Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 19 de junio de 2002
Los beneficios de Dios
para con su pueblo
1. "Moisés, ante toda la asamblea de Israel,
pronunció hasta el fin las palabras de este cántico" (Dt 31, 30). Así se introduce el
cántico recién proclamado, tomado de las últimas páginas del libro del
Deuteronomio, precisamente del capítulo 32. De él la liturgia de Laudes
ha seleccionado los primeros doce versículos, reconociendo en ellos un gozoso
himno al Señor que protege y cuida de su pueblo con amor en medio de los
peligros y de las dificultades de la jornada. El análisis del cántico ha
revelado que se trata de un texto antiguo, pero posterior a Moisés, en cuyos
labios fue puesto para conferirle un carácter de solemnidad. Este canto
litúrgico se remonta a los inicios de la historia del pueblo de Israel. No
faltan en esa página orante referencias o semejanzas con algunos salmos y con
el mensaje de los profetas. Así, se convirtió en una expresión sugestiva e
intensa de la fe de Israel.
2. El cántico de Moisés es más amplio que el pasaje propuesto por la liturgia
de Laudes, que constituye sólo su preludio. Algunos estudiosos han creído
detectar en esta composición un género literario que se define técnicamente con
el vocablo hebreo rîb, es decir, "pleito", "litigio
procesal". La imagen de Dios que se nos presenta en la Biblia no es de
ningún modo la de un ser oscuro, una energía anónima y violenta, o un hado
incomprensible. Es, por el contrario, una persona que tiene sentimientos, actúa
y reacciona, ama y corrige, participa en la vida de sus criaturas y no es
indiferente a sus obras. Así, en nuestro caso, el Señor convoca una especie de
tribunal, en presencia de testigos, denuncia los delitos del pueblo acusado y
exige una pena, pero su veredicto está impregnado de una misericordia infinita.
Sigamos ahora las etapas de esta historia, considerando sólo los versículos que
nos propone la liturgia.
3. Se mencionan inmediatamente los espectadores,
testigos cósmicos: "Escuchad, cielos; (...) oye, tierra..." (Dt 32, 1). En este proceso simbólico
Moisés actúa casi como un fiscal. Su palabra es eficaz y fecunda como la de los
profetas, expresión de la palabra divina. Notemos la significativa serie de
imágenes que se usa para definirla: se trata de signos tomados de la
naturaleza, como la lluvia, el rocío, la llovizna, el chubasco y el orvallo,
gracias a los cuales la tierra verdea y se cubre de brotes (cf. v. 2).
La voz de Moisés, profeta e intérprete de la palabra divina, anuncia la
inminente entrada en escena del gran juez, el Señor, cuyo nombre santísimo
pronuncia, exaltando uno de sus numerosos atributos. En efecto, el Señor es
llamado la Roca (cf. v. 4), título que aparece con frecuencia en nuestro
cántico (cf. vv. 15, 18, 30, 31 y 37); es una imagen que exalta la fidelidad
estable e inquebrantable de Dios, opuesta a la inestabilidad y a la infidelidad
de su pueblo. El tema se desarrolla mediante una serie de afirmaciones sobre la
justicia divina: "Sus obras son perfectas; sus caminos son justos; es un
Dios fiel, sin maldad; es justo y recto" (v. 4).
4. Después de la solemne presentación del Juez
supremo, que es también la parte agraviada, la atención del cantor se dirige
hacia el acusado. Para definirlo recurre a una eficaz representación de Dios
como padre (cf. v. 6). A sus criaturas, tan amadas, las llama hijos suyos,
pero, desgraciadamente, son "hijos degenerados" (cf. v. 5). En
efecto, sabemos que ya el Antiguo Testamento presenta una concepción de Dios
como padre solícito con sus hijos, que a menudo lo defraudan (cf. Ex 4, 22; Dt 8, 5; Sal 102, 13; Si 51, 10; Is 1, 2; 63, 16; Os 11, 1-4). Por eso, la denuncia no
es fría, sino apasionada: "¿Así le pagas al Señor, pueblo necio e
insensato? ¿No es él tu padre y tu creador, el que te hizo y te
constituyó?" (Dt 32, 6).
Efectivamente, no es lo mismo rebelarse contra un soberano implacable que
contra un padre amoroso.
Para hacer concreta la acusación y lograr que la conversión aflore de un
corazón sincero, Moisés apela a la memoria: "Acuérdate de los días
remotos, considera las edades pretéritas" (v. 7). En efecto, la fe bíblica
es un "memorial", o sea, es redescubrir la acción eterna de Dios que
se manifiesta a lo largo del tiempo; es hacer presente y eficaz la salvación
que el Señor donó y sigue ofreciendo al hombre. El gran pecado de infidelidad
coincide, entonces, con la "falta de memoria", que borra el recuerdo
de la presencia divina en nosotros y en la historia.
5. El acontecimiento fundamental, que no se ha de olvidar, es el paso
por el desierto después de la salida de Egipto, tema central del Deuteronomio y
de todo el Pentateuco. Así se evoca el viaje terrible y dramático en el
desierto del Sinaí, "en una soledad poblada de aullidos" (cf. v. 10),
como se dice con una imagen de fuerte impacto emotivo. Pero allí Dios se
inclina sobre su pueblo con una ternura y una dulzura sorprendentes. Además del
símbolo paterno, se alude al materno del águila: "Lo rodeó cuidando de él;
lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada,
revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó
sobre sus plumas" (vv. 10-11). El camino por la estepa desértica se
transforma, entonces, en un itinerario tranquilo y sereno, porque está el manto
protector del amor divino.
El cántico evoca también el Sinaí, donde Israel se
convirtió en aliado del Señor, su "porción" y su "heredad",
es decir, su realidad más valiosa (cf. v. 9; Ex 19, 5). De este modo, el cántico de
Moisés se transforma en un examen de conciencia coral para que, por fin, a los
beneficios divinos ya no responda el pecado, sino la fidelidad.
(L'Osservatore Romano - 21 de junio
de 2002)
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