Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 24 de enero de 2001
El compromiso
por un futuro digno del hombre
1. Al contemplar el mundo y su historia, a primera
vista parece dominar el estandarte de la guerra, de la violencia, de la
opresión, de la injusticia y de la degradación moral. Como en la visión del
capítulo 6 del Apocalipsis, da la impresión de que por los páramos desolados de
la tierra cabalgan los jinetes que llevan la corona del poder triunfador, la
espada de la violencia, la balanza de la pobreza y del hambre, y la hoz afilada
de la muerte (cf. Ap 6, 1-8).
Frente a las tragedias de la historia y a la inmoralidad
dominante, se puede repetir la pregunta que el profeta Jeremías dirigió a Dios,
haciendo de portavoz de tantas personas que sufren y se ven oprimidas: "Tú
llevas la razón, Señor, cuando discuto contigo; no obstante, voy a tratar
contigo un punto de justicia. ¿Por qué tienen suerte los malos, y son felices
todos los traidores?" (Jr 12, 1).
A diferencia de Moisés, que desde las alturas del monte Nebo contempló la
tierra prometida (cf. Dt 34, 1),
nosotros nos asomamos a un mundo atormentado, en el que el reino de Dios se va
abriendo camino con dificultad.
2. San Ireneo, en el siglo II, encontró una explicación en la
libertad del hombre que, en vez de seguir el proyecto divino de convivencia
pacífica (cf. Gn 2), altera las relaciones con Dios, con el hombre y con el
mundo. Así escribió el obispo de Lyon: "Lo que falta no es el arte de
Dios, porque él es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham, sino que el
que no sigue este arte es causa de su propia imperfección. La luz no falta
porque algunos se han cegado a sí mismos, sino que, manteniéndose la luz tal
cual es, los que se han cegado por su propia culpa se han sumergido en las
tinieblas. Ni la luz someterá a nadie por la fuerza, ni Dios hace violencia al
que no quiere guardar su arte" (Adversus haereses IV, 39, 3).
Por consiguiente, es necesario un esfuerzo continuo de conversión que
enderece la ruta de la humanidad, para que elija libremente seguir el
"arte de Dios", es decir, su designio de paz y amor, de verdad y
justicia. Ese arte es el que se revela plenamente en Cristo, y que el
convertido Paulino de Nola hacía suyo con este impresionante programa de vida:
"Mi único arte es la fe y la música es Cristo" (Canto XX, 32).
3. Juntamente con la fe, el Espíritu Santo deposita
en el corazón del hombre también la semilla de la esperanza. En efecto, como
dice la carta a los Hebreos, la fe es "la garantía de lo que se espera; la
prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11, 1). En un horizonte a menudo
marcado por el desaliento, por el pesimismo, por opciones de muerte, por la
inercia y por la superficialidad, el cristiano debe abrirse a la esperanza que
brota de la fe. Es lo que representa la escena evangélica de la borrasca que se
abate sobre el lago: "¡Maestro, Maestro, que perecemos!", gritan los
discípulos. Y Cristo les pregunta: "¿Dónde está vuestra fe?" (Lc 8, 24-25). Con la fe en Cristo y en
el reino de Dios nunca se está perdido, y la esperanza de la calma y la
serenidad reaparece en el horizonte. También para un futuro digno del hombre es
necesario hacer que vuelva a florecer la fe activa que engendra la esperanza.
De esta un poeta francés escribió: "La esperanza es la espera trepidante
del buen sembrador, es el ansia de quien presenta su candidatura para la
eternidad. La esperanza es infinitud de amor" (Charles Peguy, El pórtico
del misterio de la segunda virtud).
4. El amor a la humanidad, a su bienestar material
y espiritual, a un progreso auténtico, debe animar a todos los creyentes. Cada
acto realizado para crear un futuro mejor, una tierra más habitable y una
sociedad más fraterna contribuye, aunque sea de modo indirecto, a la
edificación del reino de Dios. Precisamente en la perspectiva de ese reino,
"el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental
de la Iglesia" (Evangelium Vitae, 2; cf.
Redemptor Hominis, 14). Es el camino que Cristo mismo
siguió, convirtiéndose a la vez en "camino" del hombre (cf. Jn 14, 6).
Por este camino estamos llamados ante todo a desterrar el
miedo al futuro, que con frecuencia atenaza a las generaciones jóvenes,
llevándolas por reacción a la indiferencia, a la dimisión frente a los
compromisos de la vida, al embrutecimiento por la droga, la violencia y la
apatía. Asimismo, es preciso suscitar la alegría por todo niño que nace (cf. Jn
16, 21), para que sea acogido con amor y pueda crecer en el cuerpo y en el
espíritu. De ese modo se colabora en la obra misma de Cristo, que definió así
su misión: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia" (Jn 10, 10).
5. Al inicio escuchamos el mensaje que el apóstol san Juan dirige a
los padres y a los hijos, a los ancianos y a los jóvenes, para que sigan
luchando y esperando juntos, con la certeza de que es posible vencer el mal y
al maligno, en virtud de la presencia eficaz del Padre celestial. Infundir la
esperanza es una tarea fundamental de la Iglesia. El concilio Vaticano II nos
dejó al respecto esta iluminadora consideración: "Podemos pensar, con
razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean
capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para
esperar" (Gaudium et spes, 31). Desde
esta perspectiva me complace recordar el llamamiento a la confianza que hice en
el discurso dirigido a la Organización de las Naciones Unidas en el año 1995:
"No debemos tener miedo del futuro (...). Tenemos en nosotros la capacidad
de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios,
podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una
civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad.
¡Podemos y debemos hacerlo! Y, haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las
lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del
espíritu humano" (n. 18: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
13 de octubre de 1995, p. 9).
(L'Osservatore Romano - 26 de enero de 2001)