Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 4 de abril de 2001
La Liturgia de las Horas,
oración de la Iglesia
1. Antes de emprender el comentario de los diferentes salmos y
cánticos de alabanza, hoy vamos a terminar la reflexión introductiva comenzada
con la catequesis pasada. Y lo hacemos tomando pie de un aspecto muy apreciado
por la tradición espiritual: al cantar los salmos, el cristiano experimenta una
especie de sintonía entre el Espíritu, presente en las Escrituras, y el
Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. Más que rezar con sus
propias palabras, se hace eco de esos «gemidos inefables» de que habla san
Pablo (cf. Romanos 8, 26), con los que el Espíritu del Señor lleva a los
creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: «¡Abbá, Padre!»
(Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6).
Los antiguos monjes estaban tan seguros de esta verdad, que no se
preocupaban por cantar los salmos en su propio idioma materno, pues les era
suficiente la conciencia de ser, en cierto sentido, «órganos» del Espíritu
Santo. Estaban convencidos de que su fe permitía liberar de los versos de los
salmos una particular «energía» del Espíritu Santo. La misma convicción se
manifiesta en la característica utilización de los salmos, llamada «oración
jaculatoria» --que procede de la palabra latina «iaculum», es decir «dardo»--
para indicar brevísimas expresiones de los salmos que podían ser «lanzadas»
como puntas encendidas, por ejemplo, contra las tentaciones. Juan Casiano, un
escritor que vivió entre los siglos IV y V, recuerda que algunos monjes
descubrieron la extraordinaria eficacia del brevísimo «incipit» del salmo 69:
«Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme», que desde
entonces se convirtió en el portal de entrada de la «Liturgia de las Horas»
(cf. «Conlationes», 10, 10: CPL 512, 298 s. s.).
2. Junto a la presencia del Espíritu Santo, otra dimensión importante
es la de la acción sacerdotal que Cristo desempeña en esta oración, asociando
consigo a la Iglesia, su esposa. En este sentido, refiriéndose precisamente a
la «Liturgia de las Horas», el Concilio Vaticano II enseña: «El Sumo Sacerdote
de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, […] une a sí la comunidad entera de
los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza. Porque esta
función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que, sin cesar, alaba al
Señor e intercede por la salvación de todo el mundo no sólo celebrando la
Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando el Oficio
divino» («Sacrosanctum concilium», 83).
De modo que la «Liturgia de las Horas» tiene también el carácter de oración
pública, en la que la Iglesia está particularmente involucrada. Es iluminador
entonces redescubrir cómo la Iglesia ha definido progresivamente este
compromiso específico de oración salpicada a través de las diferentes fases del
día. Es necesario para ello remontarse a los primeros tiempos de la comunidad
apostólica, cuando todavía estaba en vigor una relación cercana entre la oración
cristiana y las así llamadas «oraciones legales» --es decir, prescritas por la
Ley de Moisés--, que tenían lugar a determinadas horas del día en el Templo de
Jerusalén. Por el libro de los Hechos de los Apóstoles sabemos que los
apóstoles «acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo
espíritu» (2, 46), y que «subían al Templo para la oración de la hora nona» (3,
1). Por otra parte, sabemos también que las «oraciones legales» por excelencia
eran precisamente las de la mañana y la noche.
3. Con el pasar del tiempo, los discípulos de Jesús encontraron
algunos salmos particularmente apropiados para determinados momentos de la
jornada, de la semana o del año, percibiendo en ellos un sentido profundo relacionado
con el misterio cristiano. Un autorizado testigo de este proceso es san
Cipriano, quien a la mitad del siglo III escribe: «Es necesario rezar al inicio
del día para celebrar en la oración de la mañana la resurrección del Señor.
Esto corresponde con lo que indicaba el Espíritu Santo en los salmos con las
palabras: "Atiende a la voz de mi clamor, oh mi Rey y mi Dios. Porque a ti
te suplico. Señor, ya de mañana oyes mi voz; de mañana te presento mi súplica,
y me quedo a la espera" (Salmo 5, 3-4). […] Después, cuando el sol se pone
al acabar del día, es necesario ponerse de nuevo a rezar. De hecho, dado que
Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, al pedir con la oración que
volvamos a ser iluminados en el momento en el que terminan el sol y el día del
mundo, invocamos a Cristo para que regrese a traernos la gracia de la luz
eterna» («De oratione dominica», 35: PL 39, 655).
4. La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía, sino que
trajo algunas innovaciones que caracterizaron la experiencia de oración vivida
por los discípulos de Jesús. Además de recitar en la mañana y en la tarde el
Padrenuestro, los cristianos escogieron con libertad los salmos para celebrar
su oración cotidiana. A través de la historia, este proceso sugirió utilizar
determinados salmos para algunos momentos de fe particularmente significativos.
Entre ellos, en primer lugar se encontraba la «oración de la vigilia», que
preparaba para el Día del Señor, el domingo, en el que se celebraba la Pascua
de Resurrección.
Algo típicamente cristiano fue después el añadir al final de todo salmo e
himno la doxología trinitaria, «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».
De este modo, todo salmo e himno fue iluminado por la plenitud de Dios.
5. La oración cristiana nace, se nutre y desarrolla en torno al
acontecimiento por excelencia de la fe, el Misterio pascual de Cristo. Así, por
la mañana y en la noche, al amanecer y al atardecer, se recordaba la Pascua, el
paso del Señor de la muerte a la vida. El símbolo de Cristo «luz del mundo» es
representado por la lámpara durante la oración de las Vísperas, llamada también
por este motivo «lucernario». Las «horas del día» recuerdan, a su vez, la
narración de la pasión del Señor, y la «hora tercia» la venida del Espíritu
Santo en Pentecostés. La «oración de la noche», por último, tiene un carácter
escatológico, pues evoca la recomendación hecha por Jesús en espera de su
regreso (cf. Marcos 13, 35-37).
Al ritmar de este modo su oración, los cristianos respondieron al mandato
del Señor de «rezar sin cesar» (cf. Lucas 18, 1; 21, 36; 1 Tesalonicenses 5,
17; Efesios 6, 18), sin olvidar que toda la vida tiene que convertirse en
cierto sentido en oración. En este sentido, Orígenes escribe: «Reza sin pausa
quien une la oración con las obras y las obras con la oración» («Sobre la
oración», XII, 2: PG 11, 452C).
Este horizonte, en su conjunto, constituye el hábitat natural de la
recitación de los Salmos. Si son sentidos y vividos de este modo, la «doxología
trinitaria» que corona todo salmo se convierte, para cada creyente en Cristo,
en un volver a bucear, siguiendo la ola del espíritu y en comunión con todo el
pueblo de Dios, en el océano de vida y paz en el que ha sido sumergido con el
Bautismo, es decir, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.