Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 10 de abril de 2002
El Señor visita su viña
1. El salmo que se acaba de proclamar tiene el tono
de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera
parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor
es invocado como "pastor de Israel", el que "guía a José como un
rebaño" (Sal 79, 2). Desde lo
alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su
rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.
Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin
embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que
debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf.Sal 79, 6). Los enemigos se burlan de
este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece
interesado, no "despierta" (v. 3), ni muestra su poder en defensa de
las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en
forma de antífona (cf. vv. 4. 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente,
procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.
2. En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la
vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la
viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la
tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.
Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas
páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7),
la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales: por una parte,
dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is
5, 2; Sal 79, 9-10), la viña
representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo
diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por
consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto
de obras justas.
3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las
etapas principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia del éxodo
de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su
máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de
Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano,
con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates
(cf. vv. 11-12).
Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda
que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió
una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo
derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo
así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales
considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza
del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo
devasta todo (cf. vv. 13-14).
4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a
defender a las víctimas, rompiendo su silencio: "Dios de los Ejércitos,
vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15).
Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se
ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían
intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).
En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores
mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así: "Que tu mano proteja a
tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste". Tal vez el
pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor,
encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está
implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que
cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7,
13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra
y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma
unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de
Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.
5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille
nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la
oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar:
"No nos alejaremos de ti" (Sal
79, 19).
Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento,
pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a
"volver" hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo
"vuelva" a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del
pecado, el Señor se "convertirá" de su intención de castigar: esta es
la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón,
abriéndolo a la esperanza.
(L'Osservatore Romano - 12 de abril
de 2002)