Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 24 de febrero de 2001
La Iglesia, esposa del Cordero,
ataviada para su esposo
1. Como en el Antiguo Testamento la ciudad santa era llamada con una imagen
femenina, «la hija de Sión», así en el Apocalipsis de Juan la Jerusalén celeste
es representada «como esposa adornada para su esposo» (Apocalipsis 21, 2). El
símbolo femenino delinea el rostro de la Iglesia en sus diferentes rasgos de
novia, esposa, madre, subrayando así una dimensión de amor y de fecundidad.
El pensamiento vuela a las palabras del apóstol Pablo que, en la Carta a los
Efesios, en una página de gran intensidad perfila los trazos de la Iglesia
«resplandeciente; sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e
inmaculada» amada por Cristo y modelo de todas las nupcias cristianas (cf.
Efesios 5, 25-32). La comunidad eclesial, «prometida a un solo esposo», como
virgen casta (cf. 2Corintios 11, 2), continúa con una concepción que floreció
en el Antiguo Testamento en páginas difíciles como las del profetas Oseas
(capítulos 1a 3) o de Ezequiel (capítulo 16) o a través de la gozosa brillantez
del Cantar de los Cantares.
2. Ser amada por Cristo y amarlo con amor conyugal es algo que forma
parte del misterio de la Iglesia. En el origen se encuentra un acto libre de
amor que difunde el Padre a través de Cristo y el Espíritu Santo. Este amor
plasma la Iglesia, irradiándose sobre todas las criaturas. En esta perspectiva,
se puede decir que la Iglesia es un signo que se eleva entre los pueblos para
testimoniar la intensidad del amor divino revelado en Cristo, especialmente en
el don que él hace de su vida misma (cf. Juan 10, 11-15). Por ello, «por medio
de la Iglesia, todos los seres humanos --ya sean mujeres u hombres-- están
llamados a ser la "esposa" de Cristo, redentor del mundo» («Mulieris
Dignitatem», 25).
La Iglesia tiene que dejar translucir este amor supremo, recordando a la
humanidad que con frecuencia tiene la sensación de estar sola y abandonada en
los páramos de la historia, que nunca será olvidada ni que quedará privada del
calor de la ternura divina. Isaías dice de manera atrayente: «¿Acaso olvida una
mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues
aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Isaías 49, 15).
3. Precisamente porque ha sido engendrada en el amor, la Iglesia
difunde amor. Lo hace anunciando el mandamiento de amarse los unos a los otros
como Cristo nos ha amado (cf. Juan 15, 12), es decir, hasta el don de la vida:
«él dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los
hermanos» (1Juan 3, 16). Ese Dios que «nos ha amado primero» (1Juan 4, 19) y
que no ha dudado a entregar por amor a su propio hijo (cf. Juan 3, 16) impulsa
a la Iglesia a recorrer «hasta el final» (cf. Juan 13, 1) el camino del amor. Y
está llamada a hacerlo con el frescor de dos esposos que se aman en la alegría
de la entrega sin reservas y en la generosidad cotidiana, ya sea cuando el
cielo de la vida es primaveral y sereno, ya sea cuando descienden la noche y
las nubes del invierno del espíritu.
En este sentido, se comprende por qué el Apocalipsis, a pesar de su
dramática representación de la historia, está salpicado constantemente por
cantos, música, liturgias gozosas. En el paisaje del espíritu, el amor es como
el sol que ilumina y transfigura la naturaleza que, sin su fulgor, quedaría
gris y uniforme.
4. Otra dimensión fundamental del carácter nupcial de la Iglesia es
la fecundidad. El amor recibido y entregado no se cierra en la relación
conyugal, sino que se hace creativo y procreador. El Génesis, que presenta a la
humanidad hecha «a imagen y semejanza de Dios», hace referencia al ser «varón y
mujer»: «Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón
y mujer los creó» (1, 27).
La distinción y la reciprocidad en la pareja humana son signo del amor de
Dios no sólo en cuanto fundamento de una vocación a la comunión, sino también
en cuanto que están orientados a la fecundidad procreadora. No es casualidad el
hecho de que el Génesis esté salpicado de genealogías, que son fruto de la
procreación y dan origen a la historia en la que Dios se revela. Se comprende
así cómo también la Iglesia, en el Espíritu que la anima y la une a Cristo --su
Esposo--, está dotada de una intima fecundidad, gracias a la cual genera
continuamente a los hijos de Dios en el bautismo y los hace crecer hasta la
plenitud de Cristo (cf. Gálatas 4, 19; Efesios 4, 13).
5. Estos hijos constituyen esa «asamblea de los primogénitos
inscritos en los cielos», destinados a vivir en «el monte Sión y en la ciudad
del Dios viviente, en la Jerusalén celeste» (cf. Hebreos12, 21-23). No por
casualidad las últimas palabras del Apocalipsis son una intensa invocación
dirigida a Cristo: «El Espíritu y la Novia dicen: "¡Ven!"»
(Apocalipsis 22, 17), «¡Ven, Señor Jesús!» (ibídem, v. 20). Esta es la meta
última de la Iglesia, que avanza confiada en su peregrinación histórica, a
pesar de que experimenta junto a ella, según la imagen de ese mismo libro
bíblico, la presencia hostil y furiosa de otra figura femenina, «Babilonia», la
«gran Prostituta» (cf. Apocalipsis 17, 1.5), que encarna la «bestialidad» del
odio, de la muerte, de la esterilidad interior.
Al mirar hacia su meta, la Iglesia cultiva «la esperanza del Reino eterno,
que se realiza por la participación en la vida trinitaria. El Espíritu Santo,
dado a los Apóstoles como Paráclito, es el custodio y el animador de esta
esperanza en el corazón de la Iglesia» («Dominum
et Vivificantem», 66). Pidamos, entonces, a Dios que conceda a su
Iglesia la gracia de ser siempre en la historia la protectora de la esperanza
luminosa, como la Mujer del Apocalipsis, «vestida de sol, con la luna bajo sus
pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Apocalipsis 12, 1).