Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 23 de febrero de 2000
«Abraham, modelo de sumisión
incondicional
a la voluntad de Dios»
1. «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los
caldeos, para darte esta tierra en propiedad. () Aquel día firmó el Señor una
alianza con Abram, diciendo: "A tu descendencia he dado esta tierra, desde
, el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates"» (Gn 15, 7.18).
Antes de que Moisés oyera en el monte Sinaí las conocidas
palabras de Yahveh: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de
Egipto, de la situación de esclavitud» (Ex 20, 2), el patriarca Abraham ya
había escuchado estas otras palabras: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de
los caldeos». Por consiguiente, debemos dirigirnos con el pensamiento hacia ese
lugar tan importante en la historia del pueblo de Dios para buscar en él los
inicios de la alianza de Dios con el hombre. Precisamente por ello, en este
año del gran jubileo, mientras con el corazón nos remontamos hasta los orígenes
de la alianza de Dios con la humanidad, nuestra mirada se vuelve hacia
Abraham, hacia el lugar donde escuchó la llamada de Dios y respondió a ella
con la obediencia de la fe. Juntamente con nosotros, también los judíos y los
musulmanes contemplan la figura de Abraham como un modelo de sumisión
incondicional a la voluntad de Dios (cf. Nostra aetate, 3).
El autor de la carta a los Hebreos escribe: «Por la fe,
Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de
recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11, 8). Abraham, a quien el Apóstol
llama «nuestro Padre en la fe» (cf. Rm
4, 1116), creyó en Dios, se fió de él, que lo llamaba. Creyó en
la promesa. Dios dijo a Abraham: «Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la
casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande
y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, y serás tú una bendición. () Por ti
serán bendecidos todos los linajes de la tierra» (Gn 12, 13). ¿Estamos, acaso, hablando
de la ruta de una de las múltiples emigraciones típicas de una época en la que
la ganadería era una forma fundamental de vida económica? Es probable. Pero,
con toda seguridad, no sólo se trató de esto. En la historia de Abraham,
con el que comenzó la historia de la salvación, ya podemos percibir otro
significado de la llamada y de la promesa. La tierra hacia la que se encamina
el hombre guiado por la voz de Dios no pertenece exclusivamente a la geografía
de este mundo. Abraham, el creyente que acoge la invitación de Dios, es el
que se pone en camino hacia una tierra prometida que no es de aquí abajo.
2. En la carta a los Hebreos leemos: «Por la fe, Abraham,
sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido
las promesas, ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: Por
Isaac tendrás descendencia» (Hb
11, 1718). He aquí el culmen de la fe de Abraham. Fue puesto a
prueba por el Dios en quien había depositado su confianza, por el Dios del que
había recibido la promesa relativa al futuro lejano: «Por Isaac tendrás
descendencia» (Hb 11, 18).
Pero es invitado a ofrecer en sacrificio a Dios precisamente a ese Isaac, su
único hijo, a quien estaba vinculada toda su esperanza, de acuerdo con la
promesa divina. ¿Cómo podrá cumplirse la promesa que Dios le hizo de una
descendencia numerosa si Isaac, su único hijo, debe ser ofrecido en sacrificio?
Por la fe, Abraham sale victorioso de esta prueba, una
prueba dramática, que comprometía directamente su fe. En efecto, como escribe
el autor de la carta a los Hebreos, «pensaba que Dios era poderoso aun para
resucitarlo de entre los muertos» (Hb 11, 19). Incluso en el instante,
humanamente trágico, en que estaba a punto de infligir el golpe mortal a su
hijo, Abraham no dejó de creer. Más aún, su fe en la promesa alcanzó entonces
su culmen. Pensaba: «Dios es poderoso aun para resucitarlo de entre los
muertos». Eso pensaba este padre probado, humanamente hablando, por encima de
toda medida. Y su fe, su abandono total en Dios, no lo defraudó. Está escrito:
«Por eso lo recobró» (Hb 11, 19).
Recobró a Isaac, puesto que creyó en Dios plenamente y de forma incondicional.
