Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 8 de noviembre de 2000
La Eucaristía, sacramento de
unidad
1. "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y
vínculo de caridad!". Esta exclamación de san Agustín en su comentario al
evangelio de san Juan (In Johannis Evangelium 26, 13) de alguna manera
recoge y sintetiza las palabras que san Pablo dirigió a los Corintios y que
acabamos de escuchar: "Porque el pan es uno, somos un solo cuerpo, aun
siendo muchos, pues todos participamos de ese único pan" (1Co 10, 17). La Eucaristía es el
sacramento y la fuente de la unidad eclesial. Es lo que ha afirmado desde el
inicio la tradición cristiana, basándose precisamente en el signo del pan y del
vino. Así, la Didaché, una obra escrita en los albores del cristianismo,
afirma: "Como este fragmento estaba disperso por los montes y, reunido, se
hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu
reino" (9, 4).
2. San Cipriano, obispo de Cartago, en el siglo III haciéndose eco de
estas palabras, dice: "Los mismos sacrificios del Señor ponen de relieve
la unidad de los cristianos fundada en la sólida e indivisible caridad. Dado
que el Señor, cuando llama cuerpo suyo al pan compuesto por la unión de muchos
granos de trigo, indica a nuestro pueblo reunido, que él sustenta; y cuando
llama sangre suya al vino exprimido de muchos racimos y granos de uva reunidos,
indica del mismo modo a nuestra comunidad compuesta por una multitud
unida" (Ep. ad Magnum 6). Este simbolismo eucarístico aplicado a la
unidad de la Iglesia aparece frecuentemente en los santos Padres y en los
teólogos escolásticos. "El concilio de Trento, al resumir su doctrina,
enseña que nuestro Salvador dejó en su Iglesia la Eucaristía "como un
símbolo (...) de su unidad y de la caridad con la que quiso estuvieran
íntimamente unidos entre sí todos los cristianos" y, por lo tanto,
"símbolo de aquel único cuerpo del cual él es la cabeza""
(Pablo VI, Mysterium fidei, n. 23: Ench. Vat 2, 424; cf.
concilio de Trento, Decr. de SS. Eucharistia, proemio y c. 2). El Catecismo
de la Iglesia católica sintetiza con eficacia: "Los que reciben la
Eucaristía se unen más íntimamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a
todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia" (n. 1396).
3. Esta doctrina tradicional se halla sólidamente
arraigada en la Escritura. San Pablo, en el pasaje ya citado de la primera
carta a los Corintios, la desarrolla partiendo de un tema fundamental: el de la
koinon|a, es decir, de la comunión que se instaura entre el fiel y Cristo en la
Eucaristía. "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión
(koinon|a) con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión
(koinon|a) con el cuerpo de Cristo?" (1Co 10, 16). El evangelio de san Juan
describe más precisamente esta comunión como una relación extraordinaria de
"interioridad recíproca": "él en mí y yo en él". En efecto,
Jesús declara en la sinagoga de Cafarnaúm: "El que come mi carne y bebe mi
sangre, permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56).
Es un tema que Jesús subraya también en los discursos de
la última Cena mediante el símbolo de la vid: el sarmiento sólo tiene vida y da
fruto si está injertado en el tronco de la vid, de la que recibe la savia y la
vitalidad (cf. Jn 15, 1-7). De lo
contrario, solamente es una rama seca, destinada al fuego: aut vitis aut
ignis, "o la vid o el fuego", comenta de modo lapidario san
Agustín (In Johannis Evangelium 81, 3). Aquí se describe una unidad, una
comunión, que se realiza entre el fiel y Cristo presente en la Eucaristía,
sobre la base de aquel principio que san Pablo formula así: "Los que comen
de las víctimas participan del altar" (1Co 10, 18).
4. Esta comunión-koinon|a, de tipo
"vertical" porque se une al misterio divino engendra, al mismo
tiempo, una comunión-koinon|a, que podríamos llamar "horizontal", o
sea, eclesial, fraterna, capaz de unir con un vínculo de amor a todos los que
participan en la misma mesa. "Porque el pan es uno -nos recuerda san
Pablo-, somos un solo cuerpo, aun siendo muchos, pues todos participamos de ese
único pan" (1Co 10, 17). El
discurso de la Eucaristía anticipa la gran reflexión eclesial que el Apóstol
desarrollará en el capítulo 12 de esa misma carta, cuando hablará del cuerpo de
Cristo en su unidad y multiplicidad. También la célebre descripción de la
Iglesia de Jerusalén que hace san Lucas en los Hechos de los Apóstoles delinea
esta unidad fraterna o koinon|a, relacionándola con la fracción del pan, es
decir, con la celebración eucarística (cf. Hch 2, 42). Es una comunión que se
realiza de forma concreta en la historia: "Perseveraban en oír la
enseñanza de los Apóstoles y en la comunión fraterna (koinon|a), en la fracción
del pan y en la oración (...). Todos los que creían vivían unidos,
teniendo todos sus bienes en común" (Hch 2, 42-44).
5. Por eso, reniegan del significado profundo de la
Eucaristía quienes la celebran sin tener en cuenta las exigencias de la caridad
y de la comunión. San Pablo es severo con los Corintios porque su asamblea
"no es comer la cena del Señor" (1Co 11, 20) a causa de las
divisiones, las injusticias y los egoísmos. En ese caso, la Eucaristía ya no es
ágape, es decir, expresión y fuente de amor. Y quien participa
indignamente, sin hacer que desemboque en la caridad fraterna, "come y
bebe su propia condenación" (1Co
11, 29). "Si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del
principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, este amor
encuentra su fuente precisamente en el santísimo Sacramento, llamado
generalmente sacramento del amor" (Dominicae coenae, 5). La
Eucaristía recuerda, hace presente y engendra esta caridad.
Así pues, acojamos la invitación del obispo y mártir san Ignacio, que exhortaba
a los fieles de Filadelfia, en Asia menor, a la unidad: "Una sola es la
carne de nuestro Señor Jesucristo y un solo cáliz para unirnos con su sangre;
un solo altar, así como no hay más que un solo obispo" (Ep. ad
Philadelphenses, 4). Y con la liturgia, oremos a Dios Padre: "Que,
fortalecidos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, y llenos de su Espíritu
Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (Plegaria
eucarística III).
(L'Osservatore Romano - 10 de noviembre de 2000)
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