Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 10 de enero de 2001
El compromiso
por la libertad y la justicia
1. La voz de los profetas -como la de Isaías, que
acabamos de escuchar- resuena repetidamente para recordarnos que debemos
comprometernos para liberar a los oprimidos y hacer que reine la justicia. Si
falta este compromiso, el culto dado a Dios no le agrada. Es una llamada
intensa, expresada a veces de forma paradójica, como cuando Oseas refiere este
oráculo divino citado también por Jesús (cf. Mt 9, 13; 12, 7): "Yo quiero
amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos" (Os 6, 6).
También el profeta Amós presenta con gran vehemencia a
Dios apartando su mirada pues no acepta ritos, fiestas, ayunos, músicas,
súplicas, cuando fuera del santuario se vende al justo por dinero y al pobre
por un par de sandalias y se pisotea contra el polvo de la tierra la cabeza de
los pobres (cf. Am 2, 6-7). Por
eso, hace esta firme invitación: "Que fluya el juicio como agua y la
justicia como arroyo perenne" (Am
5, 24). Así pues, los profetas, hablando en nombre de Dios, rechazan un
culto aislado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una oración sin
un compromiso diario, una fe sin obras.
2. El grito de Isaías: "Desistid de hacer el
mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido,
haced justicia al huérfano, abogad por la viuda" (Is 1, 16-17), resuena en la enseñanza
de Cristo, que nos advierte: "Si, al presentar tu ofrenda en el altar, te
acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda
allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego
vuelve y presenta tu ofrenda" (Mt
5, 23-24). Al concluir la vida de todo hombre y al final de la historia de
la humanidad, el juicio de Dios versará sobre el amor, sobre la práctica de la
justicia, sobre la acogida dada a los pobres (cf. Mt 25, 31-46). Frente a una comunidad
lacerada por divisiones e injusticias, como la de Corinto, san Pablo llega
incluso a exigir la suspensión de la participación eucarística, invitando a los
cristianos a examinar antes su propia conciencia, para no ser reos del cuerpo y
la sangre del Señor (cf. 1Co 11, 27-29).
3. El servicio de la caridad, coherentemente
vinculado a la fe y a la liturgia (cf. St
2, 14-17), el compromiso por la justicia, la lucha contra toda opresión y
la defensa de la dignidad de la persona no son para el cristiano expresiones de
filantropía motivada sólo por la pertenencia a la familia humana. Al contrario,
se trata de opciones y actos que brotan de un sentimiento profundamente
religioso: son auténticos sacrificios en los que Dios se complace, según la
afirmación de la carta a los Hebreos (cf.Hb
13, 16). Particularmente incisiva es la advertencia de san Juan Crisóstomo:
"¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo descuides cuando se encuentra
desnudo. No le rindas homenaje aquí en el templo con vestidos de seda, para
luego descuidarlo fuera, donde sufre frío y desnudez" (In Matthaeum hom.50,
3).
4. Precisamente porque "el sentido de la
justicia se ha despertado a gran escala en el mundo contemporáneo (...), la
Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente
deseo de una vida justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de
someter a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como lo exige la
vida de los hombres y de las sociedades. Prueba de ello es el campo de la
doctrina social católica, ampliamente desarrollada en el arco del último
siglo" (Dives in Misericordia, 12). Este
compromiso de reflexión y acción debe recibir un impulso extraordinario
precisamente a partir del jubileo. En su matriz bíblica, es una celebración de
solidaridad: cuando resonaba la trompeta del Año jubilar, cada uno
"recobraba su propiedad, y regresaba a su familia", como reza el
texto oficial del jubileo (cf. Lv 25,
10).
5. Ante todo los terrenos perdidos por diversas vicisitudes
económicas y familiares eran restituidos a los antiguos propietarios. Así, con
el Año jubilar se permitía a todos volver a un punto ideal de partida, a través
de una atrevida y valiente obra de justicia distributiva. Es evidente la
dimensión que se podría llamar "utópica", propuesta como remedio
concreto contra la consolidación de privilegios y prevaricaciones: es el
intento de impulsar a la sociedad hacia un ideal más alto de solidaridad,
generosidad y fraternidad. En las modernas coordenadas históricas la vuelta a
las tierras perdidas podría expresarse, como he propuesto en varias ocasiones,
mediante una condonación total, o al menos una reducción, de la deuda externa
de los países pobres (cf. Tertio Millennio Adveniente, 51).
6. El otro compromiso jubilar consistía en hacer
que el esclavo volviera libre a su familia (cf. Lv 25, 39-41). La miseria lo había
arrastrado hasta la humillación de la esclavitud, pero ahora se abría ante él
la posibilidad de construir su futuro en libertad, en el seno de su familia.
Por este motivo, el profeta Ezequiel llama al Año jubilar "año de la
liberación", es decir, del rescate (cf. Ez 46, 17). Y otro libro bíblico,
el Deuteronomio, augura una sociedad justa, libre y solidaria con estas
palabras: "No debería haber ningún pobre junto a ti, (...) si hay junto a
ti algún pobre de entre tus hermanos (...) no endurecerás tu corazón ni cerrarás
tu mano" (Dt 15, 4. 7).
También nosotros debemos orientarnos hacia esta meta de solidaridad.
"Solidaridad de los pobres entre sí, solidaridad con los pobres, a la que
los ricos están llamados, y solidaridad de los trabajadores entre sí y con los
trabajadores" (Instrucción de la Congregación para la doctrina de la fe
sobre Libertad cristiana y liberación, 89). El jubileo que acabamos de
concluir, vivido así, seguirá produciendo abundantes frutos de justicia,
libertad y amor.
(L'Osservatore Romano - 12 de enero de 2001)