Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 18 de septiembre de 2002
Dios, rey y
juez del universo
1. "Decid a los pueblos: "El Señor es rey"". Esta
exhortación del salmo 95 (v. 10), que se acaba de proclamar, en cierto sentido
ofrece la tonalidad en que se modula todo el himno. En efecto, se sitúa entre
los "salmos del Señor rey", que abarcan los salmos 95-98, así como el
46 y el 92.
Ya hemos tenido anteriormente ocasión de presentar y comentar el salmo 92, y
sabemos que en estos cánticos el centro está constituido por la figura
grandiosa de Dios, que gobierna todo el universo y dirige la historia de la
humanidad.
También el salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres como al Salvador de
los pueblos: Dios "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los
pueblos rectamente" (v. 10). El verbo "gobernar" expresa la
certeza de que no nos hallamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos o de
la casualidad, sino que desde siempre estamos en las manos de un Soberano justo
y misericordioso.
2. El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios,
una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal: "cantad
al Señor, toda la tierra" (v. 1). Se invita a los fieles a "contar la
gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las
naciones" para proclamar "sus maravillas" (v. 3). Es más, el
salmista interpela directamente a las "familias de los pueblos" (v.
7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que
digan "a los pueblos: el Señor es rey" (v. 10), y precisa que el
Señor "gobierna a las naciones" (v. 10), "a los pueblos"
(v. 13). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño
pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el
Dios del universo y que "los dioses de los gentiles son apariencia"
(v. 5).
El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera
parte (cf. vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor "en su
santuario" (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen
cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente
la alabanza ante la majestad divina: "Cantad al Señor un cántico nuevo,
(...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...),
contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole
ofrendas, postraos (...)" (vv. 1-3, 7-9).
Así pues, el gesto fundamental ante el Señor rey, que manifiesta su gloria
en la historia de la salvación, es el canto de adoración, alabanza y bendición.
Estas actitudes deberían estar presentes también en nuestra liturgia diaria y
en nuestra oración personal.
3. En el centro de este canto coral encontramos una declaración
contra los ídolos. Así, la plegaria se manifiesta como un camino para conseguir
la pureza de la fe, según la conocida máxima: lex orandi, lex credendi,
o sea, la norma de la oración verdadera es también norma de fe, es lección
sobre la verdad divina. En efecto, esta se puede descubrir precisamente a
través de la íntima comunión con Dios realizada en la oración.
El salmista proclama: "Es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más
temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo" (vv. 4-5). A través de la
liturgia y la oración la fe se purifica de toda degeneración, se abandonan los
ídolos a los que se sacrifica fácilmente algo de nosotros durante la vida
diaria, se pasa del miedo ante la justicia trascedente de Dios a la experiencia
viva de su amor.
4. Pero pasemos al segundo cuadro, el que se abre con la proclamación
de la realeza del Señor (cf. vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo,
incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la
antigua concepción bíblica: "Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el
mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los
árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la
tierra" (vv. 11-13).
Como dirá san Pablo, también la naturaleza, juntamente con
el hombre, "espera vivamente (...) ser liberada de la servidumbre de la
corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rm 8, 19. 21).
Aquí quisiéramos dejar espacio a la relectura cristiana de este salmo que
hicieron los Padres de la Iglesia, los cuales vieron en él una prefiguración de
la Encarnación y de la crucifixión, signo de la paradójica realeza de Cristo.
5. Así, san Gregorio Nacianceno, al inicio del discurso pronunciado
en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas
expresiones del salmo 95: "Cristo nace: glorificadlo. Cristo baja del
cielo: salid a su encuentro. Cristo está en la tierra: levantaos. "Cantad
al Señor, toda la tierra" (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos,
"alégrese el cielo, goce la tierra" (v. 11) a causa de aquel que es
celeste pero que luego se hizo terrestre" (Omelie sulla natività, Discurso
38, 1, Roma 1983, p. 44).
De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la
Encarnación. Más aún, el que reina "hecho terrestre", reina
precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos
leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración
cristológica: "El Señor reina desde el árbol de la cruz".
Por esto, ya la Carta a Bernabé enseñaba que "el reino de Jesús
está en el árbol de la cruz" (VIII, 5: I Padri apostolici, Roma 1984,
p. 198) y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera
Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque
"el Señor reinó desde el árbol de la cruz" (Gli apologeti greci,
Roma 1986, p. 121).
En esta tierra floreció el himno del poeta cristiano
Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que se exalta a Cristo que
reina desde la altura de la cruz, trono de amor y no de dominio: Regnavit a
ligno Deus. En efecto, Jesús, ya durante su existencia terrena, había afirmado:
"El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor;
y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues
tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su
vida como rescate por muchos" (Mc
10, 43-45).
(L'Osservatore Romano - 20 de
septiembre de 2002)