Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 21 de junio de 2000
La Eucaristía, fuente del compromiso
misionero de la Iglesia
1. "Jesucristo, único Salvador del mundo, pan para la vida
nueva": este es el tema del XLVII Congreso eucarístico internacional, que
comenzó el domingo pasado y terminará el próximo domingo con la Statio orbis
en la plaza de San Pedro.
El Congreso sitúa la Eucaristía en el centro del gran jubileo de la
Encarnación y manifiesta toda su profundidad espiritual, eclesial y misionera.
En efecto, la Iglesia y todos los creyentes encuentran en la Eucaristía la
fuerza indispensable para anunciar y testimoniar a todos el Evangelio de la
salvación. La celebración de la Eucaristía, sacramento de la Pascua del Señor, es
en sí misma un acontecimiento misionero, que introduce en el mundo el
germen fecundo de la vida nueva.
San Pablo, en la primera carta a los Corintios, recuerda
explícitamente esta característica misionera de la Eucaristía: "Cada
vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor,
hasta que venga" (1Co 11, 26).
2. La Iglesia recoge esas palabras de san Pablo en la doxología después
de la consagración. La Eucaristía es sacramento "misionero", no sólo
porque de ella brota la gracia de la misión, sino también porque encierra en sí
misma el principio y la fuente perenne de la salvación para todos los hombres.
Por tanto, la celebración del sacrificio eucarístico es el acto misionero más
eficaz que la comunidad eclesial puede realizar en la historia del mundo.
Toda misa concluye con el mandato misionero
"id", "ite, missa est", que invita a los fieles a llevar el
anuncio del Señor resucitado a las familias, a los ambientes de trabajo y de la
sociedad, y al mundo entero. Precisamente por eso en la carta Dies
Domini invité a los fieles a imitar el ejemplo de los
discípulos de Emaús, los cuales, después de reconocer "en la fracción del
pan" a Cristo resucitado (cf.Lc
24, 30-32), sienten la exigencia de ir inmediatamente a compartir con todos
sus hermanos la alegría de su encuentro con él (cf. n. 45). El "pan
partido" abre la vida del cristiano y de toda la comunidad a la comunión y
a la entrega de sí por la vida del mundo (cf. Jn 6, 51). Es precisamente la
Eucaristía la que realiza ese vínculo inseparable entre comunión y misión,
que hace de la Iglesia el sacramento de la unidad de todo el género humano (cf.
Lumen gentium, 1).
3. Hoy es particularmente necesario que, mediante la celebración de
la Eucaristía, todas las comunidades cristianas adquieran la convicción
interior y la fuerza espiritual para salir de sí mismas y abrirse a otras
comunidades más pobres y necesitadas de apoyo en el campo de la
evangelización y de la cooperación misionera, favoreciendo el fecundo
intercambio de dones recíprocos que enriquece a toda la Iglesia.
También es muy importante discernir, a partir de la
Eucaristía, las vocaciones y los ministerios misioneros. Siguiendo el
ejemplo de la primitiva comunidad de Antioquía, reunida "en la celebración
del culto del Señor", toda comunidad cristiana está llamada a escuchar al
Espíritu y aceptar sus inspiraciones, reservando para la misión universal las
mejores fuerzas de sus hijos, enviados con alegría al mundo y acompañados por
la oración y el apoyo espiritual y material que necesitan (cf. Hch 13, 1-3).
La Eucaristía es, además, una escuela permanente de caridad, de justicia
y de paz, para renovar en Cristo al mundo que nos rodea. La presencia del
Resucitado proporciona a los creyentes la valentía para ser promotores de
solidaridad y de renovación, contribuyendo a cambiar las estructuras de pecado
en las que las personas, las comunidades y, a veces, pueblos enteros, están
sumergidos (cf. Dies Domini, 73).
4. Por último, en esta reflexión sobre el significado y el contenido
misionero de la Eucaristía no puede faltar la referencia a esos singulares misioneros
y testigos de la fe y del amor de Cristo que son los mártires. Las
reliquias de los mártires, que desde la antigüedad se colocan bajo el altar,
donde se celebra el memorial de la "víctima inmolada por nuestra
reconciliación", constituyen un claro signo del vigor que brota del
sacrificio de Cristo. A cuantos se alimentan del Señor esta energía espiritual
los impulsa a dar su propia vida por él y por sus hermanos, mediante la entrega
total de sí, si fuera necesario, hasta la efusión de la sangre.
Quiera Dios que el Congreso eucarístico internacional, por
intercesión de María, Madre de Cristo inmolado por nosotros, reavive en los
creyentes la conciencia del compromiso misionero que brota de la participación
en la Eucaristía. El "cuerpo entregado" y la "sangre derramada"
(cf. Lc 22, 19-20) constituyen el
criterio supremo al que siempre deben y deberán referirse en su entrega por la
salvación del mundo.
(L'Osservatore Romano - 23 de junio de 2000)