Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 15 de mayo de 2002
Dios interviene en la historia
1. La liturgia de las Laudes nos propone una serie de cánticos
bíblicos de gran intensidad espiritual para acompañar la oración fundamental de
los salmos. Hoy hemos escuchado un ejemplo tomado del capítulo tercero y último
del libro de Habacuc. Este profeta, que vivió a fines del siglo VII a.C
cuando el reino de Judá se sentía aplastado entre dos superpotencias en expansión,
por un lado Egipto y por otro Babilonia.
Con todo, muchos estudiosos consideran que este himno
final es una cita. Así pues, en un apéndice al breve escrito de Habacuc se
habría insertado un auténtico canto litúrgico, "en el tono de las
lamentaciones", "para acompañar con instrumentos de cuerda",
como dicen las notas situadas al inicio y al final del cántico (cf. Ha 3, 1. 19b). La liturgia de las
Laudes, recogiendo el hilo de la antigua plegaria de Israel, nos invita a
transformar en canto cristiano esta composición, escogiendo algunos de sus
versículos significativos (cf. vv. 2-4. 13a. 15-19a).
2. El himno, que entraña también una considerable
fuerza poética, presenta una grandiosa imagen del Señor (cf. vv. 3-4). Su
figura se impone solemne sobre todo el escenario del mundo, y el universo se
estremece a su paso. Avanza desde el sur, desde Temán y desde el monte Farán
(cf. v. 3), es decir, desde la región del Sinaí, sede de la gran epifanía
reveladora para Israel. De igual modo, en el salmo 67 se describía al
"Señor que viene del Sinaí al santuario" de Jerusalén (cf. v. 18). Su
presencia, según una tradición bíblica constante, está llena de luz (cf. Ha 3, 4).
Es una irradiación de su misterio trascendente, pero que se comunica a la
humanidad. En efecto, la luz está fuera de nosotros, no la podemos aferrar o
detener; sin embargo, nos envuelve, ilumina y calienta. Así es Dios, lejano y
cercano, inasible pero está a nuestro lado, más aún, dispuesto a estar con
nosotros y en nosotros. Al revelarse su majestad, responde desde la tierra un
coro de alabanza: es la respuesta cósmica, una especie de oración a la que el
hombre da voz.
La tradición cristiana ha vivido esta experiencia interior no sólo dentro de
la espiritualidad personal, sino también en atrevidas creaciones artísticas.
Por no citar las majestuosas catedrales de la Edad Media, mencionamos sobre
todo el arte del Oriente cristiano con sus admirables iconos y con las geniales
arquitecturas de sus iglesias y sus monasterios.
La iglesia de Santa Sofía de Constantinopla es, a este respecto, una especie
de arquetipo por lo que atañe a la delimitación del espacio de la oración
cristiana, en la que la presencia y la inasibilidad de la luz permiten captar
tanto la intimidad como la trascendencia de la realidad divina. Penetra en toda
la comunidad orante hasta la médula de sus huesos y a la vez la invita a
superarse a sí misma para sumergirse en la inefabilidad del misterio. Son
también significativas las propuestas artísticas y espirituales características
de los monasterios de esa tradición cristiana. En aquellos auténticos espacios
sagrados -y el pensamiento va inmediatamente al monte Athos- el tiempo contiene
en sí un signo de la eternidad. El misterio de Dios se manifiesta y se oculta
en esos espacios a través de la oración continua de los monjes y de los
ermitaños, que desde siempre han sido considerados semejantes a los ángeles.
3. Pero volvamos al cántico del profeta Habacuc. Para el autor
sagrado, el ingreso del Señor en el mundo tiene un significado preciso. Quiere
entrar en la historia de la humanidad, "en medio de los años", como
se repite dos veces en el versículo 2, para juzgar y mejorar esa historia, que
nosotros llevamos de modo tan confuso y a menudo perverso.
Entonces, Dios muestra su indignación (cf. v. 2c) contra
el mal. Y el canto hace referencia a una serie de intervenciones divinas
inexorables, aun sin especificar si se trata de acciones directas o indirectas.
Se evoca el éxodo de Israel, cuando la caballería del faraón quedó ahogada en
el mar (cf. v. 15). Pero también se vislumbra la perspectiva de la obra que el
Señor está a punto de realizar con respecto al nuevo opresor de su pueblo. La
intervención divina se presenta de un modo casi "visible" mediante
una serie de imágenes agrícolas: "la higuera no echa yemas y las viñas no
tienen fruto, el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, se
acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo" (cf. v. 17).
Todo lo que es signo de paz y fertilidad es eliminado y el mundo aparece como
un desierto. Se trata de un símbolo frecuente en otros profetas (cf. Jr 4, 19-26; 12, 7-13; 14, 1-10), para
ilustrar el juicio del Señor, que no es indiferente ante el mal, la opresión y
la injusticia.
4. Ante la irrupción divina el orante se estremece
(cf. Ha 3, 16), un escalofrío le
penetra por los huesos, tiemblan sus entrañas y vacilan sus piernas al
andar, porque el Dios de la justicia es infalible, a diferencia de los
jueces terrenos.
Pero el ingreso del Señor tiene también otra función, que en nuestro canto
se ensalza con alegría. En efecto, en su indignación no olvida su misericordia
(cf. v. 2). Sale del horizonte de su gloria no sólo para destruir la arrogancia
del impío, sino también para salvar a su pueblo y a su ungido (cf. v. 13), es
decir, a Israel y a su rey. Quiere ser también liberador de los oprimidos,
suscitar la esperanza en el corazón de las víctimas, abrir una nueva era de
justicia.
5. Por eso, nuestro cántico, a pesar de estar
marcado por el "tono de las lamentaciones", se transforma en un himno
de alegría. En efecto, las calamidades anunciadas están orientadas a la
liberación de los oprimidos (cf. v. 15). Por consiguiente, provocan la alegría
del justo, que exclama: "Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi
salvador" (v. 18). Esa misma actitud la sugiere Jesús a sus discípulos en
el tiempo de los cataclismos apocalípticos: "Cuando empiecen a suceder
estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra
liberación" (Lc 21, 28).
En el cántico de Habacuc es bellísimo el versículo final,
que expresa la serenidad recuperada. Al Señor se le define -como había hecho
David en el salmo 17- no sólo como "la fuerza" de su fiel, sino
también como aquel que le da agilidad, lozanía y serenidad en los peligros. David
cantaba: "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, (...). Él me da pies de
ciervo y me coloca en las alturas" (Sal 17, 2. 34). Ahora nuestro
cantor exclama: "El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de
gacela y me hace caminar por las alturas" (Ha 3, 19). Cuando se tiene al
Señor al lado, no se temen ni pesadillas ni obstáculos, sino que se prosigue
con paso ligero y con alegría por el camino de la vida, aunque sea duro.
(L'Osservatore Romano - 17 de mayo de
2002)