Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 26 de junio de 2002
Grandeza del Señor
y dignidad del hombre
1. "El hombre (...) se nos revela como el centro de esta
empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en
su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu,
su vida" (Ángelus del 13 de julio de 1969: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2).
Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas
norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba
de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos.
En efecto, este himno es una celebración del hombre, una
criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una
"caña" frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas
Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una
"caña pensante" que puede comprender la creación, en cuanto señor de
todo lo creado, "coronado" por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en
los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una
solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el
universo: "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la
tierra!" (vv. 2. 10).
2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera
nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera
estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios,
el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria
cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que
brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos
presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A estos se les califica de
"adversarios", "enemigos" y "rebeldes",
porque creen erróneamente que con su razón y su acción pueden desafiar y
enfrentarse al Creador (cf.Sal 13, 1).
Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de
una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:
"¿Qué es el hombre?" (Sal 8,
5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación
con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad
del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es "tuyo",
"has creado" la luna y las estrellas, que son "obra de tus
dedos" (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más
común: "obra de tus manos" (cf. v. 7): Dios ha creado estas
realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un
cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las
cuerdas.
3. Por eso, la primera reacción es de asombro: ¿cómo puede Dios
"acordarse" y "cuidar" (cf. v. 5) de esta criatura tan
frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa: al hombre, criatura débil,
Dios le ha dado una dignidad estupenda: lo ha hecho poco inferior a los ángeles
o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios
(cf. v. 6).
Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es
considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo
ha "coronado" como un virrey, destinándolo a un señorío universal:
"Todo lo sometiste bajo sus pies", y el adjetivo "todo"
resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este
dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni
se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de
Prometeo. Es un dominio que Dios regala: a las manos frágiles y a menudo
egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que
conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para
que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.
Como declara la constitución pastoral Gaudium
et spes del concilio Vaticano II, "el hombre ha sido creado
"a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido
constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y
servirse de ellas glorificando a Dios" (n. 12).
4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado
en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que
con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio
e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de
desviaciones, cuando precisa que Dios "formó al hombre para que dominase
sobre los seres creados (...) y administrase el mundo con santidad y
justicia" (Sb 9, 2-3). También
Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre
todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios:
"¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él
tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?" (Jb 7, 17-18). La historia documenta el
mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones
ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.
A diferencia de los seres humanos que humillan a sus
semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto,
"coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la
gracia de Dios experimentó la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). Reina sobre el universo
con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y
la nueva tierra (cf. 2 P 3, 13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere
el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través
de la entrega suprema de sí en la muerte "para bien de todos".
Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que
sirve y se consagra a los demás: "El Hijo del hombre no ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45). De este modo, recapitula
en sí "lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10). Desde esta perspectiva
cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza,
invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio,
sino con el amor.
(L'Osservatore Romano - 28 de junio
de 2002)