Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 17 de julio de 2002
Glorificación de Dios,
Señor y Creador
1. El salmo 148, que ahora se ha elevado a Dios, constituye un verdadero
"cántico de las criaturas", una especie de Te Deum del Antiguo
Testamento, un aleluya cósmico que implica todo y a todos en la alabanza
divina.
Un exegeta contemporáneo lo comenta así: "El salmista, llamándolos
por su nombre, pone en orden los seres: en el cielo, dos astros según los
tiempos, y aparte las estrellas; por un lado, los árboles frutales, por el
otro, los cedros; en un plano, los reptiles, y en otro los pájaros; aquí los
príncipes y allí los pueblos; en dos filas, quizá dándose la mano, jóvenes y
doncellas... Dios los ha establecido, atribuyéndoles un lugar y una función; el
hombre los acoge, dándoles un lugar en el lenguaje, y, así dispuestos, los
conduce a la celebración litúrgica. El hombre es "pastor del ser" o
liturgo de la creación" (Luis Alonso Schökel, Trenta salmi: poesia e preghiera,
Bolonia 1982, p. 499).
Sigamos también nosotros este coro universal, que resuena en el ábside
del cielo y tiene como templo el cosmos entero. Dejémonos conquistar por la
alabanza que todas las criaturas elevan a su Creador.
2. En el cielo encontramos a los cantores del universo estelar: los
astros más lejanos, los ejércitos de ángeles, el sol y la luna, las estrellas
lucientes, los "cielos de los cielos" (cf. v. 4), es decir, los
espacios celestes, las aguas superiores, que el hombre de la Biblia imagina
conservadas en cisternas antes de derramarse como lluvias sobre la tierra.
El aleluya, o sea, la invitación a "alabar al Señor", resuena
al menos ocho veces y tiene como meta final el orden y la armonía de los seres
celestiales: "Les dio una ley que no pasará" (v. 6).
La mirada se dirige luego al horizonte terrestre, donde
se desarrolla una procesión de cantores, al menos veintidós, es decir, una
especie de alfabeto de alabanza, esparcido por nuestro planeta. He aquí los
monstruos marinos y los abismos, símbolos del caos acuático en el que se funda
la tierra (cf. Sal 23, 2), según
la concepción cosmológica de los antiguos semitas.
El Padre de la Iglesia san Basilio observaba: "Ni siquiera el abismo
fue juzgado despreciable por el salmista, que lo acogió en el coro general de
la creación; es más, con su lenguaje propio, completa también él armoniosamente
el himno al Creador" (Homiliae in hexaemeron, III, 9: PG 29,
75).
3. La procesión continúa con las criaturas de la
atmósfera: rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado, considerado un
mensajero veloz de Dios (cf. Sal 148,
8).
Vienen luego los montes y las sierras, consideradas popularmente como las
criaturas más antiguas de la tierra (cf. v. 9). El reino vegetal está
representado por los árboles frutales y los cedros (cf. ib.). El mundo
animal, en cambio, está presente con las fieras, los animales domésticos, los
reptiles y los pájaros (cf. v. 10).
Por último, está el hombre, que preside la liturgia de la creación. Es
definido según todas las edades y distinciones: niños, jóvenes y viejos,
príncipes, reyes y pueblos (cf. vv. 11-12).
4. Encomendamos ahora a san Juan Crisóstomo la tarea de proporcionarnos
una visión de conjunto de este inmenso coro. Lo hace con palabras que remiten
también al cántico de los tres jóvenes en el horno ardiente, sobre el que
meditamos en la anterior catequesis.
El gran Padre de la Iglesia y patriarca de Constantinopla afirma:
"Por su gran rectitud de espíritu, los santos, cuando se disponen a dar
gracias a Dios, suelen invitar a muchos a participar en su alabanza,
exhortándolos a celebrar juntamente con ellos esta hermosa liturgia. Es lo que
hicieron también los tres jóvenes en el horno, cuando llamaron a toda la
creación a alabar a Dios por el beneficio recibido y cantarle himnos (Dn
3).
"Lo mismo hace también este salmo, invitando a
ambas partes del mundo, la de arriba y la de abajo, la sensible y la
inteligible. Lo mismo hizo el profeta Isaías, cuando dijo: "¡Aclamad,
cielos, y exulta, tierra! (...), pues Dios ha consolado a su pueblo" (Is 49, 13). Y así también se expresa
el Salterio: "Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un
pueblo balbuciente, (...) los montes saltaron como carneros, las colinas como
corderos" (Sal 113, 1. 4). Y
en otro pasaje dice Isaías: "Las nubes destilen la justicia" (Is 45, 8). En efecto, los santos, al
considerar que no pueden alabar ellos solos al Señor, se dirigen a todo el
orbe, implicando a todos en la salmodia común" (Expositio in psalmum
CXLVIII: PG 55, 484-485).
5. También nosotros somos invitados a unirnos a este inmenso coro,
convirtiéndonos en portavoces explícitos de toda criatura y alabando a Dios en
las dos dimensiones fundamentales de su misterio. Por una parte, debemos adorar
su grandeza trascendente, "porque sólo su nombre es sublime, su majestad
está sobre el cielo y la tierra" (v. 13), como dice nuestro salmo. Por
otra, reconocemos su bondad condescendiente, puesto que Dios está cercano a sus
criaturas y viene especialmente en ayuda de su pueblo: "Él acrece el vigor
de su pueblo, (...) su pueblo escogido" (v. 14), como afirma también el
salmista.
Frente al Creador omnipotente y misericordioso aceptamos, entonces, la
invitación de san Agustín a alabarlo, ensalzarlo y celebrarlo a través de sus
obras: "Cuando tú observas estas criaturas y disfrutas con ellas y te
elevas al Artífice de todo, y de las cosas creadas, gracias a la inteligencia,
contemplas sus atributos invisibles, entonces se eleva su confesión sobre la
tierra y en el cielo... Si las criaturas son hermosas, ¡cuánto más hermoso será
el Creador!" (Exposiciones sobre los Salmos, IV, Roma 1977, pp.
887-889).
(L'Osservatore Romano - 19 de julio
de 2002)
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