Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 2 de enero de 2002
Entremos en el nuevo año
imitando la fe de María
1. En este primer encuentro del nuevo año, al día siguiente de la
solemnidad de María, Madre de Dios, y de la Jornada mundial de la paz, queremos
renovar nuestra acción de gracias a Dios por los innumerables beneficios con
los que enriquece diariamente nuestra vida. Al mismo tiempo, prolongamos la
contemplación del gran misterio de la Encarnación, que estamos viviendo en
estos días y que constituye un auténtico fulcro del tiempo litúrgico.
Retomando la expresión de san Juan: "El Verbo se hizo
carne" (Jn 1, 14), la reflexión
doctrinal de la Iglesia ha acuñado el término "encarnación" para
indicar el hecho de que el Hijo de Dios asumió plena y completamente la
naturaleza humana para realizar en ella y a través de ella nuestra salvación.
El Catecismo de la Iglesia católica recuerda que la fe en la encarnación
real del Hijo de Dios es el "signo distintivo" de la fe cristiana
(cf. n. 463).
Por lo demás, es lo que profesamos con las palabras del Credo
niceno-constantinopolitano: "Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación
bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en el seno de la
Virgen María y se hizo hombre".
2. En el nacimiento del Hijo de Dios del seno
virginal de María los cristianos reconocen la infinita condescendencia del
Altísimo hacia el hombre y hacia la creación entera. Con la Encarnación, Dios
viene a visitar a su pueblo: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque
ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la
casa de David, su siervo" (Lc 1,
68-69). Y la visita de Dios siempre es eficaz: libera de la aflicción y da
esperanza, trae salvación y alegría.
En el relato del nacimiento de Jesús, vemos que la alegre nueva
de la venida del Salvador esperado es comunicada en primer lugar a un grupo de
pobres pastores, como refiere el evangelio de san Lucas: "Un ángel del
Señor se presentó a los pastores" (Lc
2, 9). De ese modo, san Lucas, que en cierto sentido podríamos definir el
"evangelista" de la Navidad, quiere subrayar la benevolencia y la
delicadeza de Dios para con los pequeños y los humildes, a los que se
manifiesta y que de ordinario están mejor dispuestos a reconocerlo y acogerlo.
La señal que se da a los pastores, la manifestación de la
majestad infinita de Dios en un niño, está llena de esperanzas y promesas:
"Aquí tenéis la señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y
acostado en un pesebre" (Lc 2, 12).
Ese mensaje encuentra un eco inmediato en el corazón
humilde y disponible de los pastores. Para ellos la palabra que el Señor les da
a conocer es seguramente algo real, un "acontecimiento" (cf. Lc 2, 15). Por eso, acuden presurosos,
encuentran la señal que se les había prometido e inmediatamente se convierten
en los primeros misioneros del Evangelio, difundiendo en su entorno la buena
nueva del nacimiento de Jesús.
3. En estos días hemos escuchado nuevamente el
canto de los ángeles en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la
tierra a los hombres que él ama" (Lc 2, 14). Este canto debe difundirse
en el mundo también en nuestro tiempo, que entraña grandes esperanzas y
extraordinarias aperturas en todos los ámbitos, pero que igualmente encierra
fuertes tensiones y dificultades. Para que en el nuevo año, recién comenzado,
la humanidad pueda avanzar de un modo más ágil y seguro por los caminos de la
paz, hace falta la colaboración activa de todos.
Por eso, ayer, con ocasión de la Jornada mundial de la paz, quise subrayar
el vínculo que existe entre la paz, la justicia y el perdón. Realmente "no
hay paz sin justicia" y "no hay justicia sin perdón". Por tanto,
debe crecer en todos un fuerte deseo de reconciliación, sostenido por una
sincera voluntad de perdón. A lo largo de todo el año nuestra oración debe
hacerse más fuerte e insistente, para obtener de Dios el don de la paz y de la
fraternidad, especialmente en las zonas más agitadas del mundo.
4. Así entramos en el nuevo año con confianza, imitando la fe y la
dócil disponibilidad de María, que conserva y medita en su corazón (cf. Lc 2,
19) todas las cosas maravillosas que están aconteciendo ante sus ojos. Dios
mismo realiza por medio de su Hijo unigénito la plena y definitiva salvación en
favor de la humanidad entera.
Contemplamos a la Virgen mientras acoge entre sus brazos a Jesús para darlo
a todos los hombres. Como ella, también nosotros miramos con atención y
conservamos en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la
historia. Así aprenderemos a reconocer en la trama de la vida diaria la
intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría
y amor. Una vez más, ¡Feliz Año nuevo a todos!
(L'Osservatore Romano - 5 de enero de
2002)