo
Tomás: «Ésta puede llamarse ley en doble sentido. En primer lugar, ley del
espíritu es el Espíritu Santo... que, por inhabitación en el alma, no sólo
enseña lo que es necesario realizar iluminando el entendimiento sobre las cosas
que hay que hacer, sino también inclina a actuar con rectitud... En segundo
lugar, ley del espíritu puede llamarse el efecto propio del Espíritu Santo, es
decir, la fe que actúa por la caridad (Ga
5, 6), la cual, por eso mismo, enseña interiormente sobre las cosas que hay
que hacer... e inclina el afecto a actuar»84.
Aunque en la reflexión teológico-moral se