Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 4 de noviembre de 2001
La alegría de
los que entran en el templo
1. La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se
acaba de proclamar el título de "Salmo para la todáh", es
decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta
bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este
himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso
por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.
2. Está, ante todo, la exhortación apremiante a la
oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos
en imperativo que marcan el ritmo del Salmo y a los que se unen indicaciones de
orden cultual: "Aclamad.. servid al Señor con alegría, entrad en su
presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con
acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su
nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar
en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14, 1; 23, 3. 7-10), sino también
a aclamar a Dios con alegría.
Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás,
expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde
la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del
creyente.
3. Quisiera reservar una segunda y breve nota al
comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar
al Señor (cf. v. 1). Ciertamente, el Salmo fijará luego su atención en el
pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como
sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos
al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a
merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están
gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la
humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas: él
"afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.
(...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95, 10. 13).
4. Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y
todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de
Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento
significativo del Salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista
pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través
de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo
esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios, el Señor es
nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su misericordia
es eterna y su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).
5. Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe
en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo: "Yo soy
el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2. 3). Y como se repite a
menudo en la Biblia: "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el
Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no
hay otro" (Dt 4, 39). Se
proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue
la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del
pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina: "Somos
suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los
fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el
rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del
cielo (cf. 1 P 2, 25).
6. Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la
alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro Salmo prosigue con la
meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio:
la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres
virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo
que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río
fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena
confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina
a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.
Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no
bastan, como observa san Agustín: "Cuanto más aumente la caridad, tanto
más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear
ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario,
cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz
de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes
expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no
alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el
respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el Salmo: "Aclama al Señor, tierra
entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al
Señor" (Exposiciones sobre los Salmos III, 1, Roma 1993, p. 459).
(L'Osservatore Romano - 7 de
noviembre de 2001)
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