Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 12 de abril de 2000
La gloria de la Trinidad
en el bautismo de Cristo
1. La lectura que acabamos de proclamar nos hace remontarnos a las
riberas del Jordán. Hoy visitamos espiritualmente las orillas de ese río, que
fluye a lo largo de los dos Testamentos bíblicos, para contemplar la gran
epifanía de la Trinidad en el día en que Jesús se presenta en el escenario de
la historia, precisamente en aquellas aguas, para comenzar su ministerio
público.
El arte cristiano personificará ese río con los rasgos de un anciano que
asiste asombrado a la visión que se realiza en sus aguas. En efecto, como
afirma la liturgia bizantina, en él "se lava el Sol, Cristo". Esa
misma liturgia, en la mañana del día de la teofanía o epifanía de Cristo,
imagina un diálogo con el río: "Jordán, ¿qué has visto como para turbarte
tanto? He visto al Invisible desnudo y me dio un escalofrío. Pues, ¿cómo no
estremecerse y no ceder ante él? Los ángeles se estremecieron al verlo, el
cielo enloqueció, la tierra tembló, el mar retrocedió con todos los seres
visibles e invisibles. Cristo apareció en el Jordán para santificar todas las
aguas".
2. La presencia de la Trinidad en ese acontecimiento
está afirmada explícitamente en todas las redacciones evangélicas del episodio.
Acabamos de escuchar la más amplia, la de san Mateo, que ofrece también un
diálogo entre Jesús y el Bautista. En el centro de la escena destaca la figura
de Cristo, el Mesías que realiza en plenitud toda justicia (cf.Mt 3, 15). Él es quien lleva a
cumplimiento el proyecto divino de salvación, haciéndose humildemente solidario
con los pecadores.
Su humillación voluntaria le obtiene una exaltación
admirable: sobre él resuena la voz del Padre que lo proclama: "Mi
Hijo predilecto, en quien tengo mis complacencias" (Mt 3, 17). Es una frase que combina en
sí misma dos aspectos del mesianismo de Jesús: el davídico, a través de la
evocación de un poema real (cf. Sal 2,
7), y el profético, a través de la cita del primer canto del Siervo del
Señor (cf. Is 42, 1). Por
consiguiente, se tiene la revelación del íntimo vínculo de amor de Jesús con el
Padre celestial así como su investidura mesiánica frente a la humanidad entera.
3. En la escena irrumpe también el Espíritu
Santo bajo forma de "paloma" que "desciende y se posa"
sobre Cristo. Se puede recurrir a varias referencias bíblicas para ilustrar
esta imagen: a la paloma que indica el fin del diluvio y el inicio de una nueva
era (cf. Gn 8, 8-12; 1 P 3,
20-21); a la paloma del Cantar de los cantares, símbolo de la mujer amada (cf. Ct 2, 14; 5, 2; 6, 9); a la paloma
que es casi un símbolo de Israel en algunos pasajes del Antiguo Testamento (cf.
Os 7, 11; Sal 68, 14).
Es significativo un antiguo comentario judío al pasaje del
Génesis (cf. Gn 1, 2) que describe
el aletear con ternura materna del Espíritu sobre las aguas iniciales: "El
Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas como una paloma que
aletea sobre sus polluelos sin tocarlos" (Talmud, Hagigah 15 a).
Sobre Jesús desciende, como fuerza de amor sobreabundante, el Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia católica, refiriéndose precisamente al
bautismo de Jesús, enseña: "El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde
su concepción viene a "posarse" sobre él. De él manará este Espíritu
para toda la humanidad" (n. 536).
4. Así pues, en el Jordán se halla presente toda la Trinidad para
revelar su misterio, autenticar y sostener la misión de Cristo, y para indicar
que con él la historia de la salvación entra en su fase central y definitiva.
Esa historia involucra el tiempo y el espacio, las vicisitudes humanas y el
orden cósmico, pero en primer lugar implica a las tres Personas divinas. El
Padre encomienda al Hijo la misión de llevar a cumplimiento, en el Espíritu, la
"justicia", es decir, la salvación divina.
Cromacio, obispo de Aquileya, en el siglo IV, en una de sus homilías sobre
el bautismo y sobre el Espíritu Santo, afirma: "De la misma forma que
nuestra primera creación fue obra de la Trinidad, así también nuestra segunda
creación es obra de la Trinidad. El Padre no hace nada sin el Hijo y sin el
Espíritu Santo, porque la obra del Padre es también del Hijo y la obra del Hijo
es también del Espíritu Santo. Sólo existe una sola y la misma gracia de la
Trinidad. Así pues, somos salvados por la Trinidad, pues originariamente
hemos sido creados sólo por la Trinidad" (sermón 18 A).
5. Después del bautismo de Cristo, el Jordán se convirtió también en
el río del bautismo cristiano: el agua de la fuente bautismal es, según una
tradición de las Iglesias de Oriente, un Jordán en miniatura. Lo demuestra la
siguiente oración litúrgica: "Así pues, te pedimos, Señor, que la acción
purificadora de la Trinidad descienda sobre las aguas bautismales y se les comunique
la gracia de la redención y la bendición del Jordán en la fuerza, en la acción
y en la presencia del Espíritu Santo" (Grandes Vísperas de la Santa
Teofanía de nuestro Señor Jesucristo, Bendición de las aguas).
En una idea semejante parece inspirarse también san Paulino de Nola en
algunos versos preparados como inscripción para grabar en un baptisterio:
"De esta fuente, generadora de las almas necesitadas de salvación, brota
un río vivo de luz divina. El Espíritu Santo desciende del cielo a este río y
une sus aguas sagradas con el manantial celeste; la fuente se impregna de Dios
y engendra mediante una semilla eterna un linaje santo con sus aguas
fecundas" (Carta 32, 5). Al salir del agua regeneradora de la
fuente bautismal, el cristiano comienza su itinerario de vida y
testimonio.
(L'Osservatore Romano - 14 de abril de 2000)