Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 23 de mayo de 2001
Fiesta de los amigos de Dios
1. "Que los fieles festejen su gloria, y canten jubilosos en
filas". Esta invitación del salmo 149, que se acaba de proclamar, remite a
un alba que está a punto de despuntar y encuentra a los fieles dispuestos a
entonar su alabanza matutina. El salmo, con una expresión significativa, define
esa alabanza "un cántico nuevo" (v. 1), es decir, un himno solemne y
perfecto, adecuado para los últimos días, en los que el Señor reunirá a los
justos en un mundo renovado. Todo el salmo está impregnado de un clima de
fiesta, inaugurado ya con el Aleluya inicial y acompasado luego con
cantos, alabanzas, alegría, danzas y el son de tímpanos y cítaras. La oración
que este salmo inspira es la acción de gracias de un corazón lleno de júbilo
religioso.
2. En el original hebreo del himno, a los protagonistas del salmo se
les llama con dos términos característicos de la espiritualidad del Antiguo
Testamento. Tres veces se les define ante todo como hasidim (vv. 1, 5 y
9), es decir, "los piadosos, los fieles", los que responden con
fidelidad y amor (hesed) al amor paternal del Señor.
La segunda parte del salmo resulta sorprendente, porque abunda en
expresiones bélicas. Resulta extraño que, en un mismo versículo, el salmo ponga
juntamente "vítores a Dios en la boca" y "espadas de dos filos
en las manos" (v. 6). Reflexionando, podemos comprender el porqué: el
salmo fue compuesto para "fieles" que militaban en una guerra de
liberación; combatían para librar a su pueblo oprimido y devolverle la
posibilidad de servir a Dios. Durante la época de los Macabeos, en el siglo II
a.C los que combatían por la libertad y por la fe, sometidos a dura represión
por parte del poder helenístico, se llamaban precisamente hasidim,
"los fieles" a la palabra de Dios y a las tradiciones de los padres.
3. Desde la perspectiva actual de nuestra oración, esta simbología
bélica resulta una imagen de nuestro compromiso de creyentes que, después de
cantar a Dios la alabanza matutina, andamos por los caminos del mundo, en medio
del mal y de la injusticia. Por desgracia, las fuerzas que se oponen al reino
de Dios son formidables: el salmista habla de "pueblos, naciones, reyes y
nobles". A pesar de todo, mantiene la confianza, porque sabe que a su lado
está el Señor, que es el auténtico Rey de la historia (v. 2). Por consiguiente,
su victoria sobre el mal es segura y será el triunfo del amor. En esta lucha
participan todos los hasidim, todos los fieles y los justos, que, con la
fuerza del Espíritu, llevan a término la obra admirable llamada reino de Dios.
4. San Agustín, tomando como punto de partida el hecho de que el
salmo habla de "coro" y de "tímpanos y cítaras", comenta:
"¿Qué es lo que constituye un coro? (...) El coro es un conjunto de
personas que cantan juntas. Si cantamos en coro debemos cantar con armonía.
Cuando se canta en coro, incluso una sola voz desentonada molesta al que oye y
crea confusión en el coro mismo" (Enarr. in Ps. 149: CCL 40,
7, 1-4).
Luego, refiriéndose a los instrumentos utilizados por el salmista, se
pregunta: "¿Por qué el salmista usa el tímpano y el salterio?".
Responde: "Para que no sólo la voz alabe al Señor, sino también las obras.
Cuando se utilizan el tímpano y el salterio, las manos se armonizan con
la voz. Eso es lo que debes hacer tú. Cuando cantes el aleluya, debes dar pan
al hambriento, vestir al desnudo y acoger al peregrino. Si lo haces, no sólo
canta la voz, sino que también las manos se armonizan con la voz, pues las
palabras concuerdan con las obras" (ib 8, 1-4).
5. Hay un segundo vocablo con el que se definen los
orantes de este salmo: son los anawim, es decir, "los pobres, los
humildes" (v. 4). Esta expresión es muy frecuente en el Salterio y no sólo
indica a los oprimidos, a los pobres y a los perseguidos por la justicia, sino
también a los que, siendo fieles a los compromisos morales de la alianza con
Dios, son marginados por los que escogen la violencia, la riqueza y la prepotencia.
Desde esta perspectiva se comprende que los "pobres" no sólo
constituyen una clase social, sino también una opción espiritual. Este es el
sentido de la célebre primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres
de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3). Ya el profeta Sofonías se
dirigía así a los anawim: "Buscad al Señor, vosotros todos,
humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la
humildad; quizá encontréis cobijo el día de la cólera del Señor" (So 2, 3).
6. Ahora bien, el "día de la cólera del
Señor" es precisamente el que se describe en la segunda parte del salmo,
cuando los "pobres" se ponen de parte de Dios para luchar contra el
mal. Por sí mismos, no tienen la fuerza suficiente, ni los medios, ni las
estrategias necesarias para oponerse a la irrupción del mal. Sin embargo, la
frase del salmista es categórica: "El Señor ama a su pueblo, y adorna con
la victoria a los humildes (anawim)" (v. 4). Se cumple idealmente
lo que el apóstol san Pablo declara a los Corintios: "Lo plebeyo y
despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada
lo que es" (1Co 1, 28).
Con esta confianza "los hijos de Sión" (v. 2), hasidim
y anawim, es decir, los fieles y los pobres, se disponen a vivir su
testimonio en el mundo y en la historia. El canto de María recogido en el
evangelio de san Lucas -el Magnificat- es el eco de los mejores
sentimientos de los "hijos de Sión": alabanza jubilosa a Dios
Salvador, acción de gracias por las obras grandes que ha hecho por ella el
Todopoderoso, lucha contra las fuerzas del mal, solidaridad con los pobres y
fidelidad al Dios de la alianza (cf. Lc
1, 46-55).
(L'Osservatore Romano - 25 de mayo de 2001)
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