Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 14 de marzo de 2001
María, icono escatológico
de la Iglesia
1. Al inicio de este encuentro hemos escuchado una de las páginas más
conocidas del Apocalipsis de san Juan. En la mujer encinta, que da a luz un
hijo mientras un dragón de color rojo sangre la amenaza a ella y al hijo que ha
engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la imagen
de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la primera intención del autor
sagrado, si el nacimiento del niño representa la llegada del Mesías, la mujer
personifica evidentemente al pueblo de Dios, tanto al Israel bíblico como a la
Iglesia. La interpretación mariana no va en perjuicio del sentido eclesial del
texto, ya que María es "figura de la Iglesia" (Lumen gentium, 63; cf. san Ambrosio, Expos. Lc, II, 7).
Así pues, en el fondo de la comunidad fiel se descubre el
perfil de la Madre del Mesías. Contra María y la Iglesia se cierne el dragón,
que evoca a Satanás y al mal, como ya indicó la simbología del Antiguo
Testamento; el color rojo es signo de guerra, de matanzas y de sangre
derramada; las "siete cabezas" coronadas indican un poder inmenso,
mientras que los "diez cuernos" evocan la fuerza impresionante de la
bestia descrita por el profeta Daniel (cf. Dn 7, 7), también ella imagen del
poder prevaricador que domina en la historia.
2. Por consiguiente, el bien y el mal se enfrentan.
María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del
amor, de la verdad y de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa
energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto
con el que se concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo
realizará "la salvación, el poder, el reinado de nuestro Dios y la
potestad de su Cristo" (Ap 12, 10).
Ciertamente, en el tiempo de la historia la Iglesia puede
verse obligada a huir al desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la
tierra prometida. El desierto es, entre otras cosas, el refugio tradicional de
los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección
divina (cf. Gn 21, 14-19; 1R 19, 4-7). Con todo, en este
refugio, como subraya el Apocalipsis (cf. Ap 12, 6. 14), la mujer permanece
solamente durante un período de tiempo limitado. Así pues, el tiempo de la
angustia, de la persecución, de la prueba no es indefinido: al final llegará la
liberación y será la hora de la gloria.
Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar
que "María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y
de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia
ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su
misión" (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia,
22 de marzo de 1986, n. 97; cf. Redemptoris Mater, 37).
3. Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia
peregrina en el desierto de la historia, pero orientada a la meta gloriosa de
la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo
Señor. La Madre de Dios, como la celebra la Iglesia de Oriente, es la Odigitria,
la que "indica el camino", o sea, Cristo, único mediador para
encontrar en plenitud al Padre. Un poeta francés ve en ella "la criatura
en su primer honor y en su meta final, tal como salió de Dios en la mañana de
su esplendor original" (P. Claudel, La Vierge à midi, ed. Pléiade,
p. 540).
En su Inmaculada Concepción, María es el modelo perfecto
de la criatura humana que, colmada desde el inicio de la gracia divina que
sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lc 1, 28), elige siempre, en su
libertad, el camino de Dios. En cambio, en su gloriosa Asunción al cielo María
es la imagen de la criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final
de la historia, la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección durante
una eternidad feliz. Para la Iglesia, que a menudo siente el peso de la
historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la
humanidad redimida y envuelta por la gracia que salva.
4. La meta última de la historia humana se
alcanzará cuando "Dios sea todo en todos" (1Co 15, 28) y, como
anuncia el Apocalipsis, "el mar ya no exista" (Ap 21, 1), es decir, cuando el signo
del caos destructor y del mal haya sido por fin eliminado. Entonces la Iglesia
se presentará a Cristo como "la novia ataviada para su esposo" (Ap 21, 2). Ese será el momento de la
intimidad y del amor sin resquebrajaduras. Pero ya ahora, precisamente
contemplando a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia gusta anticipadamente la
alegría que se le dará en plenitud al final de los tiempos. En la peregrinación
de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como "modelo
de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo.
"Eternamente presente en el misterio de Cristo", ella está, en medio
de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de
todos los tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en la parte
alta del cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No
se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del
Señor, con sus hermanos"" (Congregación para la doctrina de la fe, Communionis
notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. Cromacio de Aquileya, Sermo
30, 1).
5. Así pues, cantemos nuestro himno de alabanza a María,
imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el
amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celestial. "El genio poético
de san Efrén el Sirio, llamado "la cítara del Espíritu Santo", ha
cantado incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda
la tradición de la Iglesia siríaca" (Redemptoris Mater, 31). Es él quien presenta a María como icono de belleza:
"Ella es santa en su cuerpo, hermosa en su espíritu, pura en sus
pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos, casta,
firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, colmada de todas
las virtudes" (Himnos a la Virgen María, 1, 4; ed. Th. J. Lamy, Hymni
de B. Maria, Malinas 1886, t. 2, col. 520). Que esta imagen resplandezca en
el centro de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo y sea como
estandarte elevado entre los pueblos, como "ciudad situada en la cima de
un monte" y "lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos los
que están en la casa" (cf. Mt 5,
14-15).
(L'Osservatore Romano - 16 de marzo de 2001)