Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 11 de abril de 2001
Contemplar el
rostro del Resucitado
1. La tradicional audiencia general del miércoles hoy se ve inundada
por la alegría luminosa de la Pascua. En estos días la Iglesia celebra con
júbilo el gran misterio de la Resurrección. Es una alegría profunda e
inextinguible, fundada en el don, que nos hace Cristo resucitado, de la Alianza
nueva y eterna, una alianza que permanece porque él ya no muere más. Una alegría
que no sólo se prolonga durante la octava de Pascua, considerada por la
liturgia como un solo día, sino que se extiende a lo largo de cincuenta días,
hasta Pentecostés. Más aún, llega a abarcar todos los tiempos y lugares.
Durante este período, la comunidad cristiana es invitada a hacer una
experiencia nueva y más profunda de Cristo resucitado, que vive y actúa en la
Iglesia y en el mundo.
2. En este espléndido marco de luz y alegría propias del tiempo
pascual, queremos detenernos ahora a contemplar juntos el rostro del
Resucitado, recordando y actualizando lo que no dudé en señalar como
"núcleo esencial" de la gran herencia que nos ha dejado el jubileo
del año 2000. En efecto, como subrayé en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte, "si quisiéramos
descubrir el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja la experiencia
jubilar, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Cristo
(...), acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y
confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (n. 15).
Como en el Viernes y en el Sábado santo contemplamos el
rostro doloroso de Cristo, ahora dirigimos nuestra mirada llena de fe, de amor
y de gratitud al rostro del Resucitado. La Iglesia, en estos días, fija
su mirada en ese rostro, siguiendo el ejemplo de san Pedro, que confiesa a
Cristo su amor (cf.Jn 21, 15-17), y
de san Pablo, deslumbrado por Jesús resucitado en el camino de Damasco (cf. Hch 9, 3-5).
La liturgia pascual nos presenta varios encuentros de
Cristo resucitado, que constituyen una invitación a profundizar en su
mensaje y nos estimulan a imitar el camino de fe de quienes lo reconocieron en
aquellas primeras horas después de la resurrección. Así, las piadosas mujeres y
María Magdalena nos impulsan a llevar solícitamente el anuncio del Resucitado a
los discípulos (cf.Lc 24, 8-10, Jn 20, 18). El Apóstol predilecto
testimonia de modo singular que precisamente el amor logra ver la realidad
significada por los signos de la resurrección: la tumba vacía, la ausencia del
cadáver, los lienzos funerarios doblados. El amor ve y cree, y estimula a
caminar hacia Aquel que entraña el pleno sentido de todas las cosas: Jesús, que
vive por todos los siglos.
3. En la liturgia de hoy la Iglesia contempla el rostro del
Resucitado compartiendo el camino de los dos discípulos de Emaús. Al inicio de
esta audiencia, hemos escuchado un pasaje de esta conocida página del
evangelista san Lucas.
Aunque sea con dificultad, el camino de Emaús lleva del sentido de
desolación y extravío a la plenitud de la fe pascual. Al recorrer este
itinerario, también a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje.
Durante el trayecto, Jesús se nos acerca, se une a nosotros en el punto donde
nos encontramos y nos plantea las preguntas esenciales que devuelven al corazón
la esperanza. Tiene muchas cosas que explicar a propósito de su destino y del
nuestro. Sobre todo revela que toda existencia humana debe pasar por su cruz
para entrar en la gloria. Pero Cristo hace algo más: parte para nosotros el pan
de la comunión, ofreciendo la Mesa eucarística en la que las Escrituras cobran
su pleno sentido y revelan los rasgos únicos y esplendorosos del rostro del
Redentor.
4. Después de reconocer y contemplar el rostro de
Cristo resucitado, también nosotros, como los dos discípulos, somos invitados a
correr hasta el lugar donde se encuentran nuestros hermanos, para llevar a
todos el gran anuncio: "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 25).
"En su resurrección hemos resucitado todos" (Prefacio pascual II):
he aquí la buena nueva que los discípulos de Cristo no se cansan de llevar al
mundo, ante todo mediante el testimonio de su propia vida. Este es el don más
hermoso que esperan de nosotros nuestros hermanos en este tiempo pascual.
Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la
resurrección de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a gustar plenamente la
alegría pascual: una alegría que, según la promesa del Resucitado, nadie podrá
arrebatarnos y no tendrá fin (cf. Jn
16, 23).
(L'Osservatore Romano-20 de abril de 2001)