Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 5 de enero de 2000
«María, hija predilecta del Padre»
1. Pocos días después de la inauguración del gran jubileo, me alegra
iniciar hoy la primera audiencia general del año 2000 expresando a todos los
presentes mi más cordial deseo para el Año jubilar: que constituya realmente un
«tiempo fuerte» de gracia, reconciliación y renovación interior.
El año pasado, el último de los que dedicamos a la preparación inmediata del
jubileo, profundizamos juntos en el misterio del Padre. Hoy, al concluir ese
ciclo de reflexiones y casi como una especial introducción a las catequesis del
Año santo, queremos hablar una vez más con amor sobre la persona de María.
En ella, «hija predilecta del Padre» (Lumen gentium, 53), se manifestó el plan divino de amor para la
humanidad. El Padre, al destinarla a convertirse en la madre de su Hijo, la
eligió entre todas las criaturas y la elevó a la más alta dignidad y misión al
servicio de su pueblo.
Este plan del Padre comienza a manifestarse en el
«Protoevangelio», cuando, después de la caída de Adán y Eva, Dios anuncia que
pondrá enemistad entre la serpiente y la mujer: el hijo de la mujer aplastará
la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3, 15).
La promesa comienza a realizarse en la Anunciación, cuando el ángel dirige a
María la propuesta de convertirse en Madre del Salvador.
2. «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28). Las primeras palabras que
el Padre dirige a María, a través del ángel, son una fórmula de saludo que se
puede entender como una invitación a la alegría, invitación que recuerda la que
dirigió a todo el pueblo de Israel el profeta Zacarías: «¡Alégrate sobremanera,
hija de Sión; grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu
rey» (Za 9, 9; cf. también So 3, 14-18). Con estas primeras
palabras dirigidas a María, el Padre revela su intención de comunicar a la
humanidad la alegría verdadera y definitiva. La alegría propia del Padre, que
consiste en tener a su lado al Hijo, es ofrecida a todos, pero ante todo es
encomendada a María, para que desde ella se difunda a la comunidad humana.
3. En María la invitación a la alegría está vinculada al don especial
que había recibido del Padre: «Llena de gracia». La expresión
griegakecaritwmenh, con acierto, suele traducirse «llena de gracia», pues se
trata de una abundancia que alcanza su máximo grado.
Podemos notar que la expresión suena como si constituyera el nombre mismo de
María, el «nombre» que le dio el Padre desde el origen de su existencia. En
efecto, desde su concepción su alma está colmada de todas las bendiciones, que
le permitirán un camino de eminente santidad a lo largo de toda su existencia
terrena. En el rostro de María se refleja el rostro misterioso del Padre. La
ternura infinita de Dios-Amor se revela en los rasgos maternos de la Madre de
Jesús.
4. María es la única madre que puede decir,
hablando de Jesús, «mi hijo», como lo dice el Padre: «Tú eres mi Hijo» (Mc 1, 11). Por su parte, Jesús dice al
Padre: «Abbá», «Papá» (cf. Mc 14, 36),
mientras dice «mamá» a María, poniendo en este nombre todo su afecto filial.
En la vida pública, cuando deja a su madre en Nazaret, al encontrarse con
ella la llama «mujer», para subrayar que él ya sólo recibe órdenes del Padre,
pero también para declarar que ella no es simplemente una madre biológica, sino
que tiene una misión que desempeñar como «Hija de Sión» y madre del pue-blo de
la nueva Alianza. En cuanto tal, María permanece siempre orientada a la plena
adhesión a la voluntad del Padre.
No era el caso de toda la familia de Jesús. El cuarto
evangelio nos revela que sus parientes «no creían en él» (Jn 7, 5) y san Marcos refiere que
«fueron a hacerse cargo de él, pues decían: "Está fuera de sí"» (Mc 3, 21). Podemos tener la certeza de
que las disposiciones íntimas de María eran completamente diversas. Nos lo
asegura el evangelio de san Lucas en el que María se presenta a sí misma como
la humilde «esclava del Señor» (Lc 1,
38). Desde esta pers-pectiva se ha de leer la respuesta que dio Jesús
cuando «le anunciaron: "Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren
verte"» (Mc 8, 20; cf. Mt 12, 46-47; Mc 3, 32); Jesús respondió: «Mi madre
y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). En efecto, María es un
modelo de escucha de la palabra de Dios (cf. Lc 2, 19. 51) y de docilidad a ella.
5. La Virgen conservó y renovó con perseverancia la
completa disponibilidad que había expresado en la Anunciación. El inmenso privilegio
y la excelsa misión de ser Madre del Hijo de Dios no cambiaron su conducta de
humilde sumisión al plan del Padre. Entre los demás aspectos de ese plan
divino, ella asumió el compromiso educativo implicado en su maternidad. La
madre no es sólo la que da a luz, sino también la que se compromete activamente
en la formación y el desarrollo de la personalidad del hijo. Seguramente, el
comportamiento de María influyó en la conducta de Jesús. Se puede pensar, por
ejemplo, que el gesto del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 4-5), que dejó a sus discípulos
como modelo para seguir (cf. Jn 13, 14-15),
reflejaba lo que Jesús mismo había observado desde su infancia en el
comportamiento de María, cuando ella lavaba los pies a los huéspedes, con
espíritu de servicio humilde.
Según el testimonio del evangelio, Jesús, en el período
transcurrido en Nazaret, estaba «sujeto» a María y a José (cf. Lc 2, 51). Así recibió de María una
verdadera educación, que forjó su hu-manidad. Por otra parte, María se dejaba
influir y formar por su hijo. En la progresiva manifestación de Jesús descubrió
cada vez más profundamente al Padre y le hizo el homenaje de todo el amor de su
corazón filial. Su tarea consiste ahora en ayudar a la Iglesia a caminar como
ella tras las huellas de Cristo.
(L'Osservatore Romano - 7 de enero de 2000)