Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 17 de abril de 2002
El júbilo del
pueblo redimido
1. El himno que se acaba de proclamar entra como
canto de alegría en la Liturgia de las Laudes. Constituye una especie de
culminación de algunas páginas del libro de Isaías que se han hecho célebres
por su lectura mesiánica. Se trata de los capítulos 6-12, que se suelen
denominar "el libro del Emmanuel". En efecto, en el centro de esos
oráculos proféticos resalta la figura de un soberano que, aun formando parte de
la histórica dinastía davídica, tiene perfiles transfigurados y recibe títulos
gloriosos: "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe
de la paz" (Is 9, 5).
La figura concreta del rey de Judá que Isaías promete como hijo y sucesor de
Ajaz, el soberano de entonces, que estaba muy lejos de los ideales davídicos,
es el signo de una promesa más elevada: la del rey Mesías que realizará en
plenitud el nombre de "Emmanuel", es decir, "Dios con
nosotros", convirtiéndose en la perfecta presencia divina en la historia
humana. Así pues, es fácilmente comprensible que el Nuevo Testamento y el
cristianismo hayan intuido en esa figura regia la fisonomía de Jesucristo, Hijo
de Dios hecho hombre solidario con nosotros.
2. Los estudiosos consideran que el himno al que
nos estamos refiriendo (cf.Is 12, 1-6),
tanto por su calidad literaria como por su tono general, es una composición
posterior al profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Casi
es una cita, un texto de estilo sálmico, tal vez para uso litúrgico, que se
incrusta en este punto para servir de conclusión del "libro del Emmanuel".
En efecto, evoca algunos temas referentes a él: la salvación, la confianza, la
alegría, la acción divina, la presencia entre el pueblo del "Santo de
Israel", expresión que indica tanto la trascendente "santidad"
de Dios como su cercanía amorosa y activa, con la que el pueblo de Israel puede
contar.
El cantor es una persona que ha vivido una experiencia amarga, sentida como
un acto del juicio divino. Pero ahora la prueba ha pasado, la purificación ya
se ha producido; la cólera del Señor ha dado paso a la sonrisa y a la
disponibilidad para salvar y consolar.
3. Las dos estrofas del himno marcan casi dos momentos. En el primero
(cf. vv. 1-3), que comienza con la invitación a orar: "Dirás aquel
día", domina la palabra "salvación", repetida tres veces y
aplicada al Señor: "Dios es mi salvación... Él fue mi salvación... las
fuentes de la salvación". Recordemos, por lo demás, que el nombre de
Isaías -como el de Jesús- contiene la raíz del verbo hebreo ylsa", que
alude a la "salvación". Por eso, nuestro orante tiene la certeza
inquebrantable de que en la raíz de la liberación y de la esperanza está la
gracia divina.
Es significativo notar que hace referencia implícita al
gran acontecimiento salvífico del éxodo de la esclavitud de Egipto, porque cita
las palabras del canto de liberación entonado por Moisés: "Mi fuerza y mi
canto es el Señor" (Ex 15, 2).
4. La salvación dada por Dios, capaz de suscitar la
alegría y la confianza incluso en el día oscuro de la prueba, se presenta con
la imagen, clásica en la Biblia, del agua: "Sacaréis agua con gozo de las
fuentes de la salvación" (Is 12, 3).
El pensamiento se dirige idealmente a la escena de la mujer samaritana, cuando
Jesús le ofrece la posibilidad de tener en ella misma una " uente de agua
que salta para la vida eterna" (Jn
4, 14).
Al respecto, san Cirilo de Alejandría comenta de modo sugestivo: "Jesús
llama agua viva al don vivificante del Espíritu, por medio del cual sólo la
humanidad, aunque abandonada completamente, como los troncos en los montes, y
seca, y privada por las insidias del diablo de toda especie de virtud, es
restituida a la antigua belleza de la naturaleza... El Salvador llama agua a la
gracia del Espíritu Santo, y si uno participa de él, tendrá en sí mismo la
fuente de las enseñanzas divinas, de forma que ya no tendrá necesidad de
consejos de los demás, y podrá exhortar a quienes tengan sed de la palabra de
Dios. Eso es lo que eran, mientras se encontraban en esta vida y en la tierra,
los santos profetas y los Apóstoles y sus sucesores en su ministerio. De ellos
está escrito: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación" (Comentario
al Evangelio de san Juan II, 4, Roma 1994, pp. 272. 75).
Por desgracia, la humanidad con frecuencia abandona esta
fuente que sacia a todo el ser de la persona, como afirma con amargura el
profeta Jeremías: "Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, para
hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2, 13). También Isaías, pocas
páginas antes, había exaltado "las aguas de Siloé, que corren
mansamente", símbolo del Señor presente en Sión, y había amenazado el
castigo de la inundación de "las aguas del río -es decir, el Éufrates-
impetuosas y copiosas" (Is 8, 6-7), símbolo del poder militar y económico,
así como de la idolatría, aguas que fascinaban entonces a Judá, pero que la
anegarían.
5. La segunda estrofa (cf. Is 12, 4-6) comienza con otra
invitación -"Aquel día diréis"-, que es una llamada continua a la
alabanza gozosa en honor del Señor. Se multiplican los imperativos para cantar:
"dad gracias, invocad, contad, proclamad, tañed, anunciad, gritad".
En el centro de la alabanza hay una única profesión de fe en Dios salvador,
que actúa en la historia y está al lado de su criatura, compartiendo sus
vicisitudes: "El Señor hizo proezas... ¡Qué grande es en medio de ti el
Santo de Israel!" (vv. 5-6). Esta profesión de fe tiene también una
función misionera: "Contad a los pueblos sus hazañas... Anunciadlas a toda
la tierra" (vv. 4-5). La salvación obtenida debe ser testimoniada al
mundo, de forma que la humanidad entera acuda a esas fuentes de paz, de alegría
y de libertad.
(L'Osservatore Romano - 19 de abril
de 2002)