Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 20 de diciembre de 2000
Un cumpleaños importante:
La Navidad de los dos mil años de Cristo
1. "Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven
y libra a los cautivos que viven en tinieblas".
La liturgia pone hoy en nuestros labios esta invocación, invitándonos a
dirigir nuestra mirada a Cristo que nace para redimir a la humanidad. Ya nos
encontramos a las puertas de la Navidad y se hace más intensa la imploración
del pueblo que espera: "¡Ven, Señor Jesús!", ¡ven a liberar a
"los cautivos que viven en las tinieblas"!
Nos disponemos a conmemorar el acontecimiento que ocupa el centro de la
historia de la salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, que vino a habitar
entre nosotros para redimir a toda criatura humana con su muerte en cruz. En el
misterio de la Navidad ya se halla presente el misterio pascual; en la noche de
Belén vislumbramos ya la vigilia de Pascua. La luz que ilumina la cueva nos
remite al resplandor de Cristo resucitado, que vence las tinieblas del
sepulcro.
Este año, además, es una Navidad especial, la Navidad de los dos mil años de
Cristo: un "cumpleaños" importante, que hemos celebrado con el Año
jubilar, meditando en el acontecimiento extraordinario del Verbo eterno hecho
hombre por nuestra salvación. Nos disponemos a revivir con fe renovada las
inminentes festividades navideñas, para acoger en plenitud su mensaje
espiritual.
2. En Navidad nuestro pensamiento vuelve naturalmente
a Belén: "Pero tú -dice el profeta Miqueas-, Belén de Efratá, pequeña
entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Mi 5, 1). Las palabras del evangelista
san Mateo son un eco de las de Miqueas. A los Magos, que quieren saber del rey
Herodes "dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer" (Mt 2, 2), los sumos sacerdotes y los
escribas del pueblo les informan de lo que había escrito el antiguo profeta
sobre Belén: "de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo,
Israel" (Mt 2, 6).
La Iglesia de Oriente ora así en el oficio del órthros en la
solemnidad de la Navidad: "Belén, prepárate; canta, ciudad de Sion;
exulta, desierto que has atraído la alegría: la estrella avanza para señalar a
Cristo que en Belén está a punto de nacer; una cueva acoge a Aquel a quien nada
puede contener, y está preparado un pesebre para recibir a la vida eterna"
(Stichirá idiómela, Anthologion).
3. Hacia Belén, en estos días, se vuelven los ojos de todos los
creyentes. La representación del belén, que la tradición popular ha difundido
por todos los rincones de la tierra, nos ayuda a reflexionar mejor en el
mensaje que sigue irradiándose desde Belén para la humanidad entera. En una
cueva miserable contemplamos a un Dios que por amor se hace niño. A quienes lo
acogen les da la alegría, y a los pueblos la reconciliación y la paz. El gran
jubileo, que estamos celebrando, nos invita a abrir el corazón a Aquel que nos
abre "las puertas del reino eterno".
Prepararnos para recibirlo implica ante todo una actitud de oración intensa
y confiada. Hacerle espacio en nuestro corazón exige un compromiso serio de
convertirnos a su amor.
Es él quien libra de las tinieblas del mal, y nos pide que
demos nuestra contribución concreta para que se realice su designio de
salvación. El profeta Isaías lo describe con imágenes sugestivas: "Se hará
la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva. Reposará en la
estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la
justicia será la paz; el fruto de la equidad, una seguridad perpetua" (Is 32, 15-17).
Este es el don que debemos implorar con confianza en nuestra oración; este
es el proyecto que estamos llamados a hacer nuestro con constante solicitud. En
el mensaje que envié a los creyentes y a los hombres de buena voluntad para la
próxima Jornada mundial de la paz, afirmé que "en el camino hacia un mejor
acuerdo entre los pueblos son aún numerosos los desafíos que debe afrontar el
mundo" (n. 18: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15
de diciembre de 2000, p. 11) y por eso recordé que "todos tienen que
sentir el deber moral de adoptar medidas concretas y apropiadas para promover
la causa de la paz y la comprensión entre los hombres" (ib.).
Quiera Dios que la Navidad reavive en cada uno la voluntad de hacerse activo
y valiente constructor de la civilización del amor. Sólo gracias a la
aportación de todos la profecía de Miqueas y el anuncio que resonó en la noche
de Belén producirán sus frutos y será posible vivir en plenitud la Navidad
cristiana.
(L'Osservatore Romano - 22 de diciembre de 2000)
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