Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 9 de febrero de 2000
La gloria de la Trinidad en la
historia
1. Como habéis escuchado en la lectura, este encuentro
ha tomado como punto de partida el "Gran Hallel", el salmo 136, que
es una solemne letanía para solista y coro: es un himno al hesed de
Dios, es decir, a su amor fiel, que se revela en los acontecimientos de la
historia de la salvación, particularmente en la liberación de la esclavitud de
Egipto y en el don de la tierra prometida. El Credo del Israel de Dios (cf. Dt 26, 5-9; Jos 24, 1-13) proclama las
intervenciones divinas dentro de la historia humana: el Señor no es un
emperador impasible, rodeado de una aureola de luz y relegado en los cielos
dorados. Él observa la miseria de su pueblo en Egipto, escucha su grito y baja
para liberarlo (cf. Ex 3, 7-8).
2. Pues bien, ahora trataremos de ilustrar esta
presencia de Dios en la historia, a la luz de la revelación trinitaria, que,
aunque se realizó plenamente en el Nuevo Testamento, ya se halla anticipada y
bosquejada en el Antiguo. Así pues, comenzaremos con el Padre, cuyas
características ya se pueden entrever en la acción de Dios que interviene en la
historia como padre tierno y solícito con respecto a los justos que acuden a
él. Él es "padre de los huérfanos y defensor de las viudas" (Sal 68, 6); también es padre en
relación con el pueblo rebelde y pecador.
Dos páginas proféticas de extraordinaria belleza e
intensidad presentan un delicado soliloquio de Dios con respecto a sus
"hijos descarriados" (Dt 32,
5). Dios manifiesta en él su presencia constante y amorosa en el entramado
de la historia humana. En Jeremías el Señor exclama: "Yo soy para Israel
un padre (...) ¿No es mi hijo predilecto, mi niño mimado? Pues cuantas veces
trato de amenazarlo, me acuerdo de él; por eso se conmueven mis entrañas por
él, y siento por él una profunda ternura" (Jr 31, 9. 20). La otra estupenda
confesión de Dios se halla en Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, y
de Egipto llamé a mi hijo. (...) Yo le enseñé a caminar, tomándolo por los
brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarlo. Los atraía con vínculos de
bondad, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su
mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (...) Mi corazón está en mí
trastornado, y se han conmovido mis entrañas" (Os 11, 1. 3-4. 8).
3. De estos pasajes de la Biblia debemos sacar como
conclusión que Dios Padre de ninguna manera es indiferente frente a nuestras
vicisitudes. Más aún, llega incluso a enviar a su Hijo unigénito, precisamente
en el centro de la historia, como lo atestigua el mismo Cristo en el diálogo
nocturno con Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo
unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él" (Jn
3, 16-17). El Hijo se inserta dentro del tiempo y del espacio como el
centro vivo y vivificante que da sentido definitivo al flujo de la historia,
salvándola de la dispersión y de la banalidad. Especialmente hacia la cruz de
Cristo, fuente de salvación y de vida eterna, converge toda la humanidad con
sus alegrías y sus lágrimas, con su atormentada historia de bien y mal:
"Cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Con una frase lapidaria la
carta a los Hebreos proclamará la presencia perenne de Cristo en la historia:
"Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8).
4. Para descubrir debajo del flujo de los
acontecimientos esta presencia secreta y eficaz, para intuir el reino de Dios,
que ya se encuentra entre nosotros (cf.Lc
17, 21), es necesario ir más allá de la superficie de las fechas y los
eventos históricos. Aquí entra en acción el Espíritu Santo. Aunque el
Antiguo Testamento no presenta aún una revelación explícita de su persona, se
le pueden "atribuir" ciertas iniciativas salvíficas. Es él quien
mueve a los jueces de Israel (cf. Jc 3,
10), a David (cf.1S 16, 13), al
rey Mesías (cf. Is 11, 1-2;
42, 1), pero sobre todo es él quien se derrama sobre los profetas, los cuales
tienen la misión de revelar la gloria divina velada en la historia, el designio
del Señor encerrado en nuestras vicisitudes. El profeta Isaías presenta una
página de gran eficacia, que recogerá Cristo en su discurso programático en la
sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, pues
Yahveh me ha ungido, me ha enviado a predicar la buena nueva a los pobres, a
sanar los corazones quebrantados, a anunciar a los cautivos la
liberación, y a los reclusos la libertad, y a promulgar el año de gracia
de Yahveh" (Is 61, 1-2; cf. Lc 4, 18-19).
5. El Espíritu de Dios no sólo revela el sentido de
la historia, sino que también da fuerza para colaborar en el proyecto divino
que se realiza en ella. A la luz del Padre, del Hijo y del Espíritu, la
historia deja de ser una sucesión de acontecimientos que se disuelven en el
abismo de la muerte; se transforma en un terreno fecundado por la semilla de la
eternidad, un camino que lleva a la meta sublime en la que "Dios será todo
en todos" (1Co 15, 28). El
jubileo, que evoca "el año de gracia" anunciado por Isaías e
inaugurado por Cristo, quiere ser la epifanía de esta semilla y de esta gloria,
para que todos esperen, sostenidos por la presencia y la ayuda de Dios, en un
mundo nuevo, más auténticamente cristiano y humano.
Así pues, cada uno de nosotros, al balbucear algo del misterio de la
Trinidad operante en nuestra historia, debe hacer suyo el asombro adorante de
san Gregorio Nacianceno, teólogo y poeta, cuando canta: "Gloria a Dios
Padre y al Hijo, rey del universo. Gloria al Espíritu, digno de alabanza y todo
santo. La Trinidad es un solo Dios, que creó y llenó todas las cosas..
vivificándolo todo con su Espíritu, para que cada criatura rinda homenaje a su
Creador, causa única del vivir y del durar. La criatura racional, más que
cualquier otra, lo debe celebrar siempre como gran Rey y Padre bueno" (Poemas
dogmáticos, XXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511).
(L'Osservatore Romano - 11 de febrero de 2000)