El autor de la carta a los Hebreos parece expresar aquí algo
más: toda la experiencia de Abraham le resulta una analogía del evento
salvífico de la muerte y la resurrección de Cristo. Este hombre, que está
en el origen de nuestra fe, forma parte del eterno designio divino. Según una
tradición, el lugar donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su propio hijo
es el mismo sobre el que otro padre, el Padre eterno, aceptaría la ofrenda de
su Hijo unigénito, Jesucristo. Así, el sacrificio de Abraham se presenta como
anuncio profético del sacrificio de Cristo. «Porque tanto amó Dios al mundo
-escribe san Juan- que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16). En cierto sentido, el
patriarca Abraham, nuestro padre en la fe, sin saberlo, introduce a todos los
creyentes en el plan eterno de Dios, en el que se realiza la redención del
mundo.
3. Un día Cristo afirmó: «En verdad en verdad os
digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8, 58) y estas palabras despertaron
el asombro de los oyentes, que objetaron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has
visto a Abraham?» (Jn 8, 57).
Los que reaccionaban así razonaban de modo puramente humano, y por eso no
aceptaron lo que Cristo les decía. «¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre
Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti
mismo?» (Jn 8, 53). Jesús les replicó: «Vuestro padre Abraham se
regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró» (Jn 8, 56). La vocación de Abraham se
presenta completamente orientada hacia el día del que habla Cristo. Aquí no
valen los cálculos humanos; es preciso aplicar el metro de Dios. Sólo
entonces podemos comprender el significado exacto de la obediencia de Abraham,
que «creyó contra toda esperanza» (Rm 4, 18). Esperó que se iba a
convertir en padre de numerosas naciones, y hoy seguramente se alegra con nosotros
porque la promesa de Dios se cumple a lo largo de los siglos, de generación en
generación.
El hecho de haber creído, esperando contra toda esperanza,
«le fue reputado como justicia» (Rm
4, 22), no sólo en consideración a él, sino también a todos nosotros, sus
descendientes en la fe. Nosotros «creemos en aquel que resucitó de entre los
muertos a Jesús, Señor nuestro» (Rm
4, 24), que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra
justificación (cf. Rm 4, 25). Esto
no lo sabía Abraham, sin embargo, por la obediencia de la fe, se dirigía hacia el
cumplimiento de todas las promesas divinas, impulsado por la esperanza de que
se realizarían. Y ¿existe promesa más grande que la que se cumplió en el
misterio pascual de Cristo? Realmente en la fe de Abraham Dios todopoderoso
selló una alianza eterna con el género humano, y Jesucristo es el cumplimiento
definitivo de esa alianza. El Hijo unigénito del Padre, de su misma naturaleza,
se hizo hombre para introducirnos, mediante la humillación de la cruz y la
gloria de la resurrección, en la tierra de salvación que Dios, rico en
misericordia, prometió a la humanidad desde el inicio.
4. El modelo insuperable del pueblo redimido, en
camino hacia el cumplimiento de esta promesa universal es María, «la que creyó
que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45).
María, hija de Abraham por la fe, además de serlo por la
carne, compartió personalmente su experiencia. También ella, como Abraham,
aceptó la inmolación de su Hijo, pero mientras que a Abraham no se le pidió el
sacrificio efectivo de Isaac, Cristo bebió el cáliz del sufrimiento hasta la
última gota. Y María participó personalmente en la prueba de su Hijo, creyendo
y esperando de pie junto a la cruz (cf. Jn
19, 25).
Era el epílogo de una larga espera. María, formada en la meditación de las
páginas proféticas, presagiaba lo que le esperaba y, al alabar la misericordia
de Dios, fiel a su pueblo de generación en generación, expresó su adhesión
personal al plan divino de salvación; y, en particular, dio su «sí» al
acontecimiento central de aquel plan, el sacrificio del Niño que llevaba en su
seno. Como Abraham, aceptó el sacrificio de su Hijo.
Hoy nosotros unimos nuestra voz a la suya, y con ella, la
Virgen Hija de Sión, proclamamos que Dios se acordó de su misericordia, «como
lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por
siempre» (Lc 1, 55).
(L'Osservatore Romano, 25-II-2000