Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 2 de mayo de 2001
Toda criatura alabe al Señor
1. "Criaturas todas del Señor, bendecid al
Señor" (Dn 3, 57). Este cántico,
tomado del libro de Daniel, que la Liturgia de las Horas nos propone
para las Laudes del domingo en las semanas primera y tercera, tiene una
dimensión cósmica. Y esta estupenda plegaria en forma de letanía corresponde
muy bien al Dies Domini, al día del Señor, que
en Cristo resucitado nos hace contemplar el culmen del designio de Dios sobre
el cosmos y sobre la historia. En efecto, en él, alfa y omega, principio y fin
de la historia (cf.Ap 22, 13),
encuentra su pleno sentido la creación misma, puesto que, como recuerda san
Juan en el prólogo de su evangelio, "todo fue hecho por él" (Jn 1, 3). En la resurrección de Cristo
culmina la historia de la salvación, abriendo las vicisitudes humanas al don
del Espíritu y de la adopción filial, en espera de la vuelta del Esposo divino,
que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1Co 15, 24).
2. En este pasaje, en forma de letanía, se pasa revista a todas las
cosas. La mirada se dirige al sol, a la luna, a los astros; se posa sobre la
inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia los montes; recorre las más
diversas situaciones atmosféricas; pasa del calor al frío, de la luz a las
tinieblas, considera el mundo mineral y el vegetal; se detiene en las diversas
especies de animales. Luego el llamamiento se hace universal: convoca a los
ángeles de Dios, y llega a todos los "hijos de los hombres", pero
implica de modo particular al pueblo de Dios, Israel, a sus sacerdotes, a los
justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que las diversas voces elevan su
canto a Dios, Creador del universo y Señor de la historia. Recitado a la luz de
la revelación cristiana, se dirige al Dios trinitario, como la liturgia nos
invita a hacer al añadir al cántico una fórmula trinitaria: "Bendigamos al
Padre y al Hijo con el Espíritu Santo".
3. En cierto sentido, en este cántico se refleja el
alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se eleva
a la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el
himno se presenta como acción de gracias elevada por los tres jóvenes
israelitas -Ananías, Azarías y Misael- condenados a morir en un horno de fuego
ardiente, por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor, pero
milagrosamente preservados de las llamas. En el fondo de este evento se halla
aquella especial historia de salvación en la que Dios elige a Israel para ser
su pueblo y establece con él una alianza. Precisamente a esa alianza quieren
permanecer fieles los tres jóvenes israelitas, a costa de sufrir el martirio en
el horno de fuego ardiente. Su fidelidad se encuentra con la fidelidad de Dios,
que envía un ángel a alejar de ellos las llamas (cf. Dn 3, 49).
De ese modo, el cántico se sitúa en la línea de los cantos
de alabanza de quienes han sido librados de un peligro, presentes en el Antiguo
Testamento. Entre ellos es famoso el canto de victoria recogido en el capítulo
15 del Éxodo, donde los antiguos hebreos expresan su acción de gracias al Señor
por aquella noche en la que hubieran sido inevitablemente derrotados por el
ejército del faraón si el Señor no les hubiera abierto un camino entre las
aguas, "arrojando en el mar caballo y carro" (Ex 15, 1).
4. No por casualidad, en la solemne Vigilia pascual, la liturgia nos
hace repetir cada año el himno que cantaron los israelitas en el Éxodo. Ese
camino abierto para ellos anunciaba proféticamente la nueva senda que Cristo
resucitado inauguró para la humanidad en la noche santa de su resurrección de
entre los muertos. Nuestro paso simbólico por las aguas del bautismo nos
permite revivir una experiencia análoga de paso de la muerte a la vida, gracias
a la victoria sobre la muerte que Jesús obtuvo en beneficio de todos nosotros.
Los discípulos de Cristo, al repetir en la liturgia dominical de las Laudes
el cántico de los tres jóvenes israelitas, queremos ponernos en sintonía con
ellos expresando nuestra gratitud por las maravillas que ha realizado Dios
tanto en la creación como, sobre todo, en el misterio pascual.
En efecto, el cristiano descubre una relación entre la
liberación de los tres jóvenes, de los que se habla en el cántico, y la
resurrección de Jesús. En esta última, los Hechos de los Apóstoles ven
escuchada la oración del creyente que, como el salmista, canta confiado:
"No abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente
la corrupción" (Hch 2, 27, Sal
15, 10).
Referir este cántico a la Resurrección es muy tradicional. Existen
testimonios muy antiguos de la presencia de este himno en la oración del día
del Señor, Pascua semanal de los cristianos. Las catacumbas romanas conservan
vestigios iconográficos en los que se ven los tres jóvenes que oran indemnes
entre las llamas, testimoniando así la eficacia de la oración y la certeza de
la intervención del Señor.
5. "Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos" (Dn 3, 56). Al cantar este himno el
domingo por la mañana, el cristiano no sólo se siente agradecido por el don de
la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios,
que en Cristo lo ha elevado a la dignidad de hijo.
Una solicitud paterna que nos hace mirar con ojos nuevos la creación misma y
nos hace gustar su belleza, en la que se vislumbra, como en filigrana, el amor
de Dios. Con estos sentimientos san Francisco de Asís contemplaba la creación y
elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda belleza. Viene espontáneo
imaginar que las elevaciones de este texto bíblico resonaran en su alma cuando,
en San Damián, después de haber alcanzado la cima del sufrimiento en su cuerpo
y en su espíritu, compuso el "Cántico del hermano sol" (cf. Fuentes
Franciscanas, 263).
(L'Osservatore Romano - 4 de mayo de 2001)