Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 28 de noviembre de 2001
Invitación a alabar a Dios por su
amor
1. Este es el salmo más breve. En el original hebreo está compuesto
sólo por diecisiete palabras, nueve de las cuales son las particularmente
importantes. Se trata de una pequeña doxología, es decir, un canto esencial de
alabanza, que idealmente podría servir de conclusión de oraciones más amplias,
como himnos. Así ha sucedido a veces en la liturgia, como acontece con nuestro
"Gloria al Padre", con el que suele concluirse el rezo de todos los
salmos.
Verdaderamente, estas pocas palabras de oración son
significativas y profundas para exaltar la alianza entre el Señor y su pueblo,
dentro de una perspectiva universal. A esta luz, el apóstol san Pablo utiliza
el primer versículo del salmo para invitar a todos los pueblos del mundo a
glorificar a Dios. En efecto, escribe a los cristianos de Roma: "Los gentiles
glorifican a Dios por su misericordia, como dice la Escritura: (...) Alabad al
Señor todas las naciones; aclamadlo, todos los pueblos" (Rm 15, 9. 11).
2. Así pues, el breve himno que estamos meditando comienza, como
acontece a menudo en este tipo de salmos, con una invitación a la alabanza, que
no sólo se dirige a Israel, sino a todos los pueblos de la tierra. Un Aleluya
debe brotar de los corazones de todos los justos que buscan y aman a Dios con
corazón sincero. Una vez más el Salterio refleja una visión de gran alcance,
alimentada probablemente por la experiencia vivida por Israel durante el exilio
en Babilonia, en el siglo VI a.C.: el pueblo hebreo se encontró entonces con
otras naciones y culturas y sintió la necesidad de anunciar su fe a los pueblos
entre los cuales vivía. En el Salterio se aprecia la convicción de que el bien
florece en muchos terrenos y, en cierta manera, puede ser orientado y dirigido
hacia el único Señor y Creador.
Por eso, podríamos hablar de un ecumenismo de la
oración, que estrecha en un único abrazo a pueblos diferentes por su origen,
historia y cultura. Estamos en la línea de la gran "visión" de
Isaías, que describe "al final de los tiempos" cómo confluyen todas
las naciones hacia "el monte del templo del Señor". Entonces caerán
de las manos las espadas y las lanzas; más aún, con ellas se forjarán arados y
podaderas, para que la humanidad viva en paz, cantando su alabanza al único
Señor de todos, escuchando su palabra y cumpliendo su ley (cf. Is 2, 1-5).
3. Israel, el pueblo de la elección, tiene en este horizonte
universal una misión particular. Debe proclamar dos grandes virtudes divinas,
que ha experimentado viviendo la alianza con el Señor (cf. v. 2). Estas dos
virtudes, que son como los rasgos fundamentales del rostro divino, el
"buen binomio" de Dios, como decía san Gregorio de Nisa (cf. Sobre
los títulos de los salmos, Roma 1994, p. 183), se expresan con otros tantos
vocablos hebreos que, en las traducciones, no logran brillar con toda su
riqueza de significado.
El primero es hésed, un término que el Salterio usa con mucha
frecuencia y sobre el que ya he tratado en otra ocasión. Quiere indicar la
trama de los sentimientos profundos que marcan las relaciones entre dos
personas, unidas por un vínculo auténtico y constante. Por eso, entraña valores
como el amor, la fidelidad, la misericordia, la bondad y la ternura. Así pues,
entre nosotros y Dios existe una relación que no es fría, como la que se
entabla entre un emperador y su súbdito, sino cordial, como la que se
desarrolla entre dos amigos, entre dos esposos o entre padres e hijos.
4. El segundo vocablo, 'emét, es casi sinónimo del primero.
También se trata de un término frecuente en el Salterio, que lo repite casi la
mitad de todas las veces en que se encuentra en el resto del Antiguo
Testamento.
Este término, de por sí, expresa la "verdad", es decir, la
genuinidad de una relación, su autenticidad y lealtad, que se conserva a pesar
de los obstáculos y las pruebas; es la fidelidad pura y gozosa que no se
resquebraja. Por eso el salmista declara que "dura por siempre" (v.
2). El amor fiel de Dios no fallará jamás y no nos abandonará a nosotros mismos
o a la oscuridad de la falta de sentido, de un destino ciego, del vacío y de la
muerte.
Dios nos ama con un amor incondicional, que no conoce el cansancio, que no
se apaga nunca. Este es el mensaje de nuestro salmo, casi tan breve como una
jaculatoria, pero intenso como un gran cántico.
5. Las palabras que nos sugiere son como un eco del
cántico que resuena en la Jerusalén celestial, donde una inmensa multitud, de
toda lengua, pueblo y nación, canta la gloria divina ante el trono de Dios y
del Cordero (cf. Ap 7, 9). A este
cántico la Iglesia peregrinante se une con infinitas expresiones de alabanza,
moduladas frecuentemente por el genio poético y por el arte musical. Pensamos,
por poner un ejemplo, en el Te Deum, que han utilizado generaciones de
cristianos a lo largo de los siglos para alabar y dar gracias a Dios: "Te
Deum laudamus, te Dominum confitemur, te aeternum Patrem omnis terra
veneratur". Por su parte, el pequeño salmo que hoy estamos meditando
constituye una síntesis eficaz de la perenne liturgia de alabanza con que la
Iglesia se hace portavoz del mundo, uniéndose a la alabanza perfecta que Cristo
mismo dirige al Padre.
Así pues, alabemos al Señor. Alabémoslo sin cesar. Pero
nuestra alabanza se ha de expresar con la vida, antes que con las palabras. En
efecto, seríamos poco creíbles si con nuestro salmo invitáramos a las naciones
a dar gloria al Señor y no tomáramos en serio la advertencia de Jesús:
"Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas
obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16). Cantando el salmo 116, como
todos los salmos que ensalzan al Señor, la Iglesia, pueblo de Dios, se esfuerza
por llegar a ser ella misma un cántico de alabanza.
(L'Osservatore Romano - 30 de
noviembre de 2001)
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